Viaje del viernes #21

Viaje del viernes

A menudo he pensado que en el blog y en el primer libro que escribí doy la sensación de ser perfecto, de no meter la pata nunca, de tener en posesión la verdad más absoluta y que todos lo demás están equivocados. Nada más lejos de la realidad. Yo cometo fallos. Muchos. Todos lo hacemos. Pero no todos nos equivocamos con las mismas cosas. Y la experiencia que he adquirido haciendo las cosas me ha servido para que me resulte más complicado fallar en según qué ocasiones. Y aun así he hecho alguna barbaridad más de una vez.

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.

Todos cometemos errores

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.


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