Olvidarse del ciudadano

Hay gente que es muy olvidadiza. Yo podría ser el ganador con diferencia de un hipotético concurso de olvidar cosas, porque posiblemente no haya nadie con una cabeza tan mala como la mía. Aunque he reconocer que hay personas que me siguen muy de cerca. Me he podido olvidar de muchas cosas: las llaves, conversaciones, caminos para ir a los sitios, tareas pendientes, la cartera… Pero si hay algo de lo que nunca me he olvidado es de que estoy atendiendo a un ciudadano.

Y eso es precisamente lo que me ocurrió a mí ayer, cuando fui como ciudadano a una oficina de la Administración Pública (dado que soy un funcionario del nivel más bajo, cuando voy a cualquier sitio soy un ciudadano más, no tengo contactos ni trabajando de cara al público). Estaba yo tan contento realizando mi trámite, cuando de repente y sin mediar palabra el funcionario que me atendía se levantó y se marchó. Como no sabía si era necesario o no para el trámite, no dije nada. Me limité a esperar.

Transcurridos cerca de veinte minutos (afortunadamente el tiempo de espera se hace más corto con un móvil cargado de batería en las manos), escuché como un funcionario de los que estaban allí decir: “¿Tú crees que se acuerda?”. Miré de reojo y escuché a otro diciendo: “Oye, ¿te acuerdas de que hay un chico en tu mesa esperando?“. El chico que me atendía salió corriendo y pidiendo perdón por el despiste y me despachó en menos de un minuto.

Entonces comprendí la fama que tenemos ganada a pulso. Además de bordes, torpes, antipáticos, ignorantes, faltos de consenso, irrespetuosos con el horario y aprovechados de nuestra situación laboral activa de por vida, ¡nos olvidamos de que estamos atendiendo a una persona! ¿Qué van a pensar de nosotros? ¿En qué puede estar pensando una persona que atiende al público para olvidarse del público que atiende?


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Algunos funcionarios buenos

Siempre que releo las entradas me quedo con la extraña sensación de dar a entender que todos los ciudadanos dan problemas y que los funcionarios somos unos pobres seres incomprendidos que merecemos el cielo por aguantar al del otro lado del mostrador. Pero tampoco es así, ni mucho menos. Sin entrar a valorar mi profesionalidad (eso lo tienen que hacer mis compañeros, jefes y las personas a las que atiendo), hay muchos funcionarios que reconozco que se equivocan más de lo que deberían. Todos tenemos derecho a equivocarnos, pero hay veces que me parece que se juega a ver quién comete la barbaridad más gorda. Y no me refiero a no coger un documento caducado por dos días, o una foto con el fondo un poco azul.

Sin embargo, y espero hablar en nombre de todos los funcionarios, cuando nos equivocamos lo hacemos sin intención ni maldad. No me entra en la cabeza que haya alguien que lo haga a propósito. Sólo se me ocurre un caso, y aunque estaría feo, es perdonable. Si el ciudadano es la persona que ese/a funcionario/a ha estado esperando toda su vida, la persona con la que desea compartir el resto de sus días. Está feo hacerle algo mal para que le toque volver de nuevo, pero enamorarse es bonito, así que supongo que se compensa.

No voy a entrar en los errores que cometen los demás funcionarios, y menos cuando yo probablemente sea uno de los que más se equivocan. Pero los hay de todos los tipos y colores, como los que pueda realizar yo. Lo que les diferencia de los míos es que quizá muchos de ellos sean sin una sonrisa, lo que los hace más amargos. El funcionario es un ser despreciado por sus errores, pero que en pocas ocasiones es querido por sus aciertos. Y eso tampoco está bien.


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