Relato – Sueños de libertad

Soñaba con ser libre. Cada día pensaba en el mundo exterior, en cómo sería todo. Imaginaba lugares preciosos, paisajes envidiables. La temperatura era perfecta, el clima ideal. Cada día que pasaba en aquella celda soñaba con la libertad. Sueños que le hacían subir en alma hasta el infinito, más allá del cielo. Sueños que hacían de la felicidad un sentimiento en el que encontrarse con cierta facilidad. Provocaban que el estado de éxtasis al que podía aspirar su ser le hiciera olvidar por completo el lúgubre sitio donde se encontraba. Sueños de libertad a los cuales había llegado a dar vida.

El tiempo pasaba en el más absoluto de los silencios. Tan sólo con la compañía de un cielo azul, repleto de blancas y esponjosas nubes, con un radiante sol alumbrando los verdes y extensos prados. Un enorme lugar, idílico para vivir. ¡Para vivir la vida que estaba viviendo!

Llegó el día esperado, el día señalado, el marcado años antes. El día en el que todo acabaría. Toda la oscuridad compartida, la tenebrosidad y el frío constantes, todo lo hasta entonces vivido desaparecería. Y a pesar de contar con la oportunidad, dio media vuelta y desechó la oportunidad de partir. Permaneció en aquella habitación. No quiso salir. No quiso que murieran sus sueños de libertad.

Relato – Compañeros de viaje

Aquí estoy, de pie, con la cabeza encogida entre el gorro y la bufanda, con las manos en los bolsillos del abrigo, esperándote en la estación, como cada mañana desde hace semanas. Me gusta llegar antes  que tú y estar unos minutos buscándote con la mirada, perdiéndola en el camino que recorres hasta llegar a mí. Te veo a lo lejos, acercándote despacio. Vienes con tu ritmo pausado, evidenciando que el frío del ambiente no te afecta en absoluto. En ocasiones te detienes y te entretienes antes de entrar en la estación, y aun así todos los días consigues llegar a la misma hora. Te paras frente a mí, y sonrío al mirarte, tu presencia cercana me relaja. Entonces un pensamiento atraviesa fugaz mi mente y por un momento pienso en ser rebelde, en dejarte hoy marchar sin mí, pero no me atrevo. No lo sabes, nunca te lo he dicho, pero sería incapaz de hacerlo; no me lo puedo permitir. Al tocarte logro sentir en mis manos el frío de esta oscura mañana de invierno, pero sabiendo que cuando apoye mi espalda en ti me darás el suficiente calor como para poder cerrar los ojos y evadirme. En ocasiones incluso me llego a dormir así, y consigo que el camino a la oficina me resulte bastante más placentero. Tengo la fortuna de contar contigo prácticamente hasta la puerta del trabajo, porque nos separamos a escasos veinte metros de la entrada al edificio. Creo que voy a echarte de menos cuando me arreglen el coche.