Entre todos (Parte 5) – FIN

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Parte 4

Los ojos de Diego se clavaron en ella viendo cómo una lagrima se dibujaba en su rostro, y en ese momento y a modo de película todos los fotogramas comenzaron a ordenarse ante sus ojos. Para Diego todo cobraba sentido, pero de alguna manera sentía que debía parar lo que estaba aconteciendo, no era justo: el antídoto, Frank y el Doctor García-Rojo… todo mezclado en su mente, el rostro de María paralizado, sus ojos cerrados fuertemente y de nuevo aquel acantilado. En ese preciso instante y sin saber por qué, Diego se abalanzó sobre ella y juntos, fundidos en un fuerte y doloroso abrazo, cayeron al vacío. El viento chocaba entre sus manos, sus corazones latían con fuerza y una luz cegadora comenzó a brotar de ese abrazo; ni los mismos Makdihthilink sabían hasta dónde llegaban sus poderes. Pero el amor verdadero… El amor verdadero consiguió aunar poderes y hacer que los pensamientos se hicieran fuertes, una mezcla de pensar y sentir, sin dobles intenciones, que produjo un poder indestructible, basado en los deseos de ambos, cuyo resultado fue hacerlos posibles. La desaparición del virus era en lo único que pensaban al estar abrazados, en que ese virus nunca tenía que haber existido, o al menos no haber sido mortal. Al desaparecer la luz, María se dio cuenta de que Diego estaba inconsciente, cerca de ella, pero no puedo acercarse; también vio a Frank, acostado en una camilla, observándola fijamente. Y ella… ella se sentía mareada, sin apenas fuerzas para decir nada, podía distinguir al Doctor García-Rojo, con una gran sonrisa y un brillo especial en sus ojos. Algo había ocurrido en aquel acantilado, pero ahora estaba en… no sabía muy bien dónde se encontraba.

La sala recogía olor a probetas y los destellos de los fluorescentes la cegaban en ocasiones; miró al Doctor García-Rojo buscando algún tipo de respuesta que la tranquilizara, le dolía todo el cuerpo y tenía la sensación de haber recorrido mil años luz desde que abrazó a Diego y todo empezó a desvanecerse.

— Tranquila —añadió el Doctor—, el desastre por fin tiene los días contados. Frank me ayudó a localizaros y os recogimos en el valle el día en que os precipitasteis, desde entonces os he tenido en una meticulosa observación durante semanas, realizándoos transfusiones de Frank, y he descubierto que cuando los Makdihthilink os enamoráis desarrolláis una enzima protectora. A partir de ella he generado este fluido que os permitirá respirar el antídoto sin problemas a todos los Makdihthilink, y además es inocuo para los humanos, por lo que por fin podréis propagarlo entre ellos, sin miedo a que vuestra especie desaparezca. ¿No os parece genial?, en el amor radica la solución y la clave, hasta en cuestiones extraterrestres… —concluyó con una sonrisa.

El Doctor García-Rojo había sonreído, pero ellos no tanto, claramente les había encajado lo que en el lenguaje de los humanos se llamaba “un marrón”. Tenían que lograr que los humanos, esos seres que se pasaban la vida pegándose, enzarzados en guerras a las que, para disimular, llamaban conflictos, inhalasen el fluido. La cuestión era cómo. Tal vez introduciéndolo de alguna manera en ese combustible que usaban para desplazarse y que emponzoñaba sus cielos lo lograrían; al fin y al cabo, era lo que respiraban a diario mezclado con el oxígeno. Tal vez. Conocían su objetivo y dudaban de si la manera sería la adecuada pero se dispusieron a ello. Comenzarían por la ciudad, y María, Diego y Frank se dividieron las zonas de la misma para ir por la noche. Iban a utilizar la capacidad de hacerse invisibles para introducir el antídoto en todas las gasolineras de la ciudad. ¿Funcionaría? Tenían pocos días, había que actuar ya o sería una catástrofe.
Se reunieron en casa de Frank poco antes de la media noche. Después de beber un café, cada quién partió rumbo a la zona que tenía asignada. Los nervios se apoderaron de ellos, todo tenía que salir conforme a lo planeado. Gracias a sus poderes no fueron captados por ninguna cámara de vigilancia. Después de acabar regresaron a la casa de Frank y esperaron hasta el amanecer. A las 7 de la mañana sonó el móvil de María, era el Doctor:

— Parece que vamos por el buen camino chicos —le dijo notablemente animado.

María dirigió una mirada cómplice al resto y respiró hondo. El contenido de las 5 cantimploras que llevaba diluido el antídoto ya estaba esperando en los depósitos de las tres gasolineras de la ciudad. Todos los coches que repostaran ese día se iban a encargar de que la cura viajara lejos. Ya estaba todo organizado y según el plan del Doctor, más las propias sugerencias de María, Diego y, Frank, no quedaba otra que dividirse. De ese modo María tenía las coordenadas de unas gasolineras, al igual que Diego, que antes de marcharse, la abrazó muy fuerte mientras que Frank les cortó:

— Vamos chicos, la humanidad depende de los antídotos, cuando cada uno este en cada gasolinera, que avise al resto.

Y de eso modo, se separaron. Integrados como si fueran de la tierra, se dirigieron cada uno al punto correspondiente. Para ganar tiempo, Diego y Frank decidieron utilizar la hipervelocidad, María no estaba en la misma onda, optando ella por teletransportarse, la velocidad no le gustaba y su elección le permitía centrarse con claridad en su cometido. Algo le daba vueltas, una especie de presentimiento sin forma que la inquietaba. Prácticamente al instante de haber iniciado su “viaje” se hallaba cada uno en el lugar exacto que se habían asignado antes de la partida y mediante telepatía confirmaron sus posiciones, aprovechando la conexión para “comentar” algunos detalles sobre el método más conveniente —y rápido— de mezclar con éxito el antídoto y la gasolina, no había tiempo que perder.

Lo que María presenció confirmó aquella inquietud que se había instalado en su estómago, “su” gasolinera estaba abandonada, por el aspecto que presentaba daba la sensación de llevar así mucho tiempo, los surtidores habían sido arrancados, los depósitos no existían, en su lugar se abría un enorme hueco, parecía que hubiese caído una bomba allí. Mientras María pensaba que era posible que aquella zona hubiese quedado deshabitada debido a la epidemia —¿por qué si no habría sido cerrada la gasolinera?— un individuo se acercó sigilosamente por la espalda, propinándole un golpe en la cabeza con un objeto contundente que la envió al vacío del agujero; en su vuelo no pudo evitar un pensamiento desolador: de alguna manera, su misión había terminado…

También pensó, mientras volaba, mientras caía, en Diego, en Frank, en el contagio, en el antídoto, en la gasolina, en… Y luego, un instante o una eternidad después, abrió los ojos y la deslumbró tanta luz, ella tumbada de espaldas en una camilla acolchada con una especie de cuero blanco. Se incorporó, miró alrededor, no vio paredes, suelo, límites, como cegada por tanta luz lechosa, pero al fin reparó, a su derecha, en una camilla que, como la suya, parecía flotar en una nada de puro algodón, y en el hombre tendido de espaldas, acaso inconsciente, sobre ella; y reparó a continuación en otra camilla a su izquierda, ocupada por un segundo hombre tan inmóvil como el primero. ¿Eran Diego y Frank? Fue entonces cuando oyó la voz.

— Puede parecértelo, pero no estás muerta; esta vez has tenido suerte. No me busques —afirmó la voz de forma inquietante mientras María miraba temerosa en todas direcciones—, no soy materia para ti, ni para los desdichados humanos que quieres salvar, algo que casi consigues.
— ¿Quién eres?, dime… ¿qué ocurre, dónde estoy? —preguntó asustada María.
— Soy el Hacedor, el que juega la partida. Mi contrincante me lo está poniendo difícil, él es quien quiere salvar a los humanos, yo no.
— ¿El Hacedor? —dijo María, entornando sus ojos ante la intensa luz que envolvía su cuerpo.
—Shhh… aquí soy yo quien pregunta, y tranquila, no estás sola.

La voz terminó en un susurro casi imperceptible, y María cerró sus ojos con fuerza, intentando remover algunos de sus poderes para comprender adónde había caído, quién o qué era esa voz tan soberbia que la arrastraba a un lugar tan desconocido. Sus ideas giraban como una noria en su cabeza, se sentía desmayar. Intentó transportarse a otro lugar, buscando a Diego o a Frank, pero cuando abrió los ojos, lentamente y con temor, se vio a sí misma flotando en la misma sala, sin techos ni paredes.

— ¡Es inútil que te esfuerces! —exclamó la voz sonando desgarradora de nuevo—, tú sola no tienes poder suficiente para derrotarme, el Exterminador era el único que podría conseguirlo y tan siquiera habiendo adquirido el cuerpo de un humano fue capaz de hacerlo posible —explicó mientras de la nada aparecía flotando el cuerpo inerte del Doctor—. Los Makdihthilink sois una raza inferior y sólo una de las vuestras entre diez millones puede hacerme frente utilizando la Regeneración Unificada, necesitando un amor puro, eterno e incondicional con otro de los de tu especie, y un tercero con la misma sangre… ¡y mira dónde están tu querido Diego y tu hermano Frank! —gritó mientras los cuerpos que tenía alrededor se giraban hacia ella dejando ver la desfiguración en los rostros de Frank y Diego—. Gracias a vosotros, podré dominar y exterminar a voluntad vuestras míseras razas… ¡hasta nunca María! —concluyó la voz, al tiempo que la luz blanca se convertía en la más profunda oscuridad tras una intensa explosión lumínica.

María despertó de repente en el primer piso que tuvo en la Tierra, con una sensación extraña en la cabeza, mirando alrededor aturdida, envuelta en sudor, respirando un fuerte olor a canela de un bizcocho recién hecho y con la necesidad de darse un baño, y mientras lo llevaba a cabo sonó la puerta. Tras el susto inicial, ralentizó sus pulsaciones y pensó pausadamente; transcurridos unos segundos preguntó “¿Diego?”, y cuando obtuvo un “sí, soy yo” como respuesta desde el otro lado de la puerta, María sonrió y se deslizó al interior de la bañera: ahora ya sabía lo que debía hacer.

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— ¡¿Teletransportación?, ¿pero qué dices?! —gritó María, incrédula, ante lo que Diego le contó que, debido a la distinta relación espacio-tiempo de la Tierra, en ese momento de miedo, algo similar a la adrenalina le había hecho correr a la velocidad de la luz a un lugar seguro.
— Fue tu instinto el que te guió al moverte más rápido que tus pensamientos; por eso pudiste llegar tan rápido a tu casa, nosotros nos dimos cuenta de lo que te había ocurrido gracias al localizador que te puse en el bolsillo antes de salir hacia el Museo —le contó Diego.
— ¿Por qué no me dijiste que me ponías un localizador?, ¿no confías en mí? —dijo María acercándose lentamente a Diego y dejando solo milímetros de separación entre sus bocas—, ¿dónde le habéis encontrado?
— Pues… mmmm… —balbuceó Diego separándose bruscamente, rompiendo la burbuja de tensión que se había formado alrededor de ellos—, te habíamos seguido y estábamos cerca del Museo, por lo que al teletransportarte acudimos y vimos al impostor en el suelo; nos lo llevamos a un lugar apartado y Frank utilizó sus “métodos” para decirnos qué había ocurrido con el Doctor. Decidimos entrar en los garitos de los alrededores a buscarle, y en el último que entramos, el olor a alcohol embargaba todo, el camarero estaba apoyado en la pegajosa barra y ni siquiera levantó la vista de la revista que tenía entre las manos. “Buscamos a un hombre…”, le dije, y el camarero hizo un gesto hacia una mesa, añadiendo “hace horas que lo han dejado ahí y no se ha movido ni para ir al baño”. Cogimos al Doctor García-Rojo entre los dos, poniendo sus brazos alrededor de nuestros cuellos y salimos rápido a la calle, llegamos a la fuente que hay en la plaza nueva y metimos su cabeza en ella para despejarle; cuando recobró el sentido, le explicamos dónde le habíamos encontrado y qué queríamos de él, está con nosotros María, estamos juntos…
— Bueno… ¿y cuál es nuestra misión ahora? —preguntó María después de asimilar durante unos segundos lo que acababa de escuchar y ante la mirada tranquilizadora de Diego.
— Nos enfrentamos a un virus ARN —comenzó el Doctor sonriendo— y necesita su retrotranscriptasa para crear ADN con el que introducirse en las células humanas y reproducirse; durante estas semanas he desarrollado un antídoto que destruye dicha enzima para evitar que se reproduzca y lograr así que se extinga. Vuestra misión es tan simple como ayudarme a prepararlo y extenderlo por la mayor cantidad de lugares posible para que los humanos lo respiren. He de advertiros —prosiguió el Doctor— que, al haber modificado el virus para salvaguardar la especie humana, éste se ha convertido en letal para los Makdihthilink que lo respiren y, dada la gravedad de la situación, no va a resultar posible avisar al resto de vuestros compañeros para que puedan ponerse a salvo. Cada segundo que perdamos estaremos multiplicando exponencialmente las posibilidades de aniquilación de nuestra especie.

Diego buscó los ojos de María intentado encontrar una solución en ellos al dilema que se les presentaba, pero sólo encontró frialdad, un brillo acerado en el fondo de su pupila que le confirmó sus más amargos temores.

— María, nos necesitan, no podemos dejarles morir así, sin intentarlo siquiera —se le quebró la voz al imaginar el final tan cruel que esperaba a los suyos—, tú puedes localizarles con tu dectógrafo si están cerca… por favor…

María apretó los labios con rabia, formando una delgada línea en su rostro, sabiendo que la decisión que acababa de tomar cambiaría para siempre su vida y el curso de la historia tal cual se conocía, pero no podía permitirse dudar en esos instantes, la suerte estaba echada.

— Diego, ¡¿es que no entiendes la situación?! Lo siento, pero no nos podemos arriesgar de esta manera, sabes que si lo hago corremos el riesgo de contagio y de todas maneras ya es demasiado tarde para tratar de encontrar una solución —aseveró María.

Diego no podía creer lo que estaba escuchando, a María no le importaba lo mas mínimo no ayudar a los suyos, ¿cómo podía ser tan fría? María se quedó molesta y pensativa a la vez, tenía sentimientos encontrados porque no podía permitir que le ocurriera nada a Diego, ¿por qué la ponía en esa situación?

— María, ¿es tu decisión final?, ¿estás segura? —preguntó Diego.
— ¿La decisión final?, ¿salvar a los suyos dejando desaparecer la humanidad entera?, ¿salvar  a los humanos sacrificando a los suyos, a Diego, a Frank? —pensaba María estremeciéndose con la idea de que a Diego le pudiese ocurrir algo.

Mientras, Diego, incrédulo y sorprendido le miraba esperando una respuesta.

— ¡Todavía tenemos tiempo para luchar María, nunca nos perdonarán en Makdihth por no cumplir nuestra misión! —le indicó Diego.
— La culpa de todo esto es nuestra y nosotros mismos tenemos que salvar este planeta —le contestó María—. Ha llegado el momento de confesaros algo, antes de salir de Makdihth me confirieron el Último Poder que sólo debería utilizar en caso de extrema peligrosidad, puesto que después de hacerlo moriré… pero he tomado la decisión y haré uso de él —concluyó María.
— ¿Qué poder es ése? —preguntó Diego.
— Es muy peligroso, que lo sepas.

María dudó por unos instantes, apesadumbrada; miró los ojos impacientes de Diego, y por fin tragó saliva y dijo:

— Sé cómo retroceder en el tiempo de La Tierra. Puedo volver hasta antes de expandir el virus… puedo salvar este planeta… y a vosotros dos. Pero Diego, antes de que digas nada quizás hay algo que deberías saber. Si retrocedo en el tiempo es muy probable que tú y yo no nos volvamos a ver. Es más, es muy probable que el mundo que hoy te rodea no se parezca en nada al que te tendrás que enfrentar. Nadie, ni yo misma, sabe si será para mejor o para peor, de lo que no hay duda es que será completamente diferente. Lo más importante —prosiguió María con tristeza en sus ojos— es que te echaría mucho de menos.
— ¿Y cuál es el peso real de una ausencia, un simple echar de menos, comparado con la posibilidad de evitar una más que probable extinción? —replicó Diego apartando su mirada de la de María.

No existía otra opción, sabía que ella tenía que hacerlo, no era por ese afán de narcisista heroicidad que se les presuponía a los Makdihthilink, no, era tan sólo el destino.

— María, me da igual, sabes que te aprecio y hasta podría llegar a quererte, pero tienes que irte… Entiéndelo, de este viaje depende el futuro de nuestra especie.

Sin tiempo para lágrimas inútiles, María introdujo su mano derecha en el bolso y buscó con el tacto de sus dedos la forma de su desactivador monoaural. Sin embargo, cuando entró en contacto con el aparato, tuvo una idea fugaz, un haz de luz que se encendió en su cerebro y que se apagó tan rápidamente que casi no le dejó tiempo para procesar. Con un rápido movimiento, María se abalanzó sobre Diego y, tras rodearlo con los brazos, sin dejarle posibilidad alguna a una huida, pensó con intensidad en aquel acantilado que un día visitaron. En un abrir y cerrar de ojos, ambos se encontraban en aquel lugar apartado de la civilización.

— María… pero… ¿¡qué has hecho!? —preguntó, incrédulo.
— Has dicho que debía irme… y he hecho exactamente eso.

Diego contempló a María mientras su mente intentaba entender qué había sucedido, y se dio cuenta que se debatía entre hacer dos cosas muy diferentes: recriminarle su actuación o tomarla entre sus brazos y comérsela a besos.

— ¡Qué carajo! —pensó.

No sabía lo que iba a ocurrir después de todo, y él no se iba a ir sin probar el sabor de su boca, por lo que se acercó a ella y sin darle tiempo a reaccionar la abrazó con fuerza. María se dejó aprisionar por aquellos brazos fuertes, pensando en cuanto había deseado que llegara ese momento, pero un sentimiento parecido a la premonición se dibujó en su mente y cuando sus labios se juntaron con los de Diego una fuerza, que no supo de donde llegaba y que era más poderosa que ella misma, la impulsó hacia atrás. Y entonces, lo entendieron.

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El militar en su interior sabía que su plan no acabaría bien, bien para él, entiéndase. Sí, se redimiría de los errores cometidos en el pasado, pero pagaría un alto precio, pagaría con su vida. Había tomado la decisión y no habría marcha atrás. Pasearía entre el caos hasta llegar a la nave, manipularía los controles para cortar la emisión de ese humo rojo tóxico y ¡pum! No habría gloria, pues nadie sabría de su transformación en un héroe.

Aunque desconfiado, Diego tomó el trozo de papel y lo guardó rápidamente en el bolsillo trasero de su pantalón. No se despidió del militar, y mediante un evidente gesto con la cabeza indicó a María y a Frank que efectivamente tenían que salir de allí cuanto antes. Corrieron durante los minutos necesarios para dejar bien atrás a la muchedumbre y las autoridades que ya habían llegado a la plaza y, una vez a salvo, Diego sacó la nota de su bolsillo y la leyó en voz alta: “19:30 Entrada Sur Museo de Historia Natural, María SOLA”.

— ¡Maldito cerdo! De ningún modo vas a reunirte tú sola con ese imbécil —gritó Diego indignado.
— Tengo que hacerlo si queremos saber dónde está el Doctor —aseveró María.
— ¡De acuerdo! Pero antes tenemos que hablar con nuestro contacto en la policía, el inspector González, para ver si puede ponerte un micro y una patrulla para vigilar el encuentro —dijo Diego.
— ¿No será muy arriesgado ir con un micro?, ¿y si nos descubre? —preguntó aterrada María.
— ¡Tranquila María, estaremos ahí contigo por lo que pueda ocurrir! —exclamó Diego tranquilizándola.

María se quedó un poco más tranquila, pero no podía evitar tener muchos pensamientos en su cabeza, se iba a encontrar con una trampa, así que lo mejor era continuar con el plan que había propuesto Diego.

— De acuerdo, lo haré, pero nada de micros, tenemos poco tiempo y me da pánico que me descubran, quién sabe de qué serán capaces -indicó María.

Desde que se dieron cuenta de que son portadores de un virus que afecta a los humanos, Diego y su equipo habían centrado sus esfuerzos en experimentar con ADN, para descubrir dónde estaba la clave que hiciera compatible la vida de ambas especies en el planeta. El problema era que no podían seguir desviando fondos, los militares supervisaban todo estudio científico que les parecía sospechoso y a pesar del prestigio ganado tras años de trabajo en las clínicas y los artículos publicados sobre ADN, debían tener cuidado de no ser descubiertos. El Doctor García-Rojo era su última esperanza, era experto en genética y se rumoreaba que tenía un hijo afectado por el virus, con lo que podría ser el único humano que había logrado vivir con normalidad portando la enfermedad. El objetivo de María sería descubrir si era cierto, y comprobar si podían trabajar en equipo con él.

A las 19.30 María se encontraba puntual en la puerta acordada, y aunque el Museo de Historia Natural cerraba sus puertas a las 19 horas aún había guardias de seguridad dirigiendo a los visitantes hacia las salidas. Se había levantado aire y María, incómoda, se subió un poco más la cremallera de su chaqueta. Sus pensamientos volaron hasta Diego, al que había costado horrores convencer para que se quedara en el piso franco y no se empeñara en colocarle el puñetero micro, y aunque no había rastro de él por ninguna parte, María no tenía demasiadas esperanzas en que le hubiera hecho caso. La puerta sur del museo estaba ya en penumbra, solitaria, cuando María escuchó unos pasos justo detrás de ella; en el momento en que su dectógrafo empezaba a vibrar, se giró.

— Me han llegado rumores de que está usted buscando al Doctor García-Rojo —dijo una voz que le resultaba extrañamente familiar.
— Le han informado a usted bien… ¿Doctor García-Rojo? —dijo María girándose hacia la persona que le estaba hablando.
— El mismo, pero haga el favor de acompañarme al interior del museo, aquí fuera no estamos seguros ninguno de los dos.

El médico se dio la vuelta sin esperar a comprobar si María le seguía cuando su dectógrafo, que llevaba camuflado dentro de un gran bolso vibró con más intensidad avisando a su dueña de que el hombre al que seguía era un impostor, un Makdihthilink. No hubieron traspasado la puerta del museo cuando María se abalanzó sobre el falso Doctor García-Rojo propinándole un tremendo golpe en la base del cráneo y haciendo que el hombre se desplomara como un monigote. Con el impostor en el suelo, a su merced, pudo pasar por su cabeza el desactivador monoaural que le garantizaba un auténtico pelele al menos para tres o cuatro horas, y acto seguido llamó a Diego. El teléfono envió varias llamadas sin obtener respuesta, y como María no soportaba estar más tiempo junto al impostor del Doctor García-Rojo, agarró fuertemente su bolso y echó a correr tan desconcertada que confundió la puerta de la Entrada Sur del Museo, por la que minutos antes había entrado, con el almacén. Allí, permaneció inmóvil detrás de un gran oso disecado al escuchar la presencia de varias personas en el pasillo; al menos eran dos hombres, quizá tres, e iban a descubrir al Doctor tirado en el suelo, con lo que se sintió en peligro. En ese mismo instante se dio cuenta de que su dectógrafo no estaba en su bolso, ni en sus bolsillos.

— ¡Ahora sí la he liado! —murmuró—, van a descubrir el instrumento vibrando junto al cuerpo del Doctor. ¿Cómo puedo ser tan torpe?, ¿se me habrá caído?

Miró a su alrededor intentando buscar una solución, temiendo el momento en que descubrieran al impostor, y después a ella. Notaba su corazón latiendo con fuerza, tanto que casi podía oírlo y, para intentar mantener la calma, cerró los ojos y se imaginó en un lugar seguro, en su lugar favorito, en el primer piso en el que vivió cuando llegó a la Tierra. A pesar de ser pequeño era acogedor y recordaba especialmente la diminuta cocina en la que hacía bizcochos de canela los domingos y cómo todo quedaba impregnado del afrodisíaco aroma. Empezó a calmarse y respirar lentamente, sintiéndose a salvo en su pequeño mundo, percibiendo el olor cada vez más fuerte, más intenso, más cercano, tanto que empezó a abrir los ojos extrañada. Estaba mareada, la habitación daba vueltas pero se dio cuenta de que no era la misma, reconociendo los muebles a su alrededor, las paredes que la rodeaban y el bizcochón humeante encima del poyo antes de caer extenuada. Cuando volvió en sí tenía fiebre. Esa que le daba de vez en cuando sin razón aparente, antes de que desarrollara sus poderes, recién llegada de Makdihth. Se sentía sudada, pegajosa, maloliente, y la luz que entraba por la ventana de vidrio le hería los ojos de tanto que le dolía la cabeza. Había viajado en el espacio, y no sabía si lo había hecho también en el tiempo. Se levantó despacio, aguantando las nauseas que le provocaba el penetrante olor a canela del bizcocho que acababa de salir del horno, segura de que un baño le ayudaría a reponerse. Se dirigió al baño, y mientras la bañera se llenaba de agua, echó unas gotas de su jabón favorito y empezó a formarse una frondosa espuma; ya dentro de la bañera y mientras intentaba aclarar sus ideas, alguien llamó a la puerta, lo que le hizo levantarse de un brinco y coger lo primero que encontró, su cepillo de dientes.

— ¿Quién anda ahí? —preguntó María asustada.
— Soy yo, Diego —respondió desde el otro lado de la puerta.

María abrió la puerta corriendo sin acordarse de que estaba completamente desnuda; Diego la miraba atónito y ella corrió a ponerse una toalla mientras le preguntaba qué había ocurrido, qué hacía allí, y le pedía escuchar de su boca que nada malo ocurría. Diego le indicó que se vistiera y la llevó al salón, y cuando vio sentados en el sofá a Frank y al Doctor García-Rojo con varios planos y cientos de papeles sobre la mesa, Diego comenzó a explicarle lo que había ocurrido para intentar borrar de su cara esa expresión atónita.

Entre todos (Parte 2)

Parte 1

Frank colgó y rápidamente paró un taxi, con todo el estrés podría empezar a correr demasiado rápido y no quería llamar la atención de la gente a su alrededor. María por otra parte asumió que Frank no iría en su ayuda, como siempre, ese hombre solo la metía en problemas y luego se iba con alguna humana tonta y era ella la que tenía que solucionarlo todo.

— No viene —dijo María mientras la corriente de agua empezaba a aumentar su caudal— ¡Esto es culpa de Frank, más vale que ese idiota se digne a mostrar un pelo que si no…! —gritó María tratando de detener junto a Diego el caudal de agua con cualquier cosa que encontraban.
— ¡Ya estoy aquí, cielo, realmente no veo cual es el problema! —dijo Frank apareciendo de la nada y con una sonrisa de paz y tranquilidad que hizo a María reventar de rabia.
— ¿Pero tú ves normal llegar en el estado que vienes? —le soltó una María iracunda a Frank. Y es que, como ella se temía, Frank estuvo haciendo de las suyas con un par de humanas en un famoso local tomando unas copas.
— Dejadlo, que tenemos cosas más importantes entre manos, ¿no os parece? —gritó un Diego exasperado. Y es que el valeroso Diego había conseguido arrancar de la pared unos toldos de un negocio cercano, con los que se proponía hacer una presa que contuviera el caudal descontrolado.

De lo que ninguno de los tres se había percatado es que, por su espalda, se acercaba a una velocidad considerable un vehículo de reparto que había perdido el control. Diego soltó el toldo que tenía en la mano y se abalanzó sobre María cayendo sobre ella en la acera, Frank lo esquivó pegándose a la pared y el vehículo de reparto siguió su camino descontrolado hasta chocarse contra una farola. Trascurridos unos segundos Diego se levantó del suelo y le tendió la mano a María para ayudarle a levantarse y Frank les gritó:

— ¡El vehículo está en llamas, va a explotar, corred, corred!

Pero Diego y María no le oyeron, estaban absortos contemplándose el uno al otro después de tanto tiempo, ajenos al caudal de agua que les amenazaba por un lado y al fuego inminente por el otro; la historia vivida en Makdihthilink no estaba olvidada.

— No es momento de eso, hay que encontrar la nave y volver a nuestro mundo —les dijo Frank visiblemente enfadado mientras arrastraba a ambos por los brazos hacia una estrecha callejuela que los pondría a salvo, al menos de momento.
— No tenemos tiempo —dijo Diego— todo ha empezado ya, tenemos que encontrar al Doctor García-Rojo antes de que sea demasiado tarde, la infección se ha extendido más rápidamente de lo que esperábamos.
— ¿De qué hablas Diego? —gritó Frank—. Nos aseguraron que en la Tierra estábamos a salvo, llevamos muchos años trabajando con los humanos para que todo se eche a perder de esta manera; si no lo resolvemos pronto, nos quedaremos atrapados aquí para siempre.

Diego no supo qué decir, solo pudo mirar a María con pasión y complicidad. Esta situación ya la habían vivido antes, en otros cuerpos, en otro planeta, en otra época, en otro momento de sus vidas.

— ¡Hay que moverse! —exclamó Diego.

A duras penas se hicieron paso entre los escombros y la gran cascada de agua oyendo gritos, lamentos, sirenas… y la plaza se sumió en un profundo caos.

— ¡María, pásame el dectógrafo! —solicitó Diego extendiendo la mano hacia ella a la vez que observaba el cielo ¡tiñéndose de rojo!
— ¡Toma, aquí lo tienes, tendría que funcionar! —apuntó María—. Pero ten cuidado, sabes que el dectógrafo es el único medio que hay para distinguir a los Makdihthilink de los terrestres, y saber dónde se ocultan. Si este aparato cayera en manos erróneas, sería el fin para todos.
— No te preocupes María, sé lo que me hago —le dijo Diego.

En el momento en que María hizo el gesto de entregar el aparato alguién golpeó a Frank por la espalda y éste cayó desplomado.

— Pero.. ¡qué diablos…! —dijo Diego volviéndose a tiempo de ver como caía Frank y a un hombre con uniforme militar que les apuntaba con una pistola.
— Quizás podrían tener la amabilidad de entregarme el dectógrafo —dijo el desconocido con una sonrisa cruel en el rostro— sería una pena tener que utilizar la fuerza.
— ¡No! —gritó María estrechando el dectógrafo entre sus brazos—. Tendrá que disparar… —continuó María.

El militar apretó el gatillo, pero María usó su poder mental para desviar el disparo. Diego aprovechó el desconcierto de aquél y con su rapidez avanzó hacia él y le quitó el arma.

— ¡Ahora va a decirnos para quién trabaja! —gritó Frank.

El militar soltó una carcajada mientras volvía a avanzar hacia ellos, ya repuesto de su sorpresa.

— ¿Quiénes creéis que sois para tratarme así? —respondió el militar.

Con ese aire de insuficiencia que a algunos imprime el cargo, el militar se repuso una vez pasado el susto que le produjo quedar fuera de juego.

— Tratamos de localizar al Doctor García-Rojo —dijeron al unísono María y Diego.

Hacía diez años que sus esfuerzos no se unían, pero era el momento de actuar, no podían permanecer impasibles ante semejante destrucción.

— Nuestra experiencia nos dice que a pesar del virus que se ha extendido en esta ciudad, los humanos aún pueden ser salvados… si nos deja —afirmó María.
— No hables así, no lo digas como si el fracaso fuera una opción, no lo es —recriminó Diego mirándola directamente a los ojos, y ella no supo si se refería a la misión o al deseo que había nacido entre ellos tras su reencuentro—. ¿Sabe dónde está? —dijo, esta vez dirigiéndose al militar.

Después de hacerle sentir humillado no les iba a poner las cosas tan fáciles, él era un militar y no iba a permitir que tres desconocidos con aires de grandeza le pasaran por encima.

— En esta vida todo tiene un precio, ¿no creéis? —les dijo, con un fingido ademán de superioridad.

María y Diego se miraron con la complicidad que da conocerse desde hace mucho tiempo y no hicieron falta palabras, necesitaban al Doctor García-Rojo y harían lo que fuera por localizarle. Tenían que trabajar con premura, el virus estaba haciendo estragos entre la población. Ni sus poderes ni su entrenamiento les habían servido para encontrar a la única persona que podía pararlo, el Doctor García-Rojo. Había que andar con pies de plomo. No podían confiar en nadie excepto en ellos mismos y la misteriosa desaparición del Doctor había provocado las sospechas de María. ¿Podría ser que el único capaz ayudarles fuera el mismo que había provocado el caos en la plaza?

— ¿Y cuál es el precio? —se apresuró a preguntar Diego, y automáticamente, los tres Makdihthilink, perdieron su mirada en la del militar, que sonreía henchido de satisfacción.

Un estruendo en la plaza interrumpió la conversación, el aire estaba totalmente contaminado de color rojo y de gritos histéricos. ¿Pero qué estaba pasando? Una nueva expresión nerviosa ceñía el rostro del militar que, sin mediar palabra, sacó un papel, escribió en él a toda prisa y se lo entregó a Diego.

— Marchad de aquí —les dijo, y su mirada expresaba miedo.

Entre todos (Parte 1)

María llevaba 25 minutos esperando en la puerta del Bar Salvador. Le gustaba llegar con tiempo a los sitios, era una de sus virtudes. Comenzó a mirar impaciente el reloj, pero los minutos avanzaban lentamente. ¿Y si al final decidía no aparecer? ¿Sería capaz de reconocerle?

Se giró con nerviosismo cuando oyó la puerta abrirse tras ella. La figura que apareció iba completamente tapada debido al frío invierno de la ciudad. María sintió que el corazón le latía rápidamente cuando esa figura posó su mirada en ella. ¿Sería él, sabría él reconocerla a ella? María se volvió a girar asustada por las sensaciones, no se atrevía a mirar, y entonces… alguien le tocó el hombro. María se sobresaltó al sentir esa mano en el hombro y se dio la vuelta. Sí, era él; ahora que estaba tan cerca de ella, no cabía duda. Su aspecto había cambiado un poco pero su mirada era inconfundible. Después de tanto tiempo sin verse, ahí estaban los dos. Estaba emocionada con aquel reencuentro. Cuando se despidieron se habían prometido que no habría ningún tipo de contacto hasta ese día, era la única forma de que funcionara el plan. Al principio le supuso un infierno, pero poco a poco aprendió a convencerse de que él nunca había existido. Vivió su vida ajena a lo que había ocurrido aquel invierno, eso sí, no pudo echar raíces de ningún tipo, de ser así lo habría estropeado todo. Hacía una semana por fin había recibido la esperada carta. “Han pasado diez años, es hora de seguir con el proyecto”.

Diez años que pasaron como un soplo, en los que ella apenas fue consciente del vuelo de los días; pero, ¿y qué había de extraño en ello? Al fin y al cabo, el tiempo siempre había sido así para los de su especie. Desde aquel lejano hormiriton —la unidad temporal de los Makdihthilink, habitantes del planeta Makdiht— en que sus naves descendieron, habían ido asemejándose más y más a los habitantes de aquel extraño mundo en el que todavía se sentían extranjeros. Sin embargo, nada habían podido hacer para dominar completamente el tiempo, tan y tan distinto al suyo. Tan frágil; tan etéreo. Diez años en los que había conocido el significado de la palabra miedo porque aterrizar en aquel lugar extraño había sido aterrador. Diez años en los que supo lo que significaba añoranza de su otra vida y de su otra casa. Diez años terribles en los que había cobrado vida la palabra angustia sin saber lo que le esperaba cada nuevo día en aquel lugar extraño, teniendo que aprender de nuevo cada paso que daba. Diez años en los que tuvo que mantener la serenidad para no caer en la locura absoluta cada vez que se equivocaba en las cosas más absurdas. Y diez años en los que jamás pensó que descubriría lo que significaba la palabra amor.

Con todas esas emociones anquilosadas, María alzó la cabeza y miró alrededor. Sabía el lugar que buscaba, sabía a quién y sabía por qué. Sin embargo se estremeció ante su latir precipitado, ante su ahogo en el estómago, ante el escalofrío punzante de su espalda. Descubrió que lejos de petrificarla, todas esas sensaciones la habían dulcificado y habían dirigido sus pasos hacia el lugar prefijado, hacia su ansiado encuentro. Sabía que una vez allí, se disiparían todos sus miedos y el proyecto cobraría vida, tal y como se habían prometido hacía una década. Emprendieron el camino calle adelante hasta la plaza, como habían acordado hacía tanto tiempo; el momento había llegado y no había marcha atrás. Él sonrió tranquilizándola por completo, si quedaba algún rastro de duda ésta se evaporó enseguida. Sin mediar palabra se abrazaron y una lágrima rodó por la mejilla de ella, mientras él dejaba que la tensión acumulada en los últimos años desapareciera por completo. Empezaron a caminar de nuevo y ella le siguió sin mediar palabra; confiaba en él, y después de tantos años separados volvían a estar juntos. Estaba segura de que cumplirían su sueño, y empezaba a realizarse a partir de ese mismo momento.

Caminaban sonriendo con los labios y con el corazón, y aunque los dos debieran ser conscientes de la dura prueba a la que se enfrentaban, parecían no darse cuenta; por ello el ensordecedor estruendo les pilló completamente desprevenidos. Pararon en seco y se miraron esperando encontrar la respuesta el uno en la pupila del otro, pero sólo descubrieron confusión y silencio, entonces él le agarró fuerte la mano y comenzaron a correr hacia la plaza. Las tres calles que les separaban del desastre comenzaban a llenarse de gente corriendo, escapando aterrorizada, pidiendo ayuda. Al cruzar el soportal que daba entrada al lugar no pudieron encontrar una escena más dantesca: una nave proveniente de Makdiht había descendido en plena plaza, arramblando con las terrazas repletas de gente cenando. Miró a María con una mezcla de enfado y desconcierto y gritó:

— ¡¿Pero qué están haciendo?, ¿esta es la idea de ‘infiltrarse discretamente’ que tienen en tu base?!

Aquel grito dio al traste con la magia que se había creado entre los dos, pues María no soportaba que le gritaran y, para más inri, no tenía la menor idea de a qué se refería él con aquello de “tu base”. Pensó rápidamente: ¿la base de la pizza que había dejado enfriándose en casa? No; al final se dio cuenta: la base de datos que necesitaban para el proyecto y de la que él no sabía nada aún. Tenía que ser eso, porque de esa invasión ella no podía responder; desde luego, no formaba parte del plan, así que a alguien se le había ido la mano, pero bien. De todos modos, ahora estaban con el agua al cuello, y literalmente, o casi: al descender, la onda expansiva de la nave había reventado varias cañerías y la plaza se estaba inundando.

Los vecinos se habían empezado a dar cuenta de la situación, y corrían desesperados de un lado a otro tratando de impedir que el nivel del agua siguiese subiendo a tan desenfrenado ritmo; algunos como María, cogían el teléfono móvil en busca de más ayuda:

— Dime María, ¿es urgente?, porque estoy muy ocupado.
— Hombre… tú me dirás, después de la situación de mierda que me hiciste pasar, no voy a llamarte para decirte lo guapo que eres, Frank.
— Venga, dispara, y rápido que no tengo tiempo.
— Como dispare de verdad se te van a quitar las ganas de hablarme en este tonito, necesito ayuda ¡ya! porque la plaza se está inundando y no somos capaces a frenar la corriente de agua; así que deja lo que estés haciendo y sal pitando, si no… el proyecto corre peligro.

Poema a cuatro voces

Esta es mi semana de la poesía. Además del reto propuesto por la Rubia y la Morena, hoy os traigo una colaboración que he tenido la oportunidad de llevar a cabo con tres genios de las letras y los blogs:

  • Antonio, de Velehay. Si quisiera, podría colarse en la definición de poeta en el diccionario. Es un maestro de los versos y los Haikus, sus colaboraciones en diversos blogs de renombre dan buena cuenta de ellos. Además, de cuando en cuando nos regala un relato dotado de un punto tenebroso que lo hace más que interesante.
  • Chus, de El espacio de Chus. Un artista, experto en chistes gráficos y sobre todo en música; dicen las malas lenguas que la última enciclopedia musical elaborada ha partido de sus conocimientos. Ahora, además, esta metiéndose poco a poco en el mundo de los relatos con cierto éxito a pesar de, según él, no ser su fuerte.
  • Henar, de Pensando en la oscuridad. Un ESCRITORA, así con mayúsculas, capaz de hacer un gran relato de cualquier tema dándole ese tono oscuro que le caracteriza. Hablé de ella aquí, y la entrevisté aquí. Su libro es un éxito de descargas (más de 400 en 2 meses), y espero impaciente su próximo proyecto.

La forma de elaborar el poema ha sido realizando cada uno de nosotros un verso utilizando en él una palabra propuesta por el siguiente en la lista, según el orden Antonio, Chus, Henar, Óscar. Ha sido una experiencia entretenida, divertida y me ha servido para experimentar con la poesía. Quedo abierto a nuevos experimentos, porque trabajar con ellos es una gozada. Espero que lo disfrutéis leyendo tanto como yo participando.

– HERIDAS QUE NO CICATRIZAN –

La miré, mantuvo su mirada y me erizó la piel.
Busqué la linea dónde su ansioso cuerpo ardía.
Quise ser parte de la cama para así poder tocarla.
Un sentimiento de deseo la habitación recorría.

Las paredes callaban a pesar de oír sus lamentos,
como la magia se oculta al no iniciado en su arte,
despierto ante el sueño encarnado de sus ojos castaños,
al tiempo que rozaba el corazón con mis manos.

Su efímera vida se unió a mí en el renacer del espacio.
Las horas se escapaban deprisa entre los dedos, huyendo,
llorando fluidos, monosílabos contenidos y escalofríos,
entregándose al cielo en un viaje de ida y vuelta.

La sequedad de sus pestañas a pesar de sus lágrimas
me tentaba a cubrirla de besos hasta el agotamiento.
Por duro que fuera, caminaría hasta el monte, pensaba.
Y acerté perdiéndome en los senderos que a él llevaban.

Encontrándome allí aletargado como en una nube,
su risa me guió de nuevo allá donde ella estaba,
hacia la luz, cegado salvajemente y embravecido,
conquistando la oscuridad con cada paso que daba.

¿De quién era la virtud que nos llamó, que nos atrajo?
Cantos de sirena que el destino ponía a nuestro alcance
me dieron la respuesta: del sucumbir, del no ser, de ella,
de las sensaciones confrontadas que me provocaba su presencia.

Quise retratar aquel momento en mi retina para siempre.
Las palabras susurradas se me clavaban como puñales.
Sangraba mi espalda a consecuencia de sus uñas pintadas.
Con sus sensuales caricias mi pulso se aceleraba.

El negro entorno nos cobijaba mientras yacíamos
y nuestros ávidos cuerpos jugaban a explorarse
de forma sutil y a la vez desesperada por liberarse
de la exuberante excitación que nos embriagaba.

Sobre nosotros se cernió la luna en todo su esplendor,
explotaron los sentidos y después la nada, el vacío,
retornar al principio, recuperar el control, la respiración,
que por momentos se había tornado hasta insoportable.

La furia de nuestro amor consiguió fundirnos en un ser.
En aquel instante todo fue verdad, percepción de plenitud.
Sin embargo, puso final, se vistió y sin nombre marchó.
Un intenso dolor destruyó en mil pedazos mi interior.

Relato – Secretaria de dirección

Erika

Erika y su blog Anécdotas de secretarias fue uno de los mejores descubrimientos que hice en los premios 20blogs del 20 minutos a primeros de año. Por el blog en sí, que cada viernes nos enseña algo nuevo acerca del mundo de la alta dirección empresarial con mucho humor, y sobre todo por la gran persona que hay detrás. Erika es una mujer versátil, elegante, trabajadora, simpática, agradable, colaborativa, profesional, inteligente, resolutiva, capaz y tenaz, entre otras muchas cosas. Poco me queda por decir que no haya dicho ya de esta mujer, la que posiblemente sea la mejor secretaria del mundo. Que en cualquier momento está dispuesta a echar una mano a quien lo necesita (a mí me ha echado muchas), que tiene al alcance un gesto de agradecimiento público cuando tiene ocasión (conmigo lo hace constantemente), que regala sonrisas y dedicatorias cada vez se pasa por los blogs que sigue (en el mío lo hace a menudo), que ayuda a todo el mundo a llegar más lejos compartiendo todas las publicaciones en todas sus comunidades y redes sociales (tiene su perfil lleno con mis publicaciones)… Así que llega el momento de tener un pequeño gesto de agradecimiento con ella, de dedicarle una historia. Espero que le guste. Y a ti, te recomiendo que cada viernes sintonices su blog, es una buena manera de terminar la semana.

Aburrida del trabajo
Erika colgó el teléfono y dejó de teclear. Miró la pantalla y dio un suspiro. Cerró los ojos y dejó que su mente se evadiera durante unos instantes. Allí estaba. No era lo que había soñado de pequeña, ni siquiera lo que había querido ser cuando estaba a punto de concluir su máster en Dirección de Empresas. Sin embargo, ser secretaria del subjefe adjunto no era un trabajo tan malo. Al menos era mucho mejor que estar sirviendo hamburguesas en aquel antro de comida rápida en el que se vio obligada a ganarse el sueldo al terminar la carrera. Quería pagarse el máster y no había conseguido nada mejor. Llevaba tres años en la empresa pero no veía demasiado claro qué podía hacer con su vida. Ella no quería ser secretaria, al menos a tan bajo nivel, por lo que un día decidió hablar con su jefe para solicitar una mejora.

Esa mañana, Erika entró en el despacho del Señor Fresnedilla dispuesta a hablar con él, y se sorprendió al encontrarle junto al Señor Román. Erika, muy perspicaz, sospechó. ¿Los dos jefes juntos, y sin ella? ¿Qué se traerían entre manos? Sin dejarla explicarse, el Señor Román le dijo a Erika que tenía una agradable sorpresa para ella. Desde ese día pasaría a ser su secretaria. Se trataba de algo parecido a un ascenso. Al fin su trabajo y dedicación habían dado sus frutos. Erika lo agradeció y se alegró enormemente por el cambio. ¡Ahora sería la secretaria del señor Director! Cambio de planta, cambio de jefe, cambio de funciones, cambio de compañeros… En el fondo Erika estaba deseando que ocurriera algo así.

Erika MartinErika era una mujer agradable que no se llevaba mal con nadie. No tenía malas palabras para sus compañeros, era divertida, alegre, y podía pasarse la mayor parte del día con una sonrisa dibujada en la cara. No le gustaba criticar a los demás y encajaba a la perfección las bromas que le hacían. Además, era una gran profesional y resolvía de forma más que eficiente su trabajo. El Señor Fresnedilla estaba encantado con ella. Esa forma de ser tan idílica quizá fue lo que comenzó a provocar envidias entre sus compañeras de planta. O tal vez fuera el hecho de que los zapatos de tacón y los trajes con falda le hacían una figura tan esbelta que conseguía, sin proponérselo, que las miradas furtivas de sus compañeros persiguieran continuamente sus curvas cada vez que pasaba por delante de ellos. Reproches, malas palabras y opiniones negativas vertidas sobre su persona en los últimos días habían intoxicado y enrarecido demasiado el ambiente. Erika era consciente y sabía que el cambio le iba a sentar bien a todos, pero principalmente a ella.

Erika se convirtió en la sombra profesional del Señor Román durante dos intensos años. Le había sacado de tantos apuros, le había solucionado tantos problemas, que parecía evidente que para ella hubiese dejado de ser el Señor Román para ser Roberto. Erika comenzaba a valorar más el trabajo que hacía. Aún distaba de las pretensiones que tenía cinco años antes, pero había dado un salto cualitativo. Y parte de culpa la había tenido Luis, un joven algo atolondrado que estaba siempre dispuesto a ayudar a Erika. Posiblemente porque el primer día que la vio sólo vislumbró un rostro triste tras una caja de material de oficina. Luis apoyó a Erika desde el primer minuto, y eso ella lo valoraba muchísimo aunque nunca se lo dijera. Se habían ido conociendo poco a poco y entre ambos había surgido una amistad que sobrepasaba los escritorios que compartían en el trabajo. De forma regular quedaban para tomar café, cervezas o cenar de manera informal. Juntos se reían mucho, y Erika fue cogiéndole cariño de forma paulatina.

Una mañana, al despertar, su primer pensamiento fue para una de las caras que ponía Luis cuando algo no le salía como esperaba, y se le escapó una sonrisa. En ese momento se dio cuenta de que estaba a punto de pasar una barrera que hasta ese momento no se había planteado. Y no lo había hecho porque él nunca le dio pie a pensar que fueran más que amigos, a pesar de que siempre la había tratado bien; seguramente demasiado bien. Luis no sólo había ayudado a Erika a instalarse en su nuevo puesto de trabajo, también se encargó de presentarla en sociedad al grupo de personas con las que iría a tomar café los siguientes años, así como de tenerle lista y preparada cualquier cosa que ella necesitase. La dedicación que tenía con ella era tal que cuando Erika se quejaba solicitando algo, antes de que se le hubiera ido el enfado de la cabeza ya contaba con ello en el escritorio. Grapas, un bolígrafo, un marcador, una libreta, un café con leche con dos cucharada de azúcar… daba lo mismo. Luis siempre se lo conseguía. Pero si algo había ganado la confianza de Erika era el apoyo que había recibido por su parte con la idea de un cambio de puesto de trabajo. Luis llevaba más de quince años en la empresa y había hecho amistades importantes. Cuando en una de las múltiples cenas Erika le contó que su sueño era otro distinto al de secretaria de dirección, Luis empezó a mover los hilos necesarios para conseguir que pudiera verlo hecho realidad. Y sólo dos días antes de levantarse pensando en Luis, éste le había comentado que había hecho cuanto estaba en su mano para conseguir que Mireia la llamara para cubrir una vacante como Directora del Área de Marketing. Erika tan sólo estaba a una llamada de conseguir realizar su sueño.

Por otro lado, si había algo que Erika no sabía era que Luis había empezado a sentirse atraído por ella hacía meses, y que eso había desembocado en una dedicación casi exclusiva por su parte en proporcionarle el bienestar que requiriese. Era su forma de cuidarla y hacerla feliz sin tener que declararse y arriesgarse no sólo a recibir una negativa por su parte, sino a perder su amistad como ya le había pasado en alguna ocasión anterior. A menudo pensaba en llamarla y decirle lo que sentía, pero siempre acababa mareando el teléfono en sus manos y desistiendo de llevar a cabo la acción. Se conformaba con sonreír mirando si foto en el teléfono y con acariciar su cara en la pantalla del móvil.

Erika 3Tras dejar de pensar en Luis, Erika fue a ducharse para enfrentarse a una nueva jornada de trabajo. La última antes de una merecida semana de vacaciones. Mientras desayunaba le sonó el teléfono. Lo sujetó con ambas manos, nerviosa. Se quedó mirando durante unos segundos la pantalla, pensando en el nombre que aparecía en ella y que delataba la identidad de la persona que llamaba. Tras unos instantes de titubeo, descolgó. Después de una conversación que duró cinco minutos escasos, colgó y miró de nuevo el teléfono que ahora difícilmente podía sujetar entre sus dedos. Lentamente esbozó una sonrisa que le cruzó toda la cara, y sus ojos empezaron a irradiar alegría. Era, con total seguridad, la llamada que más feliz le había hecho en muchos años.

Final agónico – Relato

Espada

Cuando se abrió la puerta salió corriendo hacia la luz. Llevaba mucho tiempo a oscuras, y se paró en el quicio de la puerta que daba al exterior. Los ojos le brillaban y le picaban a causa de la intensa luz que había fuera, pero era incapaz de aliviarse. Bajaba la cabeza mientras escuchaba decenas de voces gritando al unísono. Asustado, salió a toda velocidad y de repente frenó en seco. Miró a todos lados con el rostro confundido, y allá donde su vista alcanzaba solo lograba visualizar esperpentos jaleando.

Enseguida comprobó que no podía salir de allí. Estaba atrapado, pero no quiso darse por vencido. Mientras encontraba la manera de escapar, se dedicaba a esquivar, sin demasiado éxito, a cuantos salvajes se tiraban a por él. Le provocaban, le incitaban y se reían de él en su misma cara con un aire de superioridad enorme que, sin embargo, no conseguía amedrentarle. Tanto tiempo recluido pasando penurias sin apenas comida, agua, ni abrigo ante el frío, le habían convertido en un ser asalvajado al que sólo le importaba subsistir a cualquier precio.

Cuando el primer hombre se le acercó, se dispuso a correr hacia él con vehemencia. Sin embargo, enseguida comprobó que el cansancio, unido a su envergadura y al hambre que se apoderaba de él le hacían ser más lento de lo que habría querido. Intentó avasallar a su primer rival para tirarle al suelo pero éste no sólo logró esquivarle, sino que además le atacó por la espalda mientras finalizaba su infructuosa carrera. El hombre iba armado y le clavó en la espalda unas pseudolanzas que tenía en las manos. Perdió fuerza por el ímpetu del golpe recibido y se le doblaron las rodillas de forma involuntaria. Soltó un quejido que por su sequedad de garganta no pudo escucharse más allá del atacante, y cerró los ojos aguantando como pudo el dolor de los pinchazos que le recorrían por completo. Las heridas empezaron a abrirse, y un reguero de sangre comenzaba a deslizarse por su cuerpo. Sus ojos brillaban aún más entre el dolor y la rabia contenidos. El atacante huyó entre la multitud y por más que lo buscó no pudo localizarle.

La gente seguía gritando, parecía que disfrutaba con su sufrimiento. Él no era capaz de entenderlo, y sólo podía preguntarse por qué le estaba pasando eso. ¿Qué había hecho para merecerse ese trato por parte de todo el mundo? Con un sigilo abrumador, salió otro hombre de la nada que se paseó a su lado instigándole a que le atacara. Con las provocaciones la ira en su interior aumentaba. Con cada paso que daba las puntas que tenía hundidas en la espalda se le clavaban aún más y le hacían más profundas las heridas. Pero la sensación de venganza que le recorría todo el cuerpo le permitió sacar las fuerzas suficientes para correr hacia él en diversas ocasiones. Estaba nublado por el odio, y quizá era la causa de sus fracasos en sus intentos de abalanzarse sobre él. Abatido, cansado, sin fuerzas para poder intentar zafarse de lo que le habían clavado, se acercó en varias arremetidas a este nuevo personaje que seguía provocándole con mirada amenazante, pero siempre lograba eludirle, lo cual provocaba las risas y los vítores de la gente de alrededor.

La sangre que fluía de sus heridas cada vez lo hacía en mayor intensidad. El calor que le producían los chorros que discurrían por su cuerpo desnudo contrastaba con el frío que estaba empezando a sentir en su interior. La cantidad de sangre que había perdido aumentaba con el paso del tiempo, pero nadie se mostraba con ganas de ayudarle. Más bien al contrario, parecía que todo el mundo disfrutaba viéndole desfallecer lentamente. Él estaba cada vez más débil, apenas se podía sostener en pie con un equilibrio decente. El segundo atacante le profirió un grito a lo que la gente de alrededor reaccionó con un gran silencio. Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y en una desesperada carrera fue hacia quien le provocaba, en un intento baldío por contactar con él. Con un sutil movimiento le esquivó y con una espada que sacó de la nada atravesó su cuello. Fue una incisión tan limpia y profunda que le mató en el acto. La sangre comenzó a surgir de su interior y el peso de su cuerpo le hizo desplomarse sobre tierra.

La gente rompió el silencio con silbidos, gritos y palmas. Sacaron pañuelos blancos. Pedían a una las dos orejas y el rabo.

Lo que acordamos – Relato

Interrogatorio

Interrogatorio

Puede haber más verdades, como esta, o esta, o esta, o esta, o incluso esta, pero sólo aquí se cuenta lo que de verdad ocurrió aquél día.

— Óscar, pase y siéntese —me indica un policía.
— Buenas tardes, señor… —le digo mientras le tiendo la mano.
— Márquez. Subinspector Márquez —me responde serio mientras me saluda.
— Y usted debe ser el Subinspector Sanjuán… —le digo al compañero.
— ¿Pero qué dice este chalado? —le pregunta a Márquez con indignación el policía al que me acabo de dirigir.
Márquez y Sanjuán, como en la serie del comisario —aclaro.
— ¡¿Usted sabe por qué está aquí?! —me grita más cabreado.
— Sanjuán, no vale la pena, llevamos dos años así, y lo que nos queda —le interrumpe Márquez.
— Cuando lo cuente en el barrio no me creen… —murmuro.
— Déjese de estupideces y cuéntenos qué ocurrió —me ordena Sanjuán.
— Está bien —respondo despacio—. Recuerdo ese día como si fuera ayer.
— Es que fue ayer —me interrumpe el Subinspector Márquez.
— Había quedado para desayunar con una amiga, Izaskun.
— ¿Usted también la llama así? —me interrumpe Sanjuán.
— ¿Cómo que también? —pregunto pensativo—. Un momento… ¿Ha pasado por aquí el señor que vende colonias?
— ¿El señor que vende colonias?
— Hace un año estuvimos de vacaciones en un pueblo de Asturias, y había un señor que vendía colonias en el paseo marítimo. Era de tez más blanca comparado con el resto de vendedores que encontramos en el paseo. La amiga con la que quedé a desayunar, que en realidad se llama Sensi, tuvo un roce con él y la llamé Izaskun para alejarnos de allí, no quería que supiera nada de ella. El tipo pensaba que Pincher, el perro de Sensi, dominaría el planeta. Era un tipo muy raro y nos dio mala espina.
— ¿Raro? Ha pasado esta mañana por aquí por el caso que nos atañe. Pero además estamos detrás de él porque según nos han contado lleva a sus espaldas unos cien asesinatos a base de torturas, aunque aún no hemos podido probar nada. Además nos han informado de que todos los comete en compañía de su socia, una joven que quizá conozca —relata Márquez.
— Pues con “todos” esos datos, no sabría decirle.
— Siga contando la historia, y no cambie más los nombres —me exige Sanjuán.
— Quedé con Sensi a desayunar en un bar del centro. Cuando la vi estaba extrañamente contenta. Me dijo que había aparcado a la primera. Ella es una mujer muy alegre, y me enseñó un vídeo del trayecto que había realizado cantando ‘Cómo hablar‘, una canción de Amaral. Recordé haber visto un cartel de audiciones para un concurso de talentos musicales y le insté a participar. Era su día de suerte, había aparcado en el centro a la primera, había trasteado con el móvil para grabarse conduciendo sin que la viera ninguno de sus compañeros policías… No había nada que pudiera salir mal. Como no quería mover el coche, llamó a un amigo suyo que vive en una caravana y no tiene problema de aparcamiento.
— ¿Una caravana? Tiene que ser él —le dice Sanjuán a Márquez—. Prosiga.
— No recuerdo cómo se llamaba, sólo que dentro de la caravana había dibujos de lunas y un montón de carpetas a las que se refirió un par de veces como dosieres.
— ¿Y qué contenían?
— Nada, estaban vacíos.
— ¿Está usted seguro? —me insiste Sanjuán.
— Claro que lo estoy. No tenían papeles dentro, ninguno. Sólo nombres escritos por la parte de fuera. Yo creo que el amigo de Sensi estaba un poco pirado. Al principio creíamos que se iba a venir con nosotros a la audición porque sólo decía “Esta noche Henar va a cantar”, pero no nos llevó al lugar de las pruebas, el sinvergüenza. Por la tarde nos condujo a casa de una amiga y comprobamos el gran poder de convicción que tenía. Después de ver el coche de su amiga tuneado, le pidió decorar su caravana de igual forma. Lo hizo a mala idea, claramente quería que su vehículo pareciera el coche de su amiga. Pero ella no se dio cuenta.
— ¿Cómo se llamaba esa amiga? —me corta Márquez.
— No lo sé, no dijo su nombre… ¿Sigo? —pregunto desconcertado tras unos segundos de silencio.
— Sí, por favor. A ver si nos cuenta algo útil —incide Sanjuán algo impaciente.
— Con el coche tuneado nos acercamos al lugar donde vivía Henar, según el señor de los dosieres. Allí estuvimos parados un buen rato, pero no sé cuánto porque yo estaba practicando con Sensi la canción de Amaral con la que íbamos a arrasar en la audición. Sólo recuerdo que se hizo de noche. El dueño de la caravana se ausentó diciendo que iba al baño, cosa que nos extrañó porque en la caravana había uno. Luego descubrimos que había hurgado en el cableado de Henar, porque pirateó la señal de su televisión emitiendo un programa repetido de Iker Jiménez, y minutos después cortó su luz. En ese momento mandó a un amigo suyo vestido de lobo a que entrara en su casa para colocar micrófonos en distintos puntos de la misma, aprovechando la oscuridad.
— ¿Y no les dijo qué quería obtener con eso? —me pregunta Márquez sobresaltado.
— Pues no, sólo repetía la frase que le he dicho antes sin cesar. Además le diré que por el olor que había en la caravana creo que ese hombre no se liaba tabaco normal cada quince minutos. Tras unos minutos en los que vimos una luz tenue moverse por la casa, escuchamos un grito y unos sollozos, el bestia que iba dentro del disfraz de lobo le había dado una patada con el pie izquierdo descalzo a la pata de la cama de Henar. Cuando ella le vio le dio tanta pena que le ofreció un vaso de leche. Lo que el bestia no sabía era que llevaba un mes caducada.
— Seguro que quería matarlo. Ésa tiene que estar también en todo esto —asevera Sanjuán—. ¿Qué ocurrió después?
— Después, como seguía sin haber luz, el bestia tropezó y cayó rodando por las escaleras a la planta baja. Salió corriendo a restregarse la espalda con un árbol y vio una rosa roja. Quiso regalársela a Henar por el gesto de darle comer, pero el estado de fermentación de la leche actuó y tuvo que dejar la rosa en el baño y salir corriendo avergonzado. Subió a la caravana y el dueño arrancó. Salió de allí pero el motor hizo un ruido raro y el vehículo no pasó de 20 km/h. Como preveíamos que íbamos a llegar tarde a la audición, nos despedimos del gato que había en la caravana y nos bajamos de ella.
— ¿En marcha?
— Si eso se puede llamar en marcha… sí, en marcha. Y una vez abajo Sensi decidió llamar a los amigos más responsables que tenía, y que eran los únicos que podrían llevarnos a tiempo a la prueba. Antonio Caro y Ana Fernández, que regentaban el Sexoral, un sex-shop cercano al lugar donde nos encontrábamos. Nos vinieron a buscar y por fin pudimos llegar a las audiciones…
— ¿Y qué pasó con la caravana? —me interrumpe sobresaltado Sanjuán.
— ¿Y yo qué sé? Ya le digo que nos fuimos de allí. Al final Sensi se metió en el concurso…
— ¿Qué rábanos nos importa que Sensi entrara en el concurso? —grita Márquez visiblemente alterado—. ¿No sabe nada más? ¿Qué les contó ese al que usted llama ‘el bestia’ de la casa de Henar?
— Poca cosa, estaba a oscuras… Sólo que consiguió poner micrófonos en el comedor y la habitación de matrimonio, donde se golpeó el pie, y que antes de darse escuchó cómo un hombre desde la cama le pedía a Henar que fuera con ella. Por lo visto la tenía llena de documentos.
— ¿Y vio lo qué había en esos documentos? ¿Vio al hombre de la cama?
— No, sólo le escuchó hablar. Mientras caía escaleras abajo le dijo a Henar que él nunca la traicionaría. Y le contó al de la caravana que por el tono grave de la voz estaba seguro de que era Chus.
— Lo sabía, sabía que él estaba también metido en esto.
— ¿Le conocen? —pregunto intrigado.
— Es… el señor que según usted vende colonias.
— Madre qué follón…
— Bueno, ¿recuerda algo más?
— No, ya les he contado todo lo que ocurrió.
— Aquí tiene mi tarjeta, si recuerda algo más, comuníquemelo —me dice Márquez.
— Está bien, muchas gracias.

Al salir, recojo a Sensi que me está esperando en un banco frente a la comisaría.
— ¿Qué les has dicho? —me pregunta nerviosa.
— Lo que acordamos —le respondo sereno.
— ¿Sospechan algo?
— No.

100 gracias – Parte 3

Gracias

Parte 1
Parte 2

Miro al cielo. Mi mente lleva mucho rato dando vueltas y aún no he conseguido aclarar nada. Vuelvo a cerrar los ojos. Me preocupa esta facilidad que tengo para distraerme. A veces pienso que mi cerebro es como el de un colibrí. Como el de una señorita colibrí, vaya. A propósito de pájaros en la cabeza… Eso es lo que debía tener en mis últimos años universitarios, ya que casi me cuesta la carrera. ¿Por qué se me ocurriría crear un grupo de rock?

No recuerdo cómo me surgió la idea, ni cómo llegamos hasta ese punto. Sólo tengo claro que Santi, Daniela, Fran, Salva —a quien todos conocíamos como Junior— y yo acabamos formando una banda: los Pink Panzer Korps. Recuerdo que solíamos ensayar en el garaje de Fran, un sitio que acabamos haciendo tan nuestro que lo terminamos llamando ‘el rincón de efe‘ por cuanto significaba para él, y para nosotros. Una tarde de verano Daniela nos preguntó si podía traer a su amiga Eli para vernos ensayar. A todos nos pareció bien. Así tendríamos a alguien objetivo pendiente de nuestra música. Cuando Eli nos escuchó se quedó tan gratamente sorprendida que nos preparó una actuación en el bar que regentaba. El fin de semana siguiente estábamos tocando el cielo, actuando por primera vez en un local que además era famoso en el barrio, el ‘Dos cafés, por favor‘. Esa noche lo dimos todo y la actuación fue un éxito. Además nos percatamos de que la canción que más había gustado era la balada que compuse llamada ‘Un trozo que es todo de mí‘. Desde ese día fue nuestra canción estrella. Todo iba sobre ruedas, tocábamos en el ‘Dos cafés’ periódicamente y empezamos a grabar una maqueta. Pero un día ocurrió lo peor que podía pasar en el grupo. Daniela y Fran empezaron a salir. Al principio todo fue bien, estábamos muy contentos con nuestros logros y la relación con ellos era fantástica. Queríamos convertir mi balada en nuestro primer single. Pero poco a poco los recelos, protagonismos, envidias y enfados surgieron entre la pareja y el resto. Estábamos muy cerca de terminar la maqueta, pero finalmente se quedó a medias. El grupo se acabó disolviendo y acabamos mal entre nosotros. Lo mejor de aquéllo es que aún conservo las grabaciones que hicimos.

Nunca conseguí hacer nada concreto, todos mis proyectos se quedaban por terminar. Lo pienso y no logro entenderlo. El último que no concluí fue el que intenté hace unos meses. Una amiga de mi hermano, Tania Gisela, escribió un libro de relatos, pero no sabía qué título ponerle. Quería un nombre único, que lo hiciera distinto del resto. Me ofrecí a ayudarla. Además, vi una oportunidad. Podría dedicarme a ayudar a los demás a encontrar un nombre para sus obras, por un módico precio, obviamente. Con mis escritos siempre había surgido el título de forma instintiva, así que era algo sencillo. Sin embargo, no resultó tan sencillo. Me esforzaba y no conseguía nada que me convenciera. Una mañana, al despertar, lo vi claro. Pasó por mi mente como un relámpago: Tagirrelatos. Un título, corto, llamativo y exclusivo, como ella quería. Aun así, el esfuerzo que me llevó dar con el nombre me desanimó lo suficiente como para no querer dedicarme a ello de manera profesional. Tania me lo agradeció y me dio el primero de sus ejemplares, con una dedicatoria especial. Creo que solo por eso y por su cara de felicidad valió la pena el tiempo empleado.

Ahora que pienso en ella, cómo se parecía Tania a María Laura. ¡Malau! Mi querida Malau… Qué bien lo pasé con ella de pequeña, la quería mucho. Era una amiga que tenía en el pueblo, y era curioso, pero hablando con ella cualquiera descubría que además ella era muy de pueblo. Recuerdo que cada vez que necesitaba algo y se lo pedía, al lograrlo Malau me gritaba un “¡Velehay!”, con un grito de voz ronca que casi servía para dudar de su sexo. Y, sin embargo, con la madurez y el paso del tiempo se había convertido en una doctoranda que finalizaría con éxito ese sueño. Hace apenas cuatro años de eso. Ahora, además, toca el piano y tiene un niño. Es una fantástica mamá pianista. Y me hace mucha gracia, porque cuando voy a su casa, el pequeño se sienta con su madre a tocar el piano y cuando ella empieza nuestra canción, ‘I will Survive‘, él la para y le dice: “No, mamá, conmimuca“. Y tocan canciones para niños. Supongo que entenderle es su habilidad como madre.

Sonrío por este último pensamiento que me acecha la mente y abro la ojos una vez más. Llevo una hora pensando, y sólo sé que el número de los proyectos inacabados que tengo es tan grande como mi ilusión por reanudarlos. No puedo hacerlos todos, así que supongo que lo mejor será dejar que elija el destino por mí. Ya lo hice una vez y me fue bien. Sé que un caso no causa casuísmo, pero tengo un buen presentimiento.

Me incorporo y entro en mi habitación. La que en su momento fue la habitación de Leire ahora es mía. Es la más grande de la casa, y cuando se fue, decidí quedármela. De algo tenía que servir la antigüedad adquirida. Con la llave de cristal que tengo en el escritorio abro mi cofre de los momentos especiales. Saco una libreta y un parker azul que guardo para situaciones importantes. Esta lo es, sin duda. Arranco una de las hojas del cuaderno y la divido en trozos del mismo tamaño. Anoto en ellos el nombre de todos los proyectos que dejé a medias y que me gustaría retomar. Los meto en el bolsillo de mi pantalón y cierro los ojos. Mientras un baile de sonrisas se apodera de mi mente para dejarla en blanco y evadirme cual mano inocente, agito con mis dedos todos los papeles y con cuidado escojo uno.

Saco la mano, suspiro nerviosa y desdoblo ante mi cara el trozo afortunado. Con el corazón acelerado abro los ojos despacio. Cuando consigo enfocar correctamente, leo lo que hay escrito ante mí. Sonrío. Sabía que podía confiar en él.

Quiero dedicar esta historia también a mi mujer, mi madre, mi suegra e Hilaria, incondicionales desde el día 1, a Javi, Ana María Lupión, Raquel y a todos mis seguidores en Facebook, Twitter y G+.