Viaje del viernes #32

Viaje del viernes

En la era digital es bastante común que las máquinas nos den más de un susto. Corrijo… Generalmente nos los dan quienes las manejan, que no siempre son lo espabilados que desearíamos. Y es que cuando todo va bien cualquiera es listo, pero donde se ve la inteligencia y capacidad de operación y resolución de cada uno es cuando algo no sale como debería. ¿Y qué se hace en ese caso, arreglar el problema, dar una solución? No hombre, no. Eso implica trabajo. Se le echa la culpa al funcionario y que lo resuelva él, que para eso me pagamos el sueldo entre todos. Y es que es posible tener el mismo número de DNI que otro, pero no es frecuente. Al menos no tanto como las empresas y organismos creen. 

Ayer vino una persona apurada a la oficina. Venía del banco, tenía su DNI en regla, pero le habían denegado una operación porque “su DNI lo tenía otra persona“. Y digo yo, si el ciudadano le está enseñando su carné al amable comercial del banco, ¿por qué éste insiste en que lo tiene otro? ¿Es que no lo ve? ¿Tan borrosa es la foto que lleva impresa? Ya me imagino la conversación:

– (Comercial) ¿Y dice usted que quiere un crédito de 2000 euros?
– (Ciudadano) A ver si pudiera ser.
– Permítame su DNI.
– Tome.
– A ver… Siete, tres, uno, cuatro, dos, cero, tres… ¡Pero bueno!
– (Asustado) ¿Qué ocurre? ¿Me han vaciado la cuenta? ¿Me han robado?
– Sí, ¡pero la identidad! Supongo que usted no será María Rosa, ¿verdad?
– Pues más bien no.
– Es que su DNI lo tiene otra persona.
– Sí, usted. Se lo acabo de dar.
– Que no, hombre. Me refiero a que su número de DNI lo tiene otro que no es usted.
– Pero es que eso es imposible porque yo tengo este número desde el 72, compréndame. Usted no había nacido siquiera.
– Pero es que lo dice el ordenador, no yo. Y las máquinas ya sabe usted que nunca se equivocan.
– ¿Y qué hago?
– Vaya usted a la oficina donde los hacen, y que allí le den el suyo de verdad.

Y así es como tengo ante mí al pobre caballero, preguntándose por qué María Rosa tiene un carné como el suyo y si tendrá muchas deudas que le puedan solicitar que salde. No sea que además de no darle el dinero le piden más. Lo que ocurre en el 99% de los casos es que en la base de datos del lugar donde le han reportado el problema al ciudadano han cometido un error al guardar el número de la otra persona y tienen que arreglarlo allí. Nosotros le damos un papel al ciudadano donde pone que ese número es suyo y con eso se las tienen que arreglar en el otro sitio.

Lo confieso: yo también tengo los dedos gordos. Pero antes de aseverar barbaridades de ese tipo me cercioro completamente de que no he sido yo el que se ha equivocado y de que los datos de esa persona no están bien almacenados. Después, si yo no puedo modificar nada como imagino que sería el caso del señor del banco, ya sí que intento que un tercero solucione el entuerto. La conclusión positiva que obtengo de casos como este es que no sólo la Administración Pública tiene trabajadores incompetentes.

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Viaje del viernes #31

Viaje del viernes

Hay niños nerviosos, en ocasiones muy nerviosos. Eso a veces produce que se vuelvan desobedientes y que lo que era “estate quieto en la silla hasta que nos vayamos” ellos lo procesan como “corre cuanto quieras por aquí y grita si te apetece, vamos“. Suenan parecido pero son un poco distintas. La mayoría de los padres (sí, a mí también me sorprende que no sean todos) se ponen un poco nerviosos y avergonzados y riñen a sus pequeños y les hacen la amenaza que ellos creen ideal: asustarles con el policía más cercano. Y eso no es, ni de lejos, lo más óptimo.

Muchos padres no lo saben, pero hay amenazas que no se deberían realizar. Cuando van a un lugar lleno de policías, es difícil contener las ganas de decirle a los pequeños revoltosos que uno lleva consigo algo como “que el señor policía os encierra en el calabozo, ¿eh?“. Hay progenitores que son un poco más sutiles y lo acompañan de un “como os portéis mal“. ¿Mejora lo anterior? Yo diría que no mucho, pero al menos los pequeños no tienen la sensación de ser llevados a saber a qué cuarto oscuro y en qué condiciones simplemente por poner el pie en la silla. Porque al fin y al cabo, ¿dónde está la vara de medir el hecho de ‘portarse mal‘?

A los niños, sobre todo si son pequeños, por mal comportamiento hay que amenazarles con no ver los dibujos, tener un baño rápido y sin entretenimiento, no jugar a la consola… Pero no con meterles miedo si ven a unos policías. Porque puede darse el caso de que un día ese menor se pierda, y que cuando vea a un policía se aleje de él por miedo a lo que éste le pueda hacer, a pesar de que lo evidente sería que se le aproximara para que le ayudase a encontrar a sus padres.

Hay que recordar que los policías son los buenos, y de los buenos nadie debería tener miedo.

Viaje del viernes #30

Viaje del viernes

Llega el momento del día que todo trabajador espera con impaciencia, esos minutos que, si todo ha ido como debe, se convierten en los “minutos de la basura”, la ansiada y deseada hora de cerrar y marcharse a casa. Y de repente, la puerta se abre y entre jadeos (o no), suspiros (o no) y cara dura (o no) se abren paso una o varias personas solicitando ser atendidas como si acabáramos de abrir. Esto, ¿en base a qué se produce? ¿Quizá por que no llevan reloj? ¿Quizá porque el de la puerta no ha hecho bien su trabajo? ¿Quizá porque a última hora sólo viene mal tener trabajo en el suyo propio?

La última hora del día laboral es, por definición, ese momento diario que todos estamos deseando que llegue. Independientemente del lugar que ocupemos. Es muy común, sobre todo en la que gente que tiene una urgencia (ya abordaré las urgencias con más detalle), que me digan lo siguiente: “Es que necesito el carné ya, si ahora estáis con las citas, me puedo pasar a última hora para que me lo hagáis“. ¿Qué clase de deducción ha obtenido el ciudadano? ¿Cuál ha sido el razonamiento seguido para llegar a esa conclusión?

Cuando yo le expongo a la gente que “para poder atenderle debemos vaciar la sala de personas con cita y mientras haya citados hay que atenderles primero, con lo cual no puedo asegurarle nada” quiero decir exactamente eso. Supongo que la parte de no poder asegurar nada no les gusta mucho, por eso la filtran y piensan otra solución. Si tenemos un sistema de citas, sería lógico pensar que éstas están mientras podemos atender a la gente. Si no hay citas, hacemos otro trabajo. O no, porque somos funcionarios y por norma general estamos de brazos cruzados viéndolas venir.

Pero lo que de verdad me llama la atención es que piensen que a última hora será más fácil atenderles. ¿Por qué? Un hipermercado no deja entrar a nadie a 10 minutos del cierre de puertas, aunque sólo vaya a por un cartón de leche… por si acaso. ¿Por qué nosotros íbamos a ser distintos? Puede ocurrir un incidente, o un contratiempo, o incluso que vengan todas las personas citadas a esa última hora. ¿Qué se supone que deberíamos hacer, horas extra sin cobrarlas? Seguro que ellos por mí no lo harían en su trabajo. Y aunque a menudo parezca otra cosa, yo no soy más tonto que nadie.

Viaje del viernes #29

Viaje del viernes

Hay profesiones que son totalmente opuestas a la de ser un funcionario raso. Una de ellas es la de Notario. A un señor notario se le respeta, se le hace caso, se le obedece, y no se le contradice. Ni siquiera se le falta al respeto ni se discute lo que cuenta, por muy descabellado que parezca. Sin embargo, hay veces que los pobres se equivocan y es el momento de decirles que lo están haciendo, porque no pueden pedir cosas imposibles por mucho que quieran. En nuestra mano está saber hacerles ver lo correcto.

Soy consciente del hecho: si uno nace en un país y vive durante 30 años en él, acaba pensando que es de allí… aunque no lo sea. Si un matrimonio español (los dos o uno de los integrantes al menos) abandona España instalándose en otro país, tienen y crían a sus hijos en él, y sólo vuelven a España de vacaciones, ¿qué pueden pensar los hijos? Pues si se trata de una familia poco comunicativa, pensarán que son del país donde han vivido toda su vida. Independientemente de que tengan un pasaporte español.

Dicho sea de paso, me parece el colmo de lo paradójico pensar que uno es extranjero teniendo un documento identificativo español. ¿Qué es lo que hace a uno pensar eso? ¿Haber vivido fuera toda su vida? ¿Hablar español con acento? ¿Saber más cosas del país donde residen que de España? Con todo esto, no es raro (y cuando digo que no es raro es porque en un año me ha ocurrido dos veces) que un buen día llegue una persona hasta mi mesa y me diga:

– Buenos días, venía a hacerme un NIE. Es que me lo ha pedido el notario para el tema de una herencia.
– ¿Pero quiere usted la tarjeta de residencia?
– No, el notario me ha pedido sólo el NIE.
– ¿Pero qué necesita usted exactamente, el número? ¿Vive usted aquí?
– No, yo vivo fuera.
– Entonces es sólo el número. Déjeme su DNI o pasaporte.
– Tome el DNI. Y el pasaporte se lo doy ahora mismo.
– No me hace falta, con el carné ya me vale.
– No, que me lo he traído también por si acaso. Tome.
– Disculpe, señora… Este pasaporte es español.
– Claro que sí.
– ¿Cómo que claro que sí? ¿Usted qué nacionalidad tiene?
– Pues española.
– Y si usted es española, ¿para qué quiere un NIE?
– Porque me lo ha pedido el notario.
– Pero es que yo no le puedo dar un NIE, que es un número para extranjeros, a un ciudadano español… Como mucho le podemos hacer el DNI.
– ¡Pero es que el notario me dice que sin NIE no puedo hacer lo de la herencia!
– ¿El notario sabe que usted es española? ¿Usted se lo ha dicho? ¿Le ha enseñado su pasaporte español?
– No se lo he enseñado, no.
– Es que si el hombre ha visto la tarjeta de residencia del país donde reside, que no es el carné de identidad de allí aunque usted me lo haya dado como si lo fuera, lo mismo se piensa que no es española. Vaya usted al notario, dígale que es española y que le tramite la herencia con su pasaporte. Y si no, obtenga un DNI para ello.

Toda su argumentación se basa en que se lo ha pedido el notario. Si un día a los notarios les da por pedir un deportivo descapotable para empezar a tramitar las cosas, se dispara la venta de coches. Espero que no se den cuenta del filón que tienen estos señores. ¿Cómo es posible que la mujer no sepa qué nacionalidad tiene? Y lo que es peor… ¿cómo es posible que sus hermanos y hermanas tampoco lo sepan? ¿Tan distanciada está la familia? ¿Han quedado sólo para cobrar y luego volverán a no verse? Me pregunto si cuando España gana algún campeonato en algún deporte, también cantan “Yo soy español, español, español“.

Viaje del viernes #28

Viaje del viernes

Hay cosas que no se pueden esconder por mucho que uno quiera. Una de ellas es la ruborización. Si algo te da vergüenza te pones como un tomate quieras o no. Da igual que lleves barba de una semana o maquillaje extremo. Se te nota el tono rojo ketchup a la legua. Otra es la bipolarización. Cuando uno ‘es bipolar‘, se nota, porque tan pronto está contento como triste, o da besos como insultos. Esto es así, y hay alguno que puede dar fe de ello, supongo que por su alto conocimiento en medicina.

Hace tiempo que me pregunto por qué estoy enfadado y alegre en cuestión de segundos, por qué cuando mi mujer me pregunta si tengo hambre le respondo un amoroso “Sí, cariño” y cuando acto seguido me consulta qué me apetece comer le contesto con tono agrio y sólo dos palabras: el nombre de la comida y una palabra malsonante. Ayer una amable ciudadana tuvo a bien solucionar mi dilema, por supuesto sin ser consultada: soy bipolar.

La verdad es que intuía algo, pero supongo que no quería darme cuenta. Un compañero me buscó los síntomas y resulta que los cumplo: tengo dificultad para dormir (gracias a mis dos pequeños, todo sea dicho), hablo muy rápido de cosas muy distintas (también de lo mismo), me creo capaz de hacer muchas cosas a la vez (por eso empiezo tantas y no acabo ninguna), hago cosas arriesgadas (como confiar en la gente de inicio), tengo problemas para concentrarme (sobre todo si estoy viendo la tele o frente al PC), me olvido mucho las cosas (aquí soy el campeón nacional seguro) y me siento cansado y sin energía (quizá por la primera razón, la de dormir poco).

Resulta que a media mañana, esperando la siguiente cita, levanté la mirada y vi sentadas frente a mí una mujer joven y otra no tan joven. Deduje que eran las siguientes en la lista y me dispuse a atenderlas:

– Hola, buenos días. ¿Para qué venían ustedes?
– No, no. Estamos esperando a su compañera.
– (Mi compañera) Yo estoy ocupada, él les puede atender.
– No, no, esperamos a usted.
– (Mi compañera) No es cuestión de elegir, los dos hacemos lo mismo y él les atenderá igual.
– Yo no quiero con este señor porque mi hija vino dos veces con él y vino a casa llorando porque es bipolar.
– (Mientras me levantaba indignado y enfadado conteniendo mi repentina furia y las ganas de mandarlas a su país de procedencia) Es verdad, yo sólo atiendo a bipolares. De las personas normales se encarga mi compañera. Así que, compañera, o las atiendes tú o se van a casa igual que han venido: sin nada. Ahora una cosa le digo señora, no tendría que entrar a los sitios faltando el respeto a la gente sobre todo si no lo han hecho con usted primero. Aunque claro, para eso hace falta educación. Y no todo el mundo la tiene.

Cuando mi compañera las atendió le contaron que la joven vino a la oficina el año pasado para documentarse. Tal y como estaba la ley de extranjería en ese momento, si un ciudadano de su nacionalidad no había trabajado en 2011 necesitaba solicitar una autorización de trabajo para obtener el Certificado de Registro de Ciudadano de la Unión (el NIE para los amigos). Como no había trabajado, le indiqué dónde podía ir para obtener la autorización y lo que debía solicitar. O que también podía esperar al posible cambio de ley en enero. No debió venirle bien mi solución. Volvió al poco tiempo con documentos de trabajo de su madre para que ella le diera el derecho a obtenerlo, pero tampoco había trabajado en 2011. De nuevo no se podía hacer nada. Le dije lo mismo y eso tampoco debió gustarle.

Ayer trajeron todo lo que le pedí en su momento y con él cambio de ley de enero se pudo hacer lo que querían. Y mi compañera les explicó por qué no lo hice yo en su momento. La madre alegó que su hija no le contó, que no lo entendió, que no sabía bien… Excusas. ¿Para eso me molesto en intentar ayudarle (dos veces)? Fue una de esas ocasiones en las que pienso que atender con sonrisas y buenas maneras no lleva a ninguna parte. Menos mal que se me pasa pronto.

Supongo que tuvo un momento de culpabilidad y antes de marcharse vino a disculparse. Debí mandarla a su casa sin más, pero no lo hice. Sí que le dije que su hija era una mentirosa, que gracias a personas como ella se me quitaban las ganas de ayudar a la gente, que deberían tener más educación, y que no le guardaría rencor. Y en nada mentí: ¡le estoy dedicando una entrada! A ver si va a resultar que verdaderamente soy bipolar…

Viaje del viernes #27

Viaje del viernes

Hay muchos trabajos distintos. Y no todas las personas valen para cualquiera de ellos. Reconozco que para atender al público tienes que valer. No todos están preparados para esa tarea. Pero también es cierto que hay que ser humilde, y si para algo no se sirve, se pide el cambio a otra cosa. ¡Será por trabajo! Y si además de atender al público hay que hacer un filtro de personas, la cosa de descontrola, porque el trabajador necesita ser bastante más eficiente. Pero el ser humano es cómodo (sí, algunos más que otros), y resulta más sencillo dejar que los demás hagan nuestro trabajo y tener tranquilos los días en el curro, se hace. Que son muchos a lo largo del año.

Sé que hay muchas personas a las que no le gusta discutir. Comprendo que es muy duro tener que pelearse con la gente por los mismos motivos una y otra vez, un día tras otro. Entiendo que en un momento dado no apetezca aguantar las rabietas de quienes no entienden las explicaciones de las negativas que se le están dando. Pero lo que no me entra en la cabeza es que para evitar eso se utilice por decreto la opción de ‘pasarle el marrón al de dentro‘. Sobre todo cuando el día menos pensado necesitan un favor del de dentro (curiosamente) y le dicen “Ey, compi, necesito…” Vamos a ver, ¿para pedir un favor es un compi, y para recibir el marrón no? ¿O es que esa es la mejor manera que tiene de tratar a los compis?

Hay dos luchas en las que mis “compañeros de la puerta” (afortunadamente no todos ellos) ya no entran: la gente que viene sin cita y los que vienen cuando se ha cerrado al público. Y es que ya no quedan “compañeros de la puerta” como los de antes. Antaño, si yo le decía a alguno de ellos: “Por favor, si viene alguno sin cita mándale a casa o que venga otro día porque entre los de vacaciones y los enfermos hoy estamos bajo mínimos“, esa mañana no entraba nadie sin cita. Ni siquiera a preguntar.

Ahora, con tal de no tener que aguantar a la gente con frases como “Es que es sólo una preguntita“, “Es que tengo una urgencia“, “Es que me corre mucha prisa“, “Es que mi vida depende de la renovación de este DNI“, “Es que puedo esperar hasta última hora para que me lo hagan” (que este es otro tema que ya trataré), “Es que son sólo 2 minutos y me voy“… les dicen a todos los que llegan: “Pase y que dentro se lo solucionen“. Alegría.

Da lo mismo que nosotros estemos también saturados de personas a la espera. Lo importante es que el problema ya no está en sus manos. Así, siempre llega alguno con una urgencia y para contarme su historia me entretiene sin poder seguir atendiendo, con lo cual crece el tapón de gente que espera. Otras veces lo que ocurre es que se cierra al público para seguir realizando gestiones administrativas con los expedientes que se han ido tramitando a lo largo de la mañana. Sin embargo, hay gente que desea entrar estando cerrado, y por no estar debatiendo entre la hora que es, las personas que hay dentro, y por qué otros sí pueden y ellos no, reciben la misma frase: “Pase y que dentro se lo solucionen“. ¿Por qué? ¿Tan difícil es repetir “Lo siento señor/a, hemos cerrado, vuelva usted mañana“?

Si alguien viene cuando está cerrado, lo hace por dos motivos: o no tiene cita, o llega bastante tarde. Si atiendo al ciudadano que acaba de pasar el filtro de la puerta, pierdo más tiempo discutiendo con él indicándole que vuelva otro día que escuchando lo que quiere contarme. Sobre todo porque vienen con la frase aprendida: “Es que su compañero de la puerta me ha dejado entrar y me ha dicho que le pregunte a usted“. Y el tiempo perdido en cualquiera de los dos casos anteriores no lo dedico a los trámites que tengo pendientes, con lo cual se me genera una maravillosa acumulación de trabajo. ¿Por qué tengo que hacer yo lo que deberían hacer otros? ¿Sólo porque para ellos es más cómodo? Trabajamos en la misma oficina, somos compañeros. Por el bien de todos, dejemos apagado el ventilador.

Viaje del viernes #26

Viaje del viernes

Vivimos corriendo, estresados. Eso nos hace actuar de forma rápida para todo. Para caminar, para pensar, para actuar, para leer… Sí, leemos rápido. Los que lo hacemos, claro. y en ese momento de leer rápido, lo poco que nos puede ocurrir es que nos equivoquemos en lo que leemos, añadiendo información que no existe o filtrando otra que sí está. El problema es que, aun después de habernos equivocado, nos cuesta mucho asumir y reconocer que lo hemos hecho. Porque parece que en esta vida, el que se equivoca es tonto para siempre. Y muchos no están dispuestos a permitir eso.

Si hay algo que caracteriza a las personas es que resulta prácticamente imposible que se equivoquen. Siempre que algo salga mal será por culpa de otro, por difícil que parezca. Cuando se le pide a alguien un documento que no trae (por indicar algo común, el libro de familia para hacerle el pasaporte a un menor de edad), casi siempre surge la misma frase, no sé si por ver si cuela, para eximirse de cualquier culpa o error, o para inculpar a los malditos funcionarios que siempre le hacen la vida imposible al pobre y atareado ciudadano: “¡Pero bueno! ¡Es que no pone en ningún sitio que haya que traer eso!

¿Dónde no lo pone? ¿En la etiqueta de los cereales? ¿En la página de Toni que la última vez que la actualizó aún andábamos con las pesetas? ¿En las páginas elegidas al azar de los resultados obtenidos al teclear en el buscador “Papeles necesarios para el pasaporte del niño“? ¿Se ha señalado que es para un menor de edad? ¿Se ha buscado la información en la página oficial (la del Ministerio del Interior)? Generalmente no, pero en ocasiones ocurre que obteniendo todo de forma correcta y del sitio adecuado, lo que no se hace bien es leer.

Sin embargo, lo peor no es tener que demostrarle al ciudadano que no ha sabido buscar o leer. Lo peor es aguantarse las ganas de ridiculizar ante sus hijos a aquéllos que me hablan con tanta soberbia que se les sale por la boca:

– Es que eso no lo pone en ningún sitio, siempre estáis igual de verdad.
– Disculpe, pero no tiene por qué hablarme así…
– Pero para qué me pides eso, a ver, si nosotros ya tenemos pasaporte y DNI.
– Porque necesitamos comprobar la relación de parentesco o tutela, y sólo aparece ahí, en una partida de nacimiento, o en una resolución judicial. E intuyo que lo más fácil de llevar encima es lo primero.
– Mira, yo he mirado lo que hace falta y eso no sale en ningún lado.
– Sin discutirle lo que ha mirado usted, en la página oficial sí que sale.
– Vamos a ver, es que yo he mirado la página oficial y he sacado de ahí lo que hace falta, ¿sabes? Mira.
– No es necesario que me lance el papel. ¿Usted ha leído bien lo que pone?
– Pues claro.
– Pues por favor, lea en voz alta lo quie pone en este párrafo (señalando con el dedo).
– Necesitarán libro de famili…
– Puede seguir leyendo si quiere.
– Vale, o sea que no me lo queréis hacer. Pues nada, a perder otro día de trabajo, otro día de clase… Así va este país.

Resulta que sí lo pone, que no ha sabido leer o entender lo que leía y curiosamente la culpa es mía porque no quiero saltarme la ley, digo porque no se lo quiero hacer. Al menos siempre habrá un funcionario disponible a quién echarle la culpa de todo. Especialmente al llegar a casa.

Viaje del viernes #25

Viaje del viernes

Soy consciente de que pagar las tasas del DNI es un rollo. No ya por el hecho de pagarlas, como casi cualquier cosa en este mundo, sino por tener que abonar algo que te obligan a tener y que tú no solicitas. Sin entrar en lo mucho o poco que pueda solucionarnos la vida en multitud de ocasiones estar un poco organizados e identificados. Pero yo no tengo la culpa, básicamente porque yo no pongo los precios. Por eso, no lograba entender a la gente que se iba sin pagar.

Ayer me volvió a ocurrir. Uno confía en las buenas intenciones de los demás, en sus posibles despistes, en que quizá no han oído nada en las tres veces que se le ha solicitado… Si encima yo luego me distraigo hablando, que me pasa a menudo, ya tengo el lío montado.

Da lo mismo cuántas veces pida la tasa a la gente. Siempre hay alguien que es sordo, no entiende la palabra ‘euros‘, o es sinvergüenza sin más. Me resulta asombrosa la capacidad de abstracción de la gente. Cómo son capaces de escuchar que les pido el DNI, una foto reciente, y filtran la parte correspondiente al importe. Y eso que lo pido todo seguido y en cuanto se sientan. Del alto porcentaje de personas con problemas auditivos cuando se les solicita el dinero, muchos de ellos cuando les digo por segunda o tercera vez que me tienen que pagar, me responden asombrados: “Es verdad, que me lo has dicho antes“.

Bueno, después de cinco años aún me pregunto por qué si me han escuchado no me pagan al momento. Imagino que con lo que se pretenden ahorrar (unos 10 euros más o menos) haciéndose los locos y esperando que se me olvide se podrán montar un negocio o dar la entrada para un piso. Seguro que en la carnicería no lo hacen, con el señor que les atiende armado hasta los dientes con un hacha tan afilada que podría partir un pelo en dos. Eso debería tener yo colgado en la pared de mi espalda, un hacha bien afilada. Obviamente no podría usarla, pero al menos asustaría.

Lo que no saben es que a cada dos personas como mucho paso lista de las cuentas precisamente por mi despiste. Y cuando descubro quién se ha marchado sin pagar le llamo para que vuelva a abonarme la tasa. El trabajo es doble para los dos, yo porque tengo que molestarme en localizarle y ellos porque tienen que volver a la oficina. ¿No sería más fácil que lo hicieran bien desde el principio y nos ahorrábamos tiempo todos?

Viaje del viernes #23

Viaje del viernes

Durante mi etapa de atención al público traté con muchos miles de personas (así por encima, unas 28000). Y he de reconocer que no todas eran malas, ni buscaban saltarse la ley o la norma, ni procuraban engañarme para lograr sus propósitos. Lo típico eran personas que no estaban ni en ese extremo ni en el contrario, y que por lo tanto no eran suficientemente interesantes para dedicarles unas palabras en mi sitio. Sin embargo, al igual que los había desagradables, también los había encantadores. Y mucho. Y a esos tampoco podía sacarles el jugo de forma individual, porque sería pecar de presuntuoso, parecería que soy el funcionario perfecto. Pero sí que me dieron para una entrada.

Tengo que reconocer que no todo el mundo quiere mentirme. No toda la gente tiene el día cruzado y se desfoga cuando llega a mi puesto. No todos los ciudadanos vienen con la intención de sacarme una entrada para el blog.

Por ellos, por lo que me traen justo lo que les he pedido (y a veces hasta ordenado) e incluso más por si acaso, por el pequeño que llega mirándome con desconfianza y se marcha tirándome un besito, por la persona que me dedica una sonrisa al despedirse, por el ciudadano que se echa unas risas mientras espera que termine de grabarse su DNI, por quien me lanza un sincero “muy amable, ojalá hubiese más como tú en la Administración“, por la familia que disfruta del trámite de renovación de los carnés, por la persona que acude desanimada y se va con una sonrisa en la cara…

Por los que me pagan voluntariamente cuando ven que no les he pedido el dinero y me estoy despidiendo de ellos, por el pequeño que se marcha contento al haber recibido un súper regalo (su nombre escrito con letras para colorear sobre un papel blanco) por haberse portado bien, por la gente que me dice “ojalá sigas aquí cuando me toque venir a renovar de nuevo“, por las personas que me reconocen por la calle y me paran para hablar conmigo y preguntarme qué tal estoy, por los que me indican que les he devuelto de más en el cambio…

Porque cada día descubro que siempre hay alguien dispuesto a hacerme pasar un rato agradable, alguien que me saca una sonrisa con la suya, alguien honrado que no se aprovecha de mis despistes, alguien que se ha sentido cómodo conmigo y al que no le importaría repetir otra vez la siguiente vez que sea atendido… Supongo que no lo saben, pero todas estas personas a mí también me alegran la mañana (o la tarde), me hacen sentir que trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí y me hacen pensar que merece la pena seguir siendo como soy porque hay personas que lo valoran y lo reconocen.

Viaje del viernes #21

Viaje del viernes

A menudo he pensado que en el blog y en el primer libro que escribí doy la sensación de ser perfecto, de no meter la pata nunca, de tener en posesión la verdad más absoluta y que todos lo demás están equivocados. Nada más lejos de la realidad. Yo cometo fallos. Muchos. Todos lo hacemos. Pero no todos nos equivocamos con las mismas cosas. Y la experiencia que he adquirido haciendo las cosas me ha servido para que me resulte más complicado fallar en según qué ocasiones. Y aun así he hecho alguna barbaridad más de una vez.

Equivocarse es de humanos. Todos lo hacemos en mayor o menor medida. Y lo mejor es que eso nos hace menos máquinas. Sería todo demasiado aburrido si fuéramos perfectos. Y a pesar de que tanto en el libro como en el blog doy la sensación contraria, errar es algo que hago a menudo. Yo también cometo fallos, pero a mi favor diré que lo hago de forma totalmente involuntaria, o porque es la información que me han transmitido a mí. Pero siempre con la mejor de mis sonrisas. A la hora de equivocarme y a la de reconocer mi error. Eso también provoca que los ciudadanos se lo tomen de mejor humor y comprendan que todos podemos equivocarnos (alguno hay que es perfecto en todo lo que hace o que sus errores no tienen consecuencias, imagino que tienen una vida vacía o un trabajo estéril). Quizá también influya el hecho de darles un trato preferente para subsanar el error y ponerles todas las facilidades a mi alcance para ello.

Coger papeles caducados, solicitar un documento que no es necesario, indicar una fecha de caducidad errónea en una tarjeta de residencia (generalmente la fecha del día en que se expide, con lo que cuando llega de la fabricación ya está vencida), cambiar el domicilio dejando la misma localidad que había aunque ésta también haya cambiado, citar para recoger la documentación un día en el que la oficina está cerrada, devolver menos dinero del correspondiente en el cambio o poner algún dato mal al hacerle el primer DNI a alguien son algunos de mis “logros“. No los cometo con frecuencia, pero sí que he incurrido en ellos a lo largo de mi carrera como funcionario.

Obviamente no son errores para despedir a nadie, pero lo que peor llevo es que alguien tenga que darse un nuevo paseo a mi oficina por un fallo que he cometido yo. Es un viaje que nadie le va a compensar y además por algo que no ha hecho. Entiendo que es el precio a pagar por el puesto que tengo. Y es que no es lo mismo el error de un cirujano dejando mal cosido un órgano que el de un jugador de baloncesto que no anota el tiro que realiza en un partido. Afortunadamente para mí, la mayoría de las personas son condescendientes.