Viaje del viernes #14

Viaje del viernes

Vivir con tus padres es algo a lo que se le acaba cogiendo cariño, incluso de adulto. Muchos me confesaron en su momento que les daba pena cambiar la dirección del DNI porque era “su casa de toda la vida”. Sin embargo, emanciparse es algo que conlleva muchas responsabilidades, y una de ellas es dejarlo claro en la Administración Pública. En todas la entidades, a ser posible. Lo ideal es que todos los funcionarios coincidan a la hora de decir la dirección donde vive cada uno. Pero no siempre ocurre. Los motivos son varios: dejadez, desconocimiento, pereza… Total, si la casa antigua aún sigue siendo suya de alguna forma…

A la gente le cuesta mucho independizarse. En casa de los padres uno está en la gloria. No lava, no cocina, no limpia, no plancha, no paga recibos… Por eso muchos no terminan de irse de allí. Al menos en el carné.

Cuando los ciudadanos me dicen que vienen a cambiar el DNI y de paso actualizar el domicilio, siempre suelo avisarles de que deben hacer la actualización en cuanto se produce el empadronamiento en la nueva vivienda. La respuesta más típica con la que me encuentro es: “¿Ah, sí? No lo sabía“. Bueno, eso es algo que deduzco ya que no lo han hecho antes… No creo que sea por saltarse la ley alegremente y arriesgarse a recibir una multa, imagino que será desconocimiento…

La incógnita que me asalta la mente es por qué no es tan evidente que la variación del domicilio es un cambio de datos, como cualquier otro que aparece en el DNI. Si se plasma en el documento al igual que el nombre o el lugar de nacimiento, ¿por qué se le da menos importancia? Respuestas tipo comunes: “Total, como es la dirección de mis padres…“, “Bueno, en esa casa conozco al inquilino, no hay problema“, “Como aún tengo esa vivienda en propiedad…” ¿Eso qué tiene que ver? Es como si uno llevara la fecha de nacimiento de 3 años antes y pensara “Total, yo sé los años que tengo y así me jubilo antes…

Luego pasa lo que pasa: Hacienda tiene una dirección, la Seguridad Social otra, como se trate de alguien con recursos en tráfico constará una tercera, y si se vive de alquiler puede que en el DNI vaya una cuarta. ¿Cómo va a trabajar la Administración así? Una cosa es que queramos que los funcionarios sean eficientes (lo sé, es difícil), y otra que hagan milagros…

Todo el mundo tiene bastante claro que si el carné tiene una fecha de nacimiento que no es la correcta debe cambiarlo cuanto antes. ¿Por qué con la dirección no pasa? ¿Es menos importante? Puede que se remita allí por correo cualquier notificación. ¿Y si aunque sean familiares no interesa que se enteren?

Viaje del viernes #13

Viaje del viernes

La vida está llena de reglas, y todas ellas tienen excepciones. Supongo que debido a esta premisa es frecuente escuchar cómo muchas personas dicen continuamente “¿Y no podrías hacer una excepción conmigo?“. Sé que no piensan cuando lo dicen, porque a poco se parasen a discurrir podrían llegar a la siguiente conclusión sin ayuda: “¿Y por qué va a hacer la excepción conmigo y no con cualquier otra persona, acaso soy más o mejor que el resto?”. Esto es algo que yo no he querido preguntar nunca y que me daba mucha rabia que me preguntasen. Partiendo de la base de que no puedo saltarme las normas, no entiendo por qué debería hacerlo con alguien a quién no conozco y nada me ofrece…

La vida está llena de excepciones. Y las reglas más aún. Las excepciones son esos ejemplos que se saltan la norma para llegar al mismo fin que los que la cumplen. En resumen, son unas privilegiadas. La dificultad estriba en saber quién puede ser excepción en cada momento. ¿Por qué uno sí y otro no? ¿De qué depende? En muchas situaciones de la vida depende del dinero que uno tenga, de lo famoso que uno sea, o incluso del sexo que a uno le haya tocado.

Estamos hartos de ver que si uno es rico le invitan en todos los sitios donde va (cosa curiosa, porque si se tiene dinero para pagar lo que sea no hay necesidad de que le inviten, al contrario, tendría que pagar más). O que si uno es famoso le cuelan, le regalan, vamos que le tratan con privilegios como si fuera de una especie superior. Y que cuando un chico necesita algo, en igualdad de condiciones es más fácil que una chica se lo proporcione (en lugar de otro chico), y al contrario, sobre todo al contrario. Y más si la persona que pide tiene buena presencia.

Cuando la gente viene a renovar su documentación a mi puesto, a menudo piensa que pertenece a uno de esos grupos y que se encuentra en uno de esos ámbitos. ¿Qué les hace pensar que son la excepción? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Se creen más personas que el resto? Me gusta pensar que no necesariamente, y que lo que ocurre es que les importa muy poco lo que haga con los demás, siempre que ellos sean la excepción. El problema es que generalmente quieren ser la excepción para algo beneficioso para ellos, según me aseguran sólo por esa vez (no se lo creen ni ellos), y siendo yo el que incumpla la ley (sólo un poquito). Curiosamente, nunca me dicen: “¿Y no puedes hacer conmigo una excepción y quedarte con los 10 euros que sobran de la tasa?“. Siempre es algo como: “¿Y no puedes hacer una excepción y no cobrarme la tasa?“.

Además, aún espero que alguien me explique por qué debería responder afirmativamente a preguntas del tipo: “¿Y no podrías cogerme los papeles caducados?“, “¿Y no podrías atenderme sin cita delante de todos los citados, que tengo cosas que hacer?“, “¿Y no podrías hacerle el pasaporte a mi hijo sin el libro de familia?“, “¿Y no podrías cogerme las fotos de hace diez años si apenas he cambiado (esto sí que es gracioso y algo que merece tratarse aparte) y no tengo tiempo, ganas ni aspecto para hacerme otras nuevas?Pues no señores ciudadanos, no podría. Ni puedo, ni debo.

Pero he de ser sincero. En relación con un caso anterior, tengo una excepción. Hay alguien menor de edad a quien no le pediré el libro de familia cuando tenga que expedirle el pasaporte: mis hijos.

Viaje del viernes #12

Viaje del viernes

Ser padre de familia no es una tarea fácil. Junto a la madre hay que llevar para adelante la casa, domar a los niños que cada vez se hacen más grandes y desobedientes, impedir que se maten entre ellos por cualquier cosa, hacer que lleven un buen camino, lidiar con todos los problemas que la vida pone por delante y por si fuera poco, de cuando en cuando pedir cita para renovar la documentación. Es una tarea en ocasiones difícil, pero a veces no es mejor saber, sino saber localizar al que sabe…

Cuando un padre de familia se dispone a conseguir una cita para renovar los carnés de los miembros que la componen, generalmente opta por la opción de Internet, ya que el teléfono sube un pico la factura mensual (es un 902) y hay que ajustar los gastos. Sin titubear, enciende el ordenador, arranca el navegador web, aparece la pantalla blanca del buscador que tiene como página principal y una gran duda pasea por su mente: “Y ahora… ¿cómo pido la cita?“. Piensa un rato y sonríe optimista: “Bueno, no puede ser tan difícil. Si Fernando lo ha hecho, yo también. A ver si escribiéndolo aquí…” Tras escribir “quiero pedir una cita para renovar el carné de identidad” en el buscador, el primer resultado obtenido es la página de cita previa del DNI.

Aparece una página con muchas letras que la mayoría no lee hasta el final. Algunos ni siquiera leen nada, solo pinchan en “Iniciar el procedimiento“, que no está la cosa como para perder tiempo. En la siguiente página empiezan los problemas. Hay dibujitos explicativos para los casos de duda, pero si se miran suelen ser usados para pensar “Mira qué cara tiene el de la foto esa“, “Pues yo no tengo ese carné, a ver qué hago ahora“. Así, a la hora de introducir el equipo de expedición lo mismo muchos piensan: “¿Para qué necesitarán aquí datos de mi época de Scout?“. O quizá se quedan un paso antes y piensan: “¿Equipo? ¿Y para qué querrán saber los del DNI que soy del Atleti?“.

Pero si hay algo realmente difícil es acertar con los caracteres de control: “¿Eso es una ‘i’ mayúscula, una ‘l’ minúscula o un uno? Yo creo que un uno. ¡¿Error?! Vaya, pues no era un uno, no.” Una vez está todo correcto (varios intentos después), se abre un mundo de posibilidades tan extenso, con tantas palabras para leer, que alguno se aturulla y se queda en lo primero: “Documento Nacional de Identidad“, sin saber si eso es lo que quiere o no. Porque hay veces que la gente me dice que es imposible coger cita para varias personas y eso es una opción que aparece en la parte de abajo de la página (a la que hay que llegar, obviamente)… Cuando uno pide cita por Internet, hay que hacerlo sin prisas ni estrés. Pero no demasiado pausado, porque pasados unos minutos sin pulsar nada el sistema nos devuelve al inicio del proceso. Y si encima a mitad del procedimiento surge algún fallo de tipo informático, lo que faltaba para terminar desquiciarse.

Con todo ello, es muy probable que tras 20 minutos de sudores y clics infructuosos, se llegue al tan indeseado como inevitable desenlace:

– ¡¡¡Jose María!!! ¡¡Ven aquí un momento, anda!!
– (Resignado) Qué quieres, papá…
– Mira a ver si puedes coger cita tú, que a mí el ordenador este no me deja.
– ¿No te deja? ¿El ratón te esquiva cuando acercas la mano? ¿O es que se apaga el monitor cuando le vas a dar a ‘Aceptar‘?
– Anda niño, no me tomes el pelo y pide cita para ti, para tu hermana, para mamá y para mí.

Si se tiene la posibilidad de encargarle el trabajo a unos jóvenes que manejan internet con soltura, en cuestión de minutos se tienen todas las citas. Si uno se atasca demasiado con alguno de los pasos, lo que parecía un proceso sencillo se transforma en el más engorroso de los quehaceres, además de dejar al ciudadano con un alto grado de enfado y desesperación.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 21 – Una entrevista especial

Te acuerdas de...

Hace un año, un amigo al que quiero de forma especial me realizó una entrevista. Él es una persona muy aclamada en los sectores en los que se mueve, que principalmente son los mundos del misterio y de los Caballeros del Zodíaco. A primeros de año la hice pública. Tardé demasiado, porque esperaba poder colgar el vídeo que hicimos al respecto, pero aún no me ha sido posible montarlo en condiciones y no quería esperar más para enseñar el trabajo que hizo conmigo este maestro de los micrófonos. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en la que se encuentra. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace unos meses me sentí famoso por un día. Un gran amigo, alguien que es para mí como un hermano, me había concedido una entrevista. Ya he hablado en alguna ocasión de su afición al podcasting, y la gran repercusión que tiene en los ámbitos a los que se dedica. Era, por tanto, una entrevista que iba a llegar a miles de personas, bien por el misterio, bien por los caballeros del zodíaco. Era como una presentación virtual de mi libro: 69 Historias tras tu DNI.

Quiero agradecerle a Carlos la oportunidad que me brindó, las molestias que se tomó conmigo y toda la ayuda que me ha prestado y que me sigue prestando con la promoción del libro. A este ritmo tendré que pactar con él un porcentaje de beneficios… cuando los haya.

Ahora os doy la oportunidad de escuchar la entrevista completa pinchando sobre estas palabras (y pulsando en el botón del play si usáis un ordenador o en reproducir/descargar audio si usáis un móvil), así como escuchar un resumen de unos 8 minutos pinchando sobre estas palabras y procediendo de igual forma. Espero que las disfrutéis.

Si os gusta la entrevista podéis compartirla en vuestras redes sociales con los botones de más abajo (si no os gusta también podéis hacerlo).

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 20 – No tienes huevos

¿Te acuerdas...?

Hay pocas cosas que levanten la furia de un hombre (pero de un hombre de verdad, no uno como yo) como la frase “No hay huevos”. Es como si tuviera que demostrar que su masculinidad sigue intacta (no así su cerebro), haciendo justamente aquéllo a lo que ha sido retado. Es difícil de controlar en edades tempranas, lo entiendo. La adolescencia es dura. Pero llegado un momento todos los hombres deberían superarlo. El problema es que esto no es así. Hace poco hablé sobre este tema. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hay tres palabras que uniéndolas de determinada forma, activan una parte del cerebro masculino: la de la honrilla. Al mismo tiempo, desactivan otra mucho más importante: la del raciocinio. Y es que no hay nada más “machote” (y simple a la vez) que demostrar que uno tiene lo que hay que tener delante de quien sea realizando cualquier cosa que se tercie, por descabellada que parezca. Esto suele ocurrir a edades tempranas, con mayor incidencia en la adolescencia (la tan temida por los padres “edad del pavo“).

Yo recuerdo con claridad dos episodios de este tipo que tuve en esos años (lo que no impide que hubiera más). Pensándolos ahora son el claro ejemplo de la estupidez hecha acción, pero reconozco también que en su momento tuvieron gracia y no hicieron daño a nadie. La primera vez fue en 1996, en un viaje a Cazorla con el instituto. Mis compañeros de mesa durante la cena me retaron a comerme de una vez una porción de postre de melocotón en almíbar. Uno de ellos se quedó sin postre. La segunda fue uno o dos años después. Una chica me retó a comerme una hamburguesa del McDonald’s en 4 bocados. La muchacha se tuvo que comprar otra. Dicho esto, mis padres siempre me dieron una buena alimentación y nunca me hicieron pasar hambre.

El problema de estas cosas surge cuando el querer demostrar la valentía aún se conserva en la edad adulta, un momento de la vida en el que creo que ya no corresponde. Por multitud de motivos, pero básicamente porque ni se tienen 15 años, ni se consideran adecuados los adultos para muchas acciones que se adaptan mejor a un perfil de edad menor (sobre todo actividades físicas). Y es que, acciones como la del señor (por decir algo) que va con su hijo en el coche a 190 km/h, se graba en vídeo y lo difunde por Internet solo tienen explicación (para una persona normal no tiene explicación alguna, pero parto de la base de que este señor es anormal) si el descerebrado conductor ha tenido una conversación en la que han terminado diciéndole: “No hay huevos“.

¿Qué pretenden demostrar con ello, que son mejores? ¿Que cuentan con una parte del cuerpo que a menos que se la hayan extirpado está unida a su ingle? Más bien lo único que enseñan al resto es que son más bobos (o más irresponsables, más infantiles… según el caso). Si ambos (retador y retado) tuvieran la percepción de que es útil demostrar la valía en algo, ambos lo harían en una especie de duelo para enseñar al resto quién sale victorioso, y no habría uno que disfrutaría viendo cómo el otro sufre para llevarlo a cabo.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 19 – La red está llena de valientes

Te acuerdas de...

Internet tiene la gran ventaja del anonimato. A nivel general, cualquiera puede hacer o decir lo que le plazca, porque nadie sabe quién está detrás de las palabras que se han expresado. Esto conlleva un problema, el crecimiento exponencial de apariciones de gallitos y valientes, que son aquéllos que se aprovechan de que nadie les ve ni les conoce para insultar y agredir a quien les plazca. Hace meses hablé de la facilidad que tienen estos individuos para creerse alguien cuando en la realidad de sus vidas tienen que ser personas tirando a mediocres. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace semanas que me he dado cuenta de algo que acontece en multitud de foros y sobre todo en las redes sociales. Este país está lleno de valientes, que son aquéllos cuyo único fin en su mugrienta vida es acceder a dichos foros o redes sociales con el (¿único?) fin de descalificar a todos los que versen opiniones distintas a las suyas. Lo peor es que los hay a espuertas. Más de los que pueda imaginar cualquiera. Y por más que lo pienso no logro entender por qué ocurre. ¿Son mejores personas? ¿Son más fuertes? ¿Creen que son personas con más valor que las que agreden?

El gran problema es la facilidad que se tiene en estos lugares para insultar y faltar al respeto a los demás de forma impune. Los motivos no tienen que ser siquiera fundados, hay mucho bobo que se enciende con facilidad. A veces es suficiente con publicar varias veces una idea contraria a la de ese bobo. Lo más bonito que puede llamar a quien publica eso es “Hijo de mil padres” o “Seguro que no sabes si tu padre tiene dos patas o cuatro” (hay que tener en cuenta que en este blog no utilizo palabras malsonantes).

Otras veces es suficiente con existir y que se produzcan cambios en uno mismo, que es lo que le pasó recientemente a Cristina Pedroche. Y si se trata de un tema que puede tener diversidad de opiniones (política o fútbol los más destacados), cuando alguien deja una opinión fuera de lugar o que no se adapta a la manera de pensar de otros (o del resto de un pequeño grupo), la mayoría no le rebate con argumentos, sino que se limita a airear sin prueba alguna su nulo coeficiente intelectual con frases del tipo: “Tú qué vas a pensar, si tienes el cerebro del tamaño de un alfiler“. Eso es argumentar.

Esto es algo que se produce en Internet, y estoy convencido de que es porque ahí nadie conoce a nadie, no se tiene a la víctima delante, y como es muy difícil alcanzar a la persona que escribe esas barbaridades, todo es mucho más fácil. Es sencillo insultar y descalificar si no se ve a quién se agrede. Y es algo que me llama la atención sobre estos valientes, y que me hacen preguntarme algo. Si se encontraran conversando en una habitación con personas que no conocen de nada (como es el caso de foros y grupos de redes sociales) y en mitad de la misma un tertuliano comenzara a defender una idea diferente a sus principios o sin demasiada base lógica, ¿también le insultarían así? ¿Le faltarían al respeto tan descaradamente? Los que a menudo se unen al descalificador en Internet, ¿también se atreverían en este caso a aliarse para ofenderle?

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 18 – ¿Me gusta o no me gusta?

¿Te acuerdas...?

Las redes sociales nos permiten informar de nuestra vida al minuto. Y en ellas podemos contar las cosas que nos pasan, sean buenas o malas. Facebook, una de las más usadas, cuenta con un botón de “Me gusta” para indicar que, valga la redundancia, te gusta lo que uno de tus amigos ha publicado. ¿Hasta qué punto? ¿Y si lo que publica es una mala noticia? ¿También hay que darle a “Me gusta”? ¿Cómo podemos decir que Nos gusta y no nos gusta a la vez? Hace un tiempo hablé de este tema intentando ver algo de luz al respecto. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Las redes sociales han conseguido algo que hace unos años ni tan siquiera podría haber imaginado. Saber a cada minuto lo que hacen los demás. Tus amigos, los amigos de tus amigos, los que no son tus amigos pero haces como si lo fueran… Ninguno escapa al control que puedes ejercer sobre su vida. Saber lo que hace, dónde está, dónde irá, quién le acompaña y cómo se encuentra. Y uno está, sin comerlo ni beberlo, al corriente de la vida de decenas de personas simultáneamente.

Debo decir que más del 90% de las cosas que cuenta la gente son buenas, positivas o constructivas. Pero no todo lo que los demás comparten con el resto del mundo es bueno. Hay un pequeño porcentaje de cosas que son malas noticias. O sentimientos negativos como tristeza, depresión (sin ser enfermedad), culpabilidad… Facebook es una red social que te permite decir que algo te gusta, y ni siquiera es necesario leer lo que se ha escrito o ver las imágenes publicadas. Se le puede dar a un botón cuyo único fin para algunos es “Ya le he dado y parece que me interesa“. Y es que hay ocasiones que en menos de cinco segundos un texto que se lee en tres minutos ya lleva varios ‘Me gusta’ asociados. Yo me pregunto, ¿y si el contenido no es bueno, o no le hace al autor sentirse bien o feliz? ¿También habrían pulsado en el botón de haberlo leído? Pues la verdad es que posiblemente sí, porque he visto muchos casos

Lo siento, seguramente sea un bicho raro o haya una explicación que se me escapa, pero no alcanzo a comprender cómo alguien puede escribir “Luis se siente triste. 😦 Se ha muerto Pancho, el perrito con el que compartí muchos buenos momentos durante bastantes años” y a las 4 horas tener la leyenda ‘A Fede Molón y 136 personas más les gusta esto’. ¿Qué carajo significa? ¿A más de 130 personas les gusta que ese pobre chico se haya quedado sin perro? ¿Tanta manía le tenían al animal? ¿Tan mal les cae el muchacho? Soy yo y desde ese mismo momento bloqueo a los 137. ¿A quién puede gustarle el mal de un amigo? ¿No sería mejor escribirle un “Lo siento mucho“?

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 17 – Servir de ejemplo

Te acuerdas de...

Desde que nacen, los pequeños van aprendiendo cosas por imitación. Y lo hacen de las personas que pasan más tiempo con ellos, que en la mayoría de los casos son (o deberían ser) los padres. De nosotros aprenden muchas cosas, por lo que nuestro comportamiento se convierte en un referente. En nuestras manos está que sea un ejemplo bueno, o malo. Hace unos meses hablé de lo que consideraba mal ejemplo para los pequeños, procurando concienciar de las conductas no deseables. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Todos los que somos padres, desde el mismo momento en que lo somos nos convertimos además en otra cosa: un ejemplo. Desde muy bebés, nuestros pequeños no dejan de mirarnos y ver lo que hacemos para intentar repetirlo. Que seamos un buen o un mal ejemplo para ellos depende única y exclusivamente de nosotros.

Yo tengo claro que no soy el padre perfecto, pero tampoco lo pretendo. Solo intento enseñarle a mis niños una serie de valores y que aprendan lo que entraña peligro para ellos y lo que no. Y para mí, una carretera es de lo más peligroso que puede encontrar sin dificultad un niño pequeño. Por eso, desde hace unos años, en cada semáforo que cruzo con mi pequeño hago especial hincapié en los colores del mismo y en su significado. Incluso aunque no vengan coches y la gente cruce sin parar, nosotros permanecemos detenidos en la acera mientras el semáforo está en rojo.

En ocasiones el niño me pregunta por qué la gente cruza en rojo. Yo me quedo callado, pensando en decirle que son unos irresponsables, pero le contesto algo que entiende mejor: “es que no se saben los colores porque sus padres no se los enseñaron de pequeños”. Y ahí está él, todo contento porque sí se sabe los colores y lo que hay que hacer con cada uno de ellos. Confieso que si voy solo a veces cruzo por donde me viene bien, o con el semáforo en rojo si no vienen coches, pero siempre asegurándome de que no hay niños pequeños ni en la acera donde estoy, ni en la de enfrente. De nada me sirve dar ejemplo a mis niños y al resto no.

Esto que me parece tan sencillo de asimilar se me vino abajo ayer cuando estaba parado con mi pequeño en un paso de cebra esperando que el semáforo se pusiera en verde, cuando una mujer con un niño de su misma edad se puso a nuestra altura y sin detener la marcha continuaron cruzando la calle. ¿Qué ejemplo le está dando esa señora a su niño? ¿Piensa que cuando vaya suelto de su mano (porque es imposible que vaya siempre de la mano) ese pequeño tendrá algún tipo de miramiento en seguir caminando cuando llegue a una carretera? ¿Y si viniese un coche en uno de esos momentos en los que el niño decide tomar la carretera como acera? ¿La culpa sería del niño por no haber parado a pesar de que la madre le gritase que lo hiciera?

Puede que en parte sí, pero si hubiera aprendido a respetar la carretera seguro que habría tenido más éxito. Eso es algo que depende de ella, y no creo que lo estuviera llevando a cabo de forma exitosa con esa manera de proceder. A veces me paro a pensar y a compararme con el comportamiento de otros muchos padres y creo que soy demasiado estricto con mis niños, me da la sensación de que estoy haciendo que se pierdan algo cuando no les dejo saltar en los coches, colarse en una cola o pegar al resto de niños. Pero quizá la culpa no sea del todo mía. Creo que me afectaron en exceso los tres minutos (no necesité más) que vi una vez de Hermano Mayor.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 16 – Poseídos por el móvil mientras conducen

¿Te acuerdas...?

Cuando uno está conduciendo, realizar una tarea distinta a conducir es sinónimo de peligro. Sin embargo, hay mucha gente que está tan mimetizada con su móvil que debe pensar que se trata de una parte más de su cuerpo, y como tal hace uso de ella al volante. El problema que puede acarrear eso es que genere un accidente y envolver a alguien inocente en algo que no ha solicitado. Hace tiempo intenté concienciar a la gente de los peligros que conlleva utilizar el móvil mientras se está a los mandos de un vehículo. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace un tiempo hablé de lo enganchada que está la sociedad en general a los teléfonos móviles actuales. Lo que no conté fue lo peligroso que puede resultar que esto le ocurra a un inconsciente con un carné que le permite conducir coches y que además hace uso de dicho permiso.

Ayer iba de camino a casa en mi coche. Iba circulando por una carretera de dos carriles que se encuentra entre dos rotondas. Es un trayecto recto de 1300 metros, con lo que la velocidad límite de 90 se puede alcanzar con facilidad si no hay demasiada circulación. Y ahí iba yo, luchando con mi cuentakilómetros para que se mantuviera en el rango 89-91, cuando de pronto noto que un coche me adelanta a gran velocidad (quizá a 120). Miré hacia él y vi a una chica mirando hacia abajo en lugar de hacia delante, que es por donde uno suele mirar cuando conduce.

Me adelantó y comencé a pensar y a llenarme de dudas. ¿Qué narices iba mirando, su entrepierna? Por la dirección de su mirada bien podría haberse tratado de eso, pero a menos que acabara de mancharse ahí con algo era poco probable. Entiendo que iba mirando otra cosa. Entonces pensé en la sonrisa que esbozaba mientras me adelantaba. ¿Y si lo que iba mirando era un móvil? ¿Y si estaba escribiéndose por whatsapp? Tampoco me habría extrañado, estoy seguro de que hay gente que cambia horas de sueño por vivirlas pegadas a su móvil.

Y volví a hacer los ejercicios de buena conciencia que acostumbro. Si de repente se encontrara con un frenazo, ¿cuándo se daría cuenta, cuando se hubiese metido en el maletero del coche que le precedía? ¿Y si hubiese algo en la carretera que tenía que sortear? ¿Y si algún coche de repente se hubiera dirigido hacia ella y hubiese tenido que esquivarlo? ¿Cómo lo iba a ver?

Lo más fácil con esa actitud es que el día menos pensado genere un accidente. Y en esas circunstancias, lo más sencillo es que alguien más (que seguramente vaya respetando el código de circulación) acabe involucrado con mejor o peor suerte. ¿Y si un día se lleva a alguien por delante y ocurre el infortunio de que ella sale adelante? A este paso, el día menos pensado leeré en los carteles informativos de las carreteras: “Tirar una colilla, 4 puntos. Ir whatsappeando, 6 puntos“.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 15 – La utilidad de llamar a uno mismo

Te acuerdas de...

A muchos les ha pasado alguna vez. Le han pedido el número de teléfono a alguien, para cualquier cosa, y a la hora de dárselo han recibido como respuesta “Espera que lo busco… es que no me lo sé, como nunca me llamo…” Yo siempre me he preguntado qué tiene que ver una cosa con la otra, porque seguro que llaman a un montón de números de teléfono que no se conocen, simplemente porque los buscan en la agenda del móvil, le dan a la tecla de llamada y se despreocupan. El problema no es no llamarse, es que cada vez hacemos menos esfuerzo por aprendernos los teléfonos. Porque nadie que tenga más de 25 años puede decirme que no recuerda los teléfonos fijos de sus amigos de la infancia, adolescencia o juventud (según la edad). Incluso el de su casa (o casa de sus padres). Y a casa tampoco se llamaban mucho, que digamos. Sobre este tema hablé hace unos meses. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hay gente que tiene en la excusa su medio de vida para no reconocer que ignora o no sabe hacer algo. Muchos utilizan multitud de ellas y hacen de las mismas un uso constante. Me sorprende, además, la ingente cantidad de personas que las utilizan por evitar ‘parecer tontos’. Y esas son las que más se solían dar en mi oficina por parte de los ciudadanos.Yo parto de la base de que cada persona es distinta y que hay infinidad de cosas que desconozco, que se me olvidan, y que soy incapaz de aprender. Por tanto, si hay alguien que no sabe algo (dentro de unos límites, obviamente), lo último que pienso es que sea bobo. Por eso soy incapaz de entender ese miedo de algunos ciudadanos a no parecer lo suficientemente inteligentes por no saber algo que, supuestamente, tendrían que saber de sobra: su número de teléfono.

No son pocas las personas que cuando les pedía su número para actualizarlo en la base de datos me decían que tenían que buscarlo porque no se lo sabían. Y sin yo articular palabra, segundos después titubeaban: “Es que, como no me llamo…” A mí siempre me asaltó la misma duda: ¿qué tendrá que ver llamarse con saberse el número de teléfono? ¿Acaso al fijo de casa se llaman mucho? Seguro que no, y estoy convencido de que lo saben decir de carrerilla (incluso aunque ya no lo tengan). Supongo que influye más el hecho de no darle el numero de teléfono a nadie desde hace años, ni siquiera a una de las múltiples compañías que le abordan para venderle u ofrecerle algo. O el de no rellenar nada con sus datos, porque cualquier cosa que uno rellena necesita el nombre, los apellidos, el teléfono y luego el resto de cosas.

Generalmente, la gente se quedaba como más liberada después de decir esa frase (más común de lo que pensaba). Yo creo que pensaban: “bueno, al menos con esta razón de peso no pareceré tonto, que debo ser el único que no se sabe su teléfono“. Imagino que será el hecho de ser consciente de todas las cosas que no sé (al igual que muchos de los que me cruzo en la vida), o que no me importa si la gente piensa que soy un borrico o un superdotado (esto seguro que no lo piensan), pero si hay algo que no sé, no lo sé y ya está, no pasa nada. Y que los demás piensen de mí lo que quieran. De todos modos, al 90% de ellos difícilmente les recordaré si vuelvo a verles.