Más historias del suburbano

Lo confieso. Soy un asiduo del transporte público. Por distintas ventajas prefiero usar, en la medida de lo posible, el tren, el metro o el autobús. Sin embargo, haciéndolo puedo darme cuenta de que no sólo la mayoría de la gente va a la suya, sino que no le importa fastidiar al de al lado si con eso consigue su objetivo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la gente no deja salir para entrar, o cuando se arremolinan en la puerta al acceder al vagón sin permitir el paso de más personas. Pero una situación que me exaspera de verdad es la que se produce cuando a alguien se le ocurre ir con carrito, como yo hasta no hace mucho.

Ir al metro o al tren con un carrito es como pensar en las comisiones que cobran los bancos. Uno sabe que pase lo que pase se va a cabrear con ello. Y no porque viajar con un bebé se haga insufrible, ellos se lo pasan muy bien mirando por la ventanilla, esperando que llegue el tren o viendo cómo se va el del otro andén, se hace desesperante por la gente que hay alrededor. Y es que no es normal tener que hacer cola ante un torno de acceso que es el doble de ancho que el resto, cuando los otros 5 contiguos están vacíos, simplemente porque es el más cercano a la puerta de entrada. No puedo entender por qué si yo sólo tengo un lugar por el que entrar y salir lo tiene que usar gente que presumiblemente no pesa más de 120 kilos y se mueve con soltura, no va con muletas ni necesita silla de ruedas.

¿Tanto cuesta dar un máximo de 10 pasos? (contados, es que no hay más entre un extremo y otro) ¿Tan vaga y sinvergüenza es la gente? Supongo que sí, porque esos que utilizan el torno por el que una persona con carrito tiene prioridad son los mismos que en cuanto lo cruzan salen corriendo hacia el ascensor, despavoridos, como huyendo del de atrás. Le dan impacientemente al botón para abrir las puertas, entran a toda velocidad y pulsan a la vez el botón de la planta y el del cierre de puertas. Ven que hay un carrito y no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo esperando a que llegue, mejor que espere el portador del carro, que seguramente no tenga prisa por ir a ninguna parte. Como con el carro no puede correr…

La verdad es que da mucho coraje ver cómo la gente te birla el ascensor en tus narices. Pero mucho más coraje da llegar con el carro al ascensor, ver cómo se abren las puertas y entra gente sin limitaciones físicas (como silla de ruedas o muletas) pero con muchas limitaciones cerebrales (y aun así no son personal preferente), y comprobar que cuando llega tu hora el carrito no entra. Si aún queda gente delante de mí sólo espeto un “Cuánto vago y sinvergüenza”, pero si estoy el siguiente para entrar alguna vez he bloqueado la puerta para evitar que cierre. Nunca nadie me ha dicho nada, ni me ha mirado demasiado mal, de hecho alguna vez hasta conseguí que un par de personas salieran para poder pasar yo. De no haber actuado así, ¿acaso alguno de los que me veía habría salido para cederme su lugar? Por supuesto que no. Si hasta hay personas que ni se molestan en abrir las puertas para que pase otro más

Supongo que el tiempo de la gente vale mucho (más que el mío incluso), y tener que esperar otro ascensor es inconcebible. Como si sus vidas tuvieran más valor que las del resto. ¿Tanto les cuesta a todos utilizar las escaleras, en la mayoría de los casos, mecánicas? Con éstas ni siquiera tendrían que andar, se mueven solas. Pero el remate final se produjo ayer, al volver del trabajo.

Había mucha gente esperando al ascensor. Antes de entrar, eché un vistazo para ver si se acercaba alguien con preferencia. Como no era el caso, entré. Las puertas se cerraban y abrían, quizá por exceso de gente. Mientras, a la puerta había llegado una mujer con un carrito gemelar. Nadie hizo nada a pesar de estar a pie de calle y de hacer un frío considerable. Estuve a punto de decirle a los que estaban en la puerta que la dejaran entrar. Pero no hizo falta, unas cuatro personas salieron jurando en arameo por la pérdida de tiempo que les había supuesto estar viendo cómo se abrían y cerraban las puertas. El chico que quedó al lado de los botones se apresuró a cerrar de nuevo. Indignado, me acerqué a la botonera (ahora ya tenía hueco para llegar) y antes de que cerrasen del todo las volví a abrir. Me salí y le pedí a la señora que entrara. Me dijo que no cabíamos todos, y le respondí (con mi sutil tono de voz) que ella tenía preferencia, y que si no entraba, nos tendríamos que salir todos los que fueran necesarios.

Qué iluso. Nadie más se inmutó salvo para juntarse más y conseguir entrar. Esa vez sí cerraron las puertas, mientras la mujer me agradecía el gesto. El ascensor subió en menos de un minuto. ¿Tan importante es un minuto en la vida de una persona para no dejarle el sitio a quién de verdad lo necesita? ¿Sólo yo me di cuenta de bajarme para que subieran ellos? ¿Por qué las personas son tan insolidarias? Sinceramente, creo que el mundo iría mucho mejor si la gente dejara de mirarse tanto el ombligo.

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