Viaje del viernes #26

Viaje del viernes

Vivimos corriendo, estresados. Eso nos hace actuar de forma rápida para todo. Para caminar, para pensar, para actuar, para leer… Sí, leemos rápido. Los que lo hacemos, claro. y en ese momento de leer rápido, lo poco que nos puede ocurrir es que nos equivoquemos en lo que leemos, añadiendo información que no existe o filtrando otra que sí está. El problema es que, aun después de habernos equivocado, nos cuesta mucho asumir y reconocer que lo hemos hecho. Porque parece que en esta vida, el que se equivoca es tonto para siempre. Y muchos no están dispuestos a permitir eso.

Si hay algo que caracteriza a las personas es que resulta prácticamente imposible que se equivoquen. Siempre que algo salga mal será por culpa de otro, por difícil que parezca. Cuando se le pide a alguien un documento que no trae (por indicar algo común, el libro de familia para hacerle el pasaporte a un menor de edad), casi siempre surge la misma frase, no sé si por ver si cuela, para eximirse de cualquier culpa o error, o para inculpar a los malditos funcionarios que siempre le hacen la vida imposible al pobre y atareado ciudadano: “¡Pero bueno! ¡Es que no pone en ningún sitio que haya que traer eso!

¿Dónde no lo pone? ¿En la etiqueta de los cereales? ¿En la página de Toni que la última vez que la actualizó aún andábamos con las pesetas? ¿En las páginas elegidas al azar de los resultados obtenidos al teclear en el buscador “Papeles necesarios para el pasaporte del niño“? ¿Se ha señalado que es para un menor de edad? ¿Se ha buscado la información en la página oficial (la del Ministerio del Interior)? Generalmente no, pero en ocasiones ocurre que obteniendo todo de forma correcta y del sitio adecuado, lo que no se hace bien es leer.

Sin embargo, lo peor no es tener que demostrarle al ciudadano que no ha sabido buscar o leer. Lo peor es aguantarse las ganas de ridiculizar ante sus hijos a aquéllos que me hablan con tanta soberbia que se les sale por la boca:

– Es que eso no lo pone en ningún sitio, siempre estáis igual de verdad.
– Disculpe, pero no tiene por qué hablarme así…
– Pero para qué me pides eso, a ver, si nosotros ya tenemos pasaporte y DNI.
– Porque necesitamos comprobar la relación de parentesco o tutela, y sólo aparece ahí, en una partida de nacimiento, o en una resolución judicial. E intuyo que lo más fácil de llevar encima es lo primero.
– Mira, yo he mirado lo que hace falta y eso no sale en ningún lado.
– Sin discutirle lo que ha mirado usted, en la página oficial sí que sale.
– Vamos a ver, es que yo he mirado la página oficial y he sacado de ahí lo que hace falta, ¿sabes? Mira.
– No es necesario que me lance el papel. ¿Usted ha leído bien lo que pone?
– Pues claro.
– Pues por favor, lea en voz alta lo quie pone en este párrafo (señalando con el dedo).
– Necesitarán libro de famili…
– Puede seguir leyendo si quiere.
– Vale, o sea que no me lo queréis hacer. Pues nada, a perder otro día de trabajo, otro día de clase… Así va este país.

Resulta que sí lo pone, que no ha sabido leer o entender lo que leía y curiosamente la culpa es mía porque no quiero saltarme la ley, digo porque no se lo quiero hacer. Al menos siempre habrá un funcionario disponible a quién echarle la culpa de todo. Especialmente al llegar a casa.

Viaje del viernes #25

Viaje del viernes

Soy consciente de que pagar las tasas del DNI es un rollo. No ya por el hecho de pagarlas, como casi cualquier cosa en este mundo, sino por tener que abonar algo que te obligan a tener y que tú no solicitas. Sin entrar en lo mucho o poco que pueda solucionarnos la vida en multitud de ocasiones estar un poco organizados e identificados. Pero yo no tengo la culpa, básicamente porque yo no pongo los precios. Por eso, no lograba entender a la gente que se iba sin pagar.

Ayer me volvió a ocurrir. Uno confía en las buenas intenciones de los demás, en sus posibles despistes, en que quizá no han oído nada en las tres veces que se le ha solicitado… Si encima yo luego me distraigo hablando, que me pasa a menudo, ya tengo el lío montado.

Da lo mismo cuántas veces pida la tasa a la gente. Siempre hay alguien que es sordo, no entiende la palabra ‘euros‘, o es sinvergüenza sin más. Me resulta asombrosa la capacidad de abstracción de la gente. Cómo son capaces de escuchar que les pido el DNI, una foto reciente, y filtran la parte correspondiente al importe. Y eso que lo pido todo seguido y en cuanto se sientan. Del alto porcentaje de personas con problemas auditivos cuando se les solicita el dinero, muchos de ellos cuando les digo por segunda o tercera vez que me tienen que pagar, me responden asombrados: “Es verdad, que me lo has dicho antes“.

Bueno, después de cinco años aún me pregunto por qué si me han escuchado no me pagan al momento. Imagino que con lo que se pretenden ahorrar (unos 10 euros más o menos) haciéndose los locos y esperando que se me olvide se podrán montar un negocio o dar la entrada para un piso. Seguro que en la carnicería no lo hacen, con el señor que les atiende armado hasta los dientes con un hacha tan afilada que podría partir un pelo en dos. Eso debería tener yo colgado en la pared de mi espalda, un hacha bien afilada. Obviamente no podría usarla, pero al menos asustaría.

Lo que no saben es que a cada dos personas como mucho paso lista de las cuentas precisamente por mi despiste. Y cuando descubro quién se ha marchado sin pagar le llamo para que vuelva a abonarme la tasa. El trabajo es doble para los dos, yo porque tengo que molestarme en localizarle y ellos porque tienen que volver a la oficina. ¿No sería más fácil que lo hicieran bien desde el principio y nos ahorrábamos tiempo todos?

Viaje del viernes #24

Viaje del viernes

En la vida de un hombre, sobre todo de un hombre que ya ha pasado los 30, hay muchas cosas que le preocupan. Pero hay una por encima de todas. No, no es que el partido político que él ha votado no gobierne. O que su equipo de fútbol no gane. Ni siquiera que el eterno rival lo haga. No se trata de quedarse calvo, o tener la cabeza llena de canas. Tampoco que le puedan robar el coche o que su mujer le mande a dormir al sofá. O incluso encontrar una. Lo que a un hombre de verdad le asusta es que pueda quedar en evidencia que está perdiendo la masculinidad. Y eso es algo doloroso.

 A muchos hombres les pasa: tienen miedo de que se les cuestione su virilidad. Y más en una tarjeta que van a utilizar en multitud de sitios, que además les identifica y que asegura que ellos son quienes dicen ser. No es plato de buen gusto enseñar el DNI por ahí y que la gente se piense que uno no es uno, sino una. Es lo que debe ocurrirle a todos los señores que, entre preocupados e indignados, vuelven a mi puesto a los pocos minutos (a veces segundos) de ser atendidos:

– ¡Oiga, que me ha puesto usted que soy una mujer!
– ¿Yo? Perdone, pero yo no puedo cambiar nada. Además, usted me ha dicho que había leído los datos y que estaban todos correctos.
– Sí, pero aquí lo pone claramente: Sexo, Mujer.
– Bueno, caballero, ahí pone: Sexo, ‘M‘. Y puede ser Sexo, Mucho, lo cual es agradable para cualquier hombre (cuestión de genes). O Sexo, Maravilloso, con lo cual debería estar más orgulloso aún de su mujer. O Sexo, Masculino. Que es justamente lo que ha leído en la pantalla hace unos minutos.
– Entonces, ¿no es mujer?
– Cada cual le puede dar la interpretación que quiera, pero insisto en que la Administración le dará la de “Masculino“.
– Ah, vale, es que ya me había asustado… ¡A ver si me había cambiado el sexo!
– Pues márchese tranquilo, tiene el mismo sexo que con su anterior DNI, y es hombre.

Al menos se marchan agradeciendo que les mantenga intacta su masculinidad. Pero deberían de preocuparse de otra cosa más que de eso. ¿Por qué prestan tan poca atención? Si ven que pone masculino, ¿por qué no lo relacionan una vez tienen la tarjeta en la mano? Si la ‘M‘ también vale para Macho, ¿por qué no se piensa en esta palabra en lugar de Mujer? Porque se me ha dado el caso que si ven una ‘H‘ en una tarjeta cualquiera (no un DNI) de una mujer, deducen que es Hembra y no Hombre. ¿Qué clase de razonamiento abstracto hay detrás de ello?

En cualquier caso, me asombra la cantidad gente que piensa que soy un despiste, o que lo hago a mala leche. Porque si en el carné antiguo venía bien y estoy viendo que el ciudadano que atiendo es un señor, ¿para qué iba yo a poner que es una mujer? ¿Tan extendida está la creencia de que los funcionarios hacemos las cosas para fastidiar? Yo no soy tan malo… Supongo que si pudiera modificar o indicar yo el dato me equivocaría alguna vez, pero si en la anterior tarjeta ya venía bien puesto no tendría que cambiar nada, con lo cual entraría en juego la mala idea. Y si fuera la primera vez que lo pongo… Ahí ya sí que no hay duda, sería por despiste. Y no dudo que alguna vez me pasaría, porque en ocasiones soy algo calamitoso. Pero quiero pensar que no tantas veces como me lo preguntan.

Viaje del viernes #23

Viaje del viernes

Durante mi etapa de atención al público traté con muchos miles de personas (así por encima, unas 28000). Y he de reconocer que no todas eran malas, ni buscaban saltarse la ley o la norma, ni procuraban engañarme para lograr sus propósitos. Lo típico eran personas que no estaban ni en ese extremo ni en el contrario, y que por lo tanto no eran suficientemente interesantes para dedicarles unas palabras en mi sitio. Sin embargo, al igual que los había desagradables, también los había encantadores. Y mucho. Y a esos tampoco podía sacarles el jugo de forma individual, porque sería pecar de presuntuoso, parecería que soy el funcionario perfecto. Pero sí que me dieron para una entrada.

Tengo que reconocer que no todo el mundo quiere mentirme. No toda la gente tiene el día cruzado y se desfoga cuando llega a mi puesto. No todos los ciudadanos vienen con la intención de sacarme una entrada para el blog.

Por ellos, por lo que me traen justo lo que les he pedido (y a veces hasta ordenado) e incluso más por si acaso, por el pequeño que llega mirándome con desconfianza y se marcha tirándome un besito, por la persona que me dedica una sonrisa al despedirse, por el ciudadano que se echa unas risas mientras espera que termine de grabarse su DNI, por quien me lanza un sincero “muy amable, ojalá hubiese más como tú en la Administración“, por la familia que disfruta del trámite de renovación de los carnés, por la persona que acude desanimada y se va con una sonrisa en la cara…

Por los que me pagan voluntariamente cuando ven que no les he pedido el dinero y me estoy despidiendo de ellos, por el pequeño que se marcha contento al haber recibido un súper regalo (su nombre escrito con letras para colorear sobre un papel blanco) por haberse portado bien, por la gente que me dice “ojalá sigas aquí cuando me toque venir a renovar de nuevo“, por las personas que me reconocen por la calle y me paran para hablar conmigo y preguntarme qué tal estoy, por los que me indican que les he devuelto de más en el cambio…

Porque cada día descubro que siempre hay alguien dispuesto a hacerme pasar un rato agradable, alguien que me saca una sonrisa con la suya, alguien honrado que no se aprovecha de mis despistes, alguien que se ha sentido cómodo conmigo y al que no le importaría repetir otra vez la siguiente vez que sea atendido… Supongo que no lo saben, pero todas estas personas a mí también me alegran la mañana (o la tarde), me hacen sentir que trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí y me hacen pensar que merece la pena seguir siendo como soy porque hay personas que lo valoran y lo reconocen.

Viaje del viernes #22

Viaje del viernes

Llevo unos días desconectado, básicamente por falta de tiempo. No me da para todo lo que quiero y tengo que hacer y tengo que sacrificar algo. Y el rato que le dedico a la familia es invariable, así que lo tengo que eliminar del resto de cosas. He probado a dejar la casa manga por hombro, sin lavar, limpiar ni recoger, pero tampoco es la solución. He probado también no dormir, pero al tercer día voy arrastrado. Así que, lamentándolo mucho, he elegido el blog por mayoría simple en la primera ronda de votaciones. Pero ha sido suficiente. Sin embargo, espero poder seguir publicando con cierta asiduidad, aunque no sé si lo lograré. Sé que he estado un poco desaparecido. ¿Un poco? ¿O mucho? ¿Cuánto es un poco desaparecido? ¿Dos semanas es mucho? Tenemos una fea costumbre de intentar cuantificarlo todo. Y a veces, no es posible. Porque una televisión no está un poco encendida: o está encendida, o apagada.

Quizá sea corto de entendederas, o tal vez mi capacidad de abstracción sea una basura, pero algo que muchos ciudadanos me dicen con cierto asombro yo todavía no soy capaz de comprenderlo: “¿No me coges el DNI porque está deteriorado? ¡Pero si sólo está un poco roto!“. Un poco roto. Es exactamente esta parte la que no entiendo. ¿Cómo puede estar un DNI un poco roto? Yo siempre he pensado que, o está roto, o no lo está. No es algo que se pueda cuantificar.

El problema que tenemos las personas en general es que tratamos de medirlo todo y eso no siempre puede hacerse. ¿Cuántos son pocos besos para una madre? ¿Y muchos besos para el hijo que se los da? ¿Cuándo tenemos poca comida en el plato, rebosando de coliflor o de pizza? ¿Puede una mujer estar un poco embarazada? En definitiva, que hay cosas que no aceptan ser medidas. Así, cuando una persona viene a hacer un trámite con un DNI sin el chip, o con una esquina de la tarjeta rota y les digo que ese carné no vale, en ocasiones la reacción es violenta:

– ¿No me lo admites? ¿Por qué?
– Lo siento caballero, pero este DNI está deteriorado.
– ¡Qué dices! ¡Pero si sólo está un poco roto por la esquina!
– Está deteriorado, y en esas condiciones no se puede emplear. Necesita obtener uno nuevo primero.
– ¡Pero si en el banco me lo cogen!
– Eso es problema del banco. El DNI no es válido. Se lo digo yo, que soy quien los hace y me conozco la legislación vigente. Yo no puedo opinar de préstamos porque no entiendo, pero de carnés algo sí que sé.
– ¡O sea que no me lo quieres hacer! Aunque pueda pagar en todos los sitios…
– No es que no quiera, es que ni debo ni puedo. Usted no se cree mejor que nadie, ¿verdad?
– Claro que no, ¿a cuento de qué viene eso?
– Veo que el trozo que le falta a usted es lo suficientemente grande como para que, estando en medio del carné, no me permita ver las dos últimas cifras de su año de nacimiento. Si al siguiente que venga le ocurre eso y no distingo ese dato, ¿a él sí se lo tengo que cambiar?
– Hombre, es que ese caso es distinto, no tiene nada que ver con el mío…
– ¿No? El agujero es el mismo, el carné estaría “un poco roto” igual que el suyo, y lo mismo hasta opera en el banco también… Si se entera de que cojo como válidos carnés con trozos rotos tan grandes como el suyo, podría ponerme una queja por discriminación. Al fin y al cabo usted me está midiendo el tamaño de la rotura, no el lugar donde se ha producido

En ocasiones la gente razona y con esto lo comprende, le guste más o le guste menos. Pero alguna vez me en encuentro con los que por no dar la razón defienden lo indefendible. Y aunque ven que no están en lo cierto no lo reconocen públicamente. Afortunadamente, son los menos.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 23 – Creo que soy bilingüe

Te acuerdas de...

Se habla mucho de los colegios bilingües, de hablar el inglés (u otro idioma) desde pequeños, adquirir un conocimiento que será útil en un futuro… ¿Hasta qué punto puedes dominar un idioma sin practicarlo a menudo? Creo que poco, aunque también está la opción de los que se creen que son bilingües y acaban hablando con estilo, sin más.

Lo digo como valenciano que soy. Ser bilingüe es una gran ventaja. Ser medio bilingüe (como es mi caso), e intentar aparentar que se es bilingüe (ese no es mi caso), hace que los demás medio bilingües le tomen a uno por tonto. Los bilingües además se echan unas risas.

Este fin de semana he estado en el zoo, y en una zona donde había animales de granja resultó que había una familia valenciana. No eran catalanes, se les distinguía claramente por el acento. El padre hablaba con la madre y la niña en valenciano… O en algo parecido.

Y es que posiblemente una persona que no lo sabe podía pensar, mientras le escuchaba hablar, en la fortuna de hablar dos idiomas, de lo positivo su resultaría para la niña, lo bien que le vendría para aprender más fácilmente otros en el futuro. Pero yo, que entendía lo que decía, pensaba en la estupidez que estaba haciendo el hombre al intentar hablar valenciano soltando una palabra en castellano de cada tres que decía. Quizá por desconocimiento, por dejadez, o porque él lo aprendió así.

Sinceramente, no es que yo hable perfectamente en valenciano (no lo hago ni siquiera en español), pero cuando la cantidad de castellanismos supera el 10% es que hay una falta de vocabulario interesante. Y para eso, prefiero hablar en español. Reconozco mis limitaciones, por eso procuro no hablar en otra cosa que no sea español. Ya hago el ridículo en otros aspectos de mi vida como para añadir una más.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 22 – Dedos como morcillas

¿Te acuerdas...?

Dado que es Semana Santa y aquí el que más o el que menos está haciendo planes de no volver por la blogosfera hasta dentro de siete días, he pensado que esta semana puedo dedicarla al bloque “¿Te acuerdas?”, donde recupero entradas antiguas del blog. ¿Una lata? ¿Falta de ideas? ¿Una comodidad? Puede que sí, pero sobre todo es una comodidad para vosotros, que descubrís mi blog al completo sin tener que indagar en él. Os lo ofrezco yo. De nada. Como en estos días no voy a escribir demasiado porque voy a estar en modo desconexión (sólo para responder comentarios, no os voy a dejar en la estacada), tendré poco que escribir. Y como no escribiré mucho, los dedos gordos que tengo no me jugarán malas pasadas en el móvil.

Desde que un primo que tengo me dijo en la adolescencia que no tenía dedos, sino otra cosa que no puedo reproducir aquí, siempre he pensado que eso era una ventaja. Por ejemplo, para dar una torta a mano abierta, porque abarcaba más superficie en la cara. O para coger las pelotas de baloncesto o fútbol a una mano sin esfuerzo. Incluso para escribir bien a máquina (las de escribir, las Olivetti Lettera de toda la vida). Pero claro, entonces los teclados de los ordenadores eran grandes y no existía nada táctil.

La tecnología será un avance maravilloso, pero viene fatal a los que tenemos los dedos gordos. Sobre todo en lo que a móviles táctiles se refiere, y más en concreto aquéllos que no tienen la pantalla excesivamente grande. Estos aparatos suelen llevar incorporado un teclado que aparece en la pantalla y permite escribir cualquier cosa. Y como el móvil sea más o menos nuevo, no es posible usar la opción de poner la adaptación en pantalla del antiguo teclado de los teléfonos que contaba con 9 teclas (con tres letras en cada una de ellas). Por el contrario, hay una treintena de ellas con una anchura tres veces inferior al grosor de mi dedo meñique. ¿Qué puedo escribir yo ahí? Efectivamente, nada. Al menos en un corto período de tiempo. Si quiero mandar palabras con vocales debo reescribirlas varias veces. La otra opción que me queda es adjuntar un diccionario dedos gordos-español para que los receptores entiendan mi mensaje.

Pero la simulación del teclado de los teléfonos antiguos tampoco es la panacea. Es cierto que las teclas están adaptadas a mis dedos más pequeños, pero por lo que sea éstos no tienen demasiada agilidad escribiendo. Sé que todo es ponerse, pero si me desespero yo, no me quiero imaginar a mi receptor esperando durante cuarto de hora a que le responda con urgencia ‘Sí’ o ‘No’. Además, utilizo un método de escritura que me permite crear palabras pulsando una vez cada tecla que contiene la letra (el que yo llamo modo diccionario), y a veces me toca explicar por qué escribo unas cosas en lugar de otras. Me ocurre, por poner un ejemplo, cuando alguna vez he querido preguntar “¿No vas a venir?” y en realidad he preguntado “¿No vas a taoísmo?” y sólo hay un error en una letra. Una muy típica y que soy incapaz de explicar con sensatez es escribir “JFK” cuando quiero utilizar la onomatopeya de la risa “Jeje“.

Así que me parece que voy a volver a los móviles antiguos, que son igual de grandes que algunos de ahora pero el triple de gordos (en esto el grosor importa poco). Al menos hasta que saquen un móvil que proyecte un teclado decente en una superficie y me permita escribir como si fuera una Olivetti, tocando las teclas proyectadas. No me gusta pasar más tiempo dando explicaciones de los mensajes que mando que escribiéndolos.

Viaje del viernes #21

Viaje del viernes

A menudo he pensado que en el blog y en el primer libro que escribí doy la sensación de ser perfecto, de no meter la pata nunca, de tener en posesión la verdad más absoluta y que todos lo demás están equivocados. Nada más lejos de la realidad. Yo cometo fallos. Muchos. Todos lo hacemos. Pero no todos nos equivocamos con las mismas cosas. Y la experiencia que he adquirido haciendo las cosas me ha servido para que me resulte más complicado fallar en según qué ocasiones. Y aun así he hecho alguna barbaridad más de una vez.

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.

Viaje del viernes #20

Viaje del viernes

El lenguaje está lleno de pequeños matices que hacen que una frase cobre un sentido distinto con una mínima variación. Por ejemplo, no es lo mismo “Estas fotos son del verano pasado” que “Estas fotos son del verano que ha pasado”. Son cinco simples letras, pero dan un significado totalmente distinto a la frase. De hecho, en el primer caso sabemos que como mucho son 11 meses, y en el segundo no se puede determinar. Y esa es una diferencia que muchos no terminaban de entender.

La gente se quiere mucho a sí misma. Se tiene bastante aprecio. El motivo lo desconozco. No sé si es que no se tiene abuela, si uno se entra por los ojos después de estar toda la vida mirándose en un espejo, si es la rutina de verse a diario intentando localizar todos los aspectos positivos de lo que ve, o si es que verdaderamente no se tiene criterio.

Muchas veces, cuando solicito una foto reciente al ciudadano que atiendo éste me aporta una que lleva en la cartera y que tiene más de cuatro años. En ocasiones no se nota a simple vista, pero lo sé. Lo sé porque viene más amarilla que el posavasos de una taza de café, con un papel fotográfico que se dejó de utilizar hace varios años, o más usada que un cromo de Butragueño. El inconveniente es que en esas situaciones no puedo demostrarlo (a menos que hayan puesto la fecha por detrás a boli, que los hay). Sin embargo, hay veces que la cosa es más fácil. La foto es la misma que la del carné que me acaban de entregar y que obtuvieron en 2007, o en 2003, y ahí sí que no hay dudas de que sería reciente si se comparase con el período Jurásico.

Cuando le digo a la persona que no puedo poner una foto tan antigua, que me tiene que dar una más actual, ante tamaña sorpresa me responde sobresaltada:

– ¿Antigua? ¡Pero si es del verano pasado!
– ¿Seguro?
– ¡Claro!
– Mire que no es que dude de usted, es que ir con abrigo polar en verano no lo termino yo de ver…
– Bueno, pues sería de un poco antes del verano, pero vamos, que es del año pasado.
– Pasado es, desde luego, lo que no me atrevería a decirle es cuánto hace que pasó. Pero creo que bastante.
– ¡Pero si estoy igual!
– Bien, es su opinión… Totalmente respetable por supuesto. Traiga unas fotos nuevas y verá como no es tan claro como me asegura…
– ¡Pero si no he cambiado tanto!
– Lo siento, debe traer unas fotos de su aspecto actual.

Me dan ganas de seguir la frase con “unas fotos donde tenga usted todo el pelo blanco, no negro“, “unas fotos donde tenga usted la cara menos tersa“, o “unas fotos donde usted ya no tenga tanto pelo“. Pero mis padres me dieron una educación ejemplar.

Me resulta impensable que la gente piense en serio que está igual que hace casi 10 años. ¿Creen que son Jordi Hurtado? Aunque uno se vea todos los días y no note el cambio a largo plazo, éste existe. De hecho, verse a diario en el espejo y revisar una foto o un vídeo de principios de siglo es lo que ayuda a darse cuenta que uno ya no es lo que era. Sin que eso signifique que lo nuevo sea peor. Por tanto, ¿por qué piensan que no me voy a dar cuenta de que la foto tiene un montón de años? Si ellos lo ven claro (y lo saben) aunque mientan, ¿por qué no iba a verlo yo también?

Viaje del viernes #19

Viaje del viernes

La gente que acude a cualquier sitio a realizar una gestión, y más concretamente a la Administración Pública, suele hacer asustada, sin saber si le saldará bien lo que quiere o no, si conseguirá llevarse lo que necesita, si será muy largo, tedioso o necesitará algún papel que no tiene… Esto es de forma genérica. De forma más particular, hay un elevado grupo de personas que tienen claro que no se pueden llevar un ‘No’ por respuesta. Bien porque su tiempo es muy valioso (como el de todos, vaya) y no quieren volver, bien porque piensan que tienen unos derechos que a los demás no les corresponden. El caso es que acaban recurriendo a una mentira (o quizá no, en la Administración nunca se sabe) con la que creen que me van a hacer cambiar de opinión: decirme que en otro sitio sí le hacían lo que yo no quería. Cada primera vez solía cerciorarme de que no me equivocaba en mi negativa, para estar seguro de que no decía que no por decir. Al final, al insistente siempre le decía “Pues váyase a esa oficina y que se lo hagan, no pierda el tiempo aquí porque yo se lo voy a hacer”.

Como diría Forrest Gump, la Administración Pública es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar. A uno le puede atender el funcionario antipático (altamente probable, por otro lado), el funcionario torpe (esto quizá también es más probable de lo que debiera), o en un momento de suerte extrema igual le toca el funcionario agradable (que seguramente pone pegas y no tramita nada, pero lo hace con una sonrisa y uno no se toma la negativa igual). A mí me gusta encuadrarme en el último grupo, con la obvia salvedad de tramitar las cosas si se me aporta la documentación necesaria. No me gusta negar nada, y menos por decreto.

¿Y qué ocurre cuando le digo a un ciudadano que no puedo realizarle el trámite? Pues que algunas veces me encuentro con una contestación del tipo: “Pues en nosécuál oficina me lo hacen con lo que te traigo“. Ahí me lo sirven en bandeja y me sale de forma automática: “Pues váyase usted allí y que se lo hagan“. ¿Piensan que porque en otro sitio lo hagan (mal) yo también lo haré? ¿Por qué debería? Esta respuesta suele enervar más aún al ciudadano y ya me encuentro contestaciones de todo tipo, pero afortunadamente para todas ellas hay una respuesta posible. Particularmente me llaman la atención tres:

– (Ciudadano) Yo vengo aquí porque quiero y no tengo que darte explicaciones.
– (Yo) Ni las quiero, pero si viene aquí tiene que traer lo que le pido yo, no lo que le pide el de la oficina de al lado.

– (Ciudadano) Pues si ellos lo hacen tu también tendrías que hacerlo.
– (Yo) Siento decepcionarle, pero donde lo hacen mal es en la otra oficina y si yo no lo tramito, ellos tampoco deberían.

– (Ciudadano) ¿Por qué allí lo hacen y aquí no?
– (Yo) Quizá porque lo hacen mal, o quizá porque se han equivocado, esta vez a favor del ciudadano, que eso también ocurre. Aunque no lo crea, a mí me pasan ambas cosas con asiduidad.

Me gustaría saber cuántas de estas personas se han acercado a un concesionario a comprar un Audi cualquiera y le han dicho al comercial: “¿40.000 euros? Pues en el concesionario del pueblo de al lado me lo dejan por 20.000“. ¿Qué haría el comercial? ¿Rebajar el precio a la mitad? Quizá es más difícil intentar engañarles a ellos, como sólo somos tontos los funcionarios…

Y todo esto, pensando que el ciudadano no me engaña cuando me dice que en otro sitio sí que lo hacen. En este puesto he aprendido que muchas personas mienten por defecto (el tema de las fotos es una buena prueba de ello). Y a veces no es tarea fácil saber quién lo hace y quién no.