Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 23 – Creo que soy bilingüe

Te acuerdas de...

Se habla mucho de los colegios bilingües, de hablar el inglés (u otro idioma) desde pequeños, adquirir un conocimiento que será útil en un futuro… ¿Hasta qué punto puedes dominar un idioma sin practicarlo a menudo? Creo que poco, aunque también está la opción de los que se creen que son bilingües y acaban hablando con estilo, sin más.

Lo digo como valenciano que soy. Ser bilingüe es una gran ventaja. Ser medio bilingüe (como es mi caso), e intentar aparentar que se es bilingüe (ese no es mi caso), hace que los demás medio bilingües le tomen a uno por tonto. Los bilingües además se echan unas risas.

Este fin de semana he estado en el zoo, y en una zona donde había animales de granja resultó que había una familia valenciana. No eran catalanes, se les distinguía claramente por el acento. El padre hablaba con la madre y la niña en valenciano… O en algo parecido.

Y es que posiblemente una persona que no lo sabe podía pensar, mientras le escuchaba hablar, en la fortuna de hablar dos idiomas, de lo positivo su resultaría para la niña, lo bien que le vendría para aprender más fácilmente otros en el futuro. Pero yo, que entendía lo que decía, pensaba en la estupidez que estaba haciendo el hombre al intentar hablar valenciano soltando una palabra en castellano de cada tres que decía. Quizá por desconocimiento, por dejadez, o porque él lo aprendió así.

Sinceramente, no es que yo hable perfectamente en valenciano (no lo hago ni siquiera en español), pero cuando la cantidad de castellanismos supera el 10% es que hay una falta de vocabulario interesante. Y para eso, prefiero hablar en español. Reconozco mis limitaciones, por eso procuro no hablar en otra cosa que no sea español. Ya hago el ridículo en otros aspectos de mi vida como para añadir una más.

Ciclo “¿Te acuerdas?” – Parte 22 – Dedos como morcillas

¿Te acuerdas...?

Dado que es Semana Santa y aquí el que más o el que menos está haciendo planes de no volver por la blogosfera hasta dentro de siete días, he pensado que esta semana puedo dedicarla al bloque “¿Te acuerdas?”, donde recupero entradas antiguas del blog. ¿Una lata? ¿Falta de ideas? ¿Una comodidad? Puede que sí, pero sobre todo es una comodidad para vosotros, que descubrís mi blog al completo sin tener que indagar en él. Os lo ofrezco yo. De nada. Como en estos días no voy a escribir demasiado porque voy a estar en modo desconexión (sólo para responder comentarios, no os voy a dejar en la estacada), tendré poco que escribir. Y como no escribiré mucho, los dedos gordos que tengo no me jugarán malas pasadas en el móvil.

Desde que un primo que tengo me dijo en la adolescencia que no tenía dedos, sino otra cosa que no puedo reproducir aquí, siempre he pensado que eso era una ventaja. Por ejemplo, para dar una torta a mano abierta, porque abarcaba más superficie en la cara. O para coger las pelotas de baloncesto o fútbol a una mano sin esfuerzo. Incluso para escribir bien a máquina (las de escribir, las Olivetti Lettera de toda la vida). Pero claro, entonces los teclados de los ordenadores eran grandes y no existía nada táctil.

La tecnología será un avance maravilloso, pero viene fatal a los que tenemos los dedos gordos. Sobre todo en lo que a móviles táctiles se refiere, y más en concreto aquéllos que no tienen la pantalla excesivamente grande. Estos aparatos suelen llevar incorporado un teclado que aparece en la pantalla y permite escribir cualquier cosa. Y como el móvil sea más o menos nuevo, no es posible usar la opción de poner la adaptación en pantalla del antiguo teclado de los teléfonos que contaba con 9 teclas (con tres letras en cada una de ellas). Por el contrario, hay una treintena de ellas con una anchura tres veces inferior al grosor de mi dedo meñique. ¿Qué puedo escribir yo ahí? Efectivamente, nada. Al menos en un corto período de tiempo. Si quiero mandar palabras con vocales debo reescribirlas varias veces. La otra opción que me queda es adjuntar un diccionario dedos gordos-español para que los receptores entiendan mi mensaje.

Pero la simulación del teclado de los teléfonos antiguos tampoco es la panacea. Es cierto que las teclas están adaptadas a mis dedos más pequeños, pero por lo que sea éstos no tienen demasiada agilidad escribiendo. Sé que todo es ponerse, pero si me desespero yo, no me quiero imaginar a mi receptor esperando durante cuarto de hora a que le responda con urgencia ‘Sí’ o ‘No’. Además, utilizo un método de escritura que me permite crear palabras pulsando una vez cada tecla que contiene la letra (el que yo llamo modo diccionario), y a veces me toca explicar por qué escribo unas cosas en lugar de otras. Me ocurre, por poner un ejemplo, cuando alguna vez he querido preguntar “¿No vas a venir?” y en realidad he preguntado “¿No vas a taoísmo?” y sólo hay un error en una letra. Una muy típica y que soy incapaz de explicar con sensatez es escribir “JFK” cuando quiero utilizar la onomatopeya de la risa “Jeje“.

Así que me parece que voy a volver a los móviles antiguos, que son igual de grandes que algunos de ahora pero el triple de gordos (en esto el grosor importa poco). Al menos hasta que saquen un móvil que proyecte un teclado decente en una superficie y me permita escribir como si fuera una Olivetti, tocando las teclas proyectadas. No me gusta pasar más tiempo dando explicaciones de los mensajes que mando que escribiéndolos.

Viaje del viernes #21

Viaje del viernes

A menudo he pensado que en el blog y en el primer libro que escribí doy la sensación de ser perfecto, de no meter la pata nunca, de tener en posesión la verdad más absoluta y que todos lo demás están equivocados. Nada más lejos de la realidad. Yo cometo fallos. Muchos. Todos lo hacemos. Pero no todos nos equivocamos con las mismas cosas. Y la experiencia que he adquirido haciendo las cosas me ha servido para que me resulte más complicado fallar en según qué ocasiones. Y aun así he hecho alguna barbaridad más de una vez.

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.

Viaje del viernes #20

Viaje del viernes

El lenguaje está lleno de pequeños matices que hacen que una frase cobre un sentido distinto con una mínima variación. Por ejemplo, no es lo mismo “Estas fotos son del verano pasado” que “Estas fotos son del verano que ha pasado”. Son cinco simples letras, pero dan un significado totalmente distinto a la frase. De hecho, en el primer caso sabemos que como mucho son 11 meses, y en el segundo no se puede determinar. Y esa es una diferencia que muchos no terminaban de entender.

La gente se quiere mucho a sí misma. Se tiene bastante aprecio. El motivo lo desconozco. No sé si es que no se tiene abuela, si uno se entra por los ojos después de estar toda la vida mirándose en un espejo, si es la rutina de verse a diario intentando localizar todos los aspectos positivos de lo que ve, o si es que verdaderamente no se tiene criterio.

Muchas veces, cuando solicito una foto reciente al ciudadano que atiendo éste me aporta una que lleva en la cartera y que tiene más de cuatro años. En ocasiones no se nota a simple vista, pero lo sé. Lo sé porque viene más amarilla que el posavasos de una taza de café, con un papel fotográfico que se dejó de utilizar hace varios años, o más usada que un cromo de Butragueño. El inconveniente es que en esas situaciones no puedo demostrarlo (a menos que hayan puesto la fecha por detrás a boli, que los hay). Sin embargo, hay veces que la cosa es más fácil. La foto es la misma que la del carné que me acaban de entregar y que obtuvieron en 2007, o en 2003, y ahí sí que no hay dudas de que sería reciente si se comparase con el período Jurásico.

Cuando le digo a la persona que no puedo poner una foto tan antigua, que me tiene que dar una más actual, ante tamaña sorpresa me responde sobresaltada:

– ¿Antigua? ¡Pero si es del verano pasado!
– ¿Seguro?
– ¡Claro!
– Mire que no es que dude de usted, es que ir con abrigo polar en verano no lo termino yo de ver…
– Bueno, pues sería de un poco antes del verano, pero vamos, que es del año pasado.
– Pasado es, desde luego, lo que no me atrevería a decirle es cuánto hace que pasó. Pero creo que bastante.
– ¡Pero si estoy igual!
– Bien, es su opinión… Totalmente respetable por supuesto. Traiga unas fotos nuevas y verá como no es tan claro como me asegura…
– ¡Pero si no he cambiado tanto!
– Lo siento, debe traer unas fotos de su aspecto actual.

Me dan ganas de seguir la frase con “unas fotos donde tenga usted todo el pelo blanco, no negro“, “unas fotos donde tenga usted la cara menos tersa“, o “unas fotos donde usted ya no tenga tanto pelo“. Pero mis padres me dieron una educación ejemplar.

Me resulta impensable que la gente piense en serio que está igual que hace casi 10 años. ¿Creen que son Jordi Hurtado? Aunque uno se vea todos los días y no note el cambio a largo plazo, éste existe. De hecho, verse a diario en el espejo y revisar una foto o un vídeo de principios de siglo es lo que ayuda a darse cuenta que uno ya no es lo que era. Sin que eso signifique que lo nuevo sea peor. Por tanto, ¿por qué piensan que no me voy a dar cuenta de que la foto tiene un montón de años? Si ellos lo ven claro (y lo saben) aunque mientan, ¿por qué no iba a verlo yo también?

Viaje del viernes #19

Viaje del viernes

La gente que acude a cualquier sitio a realizar una gestión, y más concretamente a la Administración Pública, suele hacer asustada, sin saber si le saldará bien lo que quiere o no, si conseguirá llevarse lo que necesita, si será muy largo, tedioso o necesitará algún papel que no tiene… Esto es de forma genérica. De forma más particular, hay un elevado grupo de personas que tienen claro que no se pueden llevar un ‘No’ por respuesta. Bien porque su tiempo es muy valioso (como el de todos, vaya) y no quieren volver, bien porque piensan que tienen unos derechos que a los demás no les corresponden. El caso es que acaban recurriendo a una mentira (o quizá no, en la Administración nunca se sabe) con la que creen que me van a hacer cambiar de opinión: decirme que en otro sitio sí le hacían lo que yo no quería. Cada primera vez solía cerciorarme de que no me equivocaba en mi negativa, para estar seguro de que no decía que no por decir. Al final, al insistente siempre le decía “Pues váyase a esa oficina y que se lo hagan, no pierda el tiempo aquí porque yo se lo voy a hacer”.

Como diría Forrest Gump, la Administración Pública es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar. A uno le puede atender el funcionario antipático (altamente probable, por otro lado), el funcionario torpe (esto quizá también es más probable de lo que debiera), o en un momento de suerte extrema igual le toca el funcionario agradable (que seguramente pone pegas y no tramita nada, pero lo hace con una sonrisa y uno no se toma la negativa igual). A mí me gusta encuadrarme en el último grupo, con la obvia salvedad de tramitar las cosas si se me aporta la documentación necesaria. No me gusta negar nada, y menos por decreto.

¿Y qué ocurre cuando le digo a un ciudadano que no puedo realizarle el trámite? Pues que algunas veces me encuentro con una contestación del tipo: “Pues en nosécuál oficina me lo hacen con lo que te traigo“. Ahí me lo sirven en bandeja y me sale de forma automática: “Pues váyase usted allí y que se lo hagan“. ¿Piensan que porque en otro sitio lo hagan (mal) yo también lo haré? ¿Por qué debería? Esta respuesta suele enervar más aún al ciudadano y ya me encuentro contestaciones de todo tipo, pero afortunadamente para todas ellas hay una respuesta posible. Particularmente me llaman la atención tres:

– (Ciudadano) Yo vengo aquí porque quiero y no tengo que darte explicaciones.
– (Yo) Ni las quiero, pero si viene aquí tiene que traer lo que le pido yo, no lo que le pide el de la oficina de al lado.

– (Ciudadano) Pues si ellos lo hacen tu también tendrías que hacerlo.
– (Yo) Siento decepcionarle, pero donde lo hacen mal es en la otra oficina y si yo no lo tramito, ellos tampoco deberían.

– (Ciudadano) ¿Por qué allí lo hacen y aquí no?
– (Yo) Quizá porque lo hacen mal, o quizá porque se han equivocado, esta vez a favor del ciudadano, que eso también ocurre. Aunque no lo crea, a mí me pasan ambas cosas con asiduidad.

Me gustaría saber cuántas de estas personas se han acercado a un concesionario a comprar un Audi cualquiera y le han dicho al comercial: “¿40.000 euros? Pues en el concesionario del pueblo de al lado me lo dejan por 20.000“. ¿Qué haría el comercial? ¿Rebajar el precio a la mitad? Quizá es más difícil intentar engañarles a ellos, como sólo somos tontos los funcionarios…

Y todo esto, pensando que el ciudadano no me engaña cuando me dice que en otro sitio sí que lo hacen. En este puesto he aprendido que muchas personas mienten por defecto (el tema de las fotos es una buena prueba de ello). Y a veces no es tarea fácil saber quién lo hace y quién no.

Viaje del viernes #18

Viaje del viernes

Reconozco que hacer un trámite con la Administración suele conllevar una pérdida de tiempo considerable, algo que en estos días que corren no nos sobra. Asimismo, un trámite en general con cualquier entidad nos genera esa sensación de “perder la mañana”. Por eso, cuando la gente venía a mi oficina y les decía que no podía realizar el trámite que me solicitaban porque les faltaba algún requisito, muchos acababan recurriendo a una excusa que no viene a cuento aunque ellos le veían mucha utilidad: hacer referencia a tiempos pasados. Si hace 20 años era así, ¿por qué ahora no? Supongo que no recuerdan que ya no pagan en pesetas.

Hacer un trámite con la Administración Pública es armarse de valor, paciencia… y papeles. Porque por muchos que creas que llevas, en ocasiones sigue faltando alguno. Cuando solicito un papel que el ciudadano no trae, las respuestas que obtengo son de lo más variopintas.

Algunos me dicen: “Pues la otra vez me lo hicieron con esto que te traigo“. No digo yo que no fuera así en ese momento, pero las cosas cambian y quizás los requisitos que se necesitan ahora son distintos. Generalmente la vez anterior data de 3, 4 o incluso 5 años atrás, con lo que un cambio en la ley es más que probable. También puede ser que no recuerden lo que trajeron esa otra vez, o tal vez otra persona lo tramitó en su lugar. Es posible incluso que quién se equivocó fue el funcionario y efectivamente se lo hicieron como me indican, pero erróneamente (no pasa nada, todos nos equivocamos).

Lo que de verdad me inquieta es que piensen que les estoy pidiendo algo que no es necesario. ¿Tal es mi cara de mala persona? ¿Creen que disfruto haciendo que la gente se dé paseos? ¿De verdad piensan que tengo ganas de volver a verles y encima más enojados? (cuando se van sin hacer lo que quieren, se suelen marchar más enfadados de lo que llegaron) ¿No sería más cómodo para mí atender una sola vez a cada persona?

Otros intentan sorprenderme con un “Pues en nosécuál oficina con esto me lo hacen“, y aunque es algo que trataré más adelante debo decir que no lo logran. ¿Qué me importa a mí lo que hagan en otro sitio, que ni siquiera sé si es cierto ni si lo están haciendo correctamente?

Pero si hay alguna que me resulta curiosa por encima del resto es: “Pues el año pasado me lo hiciste con lo que te traigo ahora“. ¿Está seguro el ciudadano de que fui yo quién le atendió? ¿Realmente no le mandé a casa a por lo que le pido ahora? ¿De verdad que fue el año anterior y no hace unos cuantos años? Si responde que sí a todas estas preguntas formuladas (y generalmente lo hace, no es fácil que dé su brazo a torcer), seguidamente le pregunto cómo puede acordarse con esa facilidad de lo que presentó el año anterior (a mí me cuesta recordar lo que hice el mes pasado). A esto a veces no hay respuesta, supongo que porque en el fondo son humildes.

Suponiendo que no han cambiado las normas, ¿piensan que me puedo creer que yo les dije algo diferente a lo que les digo ahora? ¿Lo tienen grabado en un vídeo? Quizá me pude equivocar con una persona y hacerlo mal, pero la cantidad de veces que me ocurre supera con creces el número de errores permitidos por mi sentido común. No soy tan tonto, leñe, aunque estoy seguro de que la gente no piensa igual.

Viaje del viernes #17

Viaje del viernes

Con el paso de los años he aprendido a llamar la atención de la gente sólo con mirarla. No me pasó en el tren o en el autobús, por más que miré a esa morena de ojos claros, ni en los conciertos a los que fui, por más que miré a los cantantes para que me firmaran sus discos. Fue cuando empecé a trabajar de cara al público cuando una mirada mía, mientras hacía trabajo administrativo, era suficiente para tener en mi mesa a cualquier ciudadano impaciente por ser atendido. Aunque no fuera realmente mi cometido.

La mirada es un elemento muy importante en nuestra vida cotidiana. No en vano es capaz de iniciar relaciones de cualquier tipo entre varias personas. Tan sólo tienen que cruzarlas. Una chica con un chico en un bar para iniciar un acercamiento, un profesor con un alumno para elegir un voluntario que salga a la pizarra, un comercial con alguien que pasa a su vera para (intentar) venderle un producto, o un ciudadano con un funcionario, para considerar que se ha ganado el derecho de ser atendido sin demora.

Eso es lo que ocurre cuando estoy sin atender a nadie realizando algún tipo de tarea administrativa (que también las hay aunque nadie se lo crea), y un ciudadano atraviesa el umbral de la puerta de entrada. Si yo sigo en mi puesto, ensimismado con mis papeles, quizá lo máximo que ocurra sea que llegue ante mí, se quede plantado mirando cómo trabajo (de hacerlo yo además lo subiría a mi red social, no todos los días se ve trabajar a un funcionario) y espere un gesto por mi parte. Algunos incluso intentan llamar mi atención de las formas más variadas. Desde los que sueltan un simple “Buenos días” hasta los que directamente atacan con un “Quiero hacerle una preguntita“, así sin anestesia… Ni educación, dicho sea de paso.

Sin embargo, si en vez de concentrarme con mis cosas lo que hago es levantar la cabeza y mirarle mientras se aproxima, por algún tipo de jerga gestual que aún no he logrado descifrar, entiende que lo que he querido decir es “Véngase usted y no pierda tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderle“. Como si no tuviera nada más que hacer. Y es cuando me pongo a pensar qué tendrá él que no tenga el resto de personas sentadas en la sala para que crea que a las demás no las puedo atender y a él sí…

De todas formas, es curioso que esto sólo me ocurre desde que trabajo atendiendo al público. Antes, en concreto cuando era joven, por mucho que cruzara las miradas con las muchachas en las discotecas ninguna entendía “Ven y no pierdas tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderte“. Era más bien otra cosa. A ver si con los años he aprendido a hablar con la mirada. ¿Por qué la gente cree que por mirarles debo atenderles? ¿Por qué deducen que no tener a nadie sentado en la silla es sinónimo de no trabajar? ¿Por qué piensan que puedo resolver cualquier tipo de duda que tengan simplemente por el hecho de estar haciendo una cosa distinta de atender a una persona?

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Viaje del viernes #16

Viaje del viernes

Reconozco que el chip del ya extinto DNI 2.0 (entiendo que era el 2.0 porque el que ahora está se denomina 3.0) era un poco patata. A poco que llevases el carné en la cartera y te sentaras sobre ella un día, y otro, y otro, y así durante meses se te acababa saltando de la tarjeta. No sé por qué no lo hicieron a prueba de dobladuras constantes. Creo que la culpa viene de la mala costumbre de tener el otro, que estaba hecho de plástico y papel en cualquier sitio, y aguantaba como un campeón giros, dobleces y demás aberraciones cometidas sobre él. El DNI electrónico era bastante más señorito pero nadie lo explicó, y pasaba lo inevitable: el chip acababa fuera del carné bastante a menudo.

Estar atrapado en un lugar que no te gusta, en el que sólo encajas porque te han metido ahí a presión, no es plato de buen gusto para nadie. Ni siquiera para un chip. Por eso, en cuanto tienen la más mínima oportunidad de escapar del carné al que van unidos, salen huyendo. Seguro que cualquiera de nosotros haría lo mismo.

Lo curioso de todo esto es que siempre coincide con el momento de ir a renovar el carné. Está feo decir el 100% porque siempre llega en algún momento alguien dispuesto a fastidiar la estadística, pero más del 95% de los que se sientan en mi puesto y me entregan el DNI sin chip, al ser preguntados acerca de cuánto tiempo llevan con él así me responden: “¿El chip? Pues se saltó la semana pasada, y como ya tenía que venir aquí…

Yo creo que alguno ha decidido independizarse en el mismo momento de coger la cita. Ha visto que iba a ser cambiado por otro y ha pensado que lo mejor era abandonar. Si el carné está en buen estado puedo pensar que es factible lo que me cuenta. Pero en la mayoría de los casos ocurre que la tarjeta tiene más zonas de color negro que de cualquier otro (del roce, del uso, de no llevarlo aseadito, lo que sea, no entro en la limpieza de cada uno), o bien tiene más de una zona por las que se podría partir en breve. Con esto, es imposible que mi mente acceda a considerar como verdad lo que me están diciendo. ¿Por qué lo hacen? ¿Piensan que les va a costar más? ¿Creen que les voy a multar? Si ya casi tienen uno nuevo, ¿qué iba a conseguir haciéndolo?

De todas formas, les aviso de que si la próxima vez les ocurre con más tiempo para caducar deben obtener un duplicado sin demora, porque así el carné no es válido. Y aunque estoy seguro de que lo saben, algunos me preguntan asombrados: “Ah, ¿no es válido?” Y muchos de ellos prosiguen con “pues yo compro con él“, o con “pues yo entro en los sitios con él“… De verdad, lamento decepcionar a todos los que lo siguen usando una vez roto, pero no se debería hacer. Al fin y al cabo, está deteriorado. Aunque la abstracción del deterioro es un tema tan complejo que merece un tratamiento aparte.

Viaje del viernes #15

Viaje del viernes

La gente habla mucho, a menudo sin saber. Un amigo me dice a menudo que “España es un país de listos de bares”. Supongo que porque es el sitio donde las personas suelen demostrar todo lo que ‘saben’. El problema en esto era cuando la gente llegaba a la oficina y me decía “Es que a mí me dijeron que valía lo que traigo“. Y se lo había dicho un amigo, una vecina, un primo, un tío, un desconocido o el blog de Manolete. Cualquiera de ellos con más credibilidad que yo, vaya. Supongo que porque yo les decía lo que no querían escuchar. Y aún empeoraba la cosa cuando según hablábamos me iban soltando mentiras. Eso me crispaba y respondía de manera ácida, aunque siempre con una sonrisa para que sirviera de atenuante.

No entiendo cómo puede haber gente sin trabajo en este país, con la extraordinaria cantidad de personas inteligentes que lo habitan. Bueno, supongo que si me paro a pensar un momento, quizá se deba a que en realidad lo que aquí hay en exceso son listos. Y aunque ambos adjetivos parecen sinónimos significan cosas distintas.

Inteligentes son aquellas personas que saben de lo que hablan. Las que saben de más o menos temas pero que cuando no saben de algo no hablan alegremente. Primero dicen que no saben y luego, si acaso, dan su opinión. Pero dejando bien claro que es eso, su quizá equivocada opinión. Listos son aquellos seres que creen que saben de lo que hablan. No soportan afirmar que no saben algo porque no quieren parecer ignorantes. Y menos delante de alguien a quien ellos consideran más tonto. Consecuentemente, opinan acerca de todo pero no dejándolo en una idea propia, sino como una verdad universal.

Si esto pasa acerca del último fichaje futbolístico, tampoco es demasiado grave. Si ocurre con los papeles que hay que aportar para la renovación de la documentación, ya no hace tanta gracia. Sobre todo porque la mayoría de las ocasiones en las que ocurre hay algún tipo de error. Si sobran papeles no importa, pero el problema es que normalmente suele faltar algo. Y es entonces cuando llegan los reproches:

– Es que a mí me dijeron que eso no hacía falta.
– Pero es que sí es necesario. Además, se lo estoy diciendo yo, con lo cual ya puede decir que a usted le dijeron que hacía falta.
– Pero es que me lo han dicho varias personas, todo el mundo.
– ¿Varias personas o todo el mundo?
– Me lo han dicho y ya está.
– Ah, “y ya está“. ¿Y por eso lo que yo le indico vale menos, porque se lo digo sólo yo? Por favor, respóndame, ¿quién hace los documentos, varias personas, todo el mundo o yo?
– Usted.
– Entonces, ¿quién sabrá mejor lo que necesito?
– Es que me lo dijo usted la última vez.
– ¿Yo? Eso es imposible.
– Pues sí, usted me lo dijo la última vez.
– Perdone que discrepe, pero eso sólo lo podría haber dicho ebrio. Y no acostumbro a beber en el trabajo.

¿Se lo he dicho yo después de decirme que han sido otras personas? ¿Con qué valor se atreve a decir que sabe mejor que yo lo que he dicho? ¿Es que tiene una grabación? Además, me resulta especialmente curioso que cuando les pregunto cuándo ha ocurrido eso me dicen una fecha en la que yo aún no estaba tramitando documentación. O estaba de vacaciones. O mejor aún, todavía no era funcionario. Lo peor es que se lo digo y algunos aún me lo niegan. Y eso ya es el colmo. No sólo les rebato sus argumentos, sino que después de cogerles todas las mentiras aún pretenden saber cuándo empecé a trabajar. ¿Qué fiabilidad pueden tener?

Viaje del viernes #14

Viaje del viernes

Vivir con tus padres es algo a lo que se le acaba cogiendo cariño, incluso de adulto. Muchos me confesaron en su momento que les daba pena cambiar la dirección del DNI porque era “su casa de toda la vida”. Sin embargo, emanciparse es algo que conlleva muchas responsabilidades, y una de ellas es dejarlo claro en la Administración Pública. En todas la entidades, a ser posible. Lo ideal es que todos los funcionarios coincidan a la hora de decir la dirección donde vive cada uno. Pero no siempre ocurre. Los motivos son varios: dejadez, desconocimiento, pereza… Total, si la casa antigua aún sigue siendo suya de alguna forma…

A la gente le cuesta mucho independizarse. En casa de los padres uno está en la gloria. No lava, no cocina, no limpia, no plancha, no paga recibos… Por eso muchos no terminan de irse de allí. Al menos en el carné.

Cuando los ciudadanos me dicen que vienen a cambiar el DNI y de paso actualizar el domicilio, siempre suelo avisarles de que deben hacer la actualización en cuanto se produce el empadronamiento en la nueva vivienda. La respuesta más típica con la que me encuentro es: “¿Ah, sí? No lo sabía“. Bueno, eso es algo que deduzco ya que no lo han hecho antes… No creo que sea por saltarse la ley alegremente y arriesgarse a recibir una multa, imagino que será desconocimiento…

La incógnita que me asalta la mente es por qué no es tan evidente que la variación del domicilio es un cambio de datos, como cualquier otro que aparece en el DNI. Si se plasma en el documento al igual que el nombre o el lugar de nacimiento, ¿por qué se le da menos importancia? Respuestas tipo comunes: “Total, como es la dirección de mis padres…“, “Bueno, en esa casa conozco al inquilino, no hay problema“, “Como aún tengo esa vivienda en propiedad…” ¿Eso qué tiene que ver? Es como si uno llevara la fecha de nacimiento de 3 años antes y pensara “Total, yo sé los años que tengo y así me jubilo antes…

Luego pasa lo que pasa: Hacienda tiene una dirección, la Seguridad Social otra, como se trate de alguien con recursos en tráfico constará una tercera, y si se vive de alquiler puede que en el DNI vaya una cuarta. ¿Cómo va a trabajar la Administración así? Una cosa es que queramos que los funcionarios sean eficientes (lo sé, es difícil), y otra que hagan milagros…

Todo el mundo tiene bastante claro que si el carné tiene una fecha de nacimiento que no es la correcta debe cambiarlo cuanto antes. ¿Por qué con la dirección no pasa? ¿Es menos importante? Puede que se remita allí por correo cualquier notificación. ¿Y si aunque sean familiares no interesa que se enteren?