Pasos de peatones

Los pasos de peatones están sobrevalorados por los viandantes y demasiado infravalorados por los conductores. En el primero de los casos, creo que hay personas que piensan que unas rayas blancas en el suelo dan superpoderes a quienes las pisan. Por eso algunos en cuanto las ven desde la acera se lanzan a ellas sin importarles en exceso los vehículos que puedan venir a ambos lados de las mismas.

Por otro lado, creo que los conductores cuando ven unas líneas blancas paralelas pintadas en el suelo de lo único que se preocupan es de si hay un badén con ellas o no, no vaya a ser que dejen maltrechos los bajos de sus coches. Y algunos ni eso, porque parece que usan los badenes para practicar los saltos que dan los coches en las persecuciones de las películas americanas.

Estos días he podido comprobar que si hay algo que hace la gente cuando se va de vacaciones a Benidorm es saltárselos, infringiendo así las normas de circulación. Quizá porque como no es su pueblo no piensan que pueda verles ningún conocido. O quizá porque creen que es el momento para sentirse los dueños de la carretera, ya que los otros once meses no pueden.

Sin embargo, he de decir que a mi vuelta a la rutina eso también ha seguido ocurriendo. No sé si porque no han cambiado aún el chip, o porque el resto del mundo les importa un comino. Más bien será lo segundo, porque si no, no entiendo cómo puede haber conductores que los pasen sin detenerse y encima algunos de ellos estén hablando por el teléfono móvil. Que para hacer un completo sólo les falta tirar una colilla por la ventanilla y tocar el GPS al tiempo que hacen lo anterior.

De todas formas, de estas maravillosas personas yo sólo espero una cosa: que si algún ser humano despistado cruza correctamente por un paso de cebra mientras alguno de esos insensatos se lo intenta saltar, ambos pertenezcan a la misma familia. Así todo queda en casa.


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Lluvia de colillas

La palabra lluvia suele ir acompañada de buenos pensamientos. Si yo pienso en la lluvia como tal, me viene a la mente una imagen de gotas deslizándose por un cristal y el sonido del agua al caer en la oscuridad de la noche (como si no lloviese de día). Pero si en lugar de ir sola se acompaña de estrellas, es algo que también agrada. Es una grata sensación tumbarse en un lugar sin iluminación, abrir los ojos y contemplar cómo bailan las estrellas.

Sin embargo, hay una compañía que puede hacer que la lluvia se deteste: las colillas. El problema no es que sea feo ver caer una, sino que más bien es desagradable a la par que peligroso. Otro inconveniente es que, al contrario de las otras, nunca sabes cuándo va a ocurrir una. Un coche, un autobús, un viandante, un balcón, una ventana, cualquier sitio es factible para que se produzca una lluvia de colillas.

La semana pasada iba andando por la calle y por delante de mis ojos pasó una a gran velocidad. Encendida, por supuesto. Me cogió tan desprevenido que no tuve tiempo de pedir un deseo siquiera. Si no llego a tener la suerte de verla, posiblemente me la hubiera llevado puesta de sombrero. Con lo mal que huele el pelo quemado…

El problema es que ese no es un caso aislado. Este fin de semana he tenido el infortunio de ver otra, en las fiestas patronales de un pueblo. Estaba sentado en la terraza de un bar, viendo cómo la gente bailaba en la plaza del pueblo con la música. Tenía el carrito de mi bebé a mi lado, puesto de forma que ella tampoco se perdiera detalle y yo no la perdiera de vista. Y de pronto, mientras miraba cómo se reía viendo a la gente bailar, vi pasar un objeto a toda velocidad al lado de su cara y rozando el carro.

Al mirar al suelo, el proyectil había sido una colilla encendida. Miré de dónde podía proceder y vi cómo un señor de espaldas al carrito ni se había molestado en mirar hacia dónde la lanzaba. Supongo que pensó que donde cayera estaría bien, porque al fin y al cabo los barrenderos tenían que ganarse el sueldo. ¿Y si le dan al carrito y lo queman? ¿Por qué tengo que ir con un carrito marcado si no lo he pedido? Peor aún, ¿y si le dan a mi bebé en una mano, en la cara, en un ojo? ¿Qué se supone que debería hacer en ese caso, saltarle a él otro de un puñetazo para compensar?

¿Por qué la gente es tan incívica? ¿No se dan cuenta del daño que pueden causar tirando un cigarrillo encendido? Al entorno, al campo, a otras personas… Soy consciente de que a muchos les importa bien poco el prójimo y lo que les rodea. Pero, ¿por qué no lo hacen en sus casas, en una papelera llena de papeles? Así no ensucian la calle y tendrían la ocasión de asistir a unas fallas en primera fila, algo que además es bonito de ver. Quizá porque soy medio valenciano.


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Ponte en mi lugar

Hay algo que el 99% de la gente prácticamente nunca hace, pero que si lo hiciera el mundo iría mucho mejor: ponerse en la piel del otro. Reconozco que es algo complejo: hay que tener mucha imaginación para hacer real algo que no es, hay que pensar cómo serían las cosas si fueran opuestas a como son, hay que pasar a un punto de vista totalmente distinto, y generalmente habría que pensar en que es otro el que sale beneficiado en lugar de uno mismo. Y esta última parte la mayoría de las personas no quieren ni imaginarla.

Algo de falta de empatía (por llamarlo así) fue lo que presencié ayer. Me metí en el ascensor del tren para bajar al vestíbulo, junto con tres personas. Mientras entraban los últimos vi a lo lejos a una chica correr hacia el ascensor. La última persona en entrar pulsó el botón de la planta a la que íbamos. Cuando se empezaron a cerrar las puertas, todos en el ascensor vieron a la chica venir corriendo.

En ese instante había dos personas junto al panel de botones del ascensor. Una joven que se dio la vuelta para no mirarla, pensando seguramente que si hacía como que no la había visto tendría menos culpa, y un señor mayor que cuando la chica llegó y pulsó el botón de apertura de puertas sin éxito exclamó un «¡Uh!«, sin saber si quiso decir «Uh, menos mal que no ha llegado» o «Uh, te quedas fuera por lenta«.

¿Tanto costaba pulsar el botón para que las puertas se abrieran y que la chica entrara? ¿Tan importantes son 20 segundos (lo que tardan las puertas en abrirse y volver a cerrarse) en sus vidas? ¿No merecía una recompensa el esfuerzo que hizo la pobre muchacha? ¿Cómo le sentaría a esas dos personas que les hicieran lo mismo? Ni se lo plantean porque seguramente no se ha dado el caso. Pero el día que pase, estoy convencido de que echarán pestes de las personas que no les abran. Porque seguro que ellos sí se lo merecen.


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Historias del suburbano

El transporte público está lleno de historias. La mayoría son para no dormir, porque dejan en evidencia la falta de educación de la que goza una gran parte de la sociedad.

Una de ellas puedo comprobarla todas las mañanas. Llega el tren al andén (como dirían los Cantajuego) y la situación que se produce hace que a uno le entren ganas de soltar collejas a mansalva y, sin parar, empalmar con el día siguiente. A pesar de haber carteles por doquier que solicitan amablemente (doy fe de ello porque soy de los pocos que los ha leído, si los demás los leyeran, por vergüenza torera actuarían de distinta forma) que dejen salir antes de entrar, la gente se aglutina en la misma puerta del vagón como si en vez de salir yo fuera a hacerlo un futbolista de la Selección. Imagino que por eso hay veces que al verme se desilusionan y vienen hacia mí como para arrollarme. Como si yo tuviera la culpa de no ser muy, muy rico por no hacer prácticamente nada en la vida, tan solo deporte.

Pero las hay peores. Hay personas que además de hacerte subir de nuevo al vagón cuando te quieres bajar, una vez lo invaden (los primeros, no sea que al entrar haya algo que repartir y a ellos no les llegue) se quedan pegados en la puerta, como si ésta tuviera un campo gravitatorio propio. ¿Cómo pretenden que los que hay detrás de ellos entren? ¿Y en estaciones sucesivas? Porque la gente que suele hacer eso encima no se baja en la siguiente parada, sino que se queda otra, y otra, y otra… Yo creo que se quedan ahí para mirar el paisaje a través de la puerta, como los niños pequeños. Los túneles también tienen su encanto.

Aunque los que me rematan son quienes creen que están en su casa, y se sientan con los brazos bien abiertos para sujetar un libro de bolsillo, ocupando así tres asientos, que para eso han pagado el billete. O los que se sientan en el suelo con las piernas estiradas, o directamente se tumban como si estuvieran en la playa. Algún ciudadano he visto tropezar por intentar saltarles y sortearles.

Lo que no logro entender es la clase de educación que les dieron sus padres, si es que lo hicieron. Quizá sí, y se esforzaron mucho, y si supieran lo que hacen sus hijos renegarían de ellos o les molerían a palos. Que por muy mayor que sea un hijo, un padre siempre es un padre.

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Creerse alguien (y 3)

Esta sociedad tiene una élite de ciudadanos que siempre van un escalón por encima de los demás. No es que sean más inteligentes, ni más capaces. Sólo tienen más dinero. Y con eso, tienen un puesto de trabajo acorde a esa situación que les da todavía más dinero, y que obviamente no se han ganado por méritos propios, sino por los de un familiar, un amigo o una persona a la que han hecho un favor (como dejarle parte de su dinero para solucionar un problema) en determinado momento de su vida. ¿Qué genera esto? La conocida división de clases.

Afortunadamente, en la silla de los ciudadanos de mi puesto no existe tal división. Todos los que llegan tienen dos ojos, una boca, una nariz, dos brazos y dos piernas (en el 99% de los casos), y eso les hace bastante similares. Estoy convencido de que algunos tienen menos cerebro, pero como es algo que no veo, no puedo asegurarlo a ciencia cierta. Cuando me ha tocado atender a uno de estos tipos «importantes«, con varios me he llevado una ingrata sorpresa al verificar lo que pensaba de ellos, en especial si he tenido que mandarle a por un papel, o a por nuevas fotografías:

– ¿Qué pasa? ¿No me quieres hacer el DNI?
– Sí, pero me tiene que traer los documentos necesarios para ello, si no me resulta imposible.
– (Con prepotencia) ¿Tú sabes quién soy yo?
– (Leyendo su DNI, que sé que eso le va a fastidiar tras el tono en que me ha preguntado) Sí, Pepito Pérez Perez.
– (Indignado) ¿No sabes quién soy? Pues ya verás como dentro de poco lo sabes. ¡Pero bueno! Se va a enterar todo el mundo de que no me quieres hacer el DNI.
– No, disculpe. Que se entere todo el mundo de que usted quiere hacerse el carné sin cumplir lo que sí cumplen el resto de ciudadanos, que es lo que verdaderamente ocurre. No se confunda.

Supongo que el dinero y la vergüenza y la educación no caben en el mismo sitio, y cuando se tiene más de uno se tiene menos de las otras, y a la inversa. Es por eso que toda esa gente demuestra lo que tiene a espuertas y, al mismo tiempo, de lo que carece. Y que erróneamente se cree que puede hacer lo que desee con dinero. Al menos en mi puesto.

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Fanfarrón Tipo 1
Fanfarrón Tipo 2


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Creerse alguien (2)

Hay varios tipos de personas con los que no puedo, es superior a mis fuerzas. Uno de esos grupos es el de los personajes públicos que utilizan el factor de salir en televisión para intentar aprovecharse de algo que en condiciones normales (si no le conociera ni el Tato, vamos) no podrían.

El problema es que salir por la tele no va ligado a tener educación. La gran mayoría de estos personajes no son conscientes de que por el simple motivo de estar todos los días en las casas de millones de personas mucha gente les conoce. Lo peor es que también es muy elevado el número de ciudadanos que les consideran un modelo a seguir, así que supongo que por ello deberían comportarse siempre de forma ejemplar. Por eso no entiendo cómo puede darse el caso de que un personaje público acabe sentado en mi mesa (no es que ocurra con frecuencia, pero a veces ha pasado) y cuando le digo que las fotos que me trae no le sirven porque son demasiado antiguas, me diga:

– ¿Que no me valen las fotos?
– No, lo siento. Necesito que tengan menos de dos años, estas tienen más de cinco.
– ¿Pero cómo me haces esto?
– ¿Yo? No le he hecho nada todavía.
– ¿Es que no sabes quién soy?
– Sí, acabo de leerlo en su DNI.
– ¿No me conoces? ¿Es que no sabes que salgo en televisión?
– ¿Y qué quiere decir, que eso le da derecho a hacer lo que quiera saltándaose la norma que cumplen los demás ciudadanos que no aparecen en ella? Lo siento, pero como no se haga unas fotos nuevas yo no le puedo renovar el carné.

¿Qué se ha creído? ¿Piensa que porque todo el mundo que le ve a diario sepa su nombre ya merece un respeto especial? ¿Qué ha hecho en la vida para ello? ¿Ha descubierto la vacuna a alguna enfermedad mortal? Sólo por vender sus intimidades al mejor pagador, o por gritar despotricando de otros que lo hacen, o por cantar en un estudio donde sintetizan tanto la voz que en un concierto parece que canta otro, o por salir en alguna película o serie nacional, no se posee un nivel mayor al de otro ciudadano. Es el problema que tienen algunos famosos, que se les sube a la cabeza; como el alcohol. Por eso hay tantos que se emborrachan de fama y acaban como acaban.

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Fanfarrón Tipo 3


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Creerse alguien (1)

Hay tres tipos de fanfarrones en esta vida: los que se creen alguien por ser personas con un cargo de determinada responsabilidad social, los que se creen alguien por ser personajes públicos, y los que se creen alguien por conocer a otra persona que teóricamente se encuentra dentro de alguno de los dos anteriores.

Si tengo que elegir, estos últimos son los peores, porque no sólo no son nadie en la vida, sino que se creen que pueden llegar a ser en algún momento alguien más importante que yo, pero sin que dependa de ellos mismos. En su gran ignorancia piensan que por deberle un favor a la persona que conocen podrán subir su mísero estado social. Pero seré positivo: al menos su ego sí que sube. Y eso ya es algo, no debe ser fácil tenerlo cada día a la altura del tobillo.

Lo peor de esta clase de personas es que, como ocurrió con una señora que vino ayer, cogen cita a una hora a la que saben que no van a llegar porque 15 minutos después de la misma tienen que recoger a la persona que se va a hacer el DNI del lugar donde se encuentra. Lo que conlleva llegar a la cita 25 minutos tarde (como poco) y en el peor de los casos a 5 minutos del cierre. Y cuando se le explica que no se le puede atender por la hora que es y por lo que se ha retrasado, responde con una soberbia fuera de lo normal: «Es que he recogido al niño ahora mismo del colegio, pero bueno, si no me hacéis caso… Ya llamaré a Pepito Alto Rango para decirle que he venido y no me habéis querido escuchar, ni hacer caso, ni el carné, ni nada. ¿No le conoces? Es el jefe de aquí«.

¿Me está amenazando? ¿Pero qué se ha creído esa descendiente directo del orangután? ¿Piensa que me asustaré por eso? ¿Se cree alguien? No es más que una persona mediocre que no ha sido capaz de hacer algo en la vida por lo que se le reconozca algún tipo de mérito, y que además pretende usar el de otro (que no sé si ha hecho algo meritorio pero que al menos es un jefe). ¿Y por ser yo una persona de rango bajo necesito darle un trato preferencial? Lo siento, pero así no funcionan las cosas. Al menos no conmigo.

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Quien la sigue la consigue

Hay personas que creen que siendo pesadas consiguen las cosas. Supongo que a veces es así, pero también depende de a quién se las pidan, y de las condiciones que se den para que pueda pasar. Ayer vino una mujer que no debió coger bien la cita, porque según ella tenía para cuatro hijos pero según el sistema no tenía para nadie. Y entre que me dio un poco de lástima que viniera cargada con toda la tropa de niños, que confíé en que me estaba diciendo la verdad, que no había nadie en la sala y que soy medio bobo, le cogí a un par de chicos para tramitarles el carné al tiempo y que no se fuera con las manos vacías.

Una persona normal les habría mandado para casa directamente porque era última hora. Le insistí en que no le podía asegurar que le fuera a hacer el DNI a ninguno más, y que mientras llegaran los citados no podría atenderles a ellos. En ese momento, además de no escucharme la mujer se aprendió tres frases que me recitó fácilmente 40 veces (prometo que no exagero) hasta que se marcharon todos: «Me los va a hacer todos ya que estás, ¿verdad?«, «¿Por qué no vas cobrándolos todos y que te firmen y eso que tenemos hecho?» y «Anda, atiéndeme a mí ya que has empezado que no tardas nada«.

¿Se pensaba que cobrándolos y teniendo las firmas no les iba a decir que no les atendía llegado el momento? ¿Por qué la gente se piensa que realmente no se tarda nada en hacer un carné? De ser así, se harían miles todos los días, porque no llevaría tiempo alguno… La diferencia básica entre ella y yo es que la frase que yo habría repetido 40 veces sería «Gracias por atenderme sin cita y a última hora«. Quizá porque yo soy menos persona y agradezco según qué cosas.

No sé si el día que repartieron la vergüenza esa señora faltó, o desconoce y le importa bien poco el significado de la palabra empatía. No sé si está acostumbrada a considerar que las demás personas sean menos que ella porque sí, o si echa horas extra en su trabajo sin cobrar porque le parece lo adecuado. Pero por más que le repetí que tendría que haberse ido a casa sin conseguir nada y que se estaba llevando al menos la mitad, ella sólo tenía el cerebro activado para sus tres frases.

Al final, entre que algunos citados no vinieron y que la última familia no trajo fotos y era demasiado tarde para conseguir unas, accedí a hacerles el carné a los dos que faltaban. Encima tuvo suerte, y al cerrar se fue consiguiendo lo que había venido buscando. Todo lo demás le importaba bien poco. ¿Qué yo tenía que trabajar más porque ella quería llevarse todos los carnés? Que me den, para eso soy funcionario. ¿Que los demás se iban sin atender y tenían que volver por atenderla a ella? Que les den. Ella tenía preferencia, que para eso era… ella.


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Si lo sé llego tarde

Hay gente que vive estresada. Sé que el ritmo que se lleva a diario no contribuye a vivir de forma pausada y tranquila, pero tampoco hay que subirse por las paredes a las primeras de cambio. Y eso es lo que le pasó ayer a una ciudadana que vino a renovarse el DNI. Mientras atendía a la persona que tenía sentada, llegó ella y después lo hizo otro señor con sus niños. Sin percatarme de cuándo había llegado cada uno, procedí a llamar por la lista a los que tenían cita 20 minutos antes, por si llevábamos algún retraso ya que habíamos tenido problemas con los ordenadores y no sabía si íbamos o no en hora. Cuando se levantó el señor con los niños la señora se puso a gritar: «¡Pero bueno, si lo sé llego tarde! ¡Ése (totalmente despectivo) ha llegado después de su hora y ya le están atendiendo, y yo llevo un rato aquí y no me llaman! Yo no sé a qué hora hay que venir aquí para que te atiendan bien«. Aunque me entraron ganas de decirle alguna cosita, me mantuve al margen y no respondí. Hice caso omiso a sus palabras.

Supongo que la mujer no se quedó lo suficientemente tranquila, porque un minuto más tarde (dos a lo sumo) fue atendida y al compañero que le atendió sin darle las buenas tardes le soltó un: «Oye, ¿a qué hora hay que venir aquí para que te atiendan bien y antes que los que llegan tarde?«. Yo no quise seguir escuchando, me pareció que iban a mantener una conversación tan surrealista que no merecía la pena dedicarle ni un segundo más de mi preciado tiempo.

¿Se paró a pensar la mujer en el tipo de pregunta que hizo? ¿Se paró a pensar que tan sólo tuvo que esperar uno o dos minutos para ser atendida? ¿Se paró a pensar que desconocía los motivos por los que llamé a los retrasados y que no podía penalizarles a pesar de haber llegado tarde ya que no lo sabía? ¿Se paró a pensar que no puedo estar haciendo un control con las cámaras de vigilancia para ver si cada ciudadano ha llegado a su hora o quién ha llegado primero? ¿Se paró a pensar?


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