Historias de hospital

Antes de irme de vacaciones tuve que pasar 7 horas de mi vida en la sala de espera de un hospital por un dolor de espalda. Durante ese tiempo poder ver muchas cosas y ser consciente de lo que había a mi alrededor. Básicamente me encontré gente muy enferma, y a menudo pensaba que lo que tenía yo no era nada comparado con lo que había por allí. Vi dolores de todo tipo, heridas a causa de una reyerta un golpe a mano abierta en un cristal (¿estamos tontos?), niños pequeños que se convirtieron en héroes para mí por la cantidad horas que aguantaron sin llorar ni montar un espectáculo, presencié (lástima que no desde el principio) una bronca entre dos mujeres por un problema con uno de esos niños e incluso me dejé hablar por un vigilante chulo y prepotente que alardeaba de lo importante que era su presencia y que agachó la cabeza en un enfrentamiento que hubo enfermera-ciudadano (amigo del chico de la reyerta del golpe en el cristal) y que no hizo nada por defender a la mujer (¿compañera? que además tenía razón; en este momento me pregunté por qué se le está pagando un sueldo a ese individuo).

Móvil pegadoSin embargo, en mis entradas y salidas a la sala de espera aguardando que se vaciase poco a poco de gente hasta que me tocase ser llamado, presencié algo que me llamó mucho la atención. Y lo hizo por curioso y por triste a partes iguales. A tenor del estudio visual que realicé de ellas (lo suficientemente lejos como para que no vieran que las observaba pero tampoco para entender qué decían), deduje que eran dos hermanas porque ambas mujeres tenían facciones similares. Así es mi forma de sacar de conclusiones, nada precipitada y basada en estudios pormenorizados.

Estuvieron bastantes horas por allí, como yo. Y de vez en cuando salían de la sala de espera o entraban de la calle al rellano para charlar. Y las conversaciones, durasen lo que durasen, siempre eran iguales. Una de ellas, mirando a la otra para contarle cosas o para escuchar lo que decía. La segunda, mirando al móvil que algún ser malvado había pegado a su palma con Super Glue 3 y del cual no podía separarse por más que lo intentase (como aquella mujer a un móvil pegada). Super glue 3Bueno, la verdad es que no lo intentaba, pero seguro que lo tenía pegado. Por eso sólo podía mirarse la mano en la que tenía el teléfono de forma constante, mientras ¿escuchaba? lo que la otra mujer le decía, y mientras respondía ¿coherentemente? a lo que la otra mujer contaba.

¿Cómo podía ser capaz de no levantar la vista ni una sola vez? ¿Serían hermanas o hermanastras? ¿Habrían sido separadas al nacer? Parecía imposible que ambas hubiesen salido del mismo ámbito familiar. ¿Serían amigas? Eso explicaría que una fuese educada y la otra tuviera menos vergüenza que un gato en una matanza. Fueran lo que fuesen, ¿por qué la señora no tuvo la educación suficiente de dejar el móvil mientras hablaba con su acompañante? Tan desagradable era la conversación que estaba manteniendo con ella? ¡Si hasta en ocasiones se reía! Cada día se habla más de la movildependencia que tenemos en todos nuestros aspectos, y parece que la cosa va siempre a peor. No ya porque el nivel de adicción va en aumento, que eso ya es un problema en sí grave, sino porque el nivel de educación va disminuyendo en la misma proporción.

¿Y tú? ¿Eres de los que habla con un ojo en el móvil y el otro en la persona? ¿Eres de los que en las conversaciones se aíslan para usar el móvil o de los que detesta a la gente que hace esto? ¿Qué otras cosas te curiosas te han ocurrido en una sala de espera?

Una mujer a un móvil pegada

Hace tiempo que me vengo fijando. Cada vez que voy a recoger a mi hijo de su actividad extraescolar la veo a ella, esperando a que abran la puerta para darnos a los niños. Tiene siempre la misma postura, lo único que cambia cada día es el peinado y la ropa que lleva. Un día vaqueros y coleta, otro vestido y pelo suelto, otro chándal y pelo recogido… Sin embargo, aún no sé de qué color tiene los ojos. Y es por la postura que repite una y otra vez desde que llega hasta que se marcha: mirando el móvil que tiene en las manos.

Aún no la he visto nunca con las dos manos libres. Cuando camina no siempre va mirando el teléfono, pero lo lleva continuamente cogido. Más de una vez me he preguntado si no será una extensión de sus dedos, o si se ha pegado el aparato a la piel para no tener que desprenderse de él. No tiene cara de ser una mujer mayor, posiblemente ronde mi edad (secreta). En cualquier caso, seguro que tuvo una infancia sin tecnología. ¿Qué habría sido de ella si hubiera nacido ahora? Y a sus hijos, ¿les habrá negado un teléfono? Si lo ha hecho, desde luego que no habrá sido argumentando “¿Acaso mamá lo necesita?”. Es una pregunta que me formula mucho mi suegra, qué voy a hacer cuándo mis hijos me pidan un teléfono, porque yo estoy a menudo con él, generalmente para escribir entradas del blog.

Esto no pasaría de algo normal (al fin y al cabo hay mucha gente “movildependiente”) si no fuese porque ayer rozó el límite del surrealismo adictivo. Los niños terminaron su clase, la profesora abrió la puerta, y empezó a soltar a los pequeños tras haber localizado a los padres (algo similar a lo que hacen en el colegio). Para ello siempre da una voz con el nombre del niño para que los padres podamos facilitarle la labor levantando el brazo o algo similar. Sin embargo, cuando llegó el turno de su hijo, tras dos voces la señora seguía ensimismada mirando su teléfono, tecleando, supongo que escribiéndose con alguien. Cuando la profesora recorrió todos los padres sin divisarla (era la única que tenía la cabeza en posición de mirar hacia el suelo) y cruzó la mirada conmigo, le hice un gesto señalando dónde se encontraba para que su niño pudiera salir de clase. Vamos, que yo le había recogido al chaval.

¿Tan importante era lo que se estaba contando como para despreocuparse así del niño? Yo reconozco que aprovecho minutos muertos para coger el móvil y visualizar las notificaciones en lugar de disfrutarlos con mi familia. Intento hacerlo cada vez menos, sobre todo si me acuerdo de esta mujer. Ya he escrito en alguna ocasión sobre la adicción a los móviles que tienen las personas (mayor cuanto más jóvenes), en cualquier situación. Pero ir a recoger a los niños a un lugar y no estar pendiente del momento recogida me parece que es dejar el listón bastante alto. ¿Adónde vamos a llegar?


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Phombies al volante

Hace un tiempo hablé de lo enganchada que está la sociedad en general a los teléfonos móviles actuales. Lo que no conté fue lo peligroso que puede resultar que esto le ocurra a un inconsciente con un carné que le permite conducir coches y que además hace uso de dicho permiso.

Ayer iba de camino a casa en mi coche. Iba circulando por una carretera de dos carriles que se encuentra entre dos rotondas. Es un trayecto recto de 1300 metros, con lo que la velocidad límite de 90 se puede alcanzar con facilidad si no hay demasiada circulación. Y ahí iba yo, luchando con mi cuentakilómetros para que se mantuviera en el rango 89-91, cuando de pronto noto que un coche me adelanta a gran velocidad (quizá a 120). Miré hacia él y vi a una chica mirando hacia abajo en lugar de hacia delante, que es por donde uno suele mirar cuando conduce.

Me adelantó y comencé a pensar y a llenarme de dudas. ¿Qué narices iba mirando, su entrepierna? Por la dirección de su mirada bien podría haberse tratado de eso, pero a menos que acabara de mancharse ahí con algo era poco probable. Entiendo que iba mirando otra cosa. Entonces pensé en la sonrisa que esbozaba mientras me adelantaba. ¿Y si lo que iba mirando era un móvil? ¿Y si estaba escribiéndose por whatsapp? Tampoco me habría extrañado, estoy seguro de que hay gente que cambia horas de sueño por vivirlas pegadas a su móvil.

Y volví a hacer los ejercicios de buena conciencia que acostumbro. Si de repente se encontrara con un frenazo, ¿cuándo se daría cuenta, cuando se hubiese metido en el maletero del coche que le precedía? ¿Y si hubiese algo en la carretera que tenía que sortear? ¿Y si algún coche de repente se hubiera dirigido hacia ella y hubiese tenido que esquivarlo? ¿Cómo lo iba a ver?

Lo más fácil con esa actitud es que el día menos pensado genere un accidente. Y en esas circunstancias, lo más sencillo es que alguien más (que seguramente vaya respetando el código de circulación) acabe involucrado con mejor o peor suerte. ¿Y si un día se lleva a alguien por delante y ocurre el infortunio de que ella sale adelante? A este paso, el día menos pensado leeré en los carteles informativos de las carreteras: “Tirar una colilla, 4 puntos. Ir whatsappeando, 6 puntos“.


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Phombies

Desde que surgió, la tecnología nos ha proporcionado todo tipo de avances y comodidades. Sin embargo, desde mi humilde punto de vista también hay en ella muchos aspectos negativos. Uno que considero fundamental es la dependencia que nos generamos de ella. No es sólo que prácticamente cualquiera que tenga móvil no sepa vivir sin él, es también que se hace uso del mismo a la menor ocasión. Un corto trayecto en transporte público, la espera en una cola, incluso caminando por la calle.

Montones de personas deambulan absorbidas por el aparato que tienen en las manos, sin prestar atención a su alrededor. Son como zombies con un teléfono pegado al final de sus brazos. A veces lo pienso y yo mismo me incluyo en este grupo, porque aprovecho cualquier momento que tengo libre en un viaje, caminando solo o haciendo una cola para escribir las entradas del blog que leéis.

Sin embargo, no es mi rango de edad el que me preocupa. Ayer, una chica de ocho años vino a recoger su tarjeta de residencia. Para ello el sistema debe cotejar las huellas de quien la recibe. Durante los tres minutos que duró el proceso, la chica estuvo pegada al móvil hablando con alguien. Todo lo que hizo fue alternar de mano el aparato. Independientemente de que me resultase una falta de educación grave (por parte de la otra persona) estar dirigiéndome a alguien que no me estaba haciendo ni caso, me resultó llamativo que lo hizo una niña que no tenía ni la mitad de la mayoría de edad y bajo consentimiento de su madre que no le dijo nada. ¿Qué se puede esperar de esta muchacha cuando sea adulta? No sé dónde vamos a llegar, pero el camino que llevamos creo que no es el adecuado.


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