El listo de la carretera

En todos los lugares hay un listo. En clase, en el trabajo, en la familia, en una reunión de vecinos o de padres (en éstas siempre suele haber más de uno)… Los listos son aquellas personas que se creen mejores que las demás porque hacen cosas para su propio beneficio, que no hace el resto, al tener menos educación, menos vergüenza, o menos empatía. Pero si hay uno especialmente peligroso es el listo de la carretera. Prácticamente en todas las carreteras secundarias hay alguno, y en las grandes autovías es donde se mueven en mayores cantidades. Reconocerles es bastante fácil, y no porque tengan todos un modelo de coche concreto o conduzcan de una forma determinada, que posiblemente también. Más bien se les distingue por la manera de actuar en determinadas situaciones, sobre todo en el momento de salir de las vías por las que circulan.

Estos listos son aquéllos que, cuando en dichas salidas se producen retenciones por la ingente cantidad de coches que desea abandonar a la vez la vía principal, llegan por el carril izquierdo (o el central) de dicha vía principal, o incluso por el arcén (que es mucho peor), a gran velocidad y adelantando a la larga hilera de coches que se ha formado. Después, frenan en seco en los últimos 10 metros parando así el tráfico que les sigue y se arriman todo lo que pueden a la escasa distancia de seguridad que guardan los coches de su derecha, con el fin de ir metiendo la parte delantera del suyo entre ambos. Imagino que mientras realizan esta peligrosa acción piensan «Serán idiotas estos cenutrios que esperan la cola, si se colaran como hago yo no esperarían. Si es que soy más listo…»

Cuando me toca sufrir algún listo que intenta meterse delante de mi coche (porque a estos se les ve venir de lejos), intento acercarme lo máximo posible al coche de delante para que entienda que si de mí depende no entra. Si ocurre varios coches por delante y algún despistado les deja pasar sólo puedo preguntarme cosas. ¿Por qué no esperan la cola durante el tiempo que sea menester como hacemos todos los demás? ¿Es que piensan que su tiempo vale más que el mío? ¿Acaso creen que estamos parados haciendo una larga caravana porque no tenemos nada mejor que hacer? ¿No se dan cuenta de que si todos fuéramos así de listos colapsábamos la vía al completo?


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Gorrilla

Hay algo que me puede (entre otras muchas cosas, la verdad), y es la gente caradura. Los hay de diversos tipos, los más comunes (porque los vemos todos los días en los medios de comunicación) relacionados con la política. Pero el tipo que me tocó la moral el pasado fin de semana no fue uno de esos (que lo hace al diario). El del otro día fue un gorrilla. El gorrilla es ese señor, que bien podía ser un político, que quiere obtener dinero por no hacer nada. Simplemente por hacer acto de presencia. Como un funcionario de la vieja escuela.

Resulta que llegamos a una plaza con aparcamientos de zona azul. Era un hueco estrecho, por lo que me bajé del coche para ayudar a mi mujer a aparcar. En ese momento apareció de entre los coches un señor que aparentemente no visitaba la ducha desde hacía alguna semana que otra. Sin embargo, preferí quedarme con la duda y no quise acercarme a él para comprobarlo. Mientras le hacía gestos a mi mujer me dijo: «Ese es muy estrecho, ahí arriba tengo dos más anchos«. Le respondí: «No te preocupes, muchas gracias. Si no quieres no hace falta que le indiques, ya me había bajado yo para eso, gracias«. Me espetó muy serio un: «No, no«. Y siguió haciendo indicaciones porque debía de ser que las mías no eran lo suficientemente claras. Lo mismo le estaba indicando en catalán y no me estaba dando cuenta.

Mi mujer aparcó, bajó, sacamos a los niños y él seguía ahí, frente a nosotros, mirando como si quisiera participar. Que me daban ganas de decirle: «Si también nos quieres ayudar, hazle el payaso a la niña a ver si deja de llorar«. Obviamente, lo que quería no era ayudar, sino cobrar por el trabajo que acababa de realizar. Rebusqué en lo más profundo de mi cartera y delante de él la volqué para que cayeran todas las monedas. Aunque no le daba para mucho, no se quejó. Vio que había hecho todo lo posible para pagar adecuadamente su salario.

Partimos y yo me quedé pensando en la cara tan dura que tenía aquel tipo. ¿Qué es eso de que tiene dos aparcamientos? ¿Acaso se los ha robado al alcalde? Porque hasta donde yo sé la zona azul la maneja el Ayuntamiento… ¿Se ha comprado el terreno de las plazas y las regula a medias con él? Lo único que tenía el sinvergüenza ese era más cara que espalda. Además, si yo ya estaba ayudando a mi mujer gratis, ¿por qué tenía que entrometerse para encima cobrar por ello? ¿Quién se lo había pedido? Pensé en negarme varias veces pero, ¿cuál habría sido el precio a pagar por mi parte si se me llega a ocurrir quitarle el sueldo? ¿Encontrarme el coche destrozado a la vuelta?


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Gente vaga

Hay personas que, por su naturaleza, son perezosas. Les cuesta hacer las cosas quizá más que a alguien más activo. Estas personas se pueden poner unas cinco alarmas para levantarse por las mañanas, y sólo lo hacen cuando un brazo les empuja de la cama antes de que suene una sexta.

Los hay que son vagos, y que por no levantarse del sofá a por un vaso de agua a la cocina prefieren pasar sed hasta que alguien se cruza por delante de ellos y le dicen:

– ¿Vas a la cocina?
– No.
– Bueno, pues cuando vayas tráeme un vaso de agua, por favor. Pero sin prisa, aguanto hasta que vayas.

Y por encima de todo los hay vagos, sinvergüenzas y maleducados, todo en uno. Y esos son los peores, por la parte de carencia de ética que demuestran. Y es que por muchas vueltas que le dé no logro entender qué es lo que lleva a una persona a llegar cargada con una o varias bolsas llenas de basura, o con cinco o seis cajas de cartón vacías, al lugar donde se introduce esto, y dejarlo todo allí tirado en la calle, alrededor de los contenedores donde deberían haber depositado lo que llevaban.

Recuerdo que antiguamente uno tenía que abrir el contenedor donde iba a tirar la basura. De unos años a esta parte, y seguro que por este tipo de personas que dejan la basura amontonada, tienen un pedal para que solo con pisarlo se abra de par en par y se puedan meter las bolsas con facilidad. Pues bien, ni aun así son capaces de hacer las cosas como es debido. Yo me pregunto, ¿por qué no dejan la basura en su casa y se ahorran todo el esfuerzo del transporte? Si es por no vivir con congéneres que puedan asomarse al rico aroma de mucha basura acumulada, ¿por qué no la abandonan en su portal? Así se evitan el paseo hasta los contenedores y solo indignarían a sus vecinos de bloque en vez de a todo un vecindario.


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Dar ejemplo

Todos los que somos padres, desde el mismo momento en que lo somos nos convertimos además en otra cosa: un ejemplo. Desde muy bebés, nuestros pequeños no dejan de mirarnos y ver lo que hacemos para intentar repetirlo. Que seamos un buen o un mal ejemplo para ellos depende única y exclusivamente de nosotros.

Yo tengo claro que no soy el padre perfecto, pero tampoco lo pretendo. Solo intento enseñarle a mis niños una serie de valores y que aprendan lo que entraña peligro para ellos y lo que no. Y para mí, una carretera es de lo más peligroso que puede encontrar sin dificultad un niño pequeño. Por eso, desde hace unos años, en cada semáforo que cruzo con mi pequeño hago especial hincapié en los colores del mismo y en su significado. Incluso aunque no vengan coches y la gente cruce sin parar, nosotros permanecemos detenidos en la acera mientras el semáforo está en rojo.

En ocasiones el niño me pregunta por qué la gente cruza en rojo. Yo me quedo callado, pensando en decirle que son unos irresponsables, pero le contesto algo que entiende mejor: “es que no se saben los colores porque sus padres no se los enseñaron de pequeños”. Y ahí está él, todo contento porque sí se sabe los colores y lo que hay que hacer con cada uno de ellos. Confieso que si voy solo a veces cruzo por donde me viene bien, o con el semáforo en rojo si no vienen coches, pero siempre asegurándome de que no hay niños pequeños ni en la acera donde estoy, ni en la de enfrente. De nada me sirve dar ejemplo a mis niños y al resto no.

Esto que me parece tan sencillo de asimilar se me vino abajo ayer cuando estaba parado con mi pequeño en un paso de cebra esperando que el semáforo se pusiera en verde, cuando una mujer con un niño de su misma edad se puso a nuestra altura y sin detener la marcha continuaron cruzando la calle. ¿Qué ejemplo le está dando esa señora a su niño? ¿Piensa que cuando vaya suelto de su mano (porque es imposible que vaya siempre de la mano) ese pequeño tendrá algún tipo de miramiento en seguir caminando cuando llegue a una carretera? ¿Y si viniese un coche en uno de esos momentos en los que el niño decide tomar la carretera como acera? ¿La culpa sería del niño por no haber parado a pesar de que la madre le gritase que lo hiciera?

Puede que en parte sí, pero si hubiera aprendido a respetar la carretera seguro que habría tenido más éxito. Eso es algo que depende de ella, y no creo que lo estuviera llevando a cabo de forma exitosa con esa manera de proceder. A veces me paro a pensar y a compararme con el comportamiento de otros muchos padres y creo que soy demasiado estricto con mis niños, me da la sensación de que estoy haciendo que se pierdan algo cuando no les dejo saltar en los coches, colarse en una cola o pegar al resto de niños. Pero quizá la culpa no sea del todo mía. Creo que me afectaron en exceso los tres minutos (no necesité más) que vi una vez de Hermano Mayor.


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¿Gente guarra?

El sábado pasado estuvimos cenando fuera. Tal y como están las cosas podría ser eso el acontecimiento. Pero no, es algo que ocurrió mientras estaba cenando. Más concretamente, en la mesa que tenía enfrente. En ella había sentada una familia de unas diez personas, entre ellas un bebé. Al poco de tomar asiento, el bebé decidió que ya había completado el ciclo digestivo. Su madre le cambió el pañal. Al acabar, mientras tenía al niño en brazos, deslizó la mano disimuladamente alrededor del peque, la abrió y dejó caer el pañal sucio al suelo.

Este gesto no me habría sorprendido si se hubiera producido de otra manera. Hace unos días yo también cambié a la mía y dejé el pañal sucio en el suelo. Lo que diferenciaba su acción de la mía fue que ella la realizó de forma sigilosa y disimulada, mientras jugaba con su bebé, y yo la llevé a cabo a mitad del proceso de cambiado, sin haberle puesto aún a la niña el pañal limpio. Es por esto que no sólo me resultó llamativo, sino que me dejó pensativo. ¿Por qué no lo había metido en una bolsita o en la cestita del carro del bebé? (como hice yo cuando terminé con la niña y recogí las cosas) ¿Por qué no se levantó a tirarlo a una papelera? (como hice yo cuando pasé por una) No es que me considere perfecto, ni mucho menos, ni siquiera lo pretendo. Pero hay cosas que creo que por sentido común deberían ser básicas para todo el mundo. Por eso del civismo, la convivencia y tal.

Cuando terminamos de cenar y nos fuimos, miré hacia la silla de la  mujer. Allí, hacia el interior de la mesa, se encontraba el pobre pañal, abandonado. Aún no lo habían recogido. ¿Lo iba a dejar ahí cuando se fueran? ¿Tendría la poca vergüenza de hacerlo? Viendo lo que hace la gente en los centros comerciales, no me sorprendería que fuera así. Más teniendo en cuenta que una hora después de dejarlo todavía no lo había retirado. Me habría gustado saber qué pasó al final con el pañal. O quizá no, porque seguramente me habría terminado cabreando.


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Una mala caída

El ser humano se caracteriza por cosas extrañas. Una de ellas es el sentido del humor. El sentido del humor es como una huella dactilar: todo el mundo lo tiene pero es distinto en cada persona. Ayer iba en el tren, y sin quererlo fui partícipe de algo que me llamó la atención. Un viajero compartía con su acompañante un vídeo en el que se veía a una persona desconocida cayéndose al suelo. Independientemente del número de veces que lo reprodujeran, al llegar al punto del porrazo ambos soltaban una sonora carcajada.

Hay algo que me intriga, pero que por mi desconocimiento en biología y psicología (y no leer artículos relacionados) aún desconozco. ¿En respuesta de qué se activa el sentido del humor de uno? ¿De qué depende que a cada persona le hagan gracia cosas distintas? ¿Debido a qué se producen las reacciones que llevan a alguien a reírse? ¿Es el sistema simpático el que se pone en funcionamiento? Bueno, supongo que cuando se trata de caídas de otros no será ese, porque reírse del mal ajeno es de todo menos simpático…

¿Por qué la gente se ríe cuando ve a otra persona caerse? ¿Es tan gracioso como un buen chiste? ¿Dónde está el límite? ¿Es el mismo sistema el que establece las limitaciones para reírse? Por ejemplo, extrapolando lo de ayer, si estos dos pasajeros ven que alguien un poco más adelante se resbala y se cae, lo más fácil es que se rían. Pero, ¿y si no se levanta porque ha caído mal y se ha dado un golpe en la cabeza? ¿Se le para la risa de golpe? ¿Ese es un límite?

También es algo usual que emitan por televisión montones de vídeos de personas tropezando con un escalón o cayéndose de un escenario en mitad de un baile, y que la misma realización lo acompañe de carcajadas (enlatadas) de fondo. Seguro que los dos de ayer lo pasan en grande viendo esos programas. Pero, ¿si es uno de ellos el que se pega la torta también les hace la misma gracia? ¿Una caída propia también es uno de los límites?

De todas formas, hay personas que aunque te vean sangrar se siguen riendo de ti entre disculpas (he sido testigo de alguna situación así), e incluso los que se ríen a pesar del dolor que les ha producido una propia caída. Esos sí que son valientes. Personalmente, yo hace tiempo que dejé de reírme de las caídas ajenas. Imagino que es porque me caigo a menudo.


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Poca educación

Sé que la educación no es una asignatura del colegio. También, como me decía una compañera experta en todo tipo de vivencias, que a algunos los cría el tiempo. Y que por encima de ellas hay todavía un selecto grupo de personas a las que ni siquiera el tiempo ha querido criar.

De este último grupo es la mujer con la que me crucé ayer en un centro comercial. Estaba mirando ropa de bebé, imagino que para el suyo porque portaba consigo un carrito. Entre cogida y suelta de una misma camiseta con colores diversos, tiró tres perchas aledañas. Lo oyó como lo oí yo, y seguro que además lo vió como también lo vi yo, que estaba pasando por su lado en ese momento. La mujer me vio de reojo, y se quedó observando fijamente la camiseta que tenía en la mano, como si estuviera buscando un hilo suelto. Mientras yo seguía mi camino mirando hacia atrás para ver qué iba a hacer con la ropa que había tirado, ella realizó con cierto disimulo un par de cambios más de camiseta y se marchó dejándolas en el suelo. Como si la cosa no hubiera ido con ella. Como si el esfuerzo de agacharse a recogerlas debiera serle recompensado en metálico y con un par de días libre en su trabajo.

¿Por qué la gente tiene tan poca vergüenza? ¿Qué le costaba agacharse a recoger lo que ella misma había tirado? Estoy seguro de que es de ese tipo de gentuza como la que aparece en los preliminares de mi libro que después de entrar a una tienda de ropa y desdoblar camisetas a destajo dicen: «Que las vuelvan a doblar ellos que para eso les pagan«.

Tirar ropa de una percha, hacerse la loca e irse sin recogerla es una obra solo al alcance de unos pocos… sinvergüenzas. Espero que algún día cercano en su negocio, en su mesa de trabajo o en su casa (según donde pase la mayor parte del día) le hagan lo mismo. Cuando no mire, que le desparramen todas las cosas por el suelo y se vayan dejándolo todo patas arriba. A ver qué tal le sienta.


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Garrulitos en los cochecitos

La semana pasada le dieron un puñetazo a mi hijo en la clase de inglés. Supongo que en parte es culpa mía. Sé que es la consecuencia de ser uno de los pocos padres que inculcan a sus hijos el respeto, la educación y el civismo. Tengo miedo de que no sirva de nada porque de pequeño se las lleve todas y porque de mayor las compañías que tenga le alejen de esos valores (que por lo que veo a mi alrededor son dificilísimos de enseñar y de aprender).

El niño no sabía el nombre del compañero salvaje que en vez de ‘One, two‘ decía ‘Toma, tú‘ al tiempo que practicaba boxeo (que lo mismo le tocaba al día siguiente y el pobre se hizo un lío). Sin embargo, creo que sé quién pudo ser.

El día siguiente que tuvo inglés, mientras esperábamos para que abrieran antes de entrar, el niño se acercó a un cochecito que había enfrente de la academia. Allí había subidos tres niños que también iban (desconozco si a su clase o a otra). Y digo subidos y no montados porque estaban de pie encima del aparato. Hacían malabarismos y de vez en cuando daban alguna patada o un salto. Como los garrulos en el parque, pero en un cochecito. ¿Y el padre? Supongo que esta vez no puedo decir que no les hacía ni caso, porque estaba ¡allí con ellos!

Lo siento, pero como padre raro que soy no lo puedo entender. El padre estaba viendo cómo sus hijos se cargaban poco a poco un juguete infantil y no les decía nada. Ya me los imagino en el garaje: los niños subidos en el capó de su coche recién estrenado y dando saltos y el padre viéndolos en silencio. Pobrecitos, si son niños, necesitan divertirse y hacer cosas de niños. Supongo que él y no yo es el ejemplo de buen padre. O al menos de padre típico, porque por lo que veo día a día la práctica totalidad de los padres son los que necesitan educación. Sin ella no pueden enseñar nada a los que vienen detrás.


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Garrulos en el parque

Estas vacaciones he visto muchas cosas de todo tipo. Pero una que me llamó particularmente la atención me ocurrió estando en mi tierra. En un parque infantil, con columpios de edad de acceso restringida, me encontré en un columpio del tipo «sube-y-baja» (como le llaman los niños) con forma de barco, a dos garrulos. Debían tener una treintena de años, edad deducida por el escaso pelo que lucían en sus molleras, posiblemente se habían comido a alguien en el último desayuno por la forma corporal que poseían, y casi con total seguridad estaban ebrios.

Subidos de pie en el columpio, dando saltitos y riendo mientras se balbuceaban el uno al otro. En pocas palabras, demostrando que es totalmente cierto que descendemos de los monos dando buena prueba de ello. Les faltaba una rama y un platanito a cada uno.¿Por qué pensaron que lo mejor en ese momento era destrozar los juegos de los niños? ¿Quizá porque tuvieron una infancia dura y no les dejaron nunca montar en columpios? ¿Qué tipo de educación han recibido, si es que han recibido alguna? ¿En el lugar del que proceden (porque es obvio que no eran residentes de la localidad, más bien venían de alguna selva) hacen lo mismo a las 12 de la mañana? ¿Es un tipo de celebración común o algo así?

Sólo espero que se hayan dejado en su estancia bastante dinero en el pueblo. Que al menos compensen ayudando a levantar la economía de la localidad para compensar. Y una petición a las agencias de viajes: un examen previo a los que quieren comprar vacaciones aquí, para que exista una especie de «reserva del derecho de admisión» de según qué personajes; algunos por mucho dinero que se dejen no compensan los destrozos que ocasionan.


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El bañista desobediente

Hay personas que son tan inconscientes e ignorantes que no sólo ponen sus vidas en peligro (cosa que no me preocupa en absoluto), sino que con ello ponen las de los demás en, cuando menos, un aprieto. No me refiero a los conductores ebrios o kamikazes (esos son parásitos que ponen en el mismo peligro la vida del resto sin importarles nada en absoluto), sino a personas como la que me topé este verano en la playa de Levante estas vacaciones.

Una de las tardes que bajamos a la playa, con un fuerte oleaje, encontramos bandera roja. Desde la última vez que recuerdo ver una de esas, el significado de la misma es que uno no se puede bañar. Pero la cosa ha cambiado desde entonces. No en el fondo, sino en la forma. Ahora tienen varias y con dibujitos de un muñeco en el agua tachado, como prohibiendo a uno bañarse. Eso está bien, porque no es bueno que con fuertes corrientes alguien en su ignorancia se meta un poco más adentro de donde debía y acabe inmerso en un problema. Además, este año había socorristas que te invitaban a salir del agua silbato mediante.

Hubo un momento en que la socorrista que tenía a mi lado lo hizo sonar insistentemente. Quería que un señor que había acercándose a una zona rocosa saliera del agua. Cuando lo consiguió, el señor empezó a increparla y a gritarle diciendo que no tiene por qué hacerle caso, que no es policía, que les llame a ellos si quiere y que no tiene por qué salirse del agua.

Imagino que acabaron llamando a la policía, porque al poco tiempo llegaron allí dos miembros del CNP y luego cuatro policías locales. Tras bastante rato debatiendo qué podían hacer, le aconsejaron a la chica que le denunciara y que lo máximo que le podía pasar era que le pondrían una multa al señor que, por lo visto, era reincidente en sus actos. El superior de la muchacha la tranquilizaba diciendo que había hecho un buen trabajo, pero por el estado de la chica creo que no conseguía el objetivo. Estaba nerviosa, indignada, y con ganas de expulsar del pueblo a escobazos al individuo aquél.

Yo me pongo a pensar y la comprendo. Ella está trabajando, está intentando controlar a la ingente cantidad de personas que incumplen la norma de no bañarse para que ninguno se pase de una cierta profundidad, y en mitad de todo este ajetreo un chalado se pone tonto diciendo que las reglas no van con él. ¿No se da cuenta de que lo hacen por su propio bien? ¿Acaso se cree que es por fastidiarle? No es que al resto nos importe en exceso su vida dado que él la valora bien poco pero, ¿no es consciente del trastorno que le hace a la socorrista con su actitud?

Si llegara a ocurrirle algo por su cabezonería y la familia decidiera denunciar a la chica por negligencia, podría meterse en un problema después de haber intentado por todos los medios hacer bien su trabajo. Y es que lo peor de trabajar con gente muchas veces es eso, que hay que trabajar con gente.


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