Aparcar de oído

Hay algo en España que un elevado porcentaje de conductores utiliza. No es algo bueno, ni ético, ni tan siquiera reporta beneficios, pero reconozco que es cómodo. Sobre todo para los que son (somos) un poco torpes, no terminan de ver bien y/o quieren asegurarse de que están apurando al máximo. Me refiero a aparcar de oído.

Aparcar de oído no es bajar la ventanilla, pedirle a alguien que te ayude (si no hay copiloto que pueda hacerlo) y esperar instrucciones del tipo “Un poco más, un poco más, ¡para!”, “Gira todo al contrario” o “Dale, dale, dale… ¡ya!”. Aparcar de oído consiste en apagar la radio, maniobrar para introducir el coche en el hueco (que en ocasiones es más pequeño que el propio vehículo) y darle gas hasta escuchar un “¡Plonc!”. Es importante que el ‘plonc’ suene lo suficientemente fuerte como para no tener dudas, para poder maniobrar de nuevo y acelerar en sentido contrario y escuchar un nuevo ‘plonc’ que nos vaya delimitando los movimientos. Soy realista. Todos los que conducimos hemos encontrado alguna vez, después de dar muchas vueltas, un hueco lo suficientemente pequeño como para tener que aparcar ‘al toque’. Pero aparcar de oído y aparcar al toque son dos formas distintas de estacionar (aunque reconozco que hay quien las fusiona). En la segunda, uno va echando el coche despacio hacia adelante o hacia atrás, y lo hace tan lentamente que el contacto con el otro vehículo aparcado es imperceptible. Solo se sabe que están tocándose porque el coche propio ya no sigue avanzando. Se tarda más así, lo sé, pero ni tu coche ni el del otro sufren desperfectos. Lo que no entiendo es, si leyéndolo resulta sencillo, ¿por qué es tan complicado ponerlo en práctica? Hay una cantidad enorme de gente que no tiene ningún cuidado.

Aparcar de oido InternaAnoche entré en el coche tras comprar en la farmacia y me puse a elegir un CD antes de arrancar. Mientras buscaba, llegó un coche a aparcar delante de mí. Tenía suficiente hueco como para meterlo (cabía su coche y parte de otro) así que no me moví. Dejé de mirar la caja de discos para ver el coche que tenía maniobrando delante, me gusta mirar mientras aparcan por si hay algún percance. Soy raro, lo sé. De repente vi que aceleró marcha atrás como si quisiera huir. Sin tiempo de reacción por mi parte sonó un ‘plonc’. Me quedé boquiabierto y le di unas diez ráfagas de luces para que el conductor fuera consciente de lo que había hecho (darme a traición). Sin embargo, además de no ser suyo el coche que llevaba, debía ser ciego, porque ‘no vio’ las ráfagas que le regalé. E intuyo también que tenía la radio puesta (incompatible para aparcar de oído), porque tras la maniobra para alejarse me propinó otro golpe que levantó mi coche del sitio. No lo hizo retroceder de milagro. No pude más y después de tocarle el claxon durante 3 segundos salí a gritarle qué narices estaba haciendo.

Salió una mujer del coche, aun en shock por el trallazo recibido, yo creo que le saltó hasta el airbag, y con dificultad me decía “es que no te he visto, no lo he hecho… es que no sabía que estabas ahí, no te he visto”. ¿No me ha visto? ¿Quiere decir esto que solamente tiene cuidado de los coches ajenos cuando sabe que está el conductor dentro? ¿Y las luces que le di tampoco las vio? ¿Pero esta señorita aparca con los ojos cerrados? No me extrañaría, eso explicaría por qué los coches que tiene delante y detrás saltan para que el suyo entre. Ni comprobé si me había hecho algo en el paragolpes, de la mala leche que tenía solo le dije de un grito que no tocara su coche que me iba y le dejaba sitio de sobra, porque por lo visto era imposible que en menos de 10 metros acertara.

¿Por qué la gente tiene tan poco cuidado en aparcar? ¿Tan poco valoran sus cosas? Yo, aunque sólo fuera por no dañar mi coche, tendría cuidado… ¿Tan poco importan las cosas de las demás? Y tú, ¿aparcas al toque o de oído?

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Me siento seguro

¿Alguien se ha parado a pensar cuantas frases podemos decir de media al cabo del día? Bueno, pues parece ser que hay alguien que sí, como podéis ver pinchando aquí. En realidad esa persona se preocupó por las palabras, que según esta esta entrada más reciente son de unas 30 mil las mujeres y unas 15 mil los hombres (esta diferencia se debe, según cuenta la primera referencia, a que las mujeres piensan más en comunicarse (y eso es hablar) y los hombres más en sexo (y eso no es hablar). Teniendo en cuenta que las frases (para que se puedan entender sin dificultad) tienen de media unas 15 palabras, una persona dice al día alrededor de mil y dos mil frases, según sea hombre o mujer. Muchas frases me parecen, pero no seré yo quién las cuente.

Con estas cifras tan bestiales, ¿cuál creéis que es la que más seguridad puede aportarle a una persona? ¿”Te voy a amar toda la vida“? ¿”Voy a estar siempre a tu lado“? ¿”Te protegeré con mi vida“? ¿”Tú tranquilo, voy armado“? ¿”Ahora yo estoy al mando“? ¿”Lamentarán haber nacido“? No, ninguna de estas. La frase que más seguridad le aporta a cualquiera es “Abre, que soy yo“.

Estoy harto de comprobarlo cuando voy por la calle, o incluso poniéndola yo mismo en práctica. No hay más que hacer la prueba. Te acercas a una casa cualquiera, llamas a un timbre del telefonillo al azar y en un 90% de los casos, por lo menos, te abrirán la puerta sin más que decir esa frase. No necesitas demasiado, estoy seguro de que ni siquiera hace falta poner una voz romántica o dulce (en mi caso este punto, además, es bastante complicado), sólo estar seguro de uno y mostrarse convincente. Si el interlocutor del otro lado nota que estamos convencidos de que nosotros somos nosotros, él también se convencerá de este extremo. Y es que el punto de seguridad en uno mismo es esencial. Si notan un titubeo en la voz sabrán que no eres de fiar, o peor, pensarán que eres el cartero comercial. Y eso significa vetarte la entrada al edificio de manera sistemática.

TimbreEstá comprobado, al cartero comercial no se le abre la puerta, porque no aportan nada bueno, útil o ambas cosas. Y mira que lo adornan con la palabra cartero delante para que confiemos un poco y abramos, pero como añaden la coletilla “comercial” ya se queda un resquemor latente en el oído que envía de forma directa al cerebro la orden: “Publicidad que no necesitas, no abras“. Sin embargo, hay un suceso que me resulta llamativo. ¿Nadie se ha dado cuenta de que un tiempo a esta parte llaman muchos menos carteros comerciales a la puerta? Y entonces, ¿por qué tenemos siempre tanta publicidad en los buzones? Estoy seguro de que lo que ocurre cuando llaman al timbre, es que ya no dicen “Cartero comercial“. Ahora lo han cambiado por “Abre, que soy yo“.

Sé sincero, ¿a cuántas casas has accedido con esa frase o un derivado?

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Soy feliz dando cariño

Soy de los que piensan que el fin último de las personas es ser felices el tiempo que vivan. Y para conseguir esta felicidad cada uno utiliza los recursos que tiene a su disposición, o aquellos que considera convenientes. Para cada individuo, además, la felicidad se logra de forma distinta. Para algunos basta con vivir en la abundancia de dinero (aunque luego se transforme en una peligrosa espiral). Para otros es suficiente despertarse cada día tan sanos, al menos, como el anterior. Yo reconozco que soy un tipo raro, así que es fácil que tras todas las clasificaciones posibles, me encuentre yo en la más extraña. Soy del tipo de personas que es feliz dando cariño. No sólo porque me produce bienestar y relajación comprobar que la persona que lo recibe está bien, sonríe y es un poquito más feliz, sino porque cuando alguien recibe cariño, automáticamente devuelve cariño. Independientemente de como se encuentre. Y recibir cariño es algo que particularmente me gusta, me hace sentir mejor, y me hace estar contento.

BesoAdoro a mi familia. Quiero con locura a mi mujer, a mis hijos, a mis padres, a mi hermano, a mis suegros, a mis cuñadas, a mi(s) sobrino(s)… Principalmente a los que viven conmigo les regalo caricias, abrazos y besos de forma continuada. Sonrío, les sonrío, y disfruto con ellos. Y de ellos. Cuando paso detrás de mi mujer le doy un beso en la mejilla, en el cuello o en la nuca. O le doy un abrazo. Cuando estoy junto a mis hijos no dejo de hacerles cosquillas y de darles besos y abrazos continuamente. Ellos, los tres, me sonríen. La pequeña con más alegría, supongo que porque es eso, la más pequeña. Y me devuelven abrazos y besos, cada uno en la medida que siente. Y yo me siento querido con esa sonrisa que me regalan. Y con cada abrazo y cada beso que me devuelven. Y eso me hace ser feliz.

Sé que para muchos suena empalagoso, sé que es ñoño o que no se espera de un adulto en la sociedad en la que vivimos. Pero sentirme querido y saber que los que quiero se sienten queridos por mí es lo que a me hace ser feliz cada día y lo que me hace falta para estar tranquilo conmigo mismo. Sé que quienes mejor me entienden son los que sienten como yo, (y de los que me siguen muchos los hay así) y que muchos no entienden cómo puedo ser así con todo el mundo, y más en los tiempo que corren. Creo que hacerlo en casa me permite extrapolarlo, y que estar tras un monitor me facilita dar cariño a los demás porque generalmente la gente lo acepta de mejor gana que en persona, aunque venga de un desconocido (en esta entada en la que hablaba de abrazar a desconocidos, más de uno me dijo que no lo haría, pero prácticamente todos aceptamos el cariño a través de unos comentarios, nos resulta más fácil).

Sólo quiero invitar a los que no lo han probado que lo hagan, dar cariño reconforta y te hace sentir mejor. Sobre todo cuando ese cariño le viene de vuelta. Y que lo prueben ampliando cada vez más el radio de acción, así la mejoría del ánimo será patente sobre todo en los malos momentos. Y que los que no estén muy de acuerdo con ello, que al menos no me miren raro. Hay que ser felices. Y para los que no lo han hecho aún (gracias al resto), os recuerdo que participo en los premios 20 Blogs y que pinchando en estas letras tenéis un completo y sencillo tutorial en el que en menos de 3 minutos me habréis votado. Muchas gracias, y feliz y cariñoso día.

De cariñoso a aprovechado

Mi hija ha heredado de su padre el ser cariñosa con la gente. A toda la gente que ve la saluda. Les sonríe, les dice hola y les pregunta cosas. A los niños, además, les da abrazos y besos. Le da lo mismo quiénes sean, no hace demasiada distinción. Ayer íbamos paseando y nos cruzamos con una familia que venía de frente, con una pequeña de su misma edad, aproximadamente. Ambas se miraron desde la distancia, se pararon, se dieron un beso y un abrazo (actos ambos promovidos por la mía) y se fueron tan campantes.

La verdad es que no me sorprendió esa muestra de cariño por parte de mi hija porque ya estoy acostumbrado a que la tenga. A los de su clase les colma de achuchones, a los del parque también les regala alguno de vez en cuando, y a los que se cruza por la calle, en ocasiones también, como acababa de ocurrir. Es muy común que se acerque a ellos, les coja de los hombros y les dé un beso y un abrazo mientras lo dice: “U becho… u bracho“. Me llamó más la atención la reciprocidad que tuvo en el gesto por parte de la otra chica porque no suele darse. Y me quedé pensando, como acostumbro con algunas situaciones.

Y pensé en la forma tan natural y sin prejuicios de mostrarse cariño, en la manera tan singular de dejarlo fluir cada una con la otra y que ninguna de las dos pensara que es extraño, en la ventaja de ser niño para hacer ciertas cosas sin preguntarte por qué y sin que nadie a tu alrededor se lo pregunte, y que simplemente se justifique en “la inocencia de los niños“. Reconozco que aún tengo parte de esa inocencia, quizá demasiada, aunque no sea necesariamente en ese aspecto. La gente que me conoce da buena fe de ello. Sin embargo, eso dentro de unos 15 años sería impensable. ¿Una joven cruzándose con una desconocida y parando para darse un beso en la mejilla y un abrazo y seguir su camino como si nada? Sabemos que no sería cierto ni aunque lo pusieran en una película de sobremesa que son ‘Basadas en hechos reales‘. Concretamente, esa sería la parte inventada.

Beso adultoPero lo peor no es que no se dé en esas edades en las que uno aún es joven porque ya se ha perdido la inocencia que provocaba esos actos. Lo (para mí) triste es que si eso mismo lo hiciera yo con un adulto, ¿qué ocurriría? Voy por la calle y al primero que se me tercia (chico o chica, me da lo mismo) le paro, le saludo, le doy un beso y un abrazo, y me despido. Si es un chico posiblemente me lleve un empujón. Si es una chica, posiblemente me lleve una bofetada. ¿En qué momento dejo de ser cariñoso para ser considerado un abusón o un loco? Porque estoy convencido de que cualquiera que lo presenciara e incluso el mismo receptor pensaría como mínimo que estoy tarado, o que querría aprovecharme de la chica, si es que mi “víctima” fuera una mujer.

Quizá sea que no todos los adultos lo harían de forma inocente. Quizá sea que tendría que haber un motivo oculto para llevar a cabo esa acción. Quizá sea que una vez perdemos la inocencia, actos como ese no tienen cabida, porque pasa a ser picardía. Últimamente leo en muchos sitios a personas que dicen que hay que aprender de la niños, pero estoy convencido de que esos son de los que no se dejan besar y abrazar.

Llorar no es cosa de niños

Llorar adulto

Ayer iba en el tren pegado a una chica. Literalmente. Debía de haber algún retraso porque estaba más lleno que de costumbre. De pronto esa chica se puso a hablar por teléfono. Al principio no le presté atención aunque podría haber entendido claramente lo que decía. Aunque esté prácticamente adjunto a ella no deja de estar feo escuchar conversaciones ajenas. Pero de repente la muchacha se alteró. Yo estaba escribiendo una entrada, pero la tuve que dejar para pensar en escribir esta. Sin entrar en detalles, voy a destacar lo que me sorprendió de su conversación. Aunque no hubiese querido escucharla me habría resultado imposible porque se puso a gritar, a pesar de que me dio la sensación de que intentó no subir mucho la voz (o quizás es que su tono no daba para más).

Hablaba, supongo, con su pareja, que imagino debía vivir en otro pueblo. Ella le dijo que estaba mal, que él lo sabía de sobra, y que claro que quería que bajase (a verla o estar con ella), pero igual que ella no se lo pidió él cuando estuvo mal ella tampoco creía que tuviera que pedírselo. Tenía que haber salido de él. Entonces se enfadó, soltó un improperio entre sollozos y colgó. Suspiraba mientras aguantaba sus enormes ganas de llorar ante un vagón lleno de gente. Gente que, por otro lado, no le prestaba la más mínima atención. Observé a mi alrededor y nadie hizo ni un solo movimiento a pesar del momento de tensión. Fueron dos minutos en los que la muchacha estaba cogiendo su cara con la expresión de tener la moral por los suelos. Y en ese tiempo me entraron ganas de darle un abrazo, porque noté en ella una enorme falta de cariño. Quizá le habría venido bien. Mientras lo pensaba le sonó de nuevo el teléfono.

Llorar NiñoEvidentemente, era el de antes. Sin darle tiempo a decir nada le espetó dos frases de forma repetida. “Que sea la última vez que me dices ‘llora un poquito‘ sabiendo como estoy de mal” y “Llorar no es de niños pequeños, lo hace todo el mundo, mayores y niños”, entiendo que por respuesta a lo que le dijo su interlocutor a la primera frase.

Mientras me acordaba de la entrada que mi querida Mara nos compartió hace unas semanas, Si me quisieras, pensaba. Pensaba en si no sería el tipo el mismo sobre el que ella realizó la entrada (ella no porque no coincidía con el perfil de lo que Mara describió), o si sería un familiar directo. Pensaba en cómo podía un tío ser tan garrulo con su pareja y —entendiendo que sabía que la muchacha debe tener ataques de ansiedad o así– reírse de su problema con esa frase demoledora que le hizo colgar la primera vez. Pensaba en cómo podía atacarla después diciéndole que hay que ser infantil para llorar (o algo similar). Pensaba en que yo lloro, y mucho, y me alegro porque significa que siento. Pensaba en las últimas palabras de la entrada de Mara, que no desvelaré para que la leáis porque merece la pena. Pensaba en cómo tras colgar por segunda vez no había decidido no verle más, porque cuando uno está muy mal lo último que necesita es que se burlen y le denigren.

Y luego recordé que cada uno tiene su vida, aguanta lo que cree que debe y si no le mandó a paseo, sus motivos tendría. A la mente me vino la frase que circula por las redes sociales y que dice “Si solo conocemos la versión de Caperucita, el lobo será siempre el malo”. Aunque bien es cierto que la chica daba la sensación de pasarlo fatal, y nadie se inmutó. Por un momento vi la frialdad de tanta gente ajena a la situación, aunque todos seguramente lo habían escuchado como yo. Cierto es que siempre viene a la cabeza en situaciones así el caso de Jesús Neira, en el que la “salvada” estaba de parte del que le dio la paliza a su “salvador”. En un mundo así de extraño, lo normal es que a la gente no le apetezca ayudar a nadie. Aunque sea demasiado triste.

¿Crees que llorar es de críos? ¿Tendría que haberle mandado al carajo la muchacha? ¿Sería necesario escuchar lo que él tenga que decir al respecto de la situación para emitir un juicio justo? ¿Habrías dado apoyo a la muchacha en ese mal momento que tuvo?

Concentrarse

Somos una especie curiosa. Hacemos multitud de gestos involuntarios, y algunos hasta los convertimos en tics nerviosos en momentos de estrés. No sé si los gestos que hacemos tienen algún tipo de explicación o nos salen sin más, la verdad. Estaría bien que existiese un estudio sociológico de ello, o que llegara a mis manos si existe (bueno, mejor que llegue un resumen con las conclusiones). De hecho, mi querida Sensi se graba en vídeo haciendo monólogos para ver cuánto y cómo gesticula en ellos (con lo cual, posiblemente exista sí o sí el estudio de marras en breve).

No sé si cada uno hace distintos gestos para las mismas cosas, pero seguramente sí. No consigo visualizar a todo el mundo con la misma expresión cuando están pensando en algo, o cuando se encuentran viendo la televisión, o preparándose para un reto importante. O quizá sí, como aún no he dado con el estudio… El caso es que basándome en la hipótesis de que cada uno de nosotros crea una reacción distinta (por lo general) para cada estado, me gustaría saber qué es lo que se activa en el cerebro humano para que hombres y mujeres, niños y niñas, hagan el mismo gesto cuando están concentrados realizando algo: sacar la lengua (preferiblemente por uno de los costados de la boca).

Concentrarse chicoMe he fijado, y yo lo hago, mi hijo también, algún que otro compañero del cole de mi hijo lo hace igualmente, y ayer lo vi en una foto de mi libro de inglés. En ella aparecía una niña que tenía ese gesto y preguntaba el libro qué hacía la chiquilla. Yo lo tenía claro: concentrarse en hacer algo. Pero, ¿qué relación hay entre la concentración y sacar la lengua? ¿Si no la sacamos nos sale peor? ¿Aguantamos mejor la respiración o el equilibrio? Espero que este estudio algún día me lo aclare… en el resumen.

Sin embargo, yo soy capaz de ir un poco más allá y aventurarme a decir que este gesto se realiza también en otro momento en nuestras vidas. De hecho, estoy convencido de que todos lo hemos hecho alguna vez. ¿Quién no ha sacado la lengua jugando a la consola (eso que ahora se llama XBox, Wii o Play) en una intensa e interesante partida? A menudo, además, este gesto llevaba aparejado mover el mando si queríamos que el muñeco o el coche (según lo que se manejase) cambiara de dirección. ¿Acaso sacar la lengua y mover el mando hacia los lados nos hacía ser más efectivos? ¿En qué piensa la cabeza cuándo nos da ese tipo de órdenes?

¿A ti también te pasa? ¿Sacas la lengua para concentrarte en las cosas? ¿Cuando pintas y no quieres salirte? ¿Cuando dibujas y quieres hacer bien el contorno de las peronas? ¿Cuando recortas algo y no quieres salirte del perfil marcado por el lápiz? ¿Conoces a alguien que lo haga?

Soy el rey de las excusas

Hay veces que nos sentimos grandes o importantes. Eso nos ocurre, sobre todo, cuando conseguimos algo que para nosotros supone un éxito personal: cuando nos pasamos ese juego que se nos resistía, cuando logramos aprobar esa asignatura que se nos atragantaba, cuando conseguimos la mejora laboral que buscábamos, cuando hablan con cierta alegría y envidia de lo educado que es nuestro hijo… Pero si hay algún momento en el que nuestro ego se viene arriba, es cuando con una excusa conseguimos lo que queremos.

Excusas dentroEl multitud de ocasiones pensamos que somos la panacea en este campo. Hay ocasiones en que necesitamos algo, no hemos llevado a cabo el proceso todo lo bien que debiéramos para obtenerlo, lo sabemos y ante la más que posible negativa improvisamos una mentira escondida por una excusa. E incomprensiblemente conseguimos lo que hemos ido a buscar. Entonces nuestro semblante dibuja una sonrisa y nos pensamos que somos los mejores porque hemos logrado lo que queríamos con una elaborada excusa.

¡Espabilemos! Seguramente la excusa era mala, muy común y si se nos ha ocurrido a nosotros es fácil que también la haya pensado y usado alguien más. De hecho, lo más probable es que le hayan dicho lo mismo mil veces, sepa lo que vamos a decir antes de que terminemos y tenga alguna forma de rebatir lo que le decimos. Pero la cosa es que, aun así, nos lo ha dado. ¿Por la excusa? Claro que no, nuestra educación, nuestra cara de humildad, una sonrisa mientras hablábamos, no exigir nada, incluso que le hayamos gustado… Quién sabe el motivo. Pero que se haya creído algo de lo que le decimos, ya os digo yo que no.

Y para muestra, un botón. Tú vas tan contento a hacerte el carné a mi (ex)oficina. Llegas corriendo (quizá por esprintar en la escalera de la entrada) y tras esperar a que se vaya el ciudadano de mi puesto me dices:
— Perdona, tenía cita a las diez y acabo de entrar. ¿He llegado tarde?
— Valore usted mismo —te digo mientras miro el reloj—. Son las diez y media pasadas.
— Pero… ¿Me podrás atender, por favor? —me dices dubitativo y nervioso.
— ¿Por qué ha llegado usted tan tarde?
— Es que…

Y aquí, que podría ir la verdadera razón del por qué has llegado tarde como que te has perdido, no te has acordado de la cita, te has entretenido en casa, te has dormido, has perdido el metro o el tren, tu bebé se ha hecho caca cuando lo has montado en el coche para dejarlo en casa de tus padres… lo que sea que te ha ocurrido, decides mentir y soltar:

— ¡Se aparca fatal aquí! Madre mía el rato que llevo dando vueltas.
— Ya… Es un barrio malo para aparcar…

Yo ya había decidido atenderte porque estaba esperando a que mis compañeros terminaran de vaciar la sala y tú habías sido educado esperando tu turno para preguntarme y lo habías hecho, además, con educación, todo hay que decirlo. Así que sonriendo te digo:

— Siéntese, pero no tarde no sea que venga alguien que sí llegue a su hora.
— Gracias, gracias —me dices con una sonrisa agradecida y triunfadora por haber conseguido sentarte con lo que me has dicho.
— Es curioso lo del aparcamiento, le pasa a casi todo el que llega tarde, incluso a gente que no conduce, no crea.

En ese momento pones cara de circunstancia y piensas “Pues igual la excusa no era tan buena…”. Pero no siempre soy tan malo. Muchas veces no digo nada y dejo que el ciudadano sea feliz pensando lo ocurrente que es. De hecho, yo también pensé que lo era durante muchos años. Precisamente hasta que trabajé cara al público y me di cuenta de la verdad.

¿A ti también te ha pasado? ¿Crees que tienes siempre la excusa ideal, ocurrente y novedosa? ¿Te han atendido porque crees que has soltado la excusa perfecta? ¿Sigues pensando que esas cosas solo se te ocurren a ti?

El golpecito

En este país tenemos una forma universal de arreglar las cosas. En cualquier punto de la geografía de este nuestro país podemos encontrarnos con alguien que utiliza este socorrido método para hacer que algo funcione. Y no es porque tengamos un amplio conocimiento acerca de todos los temas, precisamente. Más bien su uso se debe a todo lo contrario. Me refiero a la tan conocida (y en algunos casos depurada) técnica del golpecito.

No sólo es universal porque se utilice en todos los sitios, es que vale para todo lo imaginable:

— Papá, la televisión no funciona…
— Voy. Uf… A ver si con un golpecito…

— Papá, el altavoz no se oye…
— Bueno, eso es que no hace bien conexión. Un golpecito atrás lo arregla.

— Papá, la puerta del baño roza en el suelo…
— Bueno, un golpecito aquí y arreglado.

— Papá, la estantería se ha torcido…
— Pues nada, a enderezarla con un golpecito.

Golpecito.pngY será que las mujeres son más delicadas, cuidadosas y/o inteligentes y buscan otra forma de arreglar las cosas, pero en general eso lo hacemos los hombres que somos algo más brutos e impacientes. Además algunos no controlan y en vez de golpecito dan golpetazo. Eso es contraproducente, porque en vez de arreglar el objeto golpeado puede empeorarlo o romperlo del todo. También los hay que le cogen el gustillo y van con la mano colorada de azotar todo lo que se encuentran defectuoso por su camino. La expertos en esta materia depuran tanto su técnica que colocan la mano abierta, cerrada o semiabierta en función de lo que hay que arreglar, y algunos hasta dan el golpecito con un cierto giro de muñeca. El día menos pensado encuentro una tesis doctoral sobre ello.

España es, con facilidad, el país donde más se utiliza este recurso. Y no hay que ser un novato en la materia para ello, los expertos también se valen de él para intentar solucionar los problemas que sus cabezas no son capaces de solventar. Más de uno de mis muebles y pequeños electrodomésticos pueden dar buena fe de ello. De hecho alguna vez he tenido que intervenir diciendo entre sonrisas: “Ten cuidado no me la vayas a arreglar de más”. Algunos han cogido la indirecta y han cesado el aporreo, otros me han mirado raro y han seguido como si nada. Al menos lo he podido utilizar como estrategia para saber qué profesional podría recomendar a toda esa gente que no soporto. De todas formas, ¿quién no ha dado un golpecito alguna vez en su vida para arreglar algo? Y lo mejor de todo, ¿ha tenido éxito usándola?

¿Eres de los que arregla con conocimiento de causa o de los que recurren al golpecito a las primeras de cambio? ¿Exprimes la técnica hasta el límite del golpetazo? ¿Se te ha ido alguna vez de las manos? ¿Te ha funcionado aunque sea a la quinta?

Adiós con el corazón

Ya no puedo más. Llevo casi dos años, y no doy más de mí. He intentado hacerlo de todas las maneras, compaginarlo de mil formas, quitarme tiempo de otras aficiones. Ya no veo la televisión, hago menos cosas en mi tiempo libre, incluso le quito horas a dormir, pero se me está yendo de las manos. He empezado a robarle tiempo a mi familia.

El blog me absorbe demasiado, las entradas, las imágenes, pensar (esto sobre todo), escribir. Dedicación demasiado intensa que está acabando con mi tranquilidad emocional. He perdido peso, me han salido tres tics nerviosos distintos y aún así estoy al límite cada vez que publico. Apenas tengo tiempo para terminar mis entradas en hora. Y eso que solo escribo dos días a la semana, porque el tercero es un repaso de lo que ya hay hecho.

Con todo y con eso, he decidido tomar una decisión que me atormenta, que me cuesta horrores y que me resulta muy dura: cerrar el blog de forma indefinida. No sé si a alguien le dolerá esta decisión, aunque si es así seguro que no tanto como a mí. Supongo que hasta alguien habrá que se alegre de esta noticia. Sobre todo mi mujer y mis hijos, aunque ellos por la Red no se pasean en exceso. Pero cuando empiecen a verme más en persona que en fotos seguro que van atando cabos.

Además, ya lo puedo decir, estas semanas atrás ha tenido un enfrentamiento con algún bloguero de forma privada por mi forma de escribir, de expresarme y de actuar. Y no voy a consentir que ser prolongue en el tiempo. El blog pretendía que fuera algo entretenido para mí, no quería que me generase más quebraderos de cabeza de los que habitualmente tengo. Y es lo que me estoy encontrando. Así que creo que es la mejor decisión que puedo tomar de momento.

Muchas gracias a todos los que habéis pasado por aquí, a todos los que me habéis leído, comentado y compartido. Los que habéis reído conmigo y los que la habéis emocionado a mi lado. A ti, que no has fallado ni un solo día desde que me conoces. A ti, que siempre tienes palabras agradables para darme. A ti, que me lees incondicionalmente. A ti, que difundes todo lo que escribo. A ti, que has leído mi libro e incluso lo has comprado y/o publicitado. A todos los que durante tanto tiempo habéis formado parte de esta casa, de mi casa, que se ha convertido en la vuestra. Siempre os llevaré conmigo. Espero regresar algún día.

Inocente, inocente…

Feliz Navidad

Sé que hoy hay poca gente activa. Es un día en el que quien no está de vacaciones reales, lo está de vacaciones blogueras. Y quien no está de vacaciones, bastante tiene con el jaleo de la casa, la familia, las cenas, los regalos, los adornos, los trajes, las fiestas, los villancicos, las rencillas…

Estos días es un no parar para casi todos. Sé que habrá menos trasiego de lo normal, así que no sé si cerrar. De momento, que paséis una Feliz Navidad. La Nochebuena ya pasó, espero que la hayáis disfrutado.