Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Este año me he portado muy bien y he obedecido mucho (a mi mujer, que es ahora quien me da las órdenes en lugar de mis padres). Como he sido tan bueno me gustaría que me trajeran una lista de (muchos) contactos. Me bastaría una similar a la del Pequeño Nicolás, que la vi anunciada en la televisión y me parece muy completa.

Teniendo muchos contactos habría mucha gente que compartiría este blog en las redes sociales, que compartiría las entradas que escribo con sus amigos, los cuales a su vez lo compartirían con los suyos (sé que no todos, obviamente no puedo gustarle a todo el mundo), y así habría mucha gente que sentiría curiosidad por mi libro, seguramente muchos comprarían un ejemplar para su estantería, otros seguro que lo adquirirían en PDF para leerlo en su tablet o ebook, y quizás también hablarían de él y lo compartirían.

Posiblemente hasta llegara a ser un número 2 en ventas (no quiero ser el 1, que eso conlleva muchas responsabilidades) y pudiera permitirme editar y publicar “69 historias más tras tu DNI”, con una portada mucho más molona, que a la gente no le termina de convencer la actual, fruto de un arduo trabajo con MS Paint.

Quiero que entiendan sus majestades que me llenaría de orgullo y satisfacción comprobar que todo el mundo disfruta de mi humilde obra, y es por eso que les escribo esta carta.

Esperando se haga realidad mi único deseo para el 2015, y prometiendo ser igual de bueno (o más incluso) el año que viene, me despido deseándoles un feliz viaje por todo el mundo cumpliendo la ilusión de todos los que les escriben cartas (que no son solo niños).

PD. Si ven que lo de la lista se complica, me basta con el primer premio en el Sorteo del Niño.


Si te gusta lo que escribo y quieres comprar mi libro, puedes hacerte con una copia en PDF por solo 1 euro pinchando en estas letras, o con una en papel por 8 euros pinchando en estas otras letras.

Ordenadores en huelga

Hay dos maneras de no trabajar en una oficina de expedición de carnés, pasaportes y tarjetas de residencia. Una, la más básica, consiste en ser un vago o un caradura y dejar que los demás hagan el trabajo por uno. Quizá esta opción la ciudadanía la nota menos que el resto de compañeros, porque al final todo el mundo queda atendido.

La otra genera más impotencia, porque es aquella en la que los ordenadores deciden (por algún motivo) no trabajar. Esa no depende de uno mismo y es la que más inconvenientes ocasiona. Dentro de esta opción puede que un ordenador escoja de manera puntual declararse en huelga, con lo que cualquier otro ordenador o compañero puede concluir el trabajo empezado. Pero como se vengan abajo todos a la vez se crea un problema.

Y se crea porque es un inconveniente que no depende de la oficina ya que es a nivel nacional, y en ningún sitio del país se puede trabajar. Se crea porque los problemas de este tipo no suelen solventarse en 10 minutos, sino más bien en un mínimo de media hora. Se crea porque parece que se corre la voz y empiezan a llegar ciudadanos y a acumularse en espera de ser atendidos. Se crea porque parece que sólo se da los días en los que la cosa parece estar bastante entretenida. Pero sobre todo se crea porque nosotros nos enteramos al mismo tiempo que los ciudadanos a los que atendemos.

Si hay algún tipo de aviso, nos llega cuando llevamos más de 20 minutos sin poder trabajar, con lo que resulta bastante inútil. Afortunadamente, ante una situación de este tipo el ciudadano por norma general es comprensivo y no se enoja demasiado. Además, yo siempre suelo hacer todo lo que está en mi mano por la persona a la que atiendo, así que si tiene prisa le ofrezco atenderle otro día que le venga bien. Si no la tiene procuro darle conversación para que la espera se le haga más llevadera. Al fin y al cabo, es algo que no depende de mí y ante lo que poco puedo hacer. Sólo desear que la próxima vez que vuelva a ocurrir no haya ciudadanos a la espera.


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69 entradas tras tu DNI

Después de casi tres meses y medio hemos alcanzado las mismas entradas que historias tiene el libro sobre el cual gira un poco este blog. 69 cosas contadas, 69 días amaneciendo con un nuevo caso.

Creo que es un buen momento para explicar por qué 69 y no otro número. Soy consciente de que quizá se trata de un número tirando a corrientito, que parece que tiene una cifra al revés, y que no dice tanto como 50 ó 100, que son como más redondos. De hecho, pasaría desapercibido si no fuera porque es él único que deja satisfecho a todo el mundo, sin excepción.

Y yo que soy de naturaleza jocosa, utilizo siempre el doble sentido de palabras y expresiones y me gusta dejar a la gente con buen sabor de boca, pensé que era el ideal para afrontar el tema del carné. Porque reconozco que es un trámite pesado a menos que el funcionario que te toque de llevarlo a cabo se encargue de otra cosa. Y doy fe de que a ninguno le pagan un sobresueldo por showman ni por payasete, así que muchos optan por ejecutar el trámite sin pena ni gloria. Si yo soy uno de ellos tendréis que descubrirlo en mi oficina o en mi libro. O en el blog.

Para engrandecer mi ego diré que intento sacar una sonrisa del ciudadano que tengo delante prácticamente siempre. Sé que hay casos en los que me cuesta, y en los que la otra persona no lo permite. Pero si lo consiguiera en el 100% de los casos sería digno de estudio. Así que al menos con este otro punto de vista, intento hacer entretenido lo que a priori es aburrido.

Si lo consigo o no, creo que lo tenéis que decir vosotros. Los que me leéis.


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De vacaciones

Mi religión me tiene prohibido trabajar estando de vacaciones. Y si no trabajo no tengo historias que contar. Así que supongo que mientras no esté en mi puesto de trabajo, sino disfrutando de mi familia en mi periodo vacacional, lo único que puedo ofreceros es mi libro en versión PDF y en versión papel, para que lo compréis, lo leáis, os divirtáis y lo recomendéis. Y para que os lo dedique si me lo dejáis.

Además, ahora hasta el día 10 de este mes, el envío del libro en papel sale gratis usando el código FM303.

El lunes vuelvo por aquí. Descansad de mí unos días que tampoco viene mal. 🙂

Aléjate más

Para hacer según qué cosas es necesario tener valor. Como tirarte por un puente atado a una cuerda, ir al banco a media mañana, saltar desde un avión con un paracaídas en la espalda, ir a un centro comercial un sábado por la tarde… Pero si hay una que se sitúa por encima del resto (junto a alguna otra, no digo yo que no) es acudir una oficina repleta de policías abrazado a una mujer o a un hombre con el cual se tiene vigente una orden de alejamiento.

¿A qué se debe esto? ¿Qué se pretende demostrar? Cuando uno denuncia por malos tratos a alguien y después se presenta con ese alguien ante las personas que le tomaron declaración, ¿en qué se está pensando exactamente? ¿Intentan averiguar si van a ser capaces de engañar a los policías?

Hay muchas formas de solventar una discusión: dormir en el sofá, irse de casa un tiempo, hablarse mediante notitas en la nevera… Denunciar es ir un paso más allá. Y hacerlo porque supuestamente ha habido maltrato de por medio (físico o psicológico) es algo a catalogar como grave. Si se ha producido una reconciliación, ¿por qué no se retira la denuncia antes de aparecer por allí de la mano? ¿Se piensan que nadie se dará cuenta? ¿Acaso era todo mentira? Al final uno ya no sabe qué pensar, sobre todo después de ver a gente que lo pasa realmente mal en situaciones similares. Creo que no se debería denunciar a la ligera, y que si se llega a ese punto, una reconciliación es lo menos indicado.

Y ahí me encuentro yo intentando renovar la documentación del denunciado (y en ocasiones también denunciante) y pidiéndole amablemente que cambie su domicilio primero si quiere llevar a cabo el trámite, e intentando que comprenda que si no quiere ser detenido debe separarse de la persona con la que tiene vigente una orden de alejamiento, independientemente de que ahora se lleven mejor o peor. Eso si vienen solos, porque si lo hacen acompañados de la persona denunciada, un agente aparece y amablemente se los lleva para contarles cómo deben hacerse las cosas. O para enseñarles detalladamente la planta de las personas malas.

El hecho de obligarles a cambiar la dirección para renovarse la documentación o incluso de darse una vuelta por los calabozos es un escarmiento que se ganan a pulso. Hay cosas con las que no se puede bromear.


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A criterio del protocolo

Hay una cosa que perjudica tanto a funcionarios como a ciudadanos: la falta de protocolo. Si todos los trámites tuvieran unas normas o unas reglas específicas que no pudieran dejar lugar a la ambigüedad, no habría muchos de los problemas que hay. Cuando por pereza, por ignorancia, o por desidia de quien corresponde no se dictan las normas a seguir para hacer una cosa, todo queda en última instancia a criterio del funcionario.

Generalmente se trata del que está más abajo, para que si alguien debe cargar con las implicaciones de las decisiones tomadas, nadie corra peligro salvo el último eslabón de la cadena. Esto implica que cada cuál decida lo que crea que es lo adecuado sin que tenga por qué ajustarse por completo a lo que realmente es lo adecuado, gracias a la diversidad de criterios existente entre distintas personas y a la interpretación de la norma de cada uno.

Además, no creo que sea óptimo dejar la toma de decisiones sobre determinados trámites en manos de una persona que es posible que no esté lo suficientemente preparada, que no lo tenga entre sus funciones y que además no lo lleve en el sueldo. Aunque para los de arriba eso sea lo más fácil por los problemas que se quitan de encima.

Las fotografías deben ser recientes para poder usarlas en el DNI. ¿Qué es reciente, un día, un mes, un año? El sistema obliga a cambiar la foto si la que está almacenada tiene más de dos años. Entonces, ¿no se puede coger una foto con dos años y una semana? ¿Tanta diferencia hay? ¿En qué momento se ha producido un cambio sustancial en el aspecto de la persona? ¿Cuándo el color del fondo de una fotografía deja de ser lo suficientemente blanco como para que no sirva? Como no está regulado, se decide según el criterio del funcionario que atiende. Y siempre es de lo más dispar.

Un documento necesario para realizar la renovación de la documentación tiene una caducidad de tres meses. ¿Tres meses o 90 días (parece igual pero no es lo mismo)? Si tiene 95 días, ¿hay que mandar al ciudadano a por otro (y hay algunos documentos que tardan en conseguirse varias semanas)? ¿Hay que ser tan estricto? Según la ley, sí. Y aunque a la gente no le parezca demasiado bien, no hacer lo que dice la norma implica saltársela. Y si hay algún funcionario que no quiere hacerlo está en todo su derecho, por todo lo que ello conlleva. Lo único que tendría que hacer la gente es comprenderlo. ¿O alguien se saltaría las normas de su empresa por un desconocido?


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Qué guapa está mi niña

Toda primera vez de algo es afrontada con bastante expectación, máxime cuando se tienen muchas ganas de vivir la experiencia. Con el primer DNI ocurre lo mismo, y se acentúa cuanto más pequeños son quienes van a obtenerlo. Para los padres también es un momento especial, y estoy seguro de que hay alguno que estaría encantado de poder llevarse el momento en vídeo.

Supongo que será la costumbre, o que es mi trabajo, pero para mí es una situación más. Notas la ilusión de los padres y de las madres, sobre todo de estas últimas, pero vivirlo desde dentro no es igual. Y me imagino que será por lo bonito del momento, por el hecho de ver a sus hijos escribir su nombre con esas letras de tamaño tan dispar, o porque a los pequeños támbién les hace ilusión. El caso es que llega un punto en el que algunas personas se olvidan de que no les están haciendo el carné de la piscina, sino el de identidad.

En muchas ocasiones, cuando termino de escribir y digo: «Por favor, revisen en la pantalla los datos que acabo de introducir y díganme si hay algún error para subsanarlo antes de continuar«, la reacción de esas madres ilusionadas es responder con una voz un tanto melosa: «Ay mi niña, mira qué bonita está mi princesita, y cómo ha puesto su nombre, qué mayor…» Yo espero un rato a que se les pase el momento Mimosín y si no obtengo una respuesta adecuada vuelvo a preguntar si están bien los datos. «Ah, sí, los datos… Están bien«. ¿Están bien? ¡Pero si ni los ha mirado! A menos que lea como Cortocircuito ni ha podido verificar nada, ni sabe si me he confundido o no. Y puede que tenga un récord mundial sin registrar en eso de confundirme…

Consecuencia: más tarde en casa sí que leen los datos de verdad, comprueban que según el carné su hija vive con el vecino de abajo, vuelven para modificarlo y me toca reñirles. No es que pase continuamente porque generalmente yo leo mientras ellos también lo hacen, pero me asalta una gran duda. ¿Por qué no me hicieron caso cuando les pregunté si todo estaba bien (varias veces)? Se habrían ahorrado un par de viajes extra a la oficina. Supongo que, aunque menos útil, era más bonito ver la foto y la firma de su niña. O el número que le había tocado.


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La última hora

La última hora del día laboral es, por definición, ese momento diario que todos estamos deseando que llegue. Independientemente del lugar que ocupemos. Es muy común, sobre todo en la que gente que tiene una urgencia (ya abordaré las urgencias con más detalle), que me digan lo siguiente: «Es que necesito el carné ya, si ahora estáis con las citas, me puedo pasar a última hora para que me lo hagáis«. ¿Qué clase de deducción ha obtenido el ciudadano? ¿Cuál ha sido el razonamiento seguido para llegar a esa conclusión?

Cuando yo le expongo a la gente que «para poder atenderle debemos vaciar la sala de personas con cita y mientras haya citados hay que atenderles primero, con lo cual no puedo asegurarle nada» quiero decir exactamente eso. Supongo que la parte de no poder asegurar nada no les gusta mucho, por eso la filtran y piensan otra solución. Si tenemos un sistema de citas, sería lógico pensar que éstas están mientras podemos atender a la gente. Si no hay citas, hacemos otro trabajo. O no, porque somos funcionarios y por norma general estamos de brazos cruzados viéndolas venir.

Pero lo que de verdad me llama la atención es que piensen que a última hora será más fácil atenderles. ¿Por qué? Un hipermercado no deja entrar a nadie a 10 minutos del cierre de puertas, aunque sólo vaya a por un cartón de leche… por si acaso. ¿Por qué nosotros íbamos a ser distintos? Puede ocurrir un incidente, o un contratiempo, o incluso que vengan todas las personas citadas a esa última hora. ¿Qué se supone que deberíamos hacer, horas extra sin cobrarlas? Seguro que ellos por mí no lo harían en su trabajo. Y aunque a menudo parezca otra cosa, yo no soy más tonto que nadie.


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Yo quiero un NIE

Soy consciente del hecho: si uno nace en un país y vive durante 30 años en él, acaba pensando que es de allí… aunque no lo sea. Si un matrimonio español (los dos o uno de los integrantes al menos) abandona España instalándose en otro país, tienen y crían a sus hijos en él, y sólo vuelven a España de vacaciones, ¿qué pueden pensar los hijos? Pues si se trata de una familia poco comunicativa, pensarán que son del país donde han vivido toda su vida. Independientemente de que tengan un pasaporte español.

Dicho sea de paso, me parece el colmo de lo paradójico pensar que uno es extranjero teniendo un documento identificativo español. ¿Qué es lo que hace a uno pensar eso? ¿Haber vivido fuera toda su vida? ¿Hablar español con acento? ¿Saber más cosas del país donde residen que de España? Con todo esto, no es raro (y cuando digo que no es raro es porque en un año me ha ocurrido dos veces) que un buen día llegue una persona hasta mi mesa y me diga:

– Buenos días, venía a hacerme un NIE. Es que me lo ha pedido el notario para el tema de una herencia.
– ¿Pero quiere usted la tarjeta de residencia?
– No, el notario me ha pedido sólo el NIE.
– ¿Pero qué necesita usted exactamente, el número? ¿Vive usted aquí?
– No, yo vivo fuera.
– Entonces es sólo el número. Déjeme su DNI o pasaporte.
– Tome el DNI. Y el pasaporte se lo doy ahora mismo.
– No me hace falta, con el carné ya me vale.
– No, que me lo he traído también por si acaso. Tome.
– Disculpe, señora… Este pasaporte es español.
– Claro que sí.
– ¿Cómo que claro que sí? ¿Usted qué nacionalidad tiene?
– Pues española.
– Y si usted es española, ¿para qué quiere un NIE?
– Porque me lo ha pedido el notario.
– Pero es que yo no le puedo dar un NIE, que es un número para extranjeros, a un ciudadano español… Como mucho le podemos hacer el DNI.
– ¡Pero es que el notario me dice que sin NIE no puedo hacer lo de la herencia!
– ¿El notario sabe que usted es española? ¿Usted se lo ha dicho? ¿Le ha enseñado su pasaporte español?
– No se lo he enseñado, no.
– Es que si el hombre ha visto la tarjeta de residencia del país donde reside, que no es el carné de identidad de allí aunque usted me lo haya dado como si lo fuera, lo mismo se piensa que no es española. Vaya usted al notario, dígale que es española y que le tramite la herencia con su pasaporte. Y si no, obtenga un DNI para ello.

Toda su argumentación se basa en que se lo ha pedido el notario. Si un día a los notarios les da por pedir un deportivo descapotable para empezar a tramitar las cosas, se dispara la venta de coches. Espero que no se den cuenta del filón que tienen estos señores. ¿Cómo es posible que la mujer no sepa qué nacionalidad tiene? Y lo que es peor… ¿cómo es posible que sus hermanos y hermanas tampoco lo sepan? ¿Tan distanciada está la familia? ¿Han quedado sólo para cobrar y luego volverán a no verse? Me pregunto si cuando España gana algún campeonato en algún deporte, también cantan «Yo soy español, español, español«.


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Eso no lo pone

Si hay algo que caracteriza a las personas es que resulta prácticamente imposible que se equivoquen. Siempre que algo salga mal será por culpa de otro, por difícil que parezca. Cuando se le pide a alguien un documento que no trae (por indicar algo común, el libro de familia para hacerle el pasaporte a un menor de edad), casi siempre surge la misma frase, no sé si por ver si cuela, para eximirse de cualquier culpa o error, o para inculpar a los malditos funcionarios que siempre le hacen la vida imposible al pobre y atareado ciudadano: «¡Pero bueno! ¡Es que no pone en ningún sitio que haya que traer eso!»

¿Dónde no lo pone? ¿En la etiqueta de los cereales? ¿En la página de Toni que la última vez que la actualizó aún andábamos con las pesetas? ¿En las páginas elegidas al azar de los resultados obtenidos al teclear en el buscador «Papeles necesarios para el pasaporte del niño«? ¿Se ha señalado que es para un menor de edad? ¿Se ha buscado la información en la página oficial (la del Ministerio del Interior)? Generalmente no, pero en ocasiones ocurre que obteniendo todo de forma correcta y del sitio adecuado, lo que no se hace bien es leer.

Sin embargo, lo peor no es tener que demostrarle al ciudadano que no ha sabido buscar o leer. Lo peor es aguantarse las ganas de ridiculizar ante sus hijos a aquéllos que me hablan con tanta soberbia que se les sale por la boca:

– Es que eso no lo pone en ningún sitio, siempre estáis igual de verdad.
– Disculpe, pero no tiene por qué hablarme así…
– Pero para qué me pides eso, a ver, si nosotros ya tenemos pasaporte y DNI.
– Porque necesitamos comprobar la relación de parentesco o tutela, y sólo aparece ahí, en una partida de nacimiento, o en una resolución judicial. E intuyo que lo más fácil de llevar encima es lo primero.
– Mira, yo he mirado lo que hace falta y eso no sale en ningún lado.
– Sin discutirle lo que ha mirado usted, en la página oficial sí que sale.
– Vamos a ver, es que yo he mirado la página oficial y he sacado de ahí lo que hace falta, ¿sabes? Mira.
– No es necesario que me lance el papel. ¿Usted ha leído bien lo que pone?
– Pues claro.
– Pues por favor, lea en voz alta lo quie pone en este párrafo (señalando con el dedo).
– Necesitarán libro de famili…
– Puede seguir leyendo si quiere.
– Vale, o sea que no me lo queréis hacer. Pues nada, a perder otro día de trabajo, otro día de clase… Así va este país.

Resulta que sí lo pone, que no ha sabido leer o entender lo que leía y curiosamente la culpa es mía porque no quiero saltarme la ley, digo porque no se lo quiero hacer. Al menos siempre habrá un funcionario disponible a quién echarle la culpa de todo. Especialmente al llegar a casa.


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