Los sabores del instituto

Hace unos días estuve haciendo un repaso a mi perfil del Facebook, y vi que un excompañero del colegio me agregó aún grupo al que entiendo pensó que me gustaría pertenecer: “Eres de Benidorm si…“. Le estuve echando un vistazo al grupo, a los comentarios, a las fotos que habían publicado, y me llegaron muchos recuerdos a la mente. Algunos eran producto de mi imaginación porque intentaba recrear situaciones con las fotos de hace más de 60 años del pueblo (y obviamente yo no estaba). Los otros, la mayoría, pensando en los lugares, los momentos y las situaciones que describían los miembros.

Uno que me llegó más que el resto fue el que hablaba de la cantina del instituto donde estudié. En ese momento me quedé parado, pensando en mí hace 20 años. El instituto fue un lugar donde viví bastantes cosas, buenas y malas. Dónde catalogar cada una es un tema difícil. Entre otras muchas cosas, tuve mi primera novia, conocí un montón de gente con la que ya no tengo relación, descubrí qué quería ser cuando fuera mayor y, al hilo de la cantina, me di cuenta de que soy un friki de los sabores.

A todos nos gusta mezclar sabores, y cada paladar es un mundo. Pero entiendo que el mío es peculiar porque aún no he encontrado a nadie que haya probado lo mismo, o que no se lleve las manos a la cabeza cuando lo comento. Allí probé la conjunción de los sabores de una caña de chocolate y un bocadillo de chorizo. A quién aún no lo haya probado se lo recomiendo. Claro que las cañas de chocolate varían mucho de un lugar a otro y puede que no sea lo mismo si la caña no está hecha del día (y nada que ver si es bollería industrial).

De todas formas, yo creo que es algo comparable al sabor (más comúnmente aceptado, eso sí) producido por el melón con jamón. Al final, es mezclar en un mismo momento dulce y salado.


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