Despertar

Lo hacemos a diario, algunos días incluso más de una vez. Tardamos un instante. Lo tenemos como habitual, y por común no le prestamos atención alguna. A pesar de ser una de las cosas más importantes de nuestra vida. Despertamos.

DespertarAbrir los ojos – generalmente después de dormir – es algo básico para seguir adelante. Paradójicamente, ya desde bien pequeños no nos gusta despertar. Hacerlo implica enfrentarse a un montón de obligaciones: ir al colegio o al instituto a estudiar, ir a trabajar, llevar adelante una casa, una familia, pensar en todo lo que queda pendiente de hacer para que no se olvide nada… Y sin embargo no hacerlo ya sabemos lo que acarrea (y no es quedarse dormido hasta las tantas).

A veces lo pienso. ¿Y si no despierto? ¿Qué pasará? ¿Cómo será el después? Y me agobio. Me entra una sensación de ahogo que me estremece durante unos segundos. Miedo a lo desconocido, lo llaman. Y me pongo a pensar en lo mucho que me falta para eso – como si realmente lo supiera -, y a entretener mi mente en otras cosas. Pienso en cosas más alegres, en lo bien que me siento junto a mis hijos y mi familia, y entonces se me pasa.

Por fortuna no me ocurre a menudo, tan solo de forma esporádica. Aun así, me quedo con la idea de volver a despertar pasadas unas horas de descanso. Y pienso en lo bonito que puede llegar a ser un techo blanco en la penumbra. Cuando suena el despertador y lo paro, sonrío, sabedor de mi victoria una noche más. Y le doy al despertar la importancia que se merece.


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