Nanorrelato – La belleza está en el interior

Cuando su amiga le dijo “verás lo bonito que es Javi por dentro”, no se imaginaba que lo tendría tumbado en una camilla, abierto en dos.

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La primera vez

Hace mucho tiempo que no escribo aquí. Más del que quisiera. Pero hoy he sacado un poco de tiempo para revisar las entradas que tengo en Borradores y he desempolvado este relato breve. Lo escribí hace mucho, y con mucho me refiero a unos 20 años, para un concurso literario en la Universidad que, obviamente, no gané. Creo que es hora de que lo vaya compartiendo con vosotros.

LA PRIMERA VEZ

Debía ocurrir así. Así estaban dispuestos los acontecimientos. Acontecimientos quizá escritos previamente en algún lugar. Lugar totalmente desconocido, del que no se tenía conocimiento, en el que muchos pensaban que estaba todo. Todo lo que debía pasar, vivirse, devenirse, aunque hubiera gente que no estuviese de acuerdo. De acuerdo con los hechos, que irremediablemente verían la luz en breve. Breve paciencia la de los familiares que esperaban, ansiosos, una respuesta. Respuesta que se demoraba desesperando así a quienes aguardaban, exasperando a todo el mundo. Mundo que se preparaba para la nueva, eso sí, de forma precipitada. Precipitada decisión, la que en este caso había tomado la vida. Vida que decidía actuar sobre una humilde familia. Familia noble, que en cierta medida sabía que eso podía pasar pero no pensaban que fuera a ocurrir realmente. Realmente, era el nacimiento del sietemesino más bonito de todos los tiempos, en especial para los padres, primerizos.

Entre todos (Parte 5) – FIN

Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4

Los ojos de Diego se clavaron en ella viendo cómo una lagrima se dibujaba en su rostro, y en ese momento y a modo de película todos los fotogramas comenzaron a ordenarse ante sus ojos. Para Diego todo cobraba sentido, pero de alguna manera sentía que debía parar lo que estaba aconteciendo, no era justo: el antídoto, Frank y el Doctor García-Rojo… todo mezclado en su mente, el rostro de María paralizado, sus ojos cerrados fuertemente y de nuevo aquel acantilado. En ese preciso instante y sin saber por qué, Diego se abalanzó sobre ella y juntos, fundidos en un fuerte y doloroso abrazo, cayeron al vacío. El viento chocaba entre sus manos, sus corazones latían con fuerza y una luz cegadora comenzó a brotar de ese abrazo; ni los mismos Makdihthilink sabían hasta dónde llegaban sus poderes. Pero el amor verdadero… El amor verdadero consiguió aunar poderes y hacer que los pensamientos se hicieran fuertes, una mezcla de pensar y sentir, sin dobles intenciones, que produjo un poder indestructible, basado en los deseos de ambos, cuyo resultado fue hacerlos posibles. La desaparición del virus era en lo único que pensaban al estar abrazados, en que ese virus nunca tenía que haber existido, o al menos no haber sido mortal. Al desaparecer la luz, María se dio cuenta de que Diego estaba inconsciente, cerca de ella, pero no puedo acercarse; también vio a Frank, acostado en una camilla, observándola fijamente. Y ella… ella se sentía mareada, sin apenas fuerzas para decir nada, podía distinguir al Doctor García-Rojo, con una gran sonrisa y un brillo especial en sus ojos. Algo había ocurrido en aquel acantilado, pero ahora estaba en… no sabía muy bien dónde se encontraba.

La sala recogía olor a probetas y los destellos de los fluorescentes la cegaban en ocasiones; miró al Doctor García-Rojo buscando algún tipo de respuesta que la tranquilizara, le dolía todo el cuerpo y tenía la sensación de haber recorrido mil años luz desde que abrazó a Diego y todo empezó a desvanecerse.

— Tranquila —añadió el Doctor—, el desastre por fin tiene los días contados. Frank me ayudó a localizaros y os recogimos en el valle el día en que os precipitasteis, desde entonces os he tenido en una meticulosa observación durante semanas, realizándoos transfusiones de Frank, y he descubierto que cuando los Makdihthilink os enamoráis desarrolláis una enzima protectora. A partir de ella he generado este fluido que os permitirá respirar el antídoto sin problemas a todos los Makdihthilink, y además es inocuo para los humanos, por lo que por fin podréis propagarlo entre ellos, sin miedo a que vuestra especie desaparezca. ¿No os parece genial?, en el amor radica la solución y la clave, hasta en cuestiones extraterrestres… —concluyó con una sonrisa.

El Doctor García-Rojo había sonreído, pero ellos no tanto, claramente les había encajado lo que en el lenguaje de los humanos se llamaba “un marrón”. Tenían que lograr que los humanos, esos seres que se pasaban la vida pegándose, enzarzados en guerras a las que, para disimular, llamaban conflictos, inhalasen el fluido. La cuestión era cómo. Tal vez introduciéndolo de alguna manera en ese combustible que usaban para desplazarse y que emponzoñaba sus cielos lo lograrían; al fin y al cabo, era lo que respiraban a diario mezclado con el oxígeno. Tal vez. Conocían su objetivo y dudaban de si la manera sería la adecuada pero se dispusieron a ello. Comenzarían por la ciudad, y María, Diego y Frank se dividieron las zonas de la misma para ir por la noche. Iban a utilizar la capacidad de hacerse invisibles para introducir el antídoto en todas las gasolineras de la ciudad. ¿Funcionaría? Tenían pocos días, había que actuar ya o sería una catástrofe.
Se reunieron en casa de Frank poco antes de la media noche. Después de beber un café, cada quién partió rumbo a la zona que tenía asignada. Los nervios se apoderaron de ellos, todo tenía que salir conforme a lo planeado. Gracias a sus poderes no fueron captados por ninguna cámara de vigilancia. Después de acabar regresaron a la casa de Frank y esperaron hasta el amanecer. A las 7 de la mañana sonó el móvil de María, era el Doctor:

— Parece que vamos por el buen camino chicos —le dijo notablemente animado.

María dirigió una mirada cómplice al resto y respiró hondo. El contenido de las 5 cantimploras que llevaba diluido el antídoto ya estaba esperando en los depósitos de las tres gasolineras de la ciudad. Todos los coches que repostaran ese día se iban a encargar de que la cura viajara lejos. Ya estaba todo organizado y según el plan del Doctor, más las propias sugerencias de María, Diego y, Frank, no quedaba otra que dividirse. De ese modo María tenía las coordenadas de unas gasolineras, al igual que Diego, que antes de marcharse, la abrazó muy fuerte mientras que Frank les cortó:

— Vamos chicos, la humanidad depende de los antídotos, cuando cada uno este en cada gasolinera, que avise al resto.

Y de eso modo, se separaron. Integrados como si fueran de la tierra, se dirigieron cada uno al punto correspondiente. Para ganar tiempo, Diego y Frank decidieron utilizar la hipervelocidad, María no estaba en la misma onda, optando ella por teletransportarse, la velocidad no le gustaba y su elección le permitía centrarse con claridad en su cometido. Algo le daba vueltas, una especie de presentimiento sin forma que la inquietaba. Prácticamente al instante de haber iniciado su “viaje” se hallaba cada uno en el lugar exacto que se habían asignado antes de la partida y mediante telepatía confirmaron sus posiciones, aprovechando la conexión para “comentar” algunos detalles sobre el método más conveniente —y rápido— de mezclar con éxito el antídoto y la gasolina, no había tiempo que perder.

Lo que María presenció confirmó aquella inquietud que se había instalado en su estómago, “su” gasolinera estaba abandonada, por el aspecto que presentaba daba la sensación de llevar así mucho tiempo, los surtidores habían sido arrancados, los depósitos no existían, en su lugar se abría un enorme hueco, parecía que hubiese caído una bomba allí. Mientras María pensaba que era posible que aquella zona hubiese quedado deshabitada debido a la epidemia —¿por qué si no habría sido cerrada la gasolinera?— un individuo se acercó sigilosamente por la espalda, propinándole un golpe en la cabeza con un objeto contundente que la envió al vacío del agujero; en su vuelo no pudo evitar un pensamiento desolador: de alguna manera, su misión había terminado…

También pensó, mientras volaba, mientras caía, en Diego, en Frank, en el contagio, en el antídoto, en la gasolina, en… Y luego, un instante o una eternidad después, abrió los ojos y la deslumbró tanta luz, ella tumbada de espaldas en una camilla acolchada con una especie de cuero blanco. Se incorporó, miró alrededor, no vio paredes, suelo, límites, como cegada por tanta luz lechosa, pero al fin reparó, a su derecha, en una camilla que, como la suya, parecía flotar en una nada de puro algodón, y en el hombre tendido de espaldas, acaso inconsciente, sobre ella; y reparó a continuación en otra camilla a su izquierda, ocupada por un segundo hombre tan inmóvil como el primero. ¿Eran Diego y Frank? Fue entonces cuando oyó la voz.

— Puede parecértelo, pero no estás muerta; esta vez has tenido suerte. No me busques —afirmó la voz de forma inquietante mientras María miraba temerosa en todas direcciones—, no soy materia para ti, ni para los desdichados humanos que quieres salvar, algo que casi consigues.
— ¿Quién eres?, dime… ¿qué ocurre, dónde estoy? —preguntó asustada María.
— Soy el Hacedor, el que juega la partida. Mi contrincante me lo está poniendo difícil, él es quien quiere salvar a los humanos, yo no.
— ¿El Hacedor? —dijo María, entornando sus ojos ante la intensa luz que envolvía su cuerpo.
—Shhh… aquí soy yo quien pregunta, y tranquila, no estás sola.

La voz terminó en un susurro casi imperceptible, y María cerró sus ojos con fuerza, intentando remover algunos de sus poderes para comprender adónde había caído, quién o qué era esa voz tan soberbia que la arrastraba a un lugar tan desconocido. Sus ideas giraban como una noria en su cabeza, se sentía desmayar. Intentó transportarse a otro lugar, buscando a Diego o a Frank, pero cuando abrió los ojos, lentamente y con temor, se vio a sí misma flotando en la misma sala, sin techos ni paredes.

— ¡Es inútil que te esfuerces! —exclamó la voz sonando desgarradora de nuevo—, tú sola no tienes poder suficiente para derrotarme, el Exterminador era el único que podría conseguirlo y tan siquiera habiendo adquirido el cuerpo de un humano fue capaz de hacerlo posible —explicó mientras de la nada aparecía flotando el cuerpo inerte del Doctor—. Los Makdihthilink sois una raza inferior y sólo una de las vuestras entre diez millones puede hacerme frente utilizando la Regeneración Unificada, necesitando un amor puro, eterno e incondicional con otro de los de tu especie, y un tercero con la misma sangre… ¡y mira dónde están tu querido Diego y tu hermano Frank! —gritó mientras los cuerpos que tenía alrededor se giraban hacia ella dejando ver la desfiguración en los rostros de Frank y Diego—. Gracias a vosotros, podré dominar y exterminar a voluntad vuestras míseras razas… ¡hasta nunca María! —concluyó la voz, al tiempo que la luz blanca se convertía en la más profunda oscuridad tras una intensa explosión lumínica.

María despertó de repente en el primer piso que tuvo en la Tierra, con una sensación extraña en la cabeza, mirando alrededor aturdida, envuelta en sudor, respirando un fuerte olor a canela de un bizcocho recién hecho y con la necesidad de darse un baño, y mientras lo llevaba a cabo sonó la puerta. Tras el susto inicial, ralentizó sus pulsaciones y pensó pausadamente; transcurridos unos segundos preguntó “¿Diego?”, y cuando obtuvo un “sí, soy yo” como respuesta desde el otro lado de la puerta, María sonrió y se deslizó al interior de la bañera: ahora ya sabía lo que debía hacer.

Entre todos (Parte 4)

Parte 1
Parte 2
Parte 3

— ¡¿Teletransportación?, ¿pero qué dices?! —gritó María, incrédula, ante lo que Diego le contó que, debido a la distinta relación espacio-tiempo de la Tierra, en ese momento de miedo, algo similar a la adrenalina le había hecho correr a la velocidad de la luz a un lugar seguro.
— Fue tu instinto el que te guió al moverte más rápido que tus pensamientos; por eso pudiste llegar tan rápido a tu casa, nosotros nos dimos cuenta de lo que te había ocurrido gracias al localizador que te puse en el bolsillo antes de salir hacia el Museo —le contó Diego.
— ¿Por qué no me dijiste que me ponías un localizador?, ¿no confías en mí? —dijo María acercándose lentamente a Diego y dejando solo milímetros de separación entre sus bocas—, ¿dónde le habéis encontrado?
— Pues… mmmm… —balbuceó Diego separándose bruscamente, rompiendo la burbuja de tensión que se había formado alrededor de ellos—, te habíamos seguido y estábamos cerca del Museo, por lo que al teletransportarte acudimos y vimos al impostor en el suelo; nos lo llevamos a un lugar apartado y Frank utilizó sus “métodos” para decirnos qué había ocurrido con el Doctor. Decidimos entrar en los garitos de los alrededores a buscarle, y en el último que entramos, el olor a alcohol embargaba todo, el camarero estaba apoyado en la pegajosa barra y ni siquiera levantó la vista de la revista que tenía entre las manos. “Buscamos a un hombre…”, le dije, y el camarero hizo un gesto hacia una mesa, añadiendo “hace horas que lo han dejado ahí y no se ha movido ni para ir al baño”. Cogimos al Doctor García-Rojo entre los dos, poniendo sus brazos alrededor de nuestros cuellos y salimos rápido a la calle, llegamos a la fuente que hay en la plaza nueva y metimos su cabeza en ella para despejarle; cuando recobró el sentido, le explicamos dónde le habíamos encontrado y qué queríamos de él, está con nosotros María, estamos juntos…
— Bueno… ¿y cuál es nuestra misión ahora? —preguntó María después de asimilar durante unos segundos lo que acababa de escuchar y ante la mirada tranquilizadora de Diego.
— Nos enfrentamos a un virus ARN —comenzó el Doctor sonriendo— y necesita su retrotranscriptasa para crear ADN con el que introducirse en las células humanas y reproducirse; durante estas semanas he desarrollado un antídoto que destruye dicha enzima para evitar que se reproduzca y lograr así que se extinga. Vuestra misión es tan simple como ayudarme a prepararlo y extenderlo por la mayor cantidad de lugares posible para que los humanos lo respiren. He de advertiros —prosiguió el Doctor— que, al haber modificado el virus para salvaguardar la especie humana, éste se ha convertido en letal para los Makdihthilink que lo respiren y, dada la gravedad de la situación, no va a resultar posible avisar al resto de vuestros compañeros para que puedan ponerse a salvo. Cada segundo que perdamos estaremos multiplicando exponencialmente las posibilidades de aniquilación de nuestra especie.

Diego buscó los ojos de María intentado encontrar una solución en ellos al dilema que se les presentaba, pero sólo encontró frialdad, un brillo acerado en el fondo de su pupila que le confirmó sus más amargos temores.

— María, nos necesitan, no podemos dejarles morir así, sin intentarlo siquiera —se le quebró la voz al imaginar el final tan cruel que esperaba a los suyos—, tú puedes localizarles con tu dectógrafo si están cerca… por favor…

María apretó los labios con rabia, formando una delgada línea en su rostro, sabiendo que la decisión que acababa de tomar cambiaría para siempre su vida y el curso de la historia tal cual se conocía, pero no podía permitirse dudar en esos instantes, la suerte estaba echada.

— Diego, ¡¿es que no entiendes la situación?! Lo siento, pero no nos podemos arriesgar de esta manera, sabes que si lo hago corremos el riesgo de contagio y de todas maneras ya es demasiado tarde para tratar de encontrar una solución —aseveró María.

Diego no podía creer lo que estaba escuchando, a María no le importaba lo mas mínimo no ayudar a los suyos, ¿cómo podía ser tan fría? María se quedó molesta y pensativa a la vez, tenía sentimientos encontrados porque no podía permitir que le ocurriera nada a Diego, ¿por qué la ponía en esa situación?

— María, ¿es tu decisión final?, ¿estás segura? —preguntó Diego.
— ¿La decisión final?, ¿salvar a los suyos dejando desaparecer la humanidad entera?, ¿salvar  a los humanos sacrificando a los suyos, a Diego, a Frank? —pensaba María estremeciéndose con la idea de que a Diego le pudiese ocurrir algo.

Mientras, Diego, incrédulo y sorprendido le miraba esperando una respuesta.

— ¡Todavía tenemos tiempo para luchar María, nunca nos perdonarán en Makdihth por no cumplir nuestra misión! —le indicó Diego.
— La culpa de todo esto es nuestra y nosotros mismos tenemos que salvar este planeta —le contestó María—. Ha llegado el momento de confesaros algo, antes de salir de Makdihth me confirieron el Último Poder que sólo debería utilizar en caso de extrema peligrosidad, puesto que después de hacerlo moriré… pero he tomado la decisión y haré uso de él —concluyó María.
— ¿Qué poder es ése? —preguntó Diego.
— Es muy peligroso, que lo sepas.

María dudó por unos instantes, apesadumbrada; miró los ojos impacientes de Diego, y por fin tragó saliva y dijo:

— Sé cómo retroceder en el tiempo de La Tierra. Puedo volver hasta antes de expandir el virus… puedo salvar este planeta… y a vosotros dos. Pero Diego, antes de que digas nada quizás hay algo que deberías saber. Si retrocedo en el tiempo es muy probable que tú y yo no nos volvamos a ver. Es más, es muy probable que el mundo que hoy te rodea no se parezca en nada al que te tendrás que enfrentar. Nadie, ni yo misma, sabe si será para mejor o para peor, de lo que no hay duda es que será completamente diferente. Lo más importante —prosiguió María con tristeza en sus ojos— es que te echaría mucho de menos.
— ¿Y cuál es el peso real de una ausencia, un simple echar de menos, comparado con la posibilidad de evitar una más que probable extinción? —replicó Diego apartando su mirada de la de María.

No existía otra opción, sabía que ella tenía que hacerlo, no era por ese afán de narcisista heroicidad que se les presuponía a los Makdihthilink, no, era tan sólo el destino.

— María, me da igual, sabes que te aprecio y hasta podría llegar a quererte, pero tienes que irte… Entiéndelo, de este viaje depende el futuro de nuestra especie.

Sin tiempo para lágrimas inútiles, María introdujo su mano derecha en el bolso y buscó con el tacto de sus dedos la forma de su desactivador monoaural. Sin embargo, cuando entró en contacto con el aparato, tuvo una idea fugaz, un haz de luz que se encendió en su cerebro y que se apagó tan rápidamente que casi no le dejó tiempo para procesar. Con un rápido movimiento, María se abalanzó sobre Diego y, tras rodearlo con los brazos, sin dejarle posibilidad alguna a una huida, pensó con intensidad en aquel acantilado que un día visitaron. En un abrir y cerrar de ojos, ambos se encontraban en aquel lugar apartado de la civilización.

— María… pero… ¿¡qué has hecho!? —preguntó, incrédulo.
— Has dicho que debía irme… y he hecho exactamente eso.

Diego contempló a María mientras su mente intentaba entender qué había sucedido, y se dio cuenta que se debatía entre hacer dos cosas muy diferentes: recriminarle su actuación o tomarla entre sus brazos y comérsela a besos.

— ¡Qué carajo! —pensó.

No sabía lo que iba a ocurrir después de todo, y él no se iba a ir sin probar el sabor de su boca, por lo que se acercó a ella y sin darle tiempo a reaccionar la abrazó con fuerza. María se dejó aprisionar por aquellos brazos fuertes, pensando en cuanto había deseado que llegara ese momento, pero un sentimiento parecido a la premonición se dibujó en su mente y cuando sus labios se juntaron con los de Diego una fuerza, que no supo de donde llegaba y que era más poderosa que ella misma, la impulsó hacia atrás. Y entonces, lo entendieron.

Entre todos (Parte 3)

Parte 1

Parte 2

El militar en su interior sabía que su plan no acabaría bien, bien para él, entiéndase. Sí, se redimiría de los errores cometidos en el pasado, pero pagaría un alto precio, pagaría con su vida. Había tomado la decisión y no habría marcha atrás. Pasearía entre el caos hasta llegar a la nave, manipularía los controles para cortar la emisión de ese humo rojo tóxico y ¡pum! No habría gloria, pues nadie sabría de su transformación en un héroe.

Aunque desconfiado, Diego tomó el trozo de papel y lo guardó rápidamente en el bolsillo trasero de su pantalón. No se despidió del militar, y mediante un evidente gesto con la cabeza indicó a María y a Frank que efectivamente tenían que salir de allí cuanto antes. Corrieron durante los minutos necesarios para dejar bien atrás a la muchedumbre y las autoridades que ya habían llegado a la plaza y, una vez a salvo, Diego sacó la nota de su bolsillo y la leyó en voz alta: “19:30 Entrada Sur Museo de Historia Natural, María SOLA”.

— ¡Maldito cerdo! De ningún modo vas a reunirte tú sola con ese imbécil —gritó Diego indignado.
— Tengo que hacerlo si queremos saber dónde está el Doctor —aseveró María.
— ¡De acuerdo! Pero antes tenemos que hablar con nuestro contacto en la policía, el inspector González, para ver si puede ponerte un micro y una patrulla para vigilar el encuentro —dijo Diego.
— ¿No será muy arriesgado ir con un micro?, ¿y si nos descubre? —preguntó aterrada María.
— ¡Tranquila María, estaremos ahí contigo por lo que pueda ocurrir! —exclamó Diego tranquilizándola.

María se quedó un poco más tranquila, pero no podía evitar tener muchos pensamientos en su cabeza, se iba a encontrar con una trampa, así que lo mejor era continuar con el plan que había propuesto Diego.

— De acuerdo, lo haré, pero nada de micros, tenemos poco tiempo y me da pánico que me descubran, quién sabe de qué serán capaces -indicó María.

Desde que se dieron cuenta de que son portadores de un virus que afecta a los humanos, Diego y su equipo habían centrado sus esfuerzos en experimentar con ADN, para descubrir dónde estaba la clave que hiciera compatible la vida de ambas especies en el planeta. El problema era que no podían seguir desviando fondos, los militares supervisaban todo estudio científico que les parecía sospechoso y a pesar del prestigio ganado tras años de trabajo en las clínicas y los artículos publicados sobre ADN, debían tener cuidado de no ser descubiertos. El Doctor García-Rojo era su última esperanza, era experto en genética y se rumoreaba que tenía un hijo afectado por el virus, con lo que podría ser el único humano que había logrado vivir con normalidad portando la enfermedad. El objetivo de María sería descubrir si era cierto, y comprobar si podían trabajar en equipo con él.

A las 19.30 María se encontraba puntual en la puerta acordada, y aunque el Museo de Historia Natural cerraba sus puertas a las 19 horas aún había guardias de seguridad dirigiendo a los visitantes hacia las salidas. Se había levantado aire y María, incómoda, se subió un poco más la cremallera de su chaqueta. Sus pensamientos volaron hasta Diego, al que había costado horrores convencer para que se quedara en el piso franco y no se empeñara en colocarle el puñetero micro, y aunque no había rastro de él por ninguna parte, María no tenía demasiadas esperanzas en que le hubiera hecho caso. La puerta sur del museo estaba ya en penumbra, solitaria, cuando María escuchó unos pasos justo detrás de ella; en el momento en que su dectógrafo empezaba a vibrar, se giró.

— Me han llegado rumores de que está usted buscando al Doctor García-Rojo —dijo una voz que le resultaba extrañamente familiar.
— Le han informado a usted bien… ¿Doctor García-Rojo? —dijo María girándose hacia la persona que le estaba hablando.
— El mismo, pero haga el favor de acompañarme al interior del museo, aquí fuera no estamos seguros ninguno de los dos.

El médico se dio la vuelta sin esperar a comprobar si María le seguía cuando su dectógrafo, que llevaba camuflado dentro de un gran bolso vibró con más intensidad avisando a su dueña de que el hombre al que seguía era un impostor, un Makdihthilink. No hubieron traspasado la puerta del museo cuando María se abalanzó sobre el falso Doctor García-Rojo propinándole un tremendo golpe en la base del cráneo y haciendo que el hombre se desplomara como un monigote. Con el impostor en el suelo, a su merced, pudo pasar por su cabeza el desactivador monoaural que le garantizaba un auténtico pelele al menos para tres o cuatro horas, y acto seguido llamó a Diego. El teléfono envió varias llamadas sin obtener respuesta, y como María no soportaba estar más tiempo junto al impostor del Doctor García-Rojo, agarró fuertemente su bolso y echó a correr tan desconcertada que confundió la puerta de la Entrada Sur del Museo, por la que minutos antes había entrado, con el almacén. Allí, permaneció inmóvil detrás de un gran oso disecado al escuchar la presencia de varias personas en el pasillo; al menos eran dos hombres, quizá tres, e iban a descubrir al Doctor tirado en el suelo, con lo que se sintió en peligro. En ese mismo instante se dio cuenta de que su dectógrafo no estaba en su bolso, ni en sus bolsillos.

— ¡Ahora sí la he liado! —murmuró—, van a descubrir el instrumento vibrando junto al cuerpo del Doctor. ¿Cómo puedo ser tan torpe?, ¿se me habrá caído?

Miró a su alrededor intentando buscar una solución, temiendo el momento en que descubrieran al impostor, y después a ella. Notaba su corazón latiendo con fuerza, tanto que casi podía oírlo y, para intentar mantener la calma, cerró los ojos y se imaginó en un lugar seguro, en su lugar favorito, en el primer piso en el que vivió cuando llegó a la Tierra. A pesar de ser pequeño era acogedor y recordaba especialmente la diminuta cocina en la que hacía bizcochos de canela los domingos y cómo todo quedaba impregnado del afrodisíaco aroma. Empezó a calmarse y respirar lentamente, sintiéndose a salvo en su pequeño mundo, percibiendo el olor cada vez más fuerte, más intenso, más cercano, tanto que empezó a abrir los ojos extrañada. Estaba mareada, la habitación daba vueltas pero se dio cuenta de que no era la misma, reconociendo los muebles a su alrededor, las paredes que la rodeaban y el bizcochón humeante encima del poyo antes de caer extenuada. Cuando volvió en sí tenía fiebre. Esa que le daba de vez en cuando sin razón aparente, antes de que desarrollara sus poderes, recién llegada de Makdihth. Se sentía sudada, pegajosa, maloliente, y la luz que entraba por la ventana de vidrio le hería los ojos de tanto que le dolía la cabeza. Había viajado en el espacio, y no sabía si lo había hecho también en el tiempo. Se levantó despacio, aguantando las nauseas que le provocaba el penetrante olor a canela del bizcocho que acababa de salir del horno, segura de que un baño le ayudaría a reponerse. Se dirigió al baño, y mientras la bañera se llenaba de agua, echó unas gotas de su jabón favorito y empezó a formarse una frondosa espuma; ya dentro de la bañera y mientras intentaba aclarar sus ideas, alguien llamó a la puerta, lo que le hizo levantarse de un brinco y coger lo primero que encontró, su cepillo de dientes.

— ¿Quién anda ahí? —preguntó María asustada.
— Soy yo, Diego —respondió desde el otro lado de la puerta.

María abrió la puerta corriendo sin acordarse de que estaba completamente desnuda; Diego la miraba atónito y ella corrió a ponerse una toalla mientras le preguntaba qué había ocurrido, qué hacía allí, y le pedía escuchar de su boca que nada malo ocurría. Diego le indicó que se vistiera y la llevó al salón, y cuando vio sentados en el sofá a Frank y al Doctor García-Rojo con varios planos y cientos de papeles sobre la mesa, Diego comenzó a explicarle lo que había ocurrido para intentar borrar de su cara esa expresión atónita.