Viaje del viernes #18

Viaje del viernes

Reconozco que hacer un trámite con la Administración suele conllevar una pérdida de tiempo considerable, algo que en estos días que corren no nos sobra. Asimismo, un trámite en general con cualquier entidad nos genera esa sensación de “perder la mañana”. Por eso, cuando la gente venía a mi oficina y les decía que no podía realizar el trámite que me solicitaban porque les faltaba algún requisito, muchos acababan recurriendo a una excusa que no viene a cuento aunque ellos le veían mucha utilidad: hacer referencia a tiempos pasados. Si hace 20 años era así, ¿por qué ahora no? Supongo que no recuerdan que ya no pagan en pesetas.

Hacer un trámite con la Administración Pública es armarse de valor, paciencia… y papeles. Porque por muchos que creas que llevas, en ocasiones sigue faltando alguno. Cuando solicito un papel que el ciudadano no trae, las respuestas que obtengo son de lo más variopintas.

Algunos me dicen: “Pues la otra vez me lo hicieron con esto que te traigo“. No digo yo que no fuera así en ese momento, pero las cosas cambian y quizás los requisitos que se necesitan ahora son distintos. Generalmente la vez anterior data de 3, 4 o incluso 5 años atrás, con lo que un cambio en la ley es más que probable. También puede ser que no recuerden lo que trajeron esa otra vez, o tal vez otra persona lo tramitó en su lugar. Es posible incluso que quién se equivocó fue el funcionario y efectivamente se lo hicieron como me indican, pero erróneamente (no pasa nada, todos nos equivocamos).

Lo que de verdad me inquieta es que piensen que les estoy pidiendo algo que no es necesario. ¿Tal es mi cara de mala persona? ¿Creen que disfruto haciendo que la gente se dé paseos? ¿De verdad piensan que tengo ganas de volver a verles y encima más enojados? (cuando se van sin hacer lo que quieren, se suelen marchar más enfadados de lo que llegaron) ¿No sería más cómodo para mí atender una sola vez a cada persona?

Otros intentan sorprenderme con un “Pues en nosécuál oficina con esto me lo hacen“, y aunque es algo que trataré más adelante debo decir que no lo logran. ¿Qué me importa a mí lo que hagan en otro sitio, que ni siquiera sé si es cierto ni si lo están haciendo correctamente?

Pero si hay alguna que me resulta curiosa por encima del resto es: “Pues el año pasado me lo hiciste con lo que te traigo ahora“. ¿Está seguro el ciudadano de que fui yo quién le atendió? ¿Realmente no le mandé a casa a por lo que le pido ahora? ¿De verdad que fue el año anterior y no hace unos cuantos años? Si responde que sí a todas estas preguntas formuladas (y generalmente lo hace, no es fácil que dé su brazo a torcer), seguidamente le pregunto cómo puede acordarse con esa facilidad de lo que presentó el año anterior (a mí me cuesta recordar lo que hice el mes pasado). A esto a veces no hay respuesta, supongo que porque en el fondo son humildes.

Suponiendo que no han cambiado las normas, ¿piensan que me puedo creer que yo les dije algo diferente a lo que les digo ahora? ¿Lo tienen grabado en un vídeo? Quizá me pude equivocar con una persona y hacerlo mal, pero la cantidad de veces que me ocurre supera con creces el número de errores permitidos por mi sentido común. No soy tan tonto, leñe, aunque estoy seguro de que la gente no piensa igual.

Viaje del viernes #17

Viaje del viernes

Con el paso de los años he aprendido a llamar la atención de la gente sólo con mirarla. No me pasó en el tren o en el autobús, por más que miré a esa morena de ojos claros, ni en los conciertos a los que fui, por más que miré a los cantantes para que me firmaran sus discos. Fue cuando empecé a trabajar de cara al público cuando una mirada mía, mientras hacía trabajo administrativo, era suficiente para tener en mi mesa a cualquier ciudadano impaciente por ser atendido. Aunque no fuera realmente mi cometido.

La mirada es un elemento muy importante en nuestra vida cotidiana. No en vano es capaz de iniciar relaciones de cualquier tipo entre varias personas. Tan sólo tienen que cruzarlas. Una chica con un chico en un bar para iniciar un acercamiento, un profesor con un alumno para elegir un voluntario que salga a la pizarra, un comercial con alguien que pasa a su vera para (intentar) venderle un producto, o un ciudadano con un funcionario, para considerar que se ha ganado el derecho de ser atendido sin demora.

Eso es lo que ocurre cuando estoy sin atender a nadie realizando algún tipo de tarea administrativa (que también las hay aunque nadie se lo crea), y un ciudadano atraviesa el umbral de la puerta de entrada. Si yo sigo en mi puesto, ensimismado con mis papeles, quizá lo máximo que ocurra sea que llegue ante mí, se quede plantado mirando cómo trabajo (de hacerlo yo además lo subiría a mi red social, no todos los días se ve trabajar a un funcionario) y espere un gesto por mi parte. Algunos incluso intentan llamar mi atención de las formas más variadas. Desde los que sueltan un simple “Buenos días” hasta los que directamente atacan con un “Quiero hacerle una preguntita“, así sin anestesia… Ni educación, dicho sea de paso.

Sin embargo, si en vez de concentrarme con mis cosas lo que hago es levantar la cabeza y mirarle mientras se aproxima, por algún tipo de jerga gestual que aún no he logrado descifrar, entiende que lo que he querido decir es “Véngase usted y no pierda tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderle“. Como si no tuviera nada más que hacer. Y es cuando me pongo a pensar qué tendrá él que no tenga el resto de personas sentadas en la sala para que crea que a las demás no las puedo atender y a él sí…

De todas formas, es curioso que esto sólo me ocurre desde que trabajo atendiendo al público. Antes, en concreto cuando era joven, por mucho que cruzara las miradas con las muchachas en las discotecas ninguna entendía “Ven y no pierdas tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderte“. Era más bien otra cosa. A ver si con los años he aprendido a hablar con la mirada. ¿Por qué la gente cree que por mirarles debo atenderles? ¿Por qué deducen que no tener a nadie sentado en la silla es sinónimo de no trabajar? ¿Por qué piensan que puedo resolver cualquier tipo de duda que tengan simplemente por el hecho de estar haciendo una cosa distinta de atender a una persona?

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Viaje del viernes #16

Viaje del viernes

Reconozco que el chip del ya extinto DNI 2.0 (entiendo que era el 2.0 porque el que ahora está se denomina 3.0) era un poco patata. A poco que llevases el carné en la cartera y te sentaras sobre ella un día, y otro, y otro, y así durante meses se te acababa saltando de la tarjeta. No sé por qué no lo hicieron a prueba de dobladuras constantes. Creo que la culpa viene de la mala costumbre de tener el otro, que estaba hecho de plástico y papel en cualquier sitio, y aguantaba como un campeón giros, dobleces y demás aberraciones cometidas sobre él. El DNI electrónico era bastante más señorito pero nadie lo explicó, y pasaba lo inevitable: el chip acababa fuera del carné bastante a menudo.

Estar atrapado en un lugar que no te gusta, en el que sólo encajas porque te han metido ahí a presión, no es plato de buen gusto para nadie. Ni siquiera para un chip. Por eso, en cuanto tienen la más mínima oportunidad de escapar del carné al que van unidos, salen huyendo. Seguro que cualquiera de nosotros haría lo mismo.

Lo curioso de todo esto es que siempre coincide con el momento de ir a renovar el carné. Está feo decir el 100% porque siempre llega en algún momento alguien dispuesto a fastidiar la estadística, pero más del 95% de los que se sientan en mi puesto y me entregan el DNI sin chip, al ser preguntados acerca de cuánto tiempo llevan con él así me responden: “¿El chip? Pues se saltó la semana pasada, y como ya tenía que venir aquí…

Yo creo que alguno ha decidido independizarse en el mismo momento de coger la cita. Ha visto que iba a ser cambiado por otro y ha pensado que lo mejor era abandonar. Si el carné está en buen estado puedo pensar que es factible lo que me cuenta. Pero en la mayoría de los casos ocurre que la tarjeta tiene más zonas de color negro que de cualquier otro (del roce, del uso, de no llevarlo aseadito, lo que sea, no entro en la limpieza de cada uno), o bien tiene más de una zona por las que se podría partir en breve. Con esto, es imposible que mi mente acceda a considerar como verdad lo que me están diciendo. ¿Por qué lo hacen? ¿Piensan que les va a costar más? ¿Creen que les voy a multar? Si ya casi tienen uno nuevo, ¿qué iba a conseguir haciéndolo?

De todas formas, les aviso de que si la próxima vez les ocurre con más tiempo para caducar deben obtener un duplicado sin demora, porque así el carné no es válido. Y aunque estoy seguro de que lo saben, algunos me preguntan asombrados: “Ah, ¿no es válido?” Y muchos de ellos prosiguen con “pues yo compro con él“, o con “pues yo entro en los sitios con él“… De verdad, lamento decepcionar a todos los que lo siguen usando una vez roto, pero no se debería hacer. Al fin y al cabo, está deteriorado. Aunque la abstracción del deterioro es un tema tan complejo que merece un tratamiento aparte.

Viaje del viernes #15

Viaje del viernes

La gente habla mucho, a menudo sin saber. Un amigo me dice a menudo que “España es un país de listos de bares”. Supongo que porque es el sitio donde las personas suelen demostrar todo lo que ‘saben’. El problema en esto era cuando la gente llegaba a la oficina y me decía “Es que a mí me dijeron que valía lo que traigo“. Y se lo había dicho un amigo, una vecina, un primo, un tío, un desconocido o el blog de Manolete. Cualquiera de ellos con más credibilidad que yo, vaya. Supongo que porque yo les decía lo que no querían escuchar. Y aún empeoraba la cosa cuando según hablábamos me iban soltando mentiras. Eso me crispaba y respondía de manera ácida, aunque siempre con una sonrisa para que sirviera de atenuante.

No entiendo cómo puede haber gente sin trabajo en este país, con la extraordinaria cantidad de personas inteligentes que lo habitan. Bueno, supongo que si me paro a pensar un momento, quizá se deba a que en realidad lo que aquí hay en exceso son listos. Y aunque ambos adjetivos parecen sinónimos significan cosas distintas.

Inteligentes son aquellas personas que saben de lo que hablan. Las que saben de más o menos temas pero que cuando no saben de algo no hablan alegremente. Primero dicen que no saben y luego, si acaso, dan su opinión. Pero dejando bien claro que es eso, su quizá equivocada opinión. Listos son aquellos seres que creen que saben de lo que hablan. No soportan afirmar que no saben algo porque no quieren parecer ignorantes. Y menos delante de alguien a quien ellos consideran más tonto. Consecuentemente, opinan acerca de todo pero no dejándolo en una idea propia, sino como una verdad universal.

Si esto pasa acerca del último fichaje futbolístico, tampoco es demasiado grave. Si ocurre con los papeles que hay que aportar para la renovación de la documentación, ya no hace tanta gracia. Sobre todo porque la mayoría de las ocasiones en las que ocurre hay algún tipo de error. Si sobran papeles no importa, pero el problema es que normalmente suele faltar algo. Y es entonces cuando llegan los reproches:

– Es que a mí me dijeron que eso no hacía falta.
– Pero es que sí es necesario. Además, se lo estoy diciendo yo, con lo cual ya puede decir que a usted le dijeron que hacía falta.
– Pero es que me lo han dicho varias personas, todo el mundo.
– ¿Varias personas o todo el mundo?
– Me lo han dicho y ya está.
– Ah, “y ya está“. ¿Y por eso lo que yo le indico vale menos, porque se lo digo sólo yo? Por favor, respóndame, ¿quién hace los documentos, varias personas, todo el mundo o yo?
– Usted.
– Entonces, ¿quién sabrá mejor lo que necesito?
– Es que me lo dijo usted la última vez.
– ¿Yo? Eso es imposible.
– Pues sí, usted me lo dijo la última vez.
– Perdone que discrepe, pero eso sólo lo podría haber dicho ebrio. Y no acostumbro a beber en el trabajo.

¿Se lo he dicho yo después de decirme que han sido otras personas? ¿Con qué valor se atreve a decir que sabe mejor que yo lo que he dicho? ¿Es que tiene una grabación? Además, me resulta especialmente curioso que cuando les pregunto cuándo ha ocurrido eso me dicen una fecha en la que yo aún no estaba tramitando documentación. O estaba de vacaciones. O mejor aún, todavía no era funcionario. Lo peor es que se lo digo y algunos aún me lo niegan. Y eso ya es el colmo. No sólo les rebato sus argumentos, sino que después de cogerles todas las mentiras aún pretenden saber cuándo empecé a trabajar. ¿Qué fiabilidad pueden tener?

Viaje del viernes #14

Viaje del viernes

Vivir con tus padres es algo a lo que se le acaba cogiendo cariño, incluso de adulto. Muchos me confesaron en su momento que les daba pena cambiar la dirección del DNI porque era “su casa de toda la vida”. Sin embargo, emanciparse es algo que conlleva muchas responsabilidades, y una de ellas es dejarlo claro en la Administración Pública. En todas la entidades, a ser posible. Lo ideal es que todos los funcionarios coincidan a la hora de decir la dirección donde vive cada uno. Pero no siempre ocurre. Los motivos son varios: dejadez, desconocimiento, pereza… Total, si la casa antigua aún sigue siendo suya de alguna forma…

A la gente le cuesta mucho independizarse. En casa de los padres uno está en la gloria. No lava, no cocina, no limpia, no plancha, no paga recibos… Por eso muchos no terminan de irse de allí. Al menos en el carné.

Cuando los ciudadanos me dicen que vienen a cambiar el DNI y de paso actualizar el domicilio, siempre suelo avisarles de que deben hacer la actualización en cuanto se produce el empadronamiento en la nueva vivienda. La respuesta más típica con la que me encuentro es: “¿Ah, sí? No lo sabía“. Bueno, eso es algo que deduzco ya que no lo han hecho antes… No creo que sea por saltarse la ley alegremente y arriesgarse a recibir una multa, imagino que será desconocimiento…

La incógnita que me asalta la mente es por qué no es tan evidente que la variación del domicilio es un cambio de datos, como cualquier otro que aparece en el DNI. Si se plasma en el documento al igual que el nombre o el lugar de nacimiento, ¿por qué se le da menos importancia? Respuestas tipo comunes: “Total, como es la dirección de mis padres…“, “Bueno, en esa casa conozco al inquilino, no hay problema“, “Como aún tengo esa vivienda en propiedad…” ¿Eso qué tiene que ver? Es como si uno llevara la fecha de nacimiento de 3 años antes y pensara “Total, yo sé los años que tengo y así me jubilo antes…

Luego pasa lo que pasa: Hacienda tiene una dirección, la Seguridad Social otra, como se trate de alguien con recursos en tráfico constará una tercera, y si se vive de alquiler puede que en el DNI vaya una cuarta. ¿Cómo va a trabajar la Administración así? Una cosa es que queramos que los funcionarios sean eficientes (lo sé, es difícil), y otra que hagan milagros…

Todo el mundo tiene bastante claro que si el carné tiene una fecha de nacimiento que no es la correcta debe cambiarlo cuanto antes. ¿Por qué con la dirección no pasa? ¿Es menos importante? Puede que se remita allí por correo cualquier notificación. ¿Y si aunque sean familiares no interesa que se enteren?

Viaje del viernes #13

Viaje del viernes

La vida está llena de reglas, y todas ellas tienen excepciones. Supongo que debido a esta premisa es frecuente escuchar cómo muchas personas dicen continuamente “¿Y no podrías hacer una excepción conmigo?“. Sé que no piensan cuando lo dicen, porque a poco se parasen a discurrir podrían llegar a la siguiente conclusión sin ayuda: “¿Y por qué va a hacer la excepción conmigo y no con cualquier otra persona, acaso soy más o mejor que el resto?”. Esto es algo que yo no he querido preguntar nunca y que me daba mucha rabia que me preguntasen. Partiendo de la base de que no puedo saltarme las normas, no entiendo por qué debería hacerlo con alguien a quién no conozco y nada me ofrece…

La vida está llena de excepciones. Y las reglas más aún. Las excepciones son esos ejemplos que se saltan la norma para llegar al mismo fin que los que la cumplen. En resumen, son unas privilegiadas. La dificultad estriba en saber quién puede ser excepción en cada momento. ¿Por qué uno sí y otro no? ¿De qué depende? En muchas situaciones de la vida depende del dinero que uno tenga, de lo famoso que uno sea, o incluso del sexo que a uno le haya tocado.

Estamos hartos de ver que si uno es rico le invitan en todos los sitios donde va (cosa curiosa, porque si se tiene dinero para pagar lo que sea no hay necesidad de que le inviten, al contrario, tendría que pagar más). O que si uno es famoso le cuelan, le regalan, vamos que le tratan con privilegios como si fuera de una especie superior. Y que cuando un chico necesita algo, en igualdad de condiciones es más fácil que una chica se lo proporcione (en lugar de otro chico), y al contrario, sobre todo al contrario. Y más si la persona que pide tiene buena presencia.

Cuando la gente viene a renovar su documentación a mi puesto, a menudo piensa que pertenece a uno de esos grupos y que se encuentra en uno de esos ámbitos. ¿Qué les hace pensar que son la excepción? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Se creen más personas que el resto? Me gusta pensar que no necesariamente, y que lo que ocurre es que les importa muy poco lo que haga con los demás, siempre que ellos sean la excepción. El problema es que generalmente quieren ser la excepción para algo beneficioso para ellos, según me aseguran sólo por esa vez (no se lo creen ni ellos), y siendo yo el que incumpla la ley (sólo un poquito). Curiosamente, nunca me dicen: “¿Y no puedes hacer conmigo una excepción y quedarte con los 10 euros que sobran de la tasa?“. Siempre es algo como: “¿Y no puedes hacer una excepción y no cobrarme la tasa?“.

Además, aún espero que alguien me explique por qué debería responder afirmativamente a preguntas del tipo: “¿Y no podrías cogerme los papeles caducados?“, “¿Y no podrías atenderme sin cita delante de todos los citados, que tengo cosas que hacer?“, “¿Y no podrías hacerle el pasaporte a mi hijo sin el libro de familia?“, “¿Y no podrías cogerme las fotos de hace diez años si apenas he cambiado (esto sí que es gracioso y algo que merece tratarse aparte) y no tengo tiempo, ganas ni aspecto para hacerme otras nuevas?Pues no señores ciudadanos, no podría. Ni puedo, ni debo.

Pero he de ser sincero. En relación con un caso anterior, tengo una excepción. Hay alguien menor de edad a quien no le pediré el libro de familia cuando tenga que expedirle el pasaporte: mis hijos.

Viaje del viernes #12

Viaje del viernes

Ser padre de familia no es una tarea fácil. Junto a la madre hay que llevar para adelante la casa, domar a los niños que cada vez se hacen más grandes y desobedientes, impedir que se maten entre ellos por cualquier cosa, hacer que lleven un buen camino, lidiar con todos los problemas que la vida pone por delante y por si fuera poco, de cuando en cuando pedir cita para renovar la documentación. Es una tarea en ocasiones difícil, pero a veces no es mejor saber, sino saber localizar al que sabe…

Cuando un padre de familia se dispone a conseguir una cita para renovar los carnés de los miembros que la componen, generalmente opta por la opción de Internet, ya que el teléfono sube un pico la factura mensual (es un 902) y hay que ajustar los gastos. Sin titubear, enciende el ordenador, arranca el navegador web, aparece la pantalla blanca del buscador que tiene como página principal y una gran duda pasea por su mente: “Y ahora… ¿cómo pido la cita?“. Piensa un rato y sonríe optimista: “Bueno, no puede ser tan difícil. Si Fernando lo ha hecho, yo también. A ver si escribiéndolo aquí…” Tras escribir “quiero pedir una cita para renovar el carné de identidad” en el buscador, el primer resultado obtenido es la página de cita previa del DNI.

Aparece una página con muchas letras que la mayoría no lee hasta el final. Algunos ni siquiera leen nada, solo pinchan en “Iniciar el procedimiento“, que no está la cosa como para perder tiempo. En la siguiente página empiezan los problemas. Hay dibujitos explicativos para los casos de duda, pero si se miran suelen ser usados para pensar “Mira qué cara tiene el de la foto esa“, “Pues yo no tengo ese carné, a ver qué hago ahora“. Así, a la hora de introducir el equipo de expedición lo mismo muchos piensan: “¿Para qué necesitarán aquí datos de mi época de Scout?“. O quizá se quedan un paso antes y piensan: “¿Equipo? ¿Y para qué querrán saber los del DNI que soy del Atleti?“.

Pero si hay algo realmente difícil es acertar con los caracteres de control: “¿Eso es una ‘i’ mayúscula, una ‘l’ minúscula o un uno? Yo creo que un uno. ¡¿Error?! Vaya, pues no era un uno, no.” Una vez está todo correcto (varios intentos después), se abre un mundo de posibilidades tan extenso, con tantas palabras para leer, que alguno se aturulla y se queda en lo primero: “Documento Nacional de Identidad“, sin saber si eso es lo que quiere o no. Porque hay veces que la gente me dice que es imposible coger cita para varias personas y eso es una opción que aparece en la parte de abajo de la página (a la que hay que llegar, obviamente)… Cuando uno pide cita por Internet, hay que hacerlo sin prisas ni estrés. Pero no demasiado pausado, porque pasados unos minutos sin pulsar nada el sistema nos devuelve al inicio del proceso. Y si encima a mitad del procedimiento surge algún fallo de tipo informático, lo que faltaba para terminar desquiciarse.

Con todo ello, es muy probable que tras 20 minutos de sudores y clics infructuosos, se llegue al tan indeseado como inevitable desenlace:

– ¡¡¡Jose María!!! ¡¡Ven aquí un momento, anda!!
– (Resignado) Qué quieres, papá…
– Mira a ver si puedes coger cita tú, que a mí el ordenador este no me deja.
– ¿No te deja? ¿El ratón te esquiva cuando acercas la mano? ¿O es que se apaga el monitor cuando le vas a dar a ‘Aceptar‘?
– Anda niño, no me tomes el pelo y pide cita para ti, para tu hermana, para mamá y para mí.

Si se tiene la posibilidad de encargarle el trabajo a unos jóvenes que manejan internet con soltura, en cuestión de minutos se tienen todas las citas. Si uno se atasca demasiado con alguno de los pasos, lo que parecía un proceso sencillo se transforma en el más engorroso de los quehaceres, además de dejar al ciudadano con un alto grado de enfado y desesperación.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 21 – Una entrevista especial

Te acuerdas de...

Hace un año, un amigo al que quiero de forma especial me realizó una entrevista. Él es una persona muy aclamada en los sectores en los que se mueve, que principalmente son los mundos del misterio y de los Caballeros del Zodíaco. A primeros de año la hice pública. Tardé demasiado, porque esperaba poder colgar el vídeo que hicimos al respecto, pero aún no me ha sido posible montarlo en condiciones y no quería esperar más para enseñar el trabajo que hizo conmigo este maestro de los micrófonos. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en la que se encuentra. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace unos meses me sentí famoso por un día. Un gran amigo, alguien que es para mí como un hermano, me había concedido una entrevista. Ya he hablado en alguna ocasión de su afición al podcasting, y la gran repercusión que tiene en los ámbitos a los que se dedica. Era, por tanto, una entrevista que iba a llegar a miles de personas, bien por el misterio, bien por los caballeros del zodíaco. Era como una presentación virtual de mi libro: 69 Historias tras tu DNI.

Quiero agradecerle a Carlos la oportunidad que me brindó, las molestias que se tomó conmigo y toda la ayuda que me ha prestado y que me sigue prestando con la promoción del libro. A este ritmo tendré que pactar con él un porcentaje de beneficios… cuando los haya.

Ahora os doy la oportunidad de escuchar la entrevista completa pinchando sobre estas palabras (y pulsando en el botón del play si usáis un ordenador o en reproducir/descargar audio si usáis un móvil), así como escuchar un resumen de unos 8 minutos pinchando sobre estas palabras y procediendo de igual forma. Espero que las disfrutéis.

Si os gusta la entrevista podéis compartirla en vuestras redes sociales con los botones de más abajo (si no os gusta también podéis hacerlo).

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 20 – No tienes huevos

¿Te acuerdas...?

Hay pocas cosas que levanten la furia de un hombre (pero de un hombre de verdad, no uno como yo) como la frase “No hay huevos”. Es como si tuviera que demostrar que su masculinidad sigue intacta (no así su cerebro), haciendo justamente aquéllo a lo que ha sido retado. Es difícil de controlar en edades tempranas, lo entiendo. La adolescencia es dura. Pero llegado un momento todos los hombres deberían superarlo. El problema es que esto no es así. Hace poco hablé sobre este tema. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hay tres palabras que uniéndolas de determinada forma, activan una parte del cerebro masculino: la de la honrilla. Al mismo tiempo, desactivan otra mucho más importante: la del raciocinio. Y es que no hay nada más “machote” (y simple a la vez) que demostrar que uno tiene lo que hay que tener delante de quien sea realizando cualquier cosa que se tercie, por descabellada que parezca. Esto suele ocurrir a edades tempranas, con mayor incidencia en la adolescencia (la tan temida por los padres “edad del pavo“).

Yo recuerdo con claridad dos episodios de este tipo que tuve en esos años (lo que no impide que hubiera más). Pensándolos ahora son el claro ejemplo de la estupidez hecha acción, pero reconozco también que en su momento tuvieron gracia y no hicieron daño a nadie. La primera vez fue en 1996, en un viaje a Cazorla con el instituto. Mis compañeros de mesa durante la cena me retaron a comerme de una vez una porción de postre de melocotón en almíbar. Uno de ellos se quedó sin postre. La segunda fue uno o dos años después. Una chica me retó a comerme una hamburguesa del McDonald’s en 4 bocados. La muchacha se tuvo que comprar otra. Dicho esto, mis padres siempre me dieron una buena alimentación y nunca me hicieron pasar hambre.

El problema de estas cosas surge cuando el querer demostrar la valentía aún se conserva en la edad adulta, un momento de la vida en el que creo que ya no corresponde. Por multitud de motivos, pero básicamente porque ni se tienen 15 años, ni se consideran adecuados los adultos para muchas acciones que se adaptan mejor a un perfil de edad menor (sobre todo actividades físicas). Y es que, acciones como la del señor (por decir algo) que va con su hijo en el coche a 190 km/h, se graba en vídeo y lo difunde por Internet solo tienen explicación (para una persona normal no tiene explicación alguna, pero parto de la base de que este señor es anormal) si el descerebrado conductor ha tenido una conversación en la que han terminado diciéndole: “No hay huevos“.

¿Qué pretenden demostrar con ello, que son mejores? ¿Que cuentan con una parte del cuerpo que a menos que se la hayan extirpado está unida a su ingle? Más bien lo único que enseñan al resto es que son más bobos (o más irresponsables, más infantiles… según el caso). Si ambos (retador y retado) tuvieran la percepción de que es útil demostrar la valía en algo, ambos lo harían en una especie de duelo para enseñar al resto quién sale victorioso, y no habría uno que disfrutaría viendo cómo el otro sufre para llevarlo a cabo.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 19 – La red está llena de valientes

Te acuerdas de...

Internet tiene la gran ventaja del anonimato. A nivel general, cualquiera puede hacer o decir lo que le plazca, porque nadie sabe quién está detrás de las palabras que se han expresado. Esto conlleva un problema, el crecimiento exponencial de apariciones de gallitos y valientes, que son aquéllos que se aprovechan de que nadie les ve ni les conoce para insultar y agredir a quien les plazca. Hace meses hablé de la facilidad que tienen estos individuos para creerse alguien cuando en la realidad de sus vidas tienen que ser personas tirando a mediocres. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace semanas que me he dado cuenta de algo que acontece en multitud de foros y sobre todo en las redes sociales. Este país está lleno de valientes, que son aquéllos cuyo único fin en su mugrienta vida es acceder a dichos foros o redes sociales con el (¿único?) fin de descalificar a todos los que versen opiniones distintas a las suyas. Lo peor es que los hay a espuertas. Más de los que pueda imaginar cualquiera. Y por más que lo pienso no logro entender por qué ocurre. ¿Son mejores personas? ¿Son más fuertes? ¿Creen que son personas con más valor que las que agreden?

El gran problema es la facilidad que se tiene en estos lugares para insultar y faltar al respeto a los demás de forma impune. Los motivos no tienen que ser siquiera fundados, hay mucho bobo que se enciende con facilidad. A veces es suficiente con publicar varias veces una idea contraria a la de ese bobo. Lo más bonito que puede llamar a quien publica eso es “Hijo de mil padres” o “Seguro que no sabes si tu padre tiene dos patas o cuatro” (hay que tener en cuenta que en este blog no utilizo palabras malsonantes).

Otras veces es suficiente con existir y que se produzcan cambios en uno mismo, que es lo que le pasó recientemente a Cristina Pedroche. Y si se trata de un tema que puede tener diversidad de opiniones (política o fútbol los más destacados), cuando alguien deja una opinión fuera de lugar o que no se adapta a la manera de pensar de otros (o del resto de un pequeño grupo), la mayoría no le rebate con argumentos, sino que se limita a airear sin prueba alguna su nulo coeficiente intelectual con frases del tipo: “Tú qué vas a pensar, si tienes el cerebro del tamaño de un alfiler“. Eso es argumentar.

Esto es algo que se produce en Internet, y estoy convencido de que es porque ahí nadie conoce a nadie, no se tiene a la víctima delante, y como es muy difícil alcanzar a la persona que escribe esas barbaridades, todo es mucho más fácil. Es sencillo insultar y descalificar si no se ve a quién se agrede. Y es algo que me llama la atención sobre estos valientes, y que me hacen preguntarme algo. Si se encontraran conversando en una habitación con personas que no conocen de nada (como es el caso de foros y grupos de redes sociales) y en mitad de la misma un tertuliano comenzara a defender una idea diferente a sus principios o sin demasiada base lógica, ¿también le insultarían así? ¿Le faltarían al respeto tan descaradamente? Los que a menudo se unen al descalificador en Internet, ¿también se atreverían en este caso a aliarse para ofenderle?