No sé ni quién soy

Muchas veces he dicho que una característica de estar trabajando cara al público es que cuando crees haberlo visto todo y que no hay nada nuevo que puede sorprenderte, siempre aparece alguien para demostrarte que estabas equivocado. Ayer llegó una mujer acompañada de su madre y su hermana:

– Buenas tardes.
– Buenas tardes. ¿Qué desea?
– Pues verás… Quería saber por qué a mi madre le han cambiado el segundo apellido. (Enseñándome dos carnés) Mira, antes estaba bien y ahora no. Y no se por qué lo han cambiado.
– Pues es raro, nosotros no podemos cambiar ningún dato, el sistema no nos lo permite.
– Pues ya lo estás viendo, que tengo varios carnés.
– (Tras observar detenidamente los dos últimos carnés) Vamos a ver, ¿usted no ha venido recientemente a cambiar los nombres de sus padres, que en el nuevo aparecen compuestos?
– No, ella ha venido a cambiar su fecha de nacimiento que estaba mal.
– ¿Y le han cambiado todo? Voy a ver por qué. (Tras revisar la partida de nacimiento) Señora, quien le hiciera esto realizó un trabajo impecable. No sólo cambió la fecha de nacimiento sino que actuó de oficio y revisó todas las demás cosas que estaban mal y también se las corrigió. Que por cierto eran unas cuantas. Esta mujer no tenía nada bien.
– Pero, ¿por qué han puesto este apellido?
– Mírelo usted misma. Pone exactamente eso corregido por el registrador que inicialmente puso algo parecido a lo que ponía antes. Esta mujer ha tenido mal el apellido toda la vida.
– ¡Pero es que mi abuela se llama de otra forma! Mira en este poder del notario el nombre que pone.
– Yo necesito un documento o una partida de nacimiento, no un poder notarial.
– Pero para esto hace falta un documento.
– (Tras leer el poder) ¿Ha leído usted que aquí pone, en referencia a su abuela, “mujer que no muestra documento identificativo y que dice que se llama…”? Pues menos mal que ese día no dijo se llamaba Lola Flores… Vaya notario espabilado. Para que luego digan de los funcionarios. Lo que tiene que hacer es cambiar la partida de nacimiento de su madre con algún documento portugués de su abuela. Si es que lo hay, porque nació hace unos 130 años…

Después me comentó la mujer que ahora entendía por qué ni ella ni sus hermanos tenían el apellido igual. Entiendo que cuando la familia salió de la oficina lo hicieron dándole vueltas a si realmente sabrían algún día cómo se llaman de verdad. Sinceramente, creo que es mucho más fácil que en el mismo día me toque la lotería y me parta un rayo.


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Mi madre no es mi madre

Hay familias que, aunque son felices, hablan poco entre sí. O al menos se cuentan pocas historias. Yo pertenezco a un núcleo reducido en el que aunque me cuenten historias no consigo retenerlas. Quizá por eso mi hermano las almacena todas en esa mente privilegiada que tiene, es un tema de equilibrio. No digo que no haya alguien más así, que supongo que sí, pero no es lo habitual. Lo normal es que hablen del tiempo, de las noticias, de los deportes, incluso del corazón. Pero no que ahonden en temas familiares. Y tampoco tienen que ser asuntos escabrosos o de trapos sucios, puede tratarse de temas anecdóticos. Sin embargo, me he encontrado alguna vez con una curiosa situación en la que una persona adulta (40-50 años) acompaña a su madre a renovarse el carné, y cuando les pido que verifiquen los datos antes de imprimir dice la primera: ¡Ay, la leche! Mamá, ¿te llamas Julia? ¡Pero si has sido Vicenta toda la vida!.

Tras esta intervención a menudo me pregunto quién de los tres está más sorprendido. Y muchas cuestiones deambulan por mi mente en ese momento. ¿Por qué una madre nunca le cuenta a sus hijos, ni siquiera como anécdota, que aunque todos en el pueblo la llaman de una forma (no entro en los motivos) ella en realidad tiene otro nombre? ¿Nunca tuvo curiosidad por saber qué dirían sus hijos? ¿Qué nombre de madre tienen los hijos en sus carnés, uno inventado? ¿No deberían arreglar eso porque seguramente es erróneo? Y lo que más me intriga, ¿sabe la señora cómo se llama? He tenido casos de no saber la nacionalidad que uno tiene que más o menos puedo llegar a entender (bueno, no puedo, era por ser educado), pero no saber cómo se llama uno, es muy difícil de digerir.

En fin, supongo que podría ser peor: aún no ha llegado nadie que no sepa cómo se llama, qué nacionalidad tiene, ni qué documentación lleva encima habitualmente. Pero algo me dice que me toparé con alguien así antes de jubilarme. Es cuestión de esperar a que pase por mi oficina.


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