Viaje del viernes #5

Viaje del viernes

El DNI no está exento de leyendas urbanas. Son varias las que escuché durante mi etapa en la oficina de expedición. Una de las más frecuentes era escuchar a la gente que le había tocado el número de un muerto. Lógicamente eso no es posible, pero había gente a la que me costaba convencer de que estaba equivocada. Huelga decir que las conversaciones nunca fueron tan bruscas (por mi parte) como la que aquí se transmite.

Las leyendas urbanas se basan en hacer parecer cierta una historia que no lo es. Muchas cosas o aspectos de la vida tienen alguna; el DNI también. Una que particularmente me llama la atención es la que escucho cuando una persona me entrega su DNI y en algún momento del proceso de renovación me comenta:

– Pues yo tengo el número de un muerto. ¿Usted sabría decirme por qué?
– Caballero, desconozco el motivo por el cuál usted ha usurpado la identidad de alguien que ya ha fallecido.
– ¡Yo no he hecho eso! ¡Le pregunto que por qué me han dado el número de un muerto!
– Disculpe mi indiscreción. Cuando le dieron el número, ¿le dieron también la herencia de esa persona? Porque estoy seguro de que dejaría algo una vez fallecido y que además iría asociado a su número de DNI.
– No, a mí nadie me ha dado nada.
– ¿Y por qué está tan seguro de que el número que usted tiene ya lo tuvo alguien antes?
– Porque es un número muy bajo.
– Ah… ¿Sabe? Acaba de darle una alegría a mi padre.
– ¿Yo? ¿Por qué?
– Porque su número de DNI comienza por 74 millones. Si sólo se mueren los que tienen el número de DNI bajo, a él le queda todavía bastante. Verá qué contento se pone cuando se entere… (Silencio de varios segundos. Imagino que a estas alturas de la conversación se habrá dado cuenta de que no es correcto lo que pensaba).
– Es que, como la gente lo dice mucho…
– Menos mal que la gente no dice mucho que le van a dar 1000 euros cada vez que diga un taco. Me temo que se pasaría el día soltando improperios… Caballero, los números de DNI se entregan a las oficinas en lotes, en grupos de cientos de números. Cuando se les acaban solicitan más, y lo normal es que los siguientes que reciban no sean correlativos con los anteriores.

Efectivamente, la gente habla mucho, a menudo sin saber. Esto lleva a los pobres ciudadanos que, como yo, se creen lo que les dicen cuando lo hacen con seguridad y rotundidad, al síndrome del “A mí me dijeron“. Pero ese es otro tema que ya abordaré.