Te lo paso por WhatsApp

Imagino que esa genial frase fue la que le vino la cabeza al señor que aparece con un niño —supongo, por la forma de comunicarse, que con relación padre e hijo— en un vídeo que me ha llegado por dicha vía. En él aparece un pequeño, con una edad que intuyo se encuentra entre las de los dos míos, ante un felpudo con la palabra “Welcome” escrita. El señor le pregunta qué pone y el niño responde “W, e, l, c, o, m, e; alfombra”. Reconozco que el niño, aunque no lo conozca de nada, es muy gracioso. Y este es el problema. No que sea gracioso, sino que no le conozco de nada. Y aún así, me ha llegado ese vídeo. Lo intrigante es que desconozco si el niño actualmente vive cerca de mi pueblo, o en la otra punta del país, o incluso expatriado. ¿Hasta dónde podría llegar dando vueltas? Bueno, algo curioso sería que se lo compartiera alguien (desconocido) de uno de esos grupos que todos tenemos en los que no conocemos a todos los integrantes.

Alfombra
Como todos podéis leer, aquí pone “Alfombra”

A mí también me ocurre. Los padres nos quedamos absortos con las cosas que hacen nuestros pequeños. Y las originales, curiosas y/o graciosas, nos gusta compartirlas con nuestro círculo (cada uno busca la forma más óptima de hacerlo, y de definir ese círculo). Pero de lo que mucha gente no es consciente es que el entorno de los demás no es el mismo que el nuestro, y si algo nos parece tan gracioso como para mandarlo a los demás, posiblemente le ocurra a más de uno. Y aunque debería, la gente no suele ser lo suficientemente educada como para preguntar si le importa al padre del pequeño reenviar el vídeo a todos sus contactos (para perder el rastro del mismo definitivamente, dicho sea de paso). Quiero pensar que aún no existe persona que sea preguntada por la posibilidad de mandar el vídeo a todos los amigos y que acceda. Por lo que difundir alegremente un vídeo de tu hijo, no sé, no lo veo… Llamadme raro.

¿Qué ocurre con la privacidad de ese menor? ¿En qué momento decidió que quería estar en los dispositivos de medio país haciendo reír a quien le viera? Lo peor no es eso, sino el uso indebido que se le pueden dar a esas imágenes. Todo eso sin que el chiquitín haya solicitado nada, y sin que sus padres lo hayan pensado. Alguno de los que está leyendo esto puede pensar que soy algo… ¿exagerado? Tal vez. Aunque habría que preguntarle a los pederastas y a los secuestradores de niños. O, sin ser tan tremendistas —como si lo anterior no fuera lamentablemente algo común—, a los mismos niños cuando descubran que han tenido, en ocasiones, una vida al alcance de todos. Sin consultarles si ellos querían. Porque, seamos sinceros. ¿A quién de nosotros le gustaría que sus padres compartieran vídeos y fotos de cuando eran pequeños —o incluso de hoy en día— con sus amigos, familiares y conocidos —que a su vez los pueden compartir con quien sea—? Que alguien se atreva a levantar la mano. Y si cada uno decide con quién lo comparte, ¿por qué a los niños no ser le permite elegir? ¿De qué sirve que a los jóvenes o adolescentes se les conciencie de los peligros de estas acciones si los mismos padres las pasan por alto? ¿Cómo puedes pretender que tu hijo no haga lo que haces tú?