Una mujer a un móvil pegada

Hace tiempo que me vengo fijando. Cada vez que voy a recoger a mi hijo de su actividad extraescolar la veo a ella, esperando a que abran la puerta para darnos a los niños. Tiene siempre la misma postura, lo único que cambia cada día es el peinado y la ropa que lleva. Un día vaqueros y coleta, otro vestido y pelo suelto, otro chándal y pelo recogido… Sin embargo, aún no sé de qué color tiene los ojos. Y es por la postura que repite una y otra vez desde que llega hasta que se marcha: mirando el móvil que tiene en las manos.

Aún no la he visto nunca con las dos manos libres. Cuando camina no siempre va mirando el teléfono, pero lo lleva continuamente cogido. Más de una vez me he preguntado si no será una extensión de sus dedos, o si se ha pegado el aparato a la piel para no tener que desprenderse de él. No tiene cara de ser una mujer mayor, posiblemente ronde mi edad (secreta). En cualquier caso, seguro que tuvo una infancia sin tecnología. ¿Qué habría sido de ella si hubiera nacido ahora? Y a sus hijos, ¿les habrá negado un teléfono? Si lo ha hecho, desde luego que no habrá sido argumentando “¿Acaso mamá lo necesita?”. Es una pregunta que me formula mucho mi suegra, qué voy a hacer cuándo mis hijos me pidan un teléfono, porque yo estoy a menudo con él, generalmente para escribir entradas del blog.

Esto no pasaría de algo normal (al fin y al cabo hay mucha gente “movildependiente”) si no fuese porque ayer rozó el límite del surrealismo adictivo. Los niños terminaron su clase, la profesora abrió la puerta, y empezó a soltar a los pequeños tras haber localizado a los padres (algo similar a lo que hacen en el colegio). Para ello siempre da una voz con el nombre del niño para que los padres podamos facilitarle la labor levantando el brazo o algo similar. Sin embargo, cuando llegó el turno de su hijo, tras dos voces la señora seguía ensimismada mirando su teléfono, tecleando, supongo que escribiéndose con alguien. Cuando la profesora recorrió todos los padres sin divisarla (era la única que tenía la cabeza en posición de mirar hacia el suelo) y cruzó la mirada conmigo, le hice un gesto señalando dónde se encontraba para que su niño pudiera salir de clase. Vamos, que yo le había recogido al chaval.

¿Tan importante era lo que se estaba contando como para despreocuparse así del niño? Yo reconozco que aprovecho minutos muertos para coger el móvil y visualizar las notificaciones en lugar de disfrutarlos con mi familia. Intento hacerlo cada vez menos, sobre todo si me acuerdo de esta mujer. Ya he escrito en alguna ocasión sobre la adicción a los móviles que tienen las personas (mayor cuanto más jóvenes), en cualquier situación. Pero ir a recoger a los niños a un lugar y no estar pendiente del momento recogida me parece que es dejar el listón bastante alto. ¿Adónde vamos a llegar?


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Padres ausentes

Este fin de semana hemos ido de compras. En una de las tiendas, un niño pequeño se puso a tirarle de la camiseta al mío, hasta el punto de que iba a tirarle al suelo. El mío le miraba con cara de “¡Pero suéltame ya!“, y sin embargo no le decía nada. Yo veía desde la distancia (corta) la situación, y la madre del otro niño, que también les miraba desde más cerca, no sólo no decía nada, sino que observaba como absorta, como si estuviera pensando en lo bonita que iba a quedar la camiseta de mi hijo rasgada. Lo mismo estaba callada por si el árbitro no pitaba nada. O quizá estaba esperando a que el mío se revolviera y se liaran a palos, como en los institutos de las películas americanas en las que todos los de alrededor gritan “¡Pelea, pelea, pelea!“.

El caso es que no le hizo nada al otro niño, no sé si porque le hemos inculcado que no hay que pegar, o porque le hemos dicho muchas veces que debe tener cuidado con los que son más pequeños que él, o por las dos cosas. Permaneció quieto, esperando a que el otro se cansara, pero con mayor cara de agobio según pasaba el tiempo y el enano no le soltaba. Cansado de la situación, le dije a mi hijo: “Cariño, dile que te suelte, que no te haga eso, dile que no está bien“. Mi hijo me miró, pero continuó sin hacer nada.

La madre del niño también debió de escucharme porque estaba al lado, pero ni pestañeó, igual porque su cerebro se había cortocircuitado dando las órdenes para inspirar y espirar. Se lo volví a repetir y el pequeño me miró. Imagino que al ver que estaba mirándole con cara bastante seria, soltó a mi hijo. Entretanto, la madre seguía con la mirada puesta en ellos y sin decir nada. Como si estuviera ensayando para rodar como zombi un capítulo de The Walking Dead (dicho sea de paso, la verdad es que le iba bien el papel porque no necesitaba ni maquillaje ni nada).

Como interrumpí lo que quiera que el niño quería haber hecho con el mío, el mozo buscó otro objetivo. A los pies de la madre había un carrito de bebé, que yo creía que era el suyo. Lo cogió, lo zarandeó y lo acabó volcando. Al tirarlo, apareció un niño más pequeño debajo de él (no sé si sepultado por las cosas que tenía el carrito o de dentro del mismo). El niño se llevó de regalo un buen coscorrón y un golpe del carro que le cayó encima. Todo lo que hizo la madre al ver esa secuencia fue decirle con voz apavada: “Jose…

Yo, boquiabierto, me quedé pensando que casi le había abierto la cabeza a un niño, y que todo lo que se le había ocurrido decir era su nombre… ¿Y los padres de la víctima? Bueno, resultó que esa señora era también su madre, así que la acción me dolió menos, las cosas como son. Siendo familia, que se zurrasen cuanto quisieran.

Lo que no deja de llamarme la atención es la actitud de los padres. ¿Por qué no le llamaron ni la atención en ninguna de las dos acciones? ¿Qué se supone que debe hacerle ese niño a otro para que le riñan, sangre? No digo que haya que regañarle cada vez que se acerque a otro niño, pero un poco de control con los que son agresivos (o comienzan a serlo) a los 2 años tampoco viene mal. Se pasa de ellos, se les va dejando, y acaban con 25 años siendo unos ninis cuyo único oficio conocido es robarle el bocadillo al pobre alumno que estudia…

Sinceramente, pienso que hay familias a las que no deberían permitirles tener hijos. Porque pasar de ellos y tenerlos como muebles sabemos hacerlo todos. Lo difícil es intentar educarles.


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La ley no escrita del columpio

Hace unos meses hablaba de la ley no escrita de la sandía. Durante las vacaciones me he dado cuenta de que no es la única que existe de este tipo. El columpio también lleva una consigo: para cederlo hay que tener siempre en cuenta el tiempo de espera y quién se subió antes.

En estos días he tenido la oportunidad de ir a varios parques, con niños y padres de todo tipo. Y cuando nos acercábamos al columpio siempre me surgía la misma duda: ¿cuánto tiempo se puede estar en un columpio sin que pase a ser un abuso? Según los niños, el que está montado ha de bajarse cuando “lleva mucho rato“. El problema es que la percepción de mucho tiempo para los niños y los adultos es distinta. En dos minutos un pequeño de tres años que está quieto esperando se sube por las paredes. Como aún son muy chiquitines y saben que no pueden hacer gran cosa para que quien ha subido se baje, utilizan repetidamente su gran baza, la presión: “Papá, ¿a mí cuando me toca?

Es en ese momento cuando entra en juego esta ley, aunque su aplicación se ve distinta en función de si el hijo de uno espera para subir o ya está montado. En el primer caso, a partir del tercer minuto de espera uno ya se impacienta y empieza a pensar por qué ninguno de los padres de los dos niños montados (siempre hay dos columpios) no actúa de oficio y baja a alguno para ceder el sitio y que vuelva a hacer la cola. ¿Es que se piensan que el columpio es de ellos? En el segundo caso la cosa cambia, y se contemplan dos opciones: que el de al lado haya subido antes o después. Si el otro columpio se ocupó posteriormente, si uno ha estado esperando siete minutos para montar a su pequeño, ¿por qué habría que bajarle antes de ese tiempo? ¿No se estaría siendo injusto con él? En cambio, si se montó primero el de al lado, ¿no tendría que dejar antes su lugar por ser quién más tiempo lleva columpiándose?

Volvemos a lo de siempre, el civismo, la educación y la vergüenza que tienen los padres, en función de las cuales ayudarán (o no) a que todos los pequeños puedan disfrutar de los columpios. Porque al final, los realmente beneficiados o perjudicados son ellos.


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Carné de padre

Si hay algo que cada día tengo más claro, es que hay ciertas cosas para las que debería ser imprescindible sacarse un carné. Y no me refiero a la identificación de las personas, para eso ya existe uno en nuestro país. Tendría que existir un carné para poder habilitar a alguien como padre o madre y permitirle cuidar de una criatura, y lo digo como padre que soy.

Estoy harto de ver cómo los pobres progenitores llegan a casa cansados de un largo día de trabajo y les toca soportar a los niños. Algunos tienen incluso la desdicha de llegar a tiempo para llevarles al parque y allí se da una curiosa situación que el 90% de padres suspendería si contase para ese teórico carné: los dejan tirados como colillas. Es un lugar cerrado, donde conviven niños de todas las clases y edades, donde unos son más brutos que otros, donde unos son más ágiles que otros, y donde no hay ley. Y los padres (y en su mayor parte madres) están hablando entre ellos de un montón de cosas banales, pero que no les permiten prestar atención a sus hijos. ¿Por qué? ¿Es el único momento del día para hacerlo? ¿Contar a una persona que conoces de llevar a su hijo al mismo colegio o parque que tú lo bien o mal que te va en la vida o el trabajo es más importante que vigilar si tu hijo se sube a algún sitio desde el cual puede caerse y hacerse una brecha en la cabeza? Obviamente no hablo de niños de 8 años que van al parque solos, sino de 3 ó 4 años.

He llegado a escuchar a una madre decirle a su hijo, cuando éste iba a ella a decirle algo: “Anda, déjame que estoy hablando; vete a jugar“. He visto a niños de menos de dos años jugar con una pelota encima de un escenario a metro y medio de altura sin ningún adulto cerca. Y cuando digo cerca, me refiero a menos de diez metros ¡del escenario! Tirando la pelota por los laterales, por las escaleras… El niño que de normal baja las escaleras bien, con esa edad podría asomarse y caerse, resbalar escaleras abajo… ¿Soy yo el único que ve el peligro en los niños pequeños? ¿Por qué estas personas pueden tener hijos y encima se les proporciona la oportunidad criarlos? ¡Que alguien les compre un tamagotchi para que se desquiten!

Y luego para rematar hay muchísima gente cariñosa y a la que le encantan los niños que no puede tener hijos. La vida es así de injusta.


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