Te voy a denunciar

Tenía que pasar. No sé si por mi enfermedad o por mi profesionalidad, pero no podía estar caminando siempre por el alambre. Lo más lógico en esa situación sin ser equilibrista de nacimiento (y posiblemente aun siéndolo), era que tarde o temprano me cayera.

Ayer vino una señora a renovar su tarjeta de residencia. Dependía de su marido, español, y debía aportar su DNI. Cuando lo sacó, me entregó uno deteriorado y le comenté que su marido debía renovar el carné para poder tramitar ella su tarjeta. No le gustó en exceso la negativa (por alguna razón que desconozco hay gente que odia que le digan a algo que no y encoleriza) y eso que le ofrecí diversas soluciones para volver a ser atendida sin apenas esperar para tramitar los dos documentos. Así que salió corriendo a contárselo al individuo que tenía por esposo para que entrase a poner orden. Y lo que hizo fue empeorar las cosas. Este señor, ataviado con un traje y una tablet, sin tan siquiera dar los buenos días, empezó a gritarme:

– ¿Has sido tú quien ha atendido a mi mujer?
– (Perdona, ¿te conozco? ¿Hemos tomado cañas juntos alguna vez? ¿Y por qué me tuteas entonces? Ah, ya, que la educación es una de esas cosas que te quedaron pendientes de asimilar…) Sí, soy yo.
– ¿Se puede saber por qué no le has cogido mi DNI a mi mujer?
– Porque está deteriorado y lo tiene usted que renovar.
– ¡Pero qué dices! Está sólo un poco roto por una esquina. Este carné es totalmente válido. Además, en el banco me lo cogen.
– Es su opinión, como persona que no hace carnés. Le sacaré de su error aprovechando que yo sí los hago. Ese DNI no vale.
– ¡Pues te voy a denunciar por no querer cogerme el carné estando un poquito roto por una esquina!
– Adelante, denúncieme, ahí enfrente está la oficina. No le servirá de mucho pero está en su derecho.

¿Pensaba que me va a asustar con eso y que le iba a decir “Anda, no lo hagas, que te lo cojo“? ¿Creía que iba a amedrentarme con una supuesta denuncia de la que cualquier persona con dos dedos de frente se reiría si la leyera? Hasta tres veces me dijo que me iba a denunciar por no cogerle un DNI roto con el cual podía operar a través de internet porque tenía bien el chip y que, por lo tanto (y según su criterio), era válido. De nada sirvieron mis explicaciones. Y es que, como dice una sabia compañera que tengo, “Donde no hay mata, no hay patata“.

¿Acaso tengo yo culpa de que en el banco no trabajen bien o de que el director de la sucursal sea su primo? ¿Qué tiene que ver una máquina que se encarga de leer el chip de un carné con una persona que se dedica a comprobar que todo está correcto? Si se le introduce al lector de tarjetas medio DNI porque esté partido en dos pedazos, seguro que puede operar sin problema si el chip no ha sufrido daños. Pero no podría comprar con él ni en un bazar. Y ya querría verle yo intentando convencer al chino de que se lo coja porque puede usarlo por internet. Las máquinas sirven para hacer lo que se les pide. Sé que algunas personas incluso ni eso, pero afortunadamente (aunque suene prepotente) yo suelo ir un paso más allá. Doy algo más de mí. Al final, tras hablar con cuatro jefes que le dijeron lo mismo que yo, no me denunció porque entre todos le hicieron comprender que iba a hacer el ridículo.

Sé que soy una persona exquisita, pero llevo fatal la mala educación y los modales prehistóricos. Soy tan ser humano como los demás, y el hecho de que yo no lleve traje y sea funcionario no me convierte en menos persona. Lo peor de todo es que algunos están convencidos de lo contrario.


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