Perder el nombre

Llega un momento en la vida en el que da lo mismo lo que hayas hecho antes, cuáles hayan sido tus méritos, o incluso lo satisfactoria y positiva que haya resultado tu trayectoria: acabas perdiendo el nombre. Y no importa si es bonito o no, si es corto o si es largo. Desaparece durante unos años, como si nunca hubiera existido. Personas que ya lo han vivido aseguran desde la experiencia que llegado un día vuelves a recuperarlo, pero no hay nada escrito al respecto. Lo único claro es que cuando uno tiene hijos y los presenta en una sociedad de iguales, como un parque o el colegio, deja de ser quién es para convertirse irremediablemente en el papá o en la mamá de.Esta pérdida del nombre se produce tanto por los hijos como por los padres (entre los que me incluyo), que hablamos con los pequeños nombrando al amiguito en cuestión para referirnos a él o a sus padres. La ventaja que esto tiene es que hace que sea más fácil recordar a las familias al completo. Así, con saberse el nombre del niño o la niña ya se sitúa a los padres y a los hermanos o hermanas que tenga.

El problema es que yo ya me presento a los demás directamente como el papá de (mi hijo), para ahorrar al resto de padres la dura faena de albergar en su mente un nombre más, con lo que de seguir así en unos años es fácil que termine olvidando mi nombre. Menos mal que, de momento, aún lo conservo en mi DNI.


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