Las normas están para saltárselas

Fuera de los tubos

El refranero español es muy amplio, y tiene sentencias para todos los gustos y situaciones. Y para que esto suceda a menudo tienen que ser contrarios. Por ello no es difícil encontrar que “a quien madruga Dios le ayuda” y “no por mucho madrugar amanece más temprano“, o que aunque “no hay mal que cien años dure” y “mala hierba nunca muere“. Hay gente que tiene en los refranes su metodología de razonamiento, y algunos incluso si modo de vida. Y aunque “el desconocimiento de la norma no exime de su cumplimiento“, algunos piensan que “hecha la ley, hecha la trampa“, y sobre todo que “las normas están para saltárselas“. Y bajo este último precepto, o bajo el de ‘paso de todo‘, se rigen muchos en los parques acuáticos. Quizá sea por haberme criado con uno en el pueblo y haber ido casi todos los años desde que mi memoria alcanza. O quizá porque escucho lo que dicen los socorristas y leo los carteles.

SilbatoYo diría que casi todas las piscinas donde acaban las atracciones y las zonas de acceso a las mismas tienen al menos uno en el que reza algo parecido a: “Al salir de la atracción no se quede en el agua y retírese de los tubos“. Sé que también es sentido común, quedarse por ahí es arriesgarse a que el que sale del agujero negro sea un señor de 90 kilos a gran velocidad y que se produzca un disgusto. Sin embargo, es considerable la cantidad de personas y de niños que no hacen ni caso. Y ya no es por los niños, que ellos bastante tienen con jugar, es como siempre, por los padres. Y los pobres socorristas, encima, ahí están dándole continuamente al silbato, intentando sin éxito llamar los atención de los adultos curiosos y de los padres de la niños juguetones. Sé que no todos los menores de cuarenta saben leer, y también que hay mucha gente con problemas de audición. Lo que no tengo tan claro es que se junten las dos cosas a la vez y que encima vayan todos a la misma atracción que yo en el mismo instante que estoy yo. Demasiada casualidad.

PiscinaCuando algo así ocurre, detienen la atracción y no puede tirarse nadie hasta que se quiten. Eso es especialmente gracioso cuando tras media hora de cola al sol, uno es el siguiente y no le dan a la vez. A veces he estado tentado de levantarme (porque me encuentro sentado esperando la señal de aprobación del socorrista, que tarda más en llegar que el gordo de Navidad) y darle una voz: “¿Te quieres quitar de la salida para que podamos seguir tirándonos?“. Pero si no hacen caso a carteles y socorristas, ¿me lo van a hacer a mí?

¿Por qué cuando suena incesantemente un silbato de socorrista a la gente no le da tan siquiera curiosidad de saber por qué lo hace y le mira? ¿Por qué se hace caso omiso de las señales y se juega de esa forma con el peligro? ¿Por qué los padres dejan a los niños (he visto de menos de dos años) que paseen tranquilamente por ahí como si el sitio fuera de ellos? ¿Tan poco les importa la seguridad de sus pequeños? ¿No les da por pensar que si todos los que se tiran se quedaran allí solo podrían tirarse unos diez en todo el día? ¿Has ido a algún parque acuático? ¿Te has dao cuenta tú también de la gente que se queda en la salida de los tubos?

Compartir es vivir, pero no siempre

Radio

He dicho en más de una ocasión que la gente en general es poco solidaria. No sé si es eso o falta de empatía, pero desde luego no es ejemplar. Sin embargo, hay otro gran número de personas que albergan un gran sentimiento de solidaridad en su interior y hacen lo posible por compartir. Aunque tampoco puede decirse que sean un buen referente.

Hay diversas personas que tienen el gusto musical concentrado en un tipo de música. No necesita ser ninguno en concreto, cualquiera vale: el reguetón, el flamenco, el techno… Y quizá porque es lo único que conocen o porque se creen que ese estilo es la panacea musical, lo distribuyen gratuitamente al resto del mundo allí donde se encuentran. Que les guste solamente un género musical no es malo. Que el resto del mundo tenga que “disfrutar” de él sin solicitarlo es lo nocivo.

Ayer, sin ir más lejos, estaba dando un paseo por mi barrio y empecé a escuchar una música con cierta claridad. Pero no había nadie alrededor. Según iba caminando aumentaba su volumen, con lo que podía escuchar al señor que cantaba reguetón como si estuviera a mi lado. Al fin vislumbré, en un aparcamiento lejano, dos figuras humanas junto a un coche con todas las puertas abiertas, incluido el maletero. ¿Por qué no estaban dentro del coche con las puertas cerradas? ¿Les había pedido yo que me dejaran escuchar ese ruido que salía del coche? Puestos a compartir, ¿por qué no compartían billetes?

Móvil a todo volumenEsto también les pasa a muchos que circulan en transporte público. Independientemente de la hora que sea descubren que tienen la necesidad imperiosa de ofertar al resto de viajeros su catálogo musical, confeccionado con un gusto peculiar. Vamos, que ponen a todo volumen la música que tienen en el móvil, y que para el resto de pasajeros puede ser basura para los oídos. ¿Tienen una voz en la cabeza que les pide hacer eso? Si es así, del mal el menos, hay gente que escucha cosas mucho peores. Cada vez que ocurre algo similar pienso lo mismo: que una fuerza sobrenatural (o la del viajero de al lado) se apodere de su brazo y le coloque unos auriculares de Renfe. En cinco segundos se le pasa la tontería del volumen al máximo. O quizá no, porque entonces se quedan sin oír y son capaces de ponerla más alta todavía… Sinceramente, a toda esta gente siempre me dan ganas de decirles algo, pero luego pienso que es una pérdida de tiempo. Ni me van a escuchar, ni me van a hacer caso.

¿Te ha ocurrido algo parecido? ¿Eres de los que pone la música a todo trapo o de los que detestan escuchar lo que lleva el de al lado?

No den de comer a los animales

No den de comer a los animales

Ser padre es algo complicado. Todos sabemos que los niños no vienen con libro de instrucciones, que uno nunca sabe qué estará haciendo bien o mal en la educación de sus pequeños, o si conseguirá que sean buenas personas para las que el respeto y la educación sean valores predominantes. Sin embargo, no puedo entender cómo hay gente que se empeña en dificultar más las cosas de lo que ya lo son.

El fin de semana pasado estuvimos en Rascafría. Es un sitio bonito, tiene muchos lugares para pasear entre naturaleza, para realizar senderismo… Está muy bien para ir con amigos, en pareja o en familia, porque tienes opciones de todos los tipos. En uno de los paseos que dimos, cerca del Monasterio del Paular, encontramos un lugar con un rebaño de ovejas negras. En los carteles se pedía por favor que no se les diera de comer. Mis pequeños estaban maravillados viéndolas, los animales para ellos son un mundo. Y el mayor quiso darles de comer. Yo le expliqué que no podíamos hacerlo porque en los carteles ponía que no lo hiciéramos. Al consultarme por qué le expliqué que podían ponerse malas, que no podíamos darle cosas que no comieran, y que si lo hacíamos el dueño se enfadaría con nosotros y nos regañaría. Le gustaría más o menos mi explicación, pero se quedó conforme. Las vio y nada más.

Soy un cartel que quiere ser leídoA los dos minutos llegó una pareja de personas mayores. La mujer se puso a decirles cosas, a gritarles “Pobrecillas, seguro que tenéis hambre“, y ni corta ni perezosa se fue a un árbol que había a nuestro lado a arrancar hojas para tirárselas. Mi hijo lo vio y evidentemente dijo a voces: “¡Papá, esa señora está dando de comer a las ovejas!“. Como él no sabe que la gente no lee los carteles pero yo sí, le dije en un tono de voz que todos escucharon: “¡Sí, cariño, pero está muy mal porque no se les puede dar, lo pone en los carteles y se pueden poner malitas!“. La señora no sólo no hizo ni caso, sino que siguió diciéndoles – como en respuesta a mi frase – a los animales: “Pero cómo no os voy a dar, si seguro que estáis hambrientas“. Y fue a coger más hojas. Como empecé a mirarla de mala leche el marido le echó la bronca y se la llevó cuando iba a coger por una tercera vez.

Yo me quedé descompuesto por la impresión que se llevó el pequeño. ¿Por qué él no podía hacerlo y la otra mujer sí? ¿Por qué ella lo había hecho y no había pasado nada? ¿Por qué yo no le dejaba si otras personas lo hacían? ¿Qué podía hacer yo, decirle “Ah, venga, no pasa nada, hazlo” y desdecirme de lo que le había comentado minutos antes por una señora mayor sinvergüenza? ¿Cómo enseñarle a respetar las reglas cuando el de al lado no lo hace y encima se jacta de ello?

Por favor, señores y señoras sinvergüenzas y maleducados que transitan por el mundo: no me den más trabajo del que ya me da la vida. Si quieren saltarse alguna norma, que sea la de no nadar en alta mar. De esa seguro que mis hijos no me piden explicaciones.


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La razón de lo absurdo

Ayer decidí hacer una pequeña compra de fruta mientras el pequeño disfrutaba de su actividad extraescolar. Aunque ya dije en su momento que para esto soy un poco torpe, la fruta entra dentro del ámbito de lo que me veo capaz de comprar.

Después de haber cogido y pesado unas mandarinas, me fui a por naranjas, que están al lado. Mientras las cogía, llegó una pareja de personas mayores a coger también mandarinas. Ella le dijo al hombre (que supongo que sería su marido): “Anda, bájamelas de caja que tan arriba no llego“. La caja inferior estaba vacía, y la pobre señora no llegaba a la superior donde se encontraba el género. El hombre se dispuso a ponerlo todo al alcance de la señora, para lo cual manoseó todas las piezas, obviamente sin guantes. ¿Qué sentido tenía lo que estaba haciendo la mujer? Quiero decir, el hombre ya había palpado con sus manos desnudas toda la caja, ¿qué más daba que ella también lo hiciera? ¿Tan sucias tenía las manos con respecto a él?

Afortunadamente para mí, ya me había servido, pero nadie me dice que no otros hubieran hecho lo mismo anteriormente con el resto de fruta que me llevé. Porque las naranjas y las mandarinas se pelan sí o sí, pero hay frutas como las manzanas, las peras o los melocotones, que se pueden comer con piel y no dejan de estar igualmente ricas. ¿Con qué tendría que lavarlas para asegurarse de que no se cogerá nada extraño proveniente de otro ser humano menos higiénico que yo, con amoníaco? Y pensar que algunos simplemente le sacan un poco de brillo a la fruta con la camiseta y se la llevan a la boca…

En fin, ya sabemos que la gente no acostumbra a leer los carteles, pero parece que tampoco se fijan en el de al lado… a menos que éste haga algo que le dé envidia. Porque yo sí que llevé mis guantes de plástico en todo momento, tal y como solicita la decena de carteles que hay en la zona de la frutería… De todas formas, la moda de los guantes y la higiene es relativamente moderna. Yo recuerdo que de pequeño las señoras tocaban a mano descubierta todas las piezas de fruta intentando ver, al tacto, cuál estaba mejor. Y no pasaba nada. Quizá porque la gente antes se lavaba más e iba más limpia. Quizá porque lavaba siempre la fruta antes de comerla. Si ahora nos ponen esos carteles y los guantes es porque algo claro pasa: somos más guarros que antaño. Así que, por favor, a lavarse las manos todos ahora mismo. Hay que empezar a crear el hábito.


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Insulto fácil

Hace semanas que me he dado cuenta de algo que acontece en multitud de foros y sobre todo en las redes sociales. Este país está lleno de valientes, que son aquéllos cuyo único fin en su mugrienta vida es acceder a dichos foros o redes sociales con el (¿único?) fin de descalificar a todos los que versen opiniones distintas a las suyas. Lo peor es que los hay a espuertas. Más de los que pueda imaginar cualquiera. Y por más que lo pienso no logro entender por qué ocurre. ¿Son mejores personas? ¿Son más fuertes? ¿Creen que son personas con más valor que las que agreden?

El gran problema es la facilidad que se tiene en estos lugares para insultar y faltar al respeto a los demás de forma impune. Los motivos no tienen que ser siquiera fundados, hay mucho bobo que se enciende con facilidad. A veces es suficiente con publicar varias veces una idea contraria a la de ese bobo. Lo más bonito que puede llamar a quien publica eso es “Hijo de mil padres” o “Seguro que no sabes si tu padre tiene dos patas o cuatro” (hay que tener en cuenta que en este blog no utilizo palabras malsonantes).

Otras veces es suficiente con existir y que se produzcan cambios en uno mismo, que es lo que le pasó recientemente a Cristina Pedroche. Y si se trata de un tema que puede tener diversidad de opiniones (política o fútbol los más destacados), cuando alguien deja una opinión fuera de lugar o que no se adapta a la manera de pensar de otros (o del resto de un pequeño grupo), la mayoría no le rebate con argumentos, sino que se limita a airear sin prueba alguna su nulo coeficiente intelectual con frases del tipo: “Tú qué vas a pensar, si tienes el cerebro del tamaño de un alfiler“. Eso es argumentar.

Esto es algo que se produce en Internet, y estoy convencido de que es porque ahí nadie conoce a nadie, no se tiene a la víctima delante, y como es muy difícil alcanzar a la persona que escribe esas barbaridades, todo es mucho más fácil. Es sencillo insultar y descalificar si no se ve a quién se agrede. Y es algo que me llama la atención sobre estos valientes, y que me hacen preguntarme algo. Si se encontraran conversando en una habitación con personas que no conocen de nada (como es el caso de foros y grupos de redes sociales) y en mitad de la misma un tertuliano comenzara a defender una idea diferente a sus principios o sin demasiada base lógica, ¿también le insultarían así? ¿Le faltarían al respeto tan descaradamente? Los que a menudo se unen al descalificador en Internet, ¿también se atreverían en este caso a aliarse para ofenderle?


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Más historias del suburbano

Lo confieso. Soy un asiduo del transporte público. Por distintas ventajas prefiero usar, en la medida de lo posible, el tren, el metro o el autobús. Sin embargo, haciéndolo puedo darme cuenta de que no sólo la mayoría de la gente va a la suya, sino que no le importa fastidiar al de al lado si con eso consigue su objetivo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la gente no deja salir para entrar, o cuando se arremolinan en la puerta al acceder al vagón sin permitir el paso de más personas. Pero una situación que me exaspera de verdad es la que se produce cuando a alguien se le ocurre ir con carrito, como yo hasta no hace mucho.

Ir al metro o al tren con un carrito es como pensar en las comisiones que cobran los bancos. Uno sabe que pase lo que pase se va a cabrear con ello. Y no porque viajar con un bebé se haga insufrible, ellos se lo pasan muy bien mirando por la ventanilla, esperando que llegue el tren o viendo cómo se va el del otro andén, se hace desesperante por la gente que hay alrededor. Y es que no es normal tener que hacer cola ante un torno de acceso que es el doble de ancho que el resto, cuando los otros 5 contiguos están vacíos, simplemente porque es el más cercano a la puerta de entrada. No puedo entender por qué si yo sólo tengo un lugar por el que entrar y salir lo tiene que usar gente que presumiblemente no pesa más de 120 kilos y se mueve con soltura, no va con muletas ni necesita silla de ruedas.

¿Tanto cuesta dar un máximo de 10 pasos? (contados, es que no hay más entre un extremo y otro) ¿Tan vaga y sinvergüenza es la gente? Supongo que sí, porque esos que utilizan el torno por el que una persona con carrito tiene prioridad son los mismos que en cuanto lo cruzan salen corriendo hacia el ascensor, despavoridos, como huyendo del de atrás. Le dan impacientemente al botón para abrir las puertas, entran a toda velocidad y pulsan a la vez el botón de la planta y el del cierre de puertas. Ven que hay un carrito y no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo esperando a que llegue, mejor que espere el portador del carro, que seguramente no tenga prisa por ir a ninguna parte. Como con el carro no puede correr…

La verdad es que da mucho coraje ver cómo la gente te birla el ascensor en tus narices. Pero mucho más coraje da llegar con el carro al ascensor, ver cómo se abren las puertas y entra gente sin limitaciones físicas (como silla de ruedas o muletas) pero con muchas limitaciones cerebrales (y aun así no son personal preferente), y comprobar que cuando llega tu hora el carrito no entra. Si aún queda gente delante de mí sólo espeto un “Cuánto vago y sinvergüenza”, pero si estoy el siguiente para entrar alguna vez he bloqueado la puerta para evitar que cierre. Nunca nadie me ha dicho nada, ni me ha mirado demasiado mal, de hecho alguna vez hasta conseguí que un par de personas salieran para poder pasar yo. De no haber actuado así, ¿acaso alguno de los que me veía habría salido para cederme su lugar? Por supuesto que no. Si hasta hay personas que ni se molestan en abrir las puertas para que pase otro más

Supongo que el tiempo de la gente vale mucho (más que el mío incluso), y tener que esperar otro ascensor es inconcebible. Como si sus vidas tuvieran más valor que las del resto. ¿Tanto les cuesta a todos utilizar las escaleras, en la mayoría de los casos, mecánicas? Con éstas ni siquiera tendrían que andar, se mueven solas. Pero el remate final se produjo ayer, al volver del trabajo.

Había mucha gente esperando al ascensor. Antes de entrar, eché un vistazo para ver si se acercaba alguien con preferencia. Como no era el caso, entré. Las puertas se cerraban y abrían, quizá por exceso de gente. Mientras, a la puerta había llegado una mujer con un carrito gemelar. Nadie hizo nada a pesar de estar a pie de calle y de hacer un frío considerable. Estuve a punto de decirle a los que estaban en la puerta que la dejaran entrar. Pero no hizo falta, unas cuatro personas salieron jurando en arameo por la pérdida de tiempo que les había supuesto estar viendo cómo se abrían y cerraban las puertas. El chico que quedó al lado de los botones se apresuró a cerrar de nuevo. Indignado, me acerqué a la botonera (ahora ya tenía hueco para llegar) y antes de que cerrasen del todo las volví a abrir. Me salí y le pedí a la señora que entrara. Me dijo que no cabíamos todos, y le respondí (con mi sutil tono de voz) que ella tenía preferencia, y que si no entraba, nos tendríamos que salir todos los que fueran necesarios.

Qué iluso. Nadie más se inmutó salvo para juntarse más y conseguir entrar. Esa vez sí cerraron las puertas, mientras la mujer me agradecía el gesto. El ascensor subió en menos de un minuto. ¿Tan importante es un minuto en la vida de una persona para no dejarle el sitio a quién de verdad lo necesita? ¿Sólo yo me di cuenta de bajarme para que subieran ellos? ¿Por qué las personas son tan insolidarias? Sinceramente, creo que el mundo iría mucho mejor si la gente dejara de mirarse tanto el ombligo.

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El listo de la carretera

En todos los lugares hay un listo. En clase, en el trabajo, en la familia, en una reunión de vecinos o de padres (en éstas siempre suele haber más de uno)… Los listos son aquellas personas que se creen mejores que las demás porque hacen cosas para su propio beneficio, que no hace el resto, al tener menos educación, menos vergüenza, o menos empatía. Pero si hay uno especialmente peligroso es el listo de la carretera. Prácticamente en todas las carreteras secundarias hay alguno, y en las grandes autovías es donde se mueven en mayores cantidades. Reconocerles es bastante fácil, y no porque tengan todos un modelo de coche concreto o conduzcan de una forma determinada, que posiblemente también. Más bien se les distingue por la manera de actuar en determinadas situaciones, sobre todo en el momento de salir de las vías por las que circulan.

Estos listos son aquéllos que, cuando en dichas salidas se producen retenciones por la ingente cantidad de coches que desea abandonar a la vez la vía principal, llegan por el carril izquierdo (o el central) de dicha vía principal, o incluso por el arcén (que es mucho peor), a gran velocidad y adelantando a la larga hilera de coches que se ha formado. Después, frenan en seco en los últimos 10 metros parando así el tráfico que les sigue y se arriman todo lo que pueden a la escasa distancia de seguridad que guardan los coches de su derecha, con el fin de ir metiendo la parte delantera del suyo entre ambos. Imagino que mientras realizan esta peligrosa acción piensan “Serán idiotas estos cenutrios que esperan la cola, si se colaran como hago yo no esperarían. Si es que soy más listo…

Cuando me toca sufrir algún listo que intenta meterse delante de mi coche (porque a estos se les ve venir de lejos), intento acercarme lo máximo posible al coche de delante para que entienda que si de mí depende no entra. Si ocurre varios coches por delante y algún despistado les deja pasar sólo puedo preguntarme cosas. ¿Por qué no esperan la cola durante el tiempo que sea menester como hacemos todos los demás? ¿Es que piensan que su tiempo vale más que el mío? ¿Acaso creen que estamos parados haciendo una larga caravana porque no tenemos nada mejor que hacer? ¿No se dan cuenta de que si todos fuéramos así de listos colapsábamos la vía al completo?


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Gorrilla

Hay algo que me puede (entre otras muchas cosas, la verdad), y es la gente caradura. Los hay de diversos tipos, los más comunes (porque los vemos todos los días en los medios de comunicación) relacionados con la política. Pero el tipo que me tocó la moral el pasado fin de semana no fue uno de esos (que lo hace al diario). El del otro día fue un gorrilla. El gorrilla es ese señor, que bien podía ser un político, que quiere obtener dinero por no hacer nada. Simplemente por hacer acto de presencia. Como un funcionario de la vieja escuela.

Resulta que llegamos a una plaza con aparcamientos de zona azul. Era un hueco estrecho, por lo que me bajé del coche para ayudar a mi mujer a aparcar. En ese momento apareció de entre los coches un señor que aparentemente no visitaba la ducha desde hacía alguna semana que otra. Sin embargo, preferí quedarme con la duda y no quise acercarme a él para comprobarlo. Mientras le hacía gestos a mi mujer me dijo: “Ese es muy estrecho, ahí arriba tengo dos más anchos“. Le respondí: “No te preocupes, muchas gracias. Si no quieres no hace falta que le indiques, ya me había bajado yo para eso, gracias“. Me espetó muy serio un: “No, no“. Y siguió haciendo indicaciones porque debía de ser que las mías no eran lo suficientemente claras. Lo mismo le estaba indicando en catalán y no me estaba dando cuenta.

Mi mujer aparcó, bajó, sacamos a los niños y él seguía ahí, frente a nosotros, mirando como si quisiera participar. Que me daban ganas de decirle: “Si también nos quieres ayudar, hazle el payaso a la niña a ver si deja de llorar“. Obviamente, lo que quería no era ayudar, sino cobrar por el trabajo que acababa de realizar. Rebusqué en lo más profundo de mi cartera y delante de él la volqué para que cayeran todas las monedas. Aunque no le daba para mucho, no se quejó. Vio que había hecho todo lo posible para pagar adecuadamente su salario.

Partimos y yo me quedé pensando en la cara tan dura que tenía aquel tipo. ¿Qué es eso de que tiene dos aparcamientos? ¿Acaso se los ha robado al alcalde? Porque hasta donde yo sé la zona azul la maneja el Ayuntamiento… ¿Se ha comprado el terreno de las plazas y las regula a medias con él? Lo único que tenía el sinvergüenza ese era más cara que espalda. Además, si yo ya estaba ayudando a mi mujer gratis, ¿por qué tenía que entrometerse para encima cobrar por ello? ¿Quién se lo había pedido? Pensé en negarme varias veces pero, ¿cuál habría sido el precio a pagar por mi parte si se me llega a ocurrir quitarle el sueldo? ¿Encontrarme el coche destrozado a la vuelta?


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Gente vaga

Hay personas que, por su naturaleza, son perezosas. Les cuesta hacer las cosas quizá más que a alguien más activo. Estas personas se pueden poner unas cinco alarmas para levantarse por las mañanas, y sólo lo hacen cuando un brazo les empuja de la cama antes de que suene una sexta.

Los hay que son vagos, y que por no levantarse del sofá a por un vaso de agua a la cocina prefieren pasar sed hasta que alguien se cruza por delante de ellos y le dicen:

– ¿Vas a la cocina?
– No.
– Bueno, pues cuando vayas tráeme un vaso de agua, por favor. Pero sin prisa, aguanto hasta que vayas.

Y por encima de todo los hay vagos, sinvergüenzas y maleducados, todo en uno. Y esos son los peores, por la parte de carencia de ética que demuestran. Y es que por muchas vueltas que le dé no logro entender qué es lo que lleva a una persona a llegar cargada con una o varias bolsas llenas de basura, o con cinco o seis cajas de cartón vacías, al lugar donde se introduce esto, y dejarlo todo allí tirado en la calle, alrededor de los contenedores donde deberían haber depositado lo que llevaban.

Recuerdo que antiguamente uno tenía que abrir el contenedor donde iba a tirar la basura. De unos años a esta parte, y seguro que por este tipo de personas que dejan la basura amontonada, tienen un pedal para que solo con pisarlo se abra de par en par y se puedan meter las bolsas con facilidad. Pues bien, ni aun así son capaces de hacer las cosas como es debido. Yo me pregunto, ¿por qué no dejan la basura en su casa y se ahorran todo el esfuerzo del transporte? Si es por no vivir con congéneres que puedan asomarse al rico aroma de mucha basura acumulada, ¿por qué no la abandonan en su portal? Así se evitan el paseo hasta los contenedores y solo indignarían a sus vecinos de bloque en vez de a todo un vecindario.


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Poca educación

Sé que la educación no es una asignatura del colegio. También, como me decía una compañera experta en todo tipo de vivencias, que a algunos los cría el tiempo. Y que por encima de ellas hay todavía un selecto grupo de personas a las que ni siquiera el tiempo ha querido criar.

De este último grupo es la mujer con la que me crucé ayer en un centro comercial. Estaba mirando ropa de bebé, imagino que para el suyo porque portaba consigo un carrito. Entre cogida y suelta de una misma camiseta con colores diversos, tiró tres perchas aledañas. Lo oyó como lo oí yo, y seguro que además lo vió como también lo vi yo, que estaba pasando por su lado en ese momento. La mujer me vio de reojo, y se quedó observando fijamente la camiseta que tenía en la mano, como si estuviera buscando un hilo suelto. Mientras yo seguía mi camino mirando hacia atrás para ver qué iba a hacer con la ropa que había tirado, ella realizó con cierto disimulo un par de cambios más de camiseta y se marchó dejándolas en el suelo. Como si la cosa no hubiera ido con ella. Como si el esfuerzo de agacharse a recogerlas debiera serle recompensado en metálico y con un par de días libre en su trabajo.

¿Por qué la gente tiene tan poca vergüenza? ¿Qué le costaba agacharse a recoger lo que ella misma había tirado? Estoy seguro de que es de ese tipo de gentuza como la que aparece en los preliminares de mi libro que después de entrar a una tienda de ropa y desdoblar camisetas a destajo dicen: “Que las vuelvan a doblar ellos que para eso les pagan“.

Tirar ropa de una percha, hacerse la loca e irse sin recogerla es una obra solo al alcance de unos pocos… sinvergüenzas. Espero que algún día cercano en su negocio, en su mesa de trabajo o en su casa (según donde pase la mayor parte del día) le hagan lo mismo. Cuando no mire, que le desparramen todas las cosas por el suelo y se vayan dejándolo todo patas arriba. A ver qué tal le sienta.


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