Viaje del viernes #22

Viaje del viernes

Llevo unos días desconectado, básicamente por falta de tiempo. No me da para todo lo que quiero y tengo que hacer y tengo que sacrificar algo. Y el rato que le dedico a la familia es invariable, así que lo tengo que eliminar del resto de cosas. He probado a dejar la casa manga por hombro, sin lavar, limpiar ni recoger, pero tampoco es la solución. He probado también no dormir, pero al tercer día voy arrastrado. Así que, lamentándolo mucho, he elegido el blog por mayoría simple en la primera ronda de votaciones. Pero ha sido suficiente. Sin embargo, espero poder seguir publicando con cierta asiduidad, aunque no sé si lo lograré. Sé que he estado un poco desaparecido. ¿Un poco? ¿O mucho? ¿Cuánto es un poco desaparecido? ¿Dos semanas es mucho? Tenemos una fea costumbre de intentar cuantificarlo todo. Y a veces, no es posible. Porque una televisión no está un poco encendida: o está encendida, o apagada.

Quizá sea corto de entendederas, o tal vez mi capacidad de abstracción sea una basura, pero algo que muchos ciudadanos me dicen con cierto asombro yo todavía no soy capaz de comprenderlo: “¿No me coges el DNI porque está deteriorado? ¡Pero si sólo está un poco roto!“. Un poco roto. Es exactamente esta parte la que no entiendo. ¿Cómo puede estar un DNI un poco roto? Yo siempre he pensado que, o está roto, o no lo está. No es algo que se pueda cuantificar.

El problema que tenemos las personas en general es que tratamos de medirlo todo y eso no siempre puede hacerse. ¿Cuántos son pocos besos para una madre? ¿Y muchos besos para el hijo que se los da? ¿Cuándo tenemos poca comida en el plato, rebosando de coliflor o de pizza? ¿Puede una mujer estar un poco embarazada? En definitiva, que hay cosas que no aceptan ser medidas. Así, cuando una persona viene a hacer un trámite con un DNI sin el chip, o con una esquina de la tarjeta rota y les digo que ese carné no vale, en ocasiones la reacción es violenta:

– ¿No me lo admites? ¿Por qué?
– Lo siento caballero, pero este DNI está deteriorado.
– ¡Qué dices! ¡Pero si sólo está un poco roto por la esquina!
– Está deteriorado, y en esas condiciones no se puede emplear. Necesita obtener uno nuevo primero.
– ¡Pero si en el banco me lo cogen!
– Eso es problema del banco. El DNI no es válido. Se lo digo yo, que soy quien los hace y me conozco la legislación vigente. Yo no puedo opinar de préstamos porque no entiendo, pero de carnés algo sí que sé.
– ¡O sea que no me lo quieres hacer! Aunque pueda pagar en todos los sitios…
– No es que no quiera, es que ni debo ni puedo. Usted no se cree mejor que nadie, ¿verdad?
– Claro que no, ¿a cuento de qué viene eso?
– Veo que el trozo que le falta a usted es lo suficientemente grande como para que, estando en medio del carné, no me permita ver las dos últimas cifras de su año de nacimiento. Si al siguiente que venga le ocurre eso y no distingo ese dato, ¿a él sí se lo tengo que cambiar?
– Hombre, es que ese caso es distinto, no tiene nada que ver con el mío…
– ¿No? El agujero es el mismo, el carné estaría “un poco roto” igual que el suyo, y lo mismo hasta opera en el banco también… Si se entera de que cojo como válidos carnés con trozos rotos tan grandes como el suyo, podría ponerme una queja por discriminación. Al fin y al cabo usted me está midiendo el tamaño de la rotura, no el lugar donde se ha producido

En ocasiones la gente razona y con esto lo comprende, le guste más o le guste menos. Pero alguna vez me en encuentro con los que por no dar la razón defienden lo indefendible. Y aunque ven que no están en lo cierto no lo reconocen públicamente. Afortunadamente, son los menos.

Viaje del viernes #21

Viaje del viernes

A menudo he pensado que en el blog y en el primer libro que escribí doy la sensación de ser perfecto, de no meter la pata nunca, de tener en posesión la verdad más absoluta y que todos lo demás están equivocados. Nada más lejos de la realidad. Yo cometo fallos. Muchos. Todos lo hacemos. Pero no todos nos equivocamos con las mismas cosas. Y la experiencia que he adquirido haciendo las cosas me ha servido para que me resulte más complicado fallar en según qué ocasiones. Y aun así he hecho alguna barbaridad más de una vez.

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.

Viaje del viernes #20

Viaje del viernes

El lenguaje está lleno de pequeños matices que hacen que una frase cobre un sentido distinto con una mínima variación. Por ejemplo, no es lo mismo “Estas fotos son del verano pasado” que “Estas fotos son del verano que ha pasado”. Son cinco simples letras, pero dan un significado totalmente distinto a la frase. De hecho, en el primer caso sabemos que como mucho son 11 meses, y en el segundo no se puede determinar. Y esa es una diferencia que muchos no terminaban de entender.

La gente se quiere mucho a sí misma. Se tiene bastante aprecio. El motivo lo desconozco. No sé si es que no se tiene abuela, si uno se entra por los ojos después de estar toda la vida mirándose en un espejo, si es la rutina de verse a diario intentando localizar todos los aspectos positivos de lo que ve, o si es que verdaderamente no se tiene criterio.

Muchas veces, cuando solicito una foto reciente al ciudadano que atiendo éste me aporta una que lleva en la cartera y que tiene más de cuatro años. En ocasiones no se nota a simple vista, pero lo sé. Lo sé porque viene más amarilla que el posavasos de una taza de café, con un papel fotográfico que se dejó de utilizar hace varios años, o más usada que un cromo de Butragueño. El inconveniente es que en esas situaciones no puedo demostrarlo (a menos que hayan puesto la fecha por detrás a boli, que los hay). Sin embargo, hay veces que la cosa es más fácil. La foto es la misma que la del carné que me acaban de entregar y que obtuvieron en 2007, o en 2003, y ahí sí que no hay dudas de que sería reciente si se comparase con el período Jurásico.

Cuando le digo a la persona que no puedo poner una foto tan antigua, que me tiene que dar una más actual, ante tamaña sorpresa me responde sobresaltada:

– ¿Antigua? ¡Pero si es del verano pasado!
– ¿Seguro?
– ¡Claro!
– Mire que no es que dude de usted, es que ir con abrigo polar en verano no lo termino yo de ver…
– Bueno, pues sería de un poco antes del verano, pero vamos, que es del año pasado.
– Pasado es, desde luego, lo que no me atrevería a decirle es cuánto hace que pasó. Pero creo que bastante.
– ¡Pero si estoy igual!
– Bien, es su opinión… Totalmente respetable por supuesto. Traiga unas fotos nuevas y verá como no es tan claro como me asegura…
– ¡Pero si no he cambiado tanto!
– Lo siento, debe traer unas fotos de su aspecto actual.

Me dan ganas de seguir la frase con “unas fotos donde tenga usted todo el pelo blanco, no negro“, “unas fotos donde tenga usted la cara menos tersa“, o “unas fotos donde usted ya no tenga tanto pelo“. Pero mis padres me dieron una educación ejemplar.

Me resulta impensable que la gente piense en serio que está igual que hace casi 10 años. ¿Creen que son Jordi Hurtado? Aunque uno se vea todos los días y no note el cambio a largo plazo, éste existe. De hecho, verse a diario en el espejo y revisar una foto o un vídeo de principios de siglo es lo que ayuda a darse cuenta que uno ya no es lo que era. Sin que eso signifique que lo nuevo sea peor. Por tanto, ¿por qué piensan que no me voy a dar cuenta de que la foto tiene un montón de años? Si ellos lo ven claro (y lo saben) aunque mientan, ¿por qué no iba a verlo yo también?

Viaje del viernes #19

Viaje del viernes

La gente que acude a cualquier sitio a realizar una gestión, y más concretamente a la Administración Pública, suele hacer asustada, sin saber si le saldará bien lo que quiere o no, si conseguirá llevarse lo que necesita, si será muy largo, tedioso o necesitará algún papel que no tiene… Esto es de forma genérica. De forma más particular, hay un elevado grupo de personas que tienen claro que no se pueden llevar un ‘No’ por respuesta. Bien porque su tiempo es muy valioso (como el de todos, vaya) y no quieren volver, bien porque piensan que tienen unos derechos que a los demás no les corresponden. El caso es que acaban recurriendo a una mentira (o quizá no, en la Administración nunca se sabe) con la que creen que me van a hacer cambiar de opinión: decirme que en otro sitio sí le hacían lo que yo no quería. Cada primera vez solía cerciorarme de que no me equivocaba en mi negativa, para estar seguro de que no decía que no por decir. Al final, al insistente siempre le decía “Pues váyase a esa oficina y que se lo hagan, no pierda el tiempo aquí porque yo se lo voy a hacer”.

Como diría Forrest Gump, la Administración Pública es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar. A uno le puede atender el funcionario antipático (altamente probable, por otro lado), el funcionario torpe (esto quizá también es más probable de lo que debiera), o en un momento de suerte extrema igual le toca el funcionario agradable (que seguramente pone pegas y no tramita nada, pero lo hace con una sonrisa y uno no se toma la negativa igual). A mí me gusta encuadrarme en el último grupo, con la obvia salvedad de tramitar las cosas si se me aporta la documentación necesaria. No me gusta negar nada, y menos por decreto.

¿Y qué ocurre cuando le digo a un ciudadano que no puedo realizarle el trámite? Pues que algunas veces me encuentro con una contestación del tipo: “Pues en nosécuál oficina me lo hacen con lo que te traigo“. Ahí me lo sirven en bandeja y me sale de forma automática: “Pues váyase usted allí y que se lo hagan“. ¿Piensan que porque en otro sitio lo hagan (mal) yo también lo haré? ¿Por qué debería? Esta respuesta suele enervar más aún al ciudadano y ya me encuentro contestaciones de todo tipo, pero afortunadamente para todas ellas hay una respuesta posible. Particularmente me llaman la atención tres:

– (Ciudadano) Yo vengo aquí porque quiero y no tengo que darte explicaciones.
– (Yo) Ni las quiero, pero si viene aquí tiene que traer lo que le pido yo, no lo que le pide el de la oficina de al lado.

– (Ciudadano) Pues si ellos lo hacen tu también tendrías que hacerlo.
– (Yo) Siento decepcionarle, pero donde lo hacen mal es en la otra oficina y si yo no lo tramito, ellos tampoco deberían.

– (Ciudadano) ¿Por qué allí lo hacen y aquí no?
– (Yo) Quizá porque lo hacen mal, o quizá porque se han equivocado, esta vez a favor del ciudadano, que eso también ocurre. Aunque no lo crea, a mí me pasan ambas cosas con asiduidad.

Me gustaría saber cuántas de estas personas se han acercado a un concesionario a comprar un Audi cualquiera y le han dicho al comercial: “¿40.000 euros? Pues en el concesionario del pueblo de al lado me lo dejan por 20.000“. ¿Qué haría el comercial? ¿Rebajar el precio a la mitad? Quizá es más difícil intentar engañarles a ellos, como sólo somos tontos los funcionarios…

Y todo esto, pensando que el ciudadano no me engaña cuando me dice que en otro sitio sí que lo hacen. En este puesto he aprendido que muchas personas mienten por defecto (el tema de las fotos es una buena prueba de ello). Y a veces no es tarea fácil saber quién lo hace y quién no.

Viaje del viernes #18

Viaje del viernes

Reconozco que hacer un trámite con la Administración suele conllevar una pérdida de tiempo considerable, algo que en estos días que corren no nos sobra. Asimismo, un trámite en general con cualquier entidad nos genera esa sensación de “perder la mañana”. Por eso, cuando la gente venía a mi oficina y les decía que no podía realizar el trámite que me solicitaban porque les faltaba algún requisito, muchos acababan recurriendo a una excusa que no viene a cuento aunque ellos le veían mucha utilidad: hacer referencia a tiempos pasados. Si hace 20 años era así, ¿por qué ahora no? Supongo que no recuerdan que ya no pagan en pesetas.

Hacer un trámite con la Administración Pública es armarse de valor, paciencia… y papeles. Porque por muchos que creas que llevas, en ocasiones sigue faltando alguno. Cuando solicito un papel que el ciudadano no trae, las respuestas que obtengo son de lo más variopintas.

Algunos me dicen: “Pues la otra vez me lo hicieron con esto que te traigo“. No digo yo que no fuera así en ese momento, pero las cosas cambian y quizás los requisitos que se necesitan ahora son distintos. Generalmente la vez anterior data de 3, 4 o incluso 5 años atrás, con lo que un cambio en la ley es más que probable. También puede ser que no recuerden lo que trajeron esa otra vez, o tal vez otra persona lo tramitó en su lugar. Es posible incluso que quién se equivocó fue el funcionario y efectivamente se lo hicieron como me indican, pero erróneamente (no pasa nada, todos nos equivocamos).

Lo que de verdad me inquieta es que piensen que les estoy pidiendo algo que no es necesario. ¿Tal es mi cara de mala persona? ¿Creen que disfruto haciendo que la gente se dé paseos? ¿De verdad piensan que tengo ganas de volver a verles y encima más enojados? (cuando se van sin hacer lo que quieren, se suelen marchar más enfadados de lo que llegaron) ¿No sería más cómodo para mí atender una sola vez a cada persona?

Otros intentan sorprenderme con un “Pues en nosécuál oficina con esto me lo hacen“, y aunque es algo que trataré más adelante debo decir que no lo logran. ¿Qué me importa a mí lo que hagan en otro sitio, que ni siquiera sé si es cierto ni si lo están haciendo correctamente?

Pero si hay alguna que me resulta curiosa por encima del resto es: “Pues el año pasado me lo hiciste con lo que te traigo ahora“. ¿Está seguro el ciudadano de que fui yo quién le atendió? ¿Realmente no le mandé a casa a por lo que le pido ahora? ¿De verdad que fue el año anterior y no hace unos cuantos años? Si responde que sí a todas estas preguntas formuladas (y generalmente lo hace, no es fácil que dé su brazo a torcer), seguidamente le pregunto cómo puede acordarse con esa facilidad de lo que presentó el año anterior (a mí me cuesta recordar lo que hice el mes pasado). A esto a veces no hay respuesta, supongo que porque en el fondo son humildes.

Suponiendo que no han cambiado las normas, ¿piensan que me puedo creer que yo les dije algo diferente a lo que les digo ahora? ¿Lo tienen grabado en un vídeo? Quizá me pude equivocar con una persona y hacerlo mal, pero la cantidad de veces que me ocurre supera con creces el número de errores permitidos por mi sentido común. No soy tan tonto, leñe, aunque estoy seguro de que la gente no piensa igual.

Viaje del viernes #17

Viaje del viernes

Con el paso de los años he aprendido a llamar la atención de la gente sólo con mirarla. No me pasó en el tren o en el autobús, por más que miré a esa morena de ojos claros, ni en los conciertos a los que fui, por más que miré a los cantantes para que me firmaran sus discos. Fue cuando empecé a trabajar de cara al público cuando una mirada mía, mientras hacía trabajo administrativo, era suficiente para tener en mi mesa a cualquier ciudadano impaciente por ser atendido. Aunque no fuera realmente mi cometido.

La mirada es un elemento muy importante en nuestra vida cotidiana. No en vano es capaz de iniciar relaciones de cualquier tipo entre varias personas. Tan sólo tienen que cruzarlas. Una chica con un chico en un bar para iniciar un acercamiento, un profesor con un alumno para elegir un voluntario que salga a la pizarra, un comercial con alguien que pasa a su vera para (intentar) venderle un producto, o un ciudadano con un funcionario, para considerar que se ha ganado el derecho de ser atendido sin demora.

Eso es lo que ocurre cuando estoy sin atender a nadie realizando algún tipo de tarea administrativa (que también las hay aunque nadie se lo crea), y un ciudadano atraviesa el umbral de la puerta de entrada. Si yo sigo en mi puesto, ensimismado con mis papeles, quizá lo máximo que ocurra sea que llegue ante mí, se quede plantado mirando cómo trabajo (de hacerlo yo además lo subiría a mi red social, no todos los días se ve trabajar a un funcionario) y espere un gesto por mi parte. Algunos incluso intentan llamar mi atención de las formas más variadas. Desde los que sueltan un simple “Buenos días” hasta los que directamente atacan con un “Quiero hacerle una preguntita“, así sin anestesia… Ni educación, dicho sea de paso.

Sin embargo, si en vez de concentrarme con mis cosas lo que hago es levantar la cabeza y mirarle mientras se aproxima, por algún tipo de jerga gestual que aún no he logrado descifrar, entiende que lo que he querido decir es “Véngase usted y no pierda tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderle“. Como si no tuviera nada más que hacer. Y es cuando me pongo a pensar qué tendrá él que no tenga el resto de personas sentadas en la sala para que crea que a las demás no las puedo atender y a él sí…

De todas formas, es curioso que esto sólo me ocurre desde que trabajo atendiendo al público. Antes, en concreto cuando era joven, por mucho que cruzara las miradas con las muchachas en las discotecas ninguna entendía “Ven y no pierdas tiempo, que estoy aquí únicamente para atenderte“. Era más bien otra cosa. A ver si con los años he aprendido a hablar con la mirada. ¿Por qué la gente cree que por mirarles debo atenderles? ¿Por qué deducen que no tener a nadie sentado en la silla es sinónimo de no trabajar? ¿Por qué piensan que puedo resolver cualquier tipo de duda que tengan simplemente por el hecho de estar haciendo una cosa distinta de atender a una persona?

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Viaje del viernes #16

Viaje del viernes

Reconozco que el chip del ya extinto DNI 2.0 (entiendo que era el 2.0 porque el que ahora está se denomina 3.0) era un poco patata. A poco que llevases el carné en la cartera y te sentaras sobre ella un día, y otro, y otro, y así durante meses se te acababa saltando de la tarjeta. No sé por qué no lo hicieron a prueba de dobladuras constantes. Creo que la culpa viene de la mala costumbre de tener el otro, que estaba hecho de plástico y papel en cualquier sitio, y aguantaba como un campeón giros, dobleces y demás aberraciones cometidas sobre él. El DNI electrónico era bastante más señorito pero nadie lo explicó, y pasaba lo inevitable: el chip acababa fuera del carné bastante a menudo.

Estar atrapado en un lugar que no te gusta, en el que sólo encajas porque te han metido ahí a presión, no es plato de buen gusto para nadie. Ni siquiera para un chip. Por eso, en cuanto tienen la más mínima oportunidad de escapar del carné al que van unidos, salen huyendo. Seguro que cualquiera de nosotros haría lo mismo.

Lo curioso de todo esto es que siempre coincide con el momento de ir a renovar el carné. Está feo decir el 100% porque siempre llega en algún momento alguien dispuesto a fastidiar la estadística, pero más del 95% de los que se sientan en mi puesto y me entregan el DNI sin chip, al ser preguntados acerca de cuánto tiempo llevan con él así me responden: “¿El chip? Pues se saltó la semana pasada, y como ya tenía que venir aquí…

Yo creo que alguno ha decidido independizarse en el mismo momento de coger la cita. Ha visto que iba a ser cambiado por otro y ha pensado que lo mejor era abandonar. Si el carné está en buen estado puedo pensar que es factible lo que me cuenta. Pero en la mayoría de los casos ocurre que la tarjeta tiene más zonas de color negro que de cualquier otro (del roce, del uso, de no llevarlo aseadito, lo que sea, no entro en la limpieza de cada uno), o bien tiene más de una zona por las que se podría partir en breve. Con esto, es imposible que mi mente acceda a considerar como verdad lo que me están diciendo. ¿Por qué lo hacen? ¿Piensan que les va a costar más? ¿Creen que les voy a multar? Si ya casi tienen uno nuevo, ¿qué iba a conseguir haciéndolo?

De todas formas, les aviso de que si la próxima vez les ocurre con más tiempo para caducar deben obtener un duplicado sin demora, porque así el carné no es válido. Y aunque estoy seguro de que lo saben, algunos me preguntan asombrados: “Ah, ¿no es válido?” Y muchos de ellos prosiguen con “pues yo compro con él“, o con “pues yo entro en los sitios con él“… De verdad, lamento decepcionar a todos los que lo siguen usando una vez roto, pero no se debería hacer. Al fin y al cabo, está deteriorado. Aunque la abstracción del deterioro es un tema tan complejo que merece un tratamiento aparte.

Viaje del viernes #15

Viaje del viernes

La gente habla mucho, a menudo sin saber. Un amigo me dice a menudo que “España es un país de listos de bares”. Supongo que porque es el sitio donde las personas suelen demostrar todo lo que ‘saben’. El problema en esto era cuando la gente llegaba a la oficina y me decía “Es que a mí me dijeron que valía lo que traigo“. Y se lo había dicho un amigo, una vecina, un primo, un tío, un desconocido o el blog de Manolete. Cualquiera de ellos con más credibilidad que yo, vaya. Supongo que porque yo les decía lo que no querían escuchar. Y aún empeoraba la cosa cuando según hablábamos me iban soltando mentiras. Eso me crispaba y respondía de manera ácida, aunque siempre con una sonrisa para que sirviera de atenuante.

No entiendo cómo puede haber gente sin trabajo en este país, con la extraordinaria cantidad de personas inteligentes que lo habitan. Bueno, supongo que si me paro a pensar un momento, quizá se deba a que en realidad lo que aquí hay en exceso son listos. Y aunque ambos adjetivos parecen sinónimos significan cosas distintas.

Inteligentes son aquellas personas que saben de lo que hablan. Las que saben de más o menos temas pero que cuando no saben de algo no hablan alegremente. Primero dicen que no saben y luego, si acaso, dan su opinión. Pero dejando bien claro que es eso, su quizá equivocada opinión. Listos son aquellos seres que creen que saben de lo que hablan. No soportan afirmar que no saben algo porque no quieren parecer ignorantes. Y menos delante de alguien a quien ellos consideran más tonto. Consecuentemente, opinan acerca de todo pero no dejándolo en una idea propia, sino como una verdad universal.

Si esto pasa acerca del último fichaje futbolístico, tampoco es demasiado grave. Si ocurre con los papeles que hay que aportar para la renovación de la documentación, ya no hace tanta gracia. Sobre todo porque la mayoría de las ocasiones en las que ocurre hay algún tipo de error. Si sobran papeles no importa, pero el problema es que normalmente suele faltar algo. Y es entonces cuando llegan los reproches:

– Es que a mí me dijeron que eso no hacía falta.
– Pero es que sí es necesario. Además, se lo estoy diciendo yo, con lo cual ya puede decir que a usted le dijeron que hacía falta.
– Pero es que me lo han dicho varias personas, todo el mundo.
– ¿Varias personas o todo el mundo?
– Me lo han dicho y ya está.
– Ah, “y ya está“. ¿Y por eso lo que yo le indico vale menos, porque se lo digo sólo yo? Por favor, respóndame, ¿quién hace los documentos, varias personas, todo el mundo o yo?
– Usted.
– Entonces, ¿quién sabrá mejor lo que necesito?
– Es que me lo dijo usted la última vez.
– ¿Yo? Eso es imposible.
– Pues sí, usted me lo dijo la última vez.
– Perdone que discrepe, pero eso sólo lo podría haber dicho ebrio. Y no acostumbro a beber en el trabajo.

¿Se lo he dicho yo después de decirme que han sido otras personas? ¿Con qué valor se atreve a decir que sabe mejor que yo lo que he dicho? ¿Es que tiene una grabación? Además, me resulta especialmente curioso que cuando les pregunto cuándo ha ocurrido eso me dicen una fecha en la que yo aún no estaba tramitando documentación. O estaba de vacaciones. O mejor aún, todavía no era funcionario. Lo peor es que se lo digo y algunos aún me lo niegan. Y eso ya es el colmo. No sólo les rebato sus argumentos, sino que después de cogerles todas las mentiras aún pretenden saber cuándo empecé a trabajar. ¿Qué fiabilidad pueden tener?

Viaje del viernes #14

Viaje del viernes

Vivir con tus padres es algo a lo que se le acaba cogiendo cariño, incluso de adulto. Muchos me confesaron en su momento que les daba pena cambiar la dirección del DNI porque era “su casa de toda la vida”. Sin embargo, emanciparse es algo que conlleva muchas responsabilidades, y una de ellas es dejarlo claro en la Administración Pública. En todas la entidades, a ser posible. Lo ideal es que todos los funcionarios coincidan a la hora de decir la dirección donde vive cada uno. Pero no siempre ocurre. Los motivos son varios: dejadez, desconocimiento, pereza… Total, si la casa antigua aún sigue siendo suya de alguna forma…

A la gente le cuesta mucho independizarse. En casa de los padres uno está en la gloria. No lava, no cocina, no limpia, no plancha, no paga recibos… Por eso muchos no terminan de irse de allí. Al menos en el carné.

Cuando los ciudadanos me dicen que vienen a cambiar el DNI y de paso actualizar el domicilio, siempre suelo avisarles de que deben hacer la actualización en cuanto se produce el empadronamiento en la nueva vivienda. La respuesta más típica con la que me encuentro es: “¿Ah, sí? No lo sabía“. Bueno, eso es algo que deduzco ya que no lo han hecho antes… No creo que sea por saltarse la ley alegremente y arriesgarse a recibir una multa, imagino que será desconocimiento…

La incógnita que me asalta la mente es por qué no es tan evidente que la variación del domicilio es un cambio de datos, como cualquier otro que aparece en el DNI. Si se plasma en el documento al igual que el nombre o el lugar de nacimiento, ¿por qué se le da menos importancia? Respuestas tipo comunes: “Total, como es la dirección de mis padres…“, “Bueno, en esa casa conozco al inquilino, no hay problema“, “Como aún tengo esa vivienda en propiedad…” ¿Eso qué tiene que ver? Es como si uno llevara la fecha de nacimiento de 3 años antes y pensara “Total, yo sé los años que tengo y así me jubilo antes…

Luego pasa lo que pasa: Hacienda tiene una dirección, la Seguridad Social otra, como se trate de alguien con recursos en tráfico constará una tercera, y si se vive de alquiler puede que en el DNI vaya una cuarta. ¿Cómo va a trabajar la Administración así? Una cosa es que queramos que los funcionarios sean eficientes (lo sé, es difícil), y otra que hagan milagros…

Todo el mundo tiene bastante claro que si el carné tiene una fecha de nacimiento que no es la correcta debe cambiarlo cuanto antes. ¿Por qué con la dirección no pasa? ¿Es menos importante? Puede que se remita allí por correo cualquier notificación. ¿Y si aunque sean familiares no interesa que se enteren?

Viaje del viernes #13

Viaje del viernes

La vida está llena de reglas, y todas ellas tienen excepciones. Supongo que debido a esta premisa es frecuente escuchar cómo muchas personas dicen continuamente “¿Y no podrías hacer una excepción conmigo?“. Sé que no piensan cuando lo dicen, porque a poco se parasen a discurrir podrían llegar a la siguiente conclusión sin ayuda: “¿Y por qué va a hacer la excepción conmigo y no con cualquier otra persona, acaso soy más o mejor que el resto?”. Esto es algo que yo no he querido preguntar nunca y que me daba mucha rabia que me preguntasen. Partiendo de la base de que no puedo saltarme las normas, no entiendo por qué debería hacerlo con alguien a quién no conozco y nada me ofrece…

La vida está llena de excepciones. Y las reglas más aún. Las excepciones son esos ejemplos que se saltan la norma para llegar al mismo fin que los que la cumplen. En resumen, son unas privilegiadas. La dificultad estriba en saber quién puede ser excepción en cada momento. ¿Por qué uno sí y otro no? ¿De qué depende? En muchas situaciones de la vida depende del dinero que uno tenga, de lo famoso que uno sea, o incluso del sexo que a uno le haya tocado.

Estamos hartos de ver que si uno es rico le invitan en todos los sitios donde va (cosa curiosa, porque si se tiene dinero para pagar lo que sea no hay necesidad de que le inviten, al contrario, tendría que pagar más). O que si uno es famoso le cuelan, le regalan, vamos que le tratan con privilegios como si fuera de una especie superior. Y que cuando un chico necesita algo, en igualdad de condiciones es más fácil que una chica se lo proporcione (en lugar de otro chico), y al contrario, sobre todo al contrario. Y más si la persona que pide tiene buena presencia.

Cuando la gente viene a renovar su documentación a mi puesto, a menudo piensa que pertenece a uno de esos grupos y que se encuentra en uno de esos ámbitos. ¿Qué les hace pensar que son la excepción? ¿Por qué ellos y no otros? ¿Se creen más personas que el resto? Me gusta pensar que no necesariamente, y que lo que ocurre es que les importa muy poco lo que haga con los demás, siempre que ellos sean la excepción. El problema es que generalmente quieren ser la excepción para algo beneficioso para ellos, según me aseguran sólo por esa vez (no se lo creen ni ellos), y siendo yo el que incumpla la ley (sólo un poquito). Curiosamente, nunca me dicen: “¿Y no puedes hacer conmigo una excepción y quedarte con los 10 euros que sobran de la tasa?“. Siempre es algo como: “¿Y no puedes hacer una excepción y no cobrarme la tasa?“.

Además, aún espero que alguien me explique por qué debería responder afirmativamente a preguntas del tipo: “¿Y no podrías cogerme los papeles caducados?“, “¿Y no podrías atenderme sin cita delante de todos los citados, que tengo cosas que hacer?“, “¿Y no podrías hacerle el pasaporte a mi hijo sin el libro de familia?“, “¿Y no podrías cogerme las fotos de hace diez años si apenas he cambiado (esto sí que es gracioso y algo que merece tratarse aparte) y no tengo tiempo, ganas ni aspecto para hacerme otras nuevas?Pues no señores ciudadanos, no podría. Ni puedo, ni debo.

Pero he de ser sincero. En relación con un caso anterior, tengo una excepción. Hay alguien menor de edad a quien no le pediré el libro de familia cuando tenga que expedirle el pasaporte: mis hijos.