Yo de mayor quiero ser actor de acción 

Lo tengo claro. Cuando crezca, quiero ser actor de acción. No uno en concreto, en realidad me vale cualquiera. No tengo preferencia por ser calvo, tener una perilla perfectamente definida o unos brazos como si me hubiera tirado andando con las manos desde los tres años. Esas no son las cualidades que me diferencian de un actor de acción. Bueno, sí me diferencian, pero no son las que más me gustan de ellos. Tampoco el dinero o la fama. No tengo, pero no necesito. Bueno, quizá un poco de cada no me vendría mal, aunque puedo seguir como estoy. En realidad lo de ser uno de ellos es porque son capaces de hacer cosas que yo no podría ni en varias vidas que tuviera, estoy convencido.

collage-heroesY es que si fuera un actor de acción, podría tener la capacidad de ir con cara de tener un orzuelo en cada ojo, mirar de forma amenazante a todo el mundo, y conseguir que la (o las) chica más guapa, sexy e inteligente del sitio donde estuviera se acercase a mí y cayese rendida a mi mal humor. Porque a las que se ligan esos señores no les falta de nada, algunas son incluso más listas que ellos. Se acabó el tener que hacerlas reír como cuando era joven, inventando e improvisando humor. Podría ir serio por la vida, enfadado con la gente, y además tener a la mujer más completa.

Además, ya no tendría que preocuparme por las caídas. Yo, que tropiezo con folios en los pasillos y que caerme desde un escalón me supone un esguince de varias semanas, podría lanzarme al vacío desde cualquier altura sabiendo que mi cuerpo se adaptaría a un coche, un camión, una luna, un todo o un montón de cajas sin sufrir ni una herida. Además, podría seguir caminando como si nada porque estaría exento de torceduras, esguinces y fracturas. Como mucho, un hombro dislocado. Y todo el mundo sabe que eso no duele.

Y no duele porque a un hombre de acción no le duelen las heridas. Yo, en cambio, soy un blando. Con un mordisco en la lengua veo las estrellas, y cuando me corto con un folio me escuece hasta con el sudor. Un actor de acción se lleva el recuerdo de un cuchillo bien afilado, puñetazos en la cara, en el pecho, en el abdomen, patadas en la espinilla, con lo que eso duele, y prácticamente nunca se queja. Algunos son unos quejicas y después de un balazo sueltan un “Ay, joder, me han dado”, queriendo demostrar que no se quejan de vicio. Pero luego, si nadie les hace curas de las heridas (eso sí que hace daño, un algodón con betadine), son capaces de cualquier cosa.

También podría olvidar esos fatales episodios en los que por una limpieza perfecta mis dientes o mi frente acababan estampados en un cristal irrompible. Recuerdo que mis padres llenaron las puertas correderas de casa con pegatinas para que los chichones dejaran de adornar nuestra cara, y a menudo era insuficiente. Sin embargo un actor de acción, cuando está en apuros atraviesa el cristal que casualmente tiene al lado (siempre hay uno donde se encuentra en peligro). Y además no necesita ni coger carrerilla. Salta y atraviesa el cristal como si fuera del grosor de un pelo. Por supuesto, sin cortes ni cristales clavados. Mi madre no tendría que preocuparse más por clavarme un cristal de cualquier cosa rota (ventana, vaso, jarra…), ya que la piel de un actor de acción los repele.

Una de las cosas que mejor me vendría es la capacidad innata de evitar obstáculos. A menudo me doy cabezazos con muebles, picos de puertas abiertas, estanterías… Incluso alguna vez tropecé con un árbol. Pero los actores de acción son capaces de evitar a toda la gente en una carrera persecutoria (salvo la que empujan a propósito o ayudan a no caer), e incluso balas procedentes de francotiradores; con lo rápido que van las balas.

Además, nunca me cansaría. Y eso es un punto muy importante, porque yo acabo desfondado cuando voy corriendo de la cocina a mi cuarto. Pero ellos se marcan carreras de cinco minutos a toda velocidad y siempre llevan el mismo ritmo. Ni sudan, ni se despeinan, ni se cansan. Da lo mismo si es una manzana o media ciudad lo que recorren. Ni los maratonianos logran esa gesta. Yo creo que ahorrarían mucho dinero en gasolina si hicieran todos los recorridos corriendo.

Como colofón a todas estas ventajas, no sufriría durante varios minutos un molesto pitido en el interior de mi cabeza cada vez que explota un petardo cerca. Ellos tienen el tímpano a prueba de bombas. No conozco a ningún actor de acción que haya quedado sordo después de estar a escasos metros de inmensas explosiones. Lo mismo da que sea un coche, una gasolinera o una nave industrial. O tienen aislante en lugar orejas, o unos tapones auditivos la mar de eficientes.

Con esto creo que tengo argumentos suficientes para responder actor de acción la próxima vez que me pregunten “Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?”.

Conversaciones de aeropuerto

Hace tiempo comenté mis sensaciones al escuchar a la chica del tren. Escuchar las conversaciones que se dan alrededor de uno es algo que suele ocurrir cuando confluyen varias cosas: estar quieto esperando algo y que la persona a la que se escucha de manera (in)voluntaria tenga ganas de contar su historia para todos. Y eso es lo que me ocurrió ayer. Estuve durante media hora esperando justo delante de él, y quizá el hecho de estar hablando con alguien a través de los auriculares del móvil hizo que no calculara suficientemente bien el volumen que tenía en la conversación. He de reconocer que no fui el único que le miraba, pero sí pertenecí a ese grupo reducido que no opinó nada acerca de lo que él decía. Por la conversación que mantuvo deduzco que hablaba con un amigo, y aunque los temas son irrelevantes para la entada, las perlas que el muchacho soltó en esos cortos 30 minutos merece la pena compartirlos. Una lástima no haber coincidido más tiempo con él:

  • “La tía me gusta mucho, pero está muy loca, mucha fiesta”. Teniendo en cuenta que es como la conoció, de fiesta, no aclara mucho sobre su propia salud mental. ¿Él también está loco porque se va de fiesta? Quizá no, igual él es normal y la conoció realizando un estudio psicológico de la gente que hay en una discoteca un sábado a las 4 de la mañana. Lo que hace la gente cuerda, vaya.
  • “Es muy vegetariana y si quiero carne me echa la peta”. Menos mal que le echa la peta y no la pota, si no, a tomar viento la carne… Entiendo que los vegetarianos son gente normal, pero los muy vegetarianos están locos. No sé si quería decir vegana, y no le salía la palabra.
  • “Quiere cambiarme a sus ideales de comida”. Bueno, además es manipuladora. Al final sí que va a estar loca, sí.
  • “Es un poco feminazi”. Desde luego que tal y como la describe, cualquiera se enamoraría de ella sin pensar… Me da la sensación de que es un ejemplo de alguien con quien (él) nunca tendría una relación. Pero le gusta mucho. ¿Quién está más loco de los dos?
  • “¿Y qué hago, la marcha atrás?” Suponiendo que no hablan de coches, la cosa se pone interesante. Me da que su amigo se ha enterado de que tuvieron sexo con preservativo y está totalmente en contra, algo que le hace saber para que la próxima vez no cometa el mismo error. Típico de personas que no están locas.
  • “No te jode, es que antes de llover, chispea”. Como tengo tiempo para ello, me imagino al amigo al otro lado respondiendo a su anterior pregunta: “Tronco, que con la marcha atrás no hay peligro, se nota de sobra cuándo va a llover”.
  • “Para dejar embarazada a una tía tienes que correrte dentro, muy dentro”. Ojiplático me quedo. ¿Cómo va eso? ¿Tienes que hacerlo directamente en el óvulo? Quizá eso estaría bien porque así no habría espermatozoides vagos, aunque quisieran serlo les estarían dejando en la misma puerta. Y una cosa es ser vago, y otra un huevón. Y de momento no se ha reportado nada de espermatozoides huevones. Según su teoría, imagino que las mujeres que han tenido la mala fortuna de quedarse embarazadas con la marcha atrás lo hicieron por acostarse con el negro del Whatsapp.
  • “A mí tampoco, pero cuando puedo me lo pongo”. Es decir, que a veces sí, y a veces no. Lo que no sé es por qué hay veces que sí, porque a menos que haga la postura del arco y logre correrse muy, muy dentro, no va a dejar embarazada a ninguna muchacha. ¿De qué dependerá el “cuando puedo”? ¿De que aguante hasta llegar a casa si no lleva uno en la cartera? Porque este seguro que lleva uno en la cartera siempre, para que esté calentito y resguardado.
  • “Cuando estás treinta días sin hablar, la relación prescribe. Es como si una relación fuera un delito. Aunque entiendo que una con este muchacho muy sana no debe de ser, por lo que creo que podemos considerarla así. Tengo curiosidad por saber cuánto tiempo tardan en dejar de hablar a este ejemplo de macho alfa las mujeres que salen con él.
  • “Lo malo de una startup es que es muy difícil llegar al break even“. Después de darle un repaso al tema relaciones, toca hablar de trabajo. Y para demostrar que tiene nivel y sabe de lo que está hablando, utiliza palabras en inglés. Porque si a su amigo le dice la frase “Lo malo de una empresa emergente es que es muy difícil llegar al punto de equilibrio” seguro que no lo entiende. No me cabe duda de que su amigo es medio bobo.
  • “Es como una especie de marketplace de servicios”. Su amigo debe estar pensando que es medio ignorante por utilizar en su lugar ‘mercadillo’. O puede que sea una palabra demasiado barriobajera para utilizarla.
  • “Se puede utilizar el work up y el take up“. Lo de utilizar elaboración y comienzo seguro que no encajaba en la conversación que estaba manteniendo. Igual el muchacho es de Liverpool y le cuesta pensar en español, todo puede ser.
  • “La parte de e-commerce me gusta muchísimo”. Lo entiendo, porque el comercio electrónico o el comercio por Internet es un rollo que no gusta a nadie. Me pregunto para qué empresa puntera trabajará, porque se está viniendo arriba.
  • “Ahorra pasta, búscate un partner y montas una buena empresa”. Y ahí va el consejo estrella. Ahorra pasta y búscate un socio para montar una… ¿startup? ¿O tiene que buscar un compañero con más dinero para juntarlo al suyo? Si va a ser su amigo el que invierta, espero que el socio que encuentre sea alguien de renombre. Aunque si nadie le conoce, ¿quién va a querer ser su socio? ¿Cuánta pasta debe reunir para lograrlo?
  • “Yo lo que quiero estar dos años aquí y volver a España, ir a una empresa de estas grandes y decir ‘a ver, tú cuánto quieres? Cien mil al año. Pues toma’…”. Eso es apuntar alto. Sin saber lo que gana ahora en una empresa (según él) pequeña, quiere en dos años pedir cien mil al año a una empresa que él mismo elija, en España. Lo tengo claro. Este vuelve como político retirado dentro de dos años. Si no, no veo de qué forma va a poder cumplir sus expectativas. Este pobre no tiene ni idea de cómo están los sueldos en España, o vive en un Universo paralelo.
  • “Todo el día de fiesta y poniendo chorradas en Instagram, que lo veo todos los días”. Es el momento de criticar a sus compañeros. Que no está mal, todos lo hacemos, pero digo yo, para saber que alguien pone chorradas a diario en una red social, hay que perder el tiempo cada día en ver esas chorradas, ¿no?
  • “Le veo poniendo vídeos chorras en iutube, le veo hablando por el feisbuk o por esqueip con su novia”. Hace tan solo unos minutos, utilizaba anglicismos para parecer guay. ¿Y ahora me suelta estas barbaridades? Sí, realmente lo pronunció todo así.
  • “Para que en cualquier oportunidad que tengan nos follen vivos”. Creo que vuelve a un tema anterior, pero no tengo muy claro cuál. Está empezando a tener mezclas de lenguaje vulgar con lenguaje sofisticado.
  • “Se le ve por la puta ventanilla que está ahí el hijo puta jugando”. Se ha venido arriba. No sé si conseguirá decir una frase más sin un taco. ¿Qué ha sido de aquél soñador que adoraba el inglés?
  • “Venía el metro no lleno del todo, pero vacío”. Lo último que hace con su amigo, es darle una clase magistral de lenguaje confuso. ¿Qué quiere decir que algo esté “no lleno del todo, pero vacío“? Si está no lleno del todo, es porque está prácticamente lleno. En ese caso, ¿cómo puede estar a la vez vacío y casi lleno?

Dos minutos después el muchacho colgó el teléfono. Yo me sentí mal porque sabía que os iba a dejar con ganas de más. Yo también me quedé así. Si me lo vuelvo a cruzar, lo sabréis.

¿Hay que leer más?

Soy consciente de que la gente de normal no lee los carteles, lo he dicho alguna que otra vez. Y como me gusta ser coherente con lo que digo, y además me gusta llevar la contraria, yo intento leer todo lo que aparece delante de mis ojos. Ayer fuimos a un centro de fauna y me ocurrió una cosa un tanto extraña.

FauniaGracias a una promoción habíamos cogido entradas suficientes para todos menos los que íbamos menos para un niño pequeño. Busqué en Internet el nombre del lugar y me dispuse a sacar una entrada en un portal que ofrece paquetes y entradas con descuento. Antes de pagar leí que había que llevar impreso el correo que me mandaban con la compra. Como ya estaba en el coche, llamé por teléfono al lugar y expuse mi problema de no poder imprimir ese correo. Me dijeron que con un reenvío del mismo era suficiente, así que la aboné. Una vez llegamos al sitio, le conté al chico de recepción que yo era quien había llamado hacía un rato, y me pidió que le reenviara el correo con la entrada. Me cogió los otros papeles de la promoción y empezó a reñirme de forma parecida a como lo hacía yo cuando estaba en el DNI. Me dijo varias veces “es que no leemos, y como no leemos, no vemos que hay un descuento si compras aquí una entrada con esto que me traes…” En teoría lo que quería decirme es que con la entrada que llevaba en la mano me hacían un descuento en taquilla para una adicional. Ya lo sabía, pero el porcentaje era menor que el de Internet (básicamente la mitad de descuento). Me preguntó cuánto había pagado por la entrada, y aunque no le tenía que importar un carajo, se lo dije. Entonces le pregunté cuánto valía con el descuento y me dijo que era más cara de lo que había pagado yo.

¿Qué sentido tenía lo que me estaba diciendo? ¿’Echándome la bronca’ por haber pagado menos, o por no haberle pagado a él? En mi interior pensaba cuándo iba a disculparse por las formas, porque yo cuando reñía a la gente lo hacía con conocimiento de causa, y si me equivocaba (que ocurría) pedía perdón. No había nada de malo en ello. Él lo que hizo cuando se dio cuenta de que me estaba aconsejando pagar más por una entrada fue, y transcribo literalmente, “sí, has pagado menos, pero si hubieras leído…” Si hubiera leído… ¿qué? Aún hoy no sé adónde quería llegar. Me quedé pensando qué beneficio habría sacado yo, y como concluí que ninguno pensé en responderle y dejarle en evidencia con un par de bofetadas dialécticas por prepotente y listo. Pero me acordé de que me estaba haciendo el favor de dejar que un pequeño entrara sólo con el reenvío del correo, así que mi educación no me lo permitió. Incluso pensé en decírselo a la que salía del centro, pero tampoco lo hice por no perder más tiempo con él.

Sobre el centro… Es normalito, quizá acostumbrado al Zoo o al Safari me parece poca cosa y mi opinión no es subjetiva. Quizá también voy influido negativamente por la reprimenda del taquillero nada del otro mundo, pero por lo que nos costó no se puede pedir más. Los lobos, que eran lo mejor de la visita, desaparecidos, y los zorros, dormidos. Así que poca chicha. Aves rapaces, tortugas, cabras montesas, muflones… y poco más. Pero pudimos entrar sin problemas y lo pasamos todos muy bien. Al final, eso es lo que importa.

Mi Reino por un enchufe

De un tiempo a esta parte, vengo comprobando que las necesidades en las personas han cambiado. Antaño la gente pegaba y pagaba, cuando subía al tren, por un sitio libre para sentarse e incluso por un sitio en la puerta de salida. Y daba igual todo en aras de conseguir el objetivo anhelado. Importaba poco que para lograr el asiento hubiera que dar empujones a cuantos se encontraban en el camino, e incluso salir corriendo como si en lugar de asientos libres hubiera cheques en blanco. No había impedimento en apartar de cualquier forma a quien se pusiera delante con tal de ser el que más pegado a la puerta estuviese. Como si esa puerta en vez de dar a la siguiente parada diera a un banco de lingotes de oro listos para el primero que bajara. Ahora un asiento libre o un hueco en la puerta no están tan cotizados. Les ha pasado como al euribor. Ahora hay un elemento que está mas al alza: el enchufe de la luz.

Adaptador
Sí, aquí cargan hasta tres móviles

Y no es porque haya sido más de una decena las veces que he visto a la gente enchufar el cargador del móvil en la enchufes de las estaciones de tren mientras esperan a que venga el siguiente. Es que ha comprobado cómo se abalanzaban sobre el terminal eléctrico como si en lugar de luz proporcionara petróleo. ¿Y todo para qué? Para poner el cargador del móvil y seguir escribiéndose por WhatsApp o continuar viendo los perfiles de las personas que han dado “me gusta” a la publicación que ha compartido un amigo que tienen en Facebook. Sí, a mí también me parece triste y egoísta. ¡Si pusieran un adaptador de corriente podríamos enchufar como mínimo tres cargadores!

Yo, que intento ver la idea del siglo en cualquier lugar como ya visteis cuando os hablé de montar un restaurante, he pensado en poner una máquina de tiempos y alquilar el uso del enchufe. ¿Por qué disfrutarlo el primero que llega todo el rato si lo pueden hacer varios a razón de sólo 50 céntimos cada tres minutos? Así todos podrían mandar ese mensaje tan importante o comentar en las últimas entradas de los blogs que siguen. Por un módico precio, a turnos y en un perfecto orden. Lo de llenarme la cartera es un efecto colateral… Y mientras esperan su turno, pues podrían ver las caras de los demás viajeros, sonreírles, descubrir el paisaje alrededor, o incluso leer un libro. Hay tantas cosas que podrían hacer mientras dejan que el móvil descanse…

¿Tú también has usado un enchufe fuera de casa y del trabajo para cargar el móvil porque te quedabas sin batería? ¿No has dejado nunca que el móvil se apague porque no sabes cómo ocupar su espacio?

Te lo paso por WhatsApp

Imagino que esa genial frase fue la que le vino la cabeza al señor que aparece con un niño —supongo, por la forma de comunicarse, que con relación padre e hijo— en un vídeo que me ha llegado por dicha vía. En él aparece un pequeño, con una edad que intuyo se encuentra entre las de los dos míos, ante un felpudo con la palabra “Welcome” escrita. El señor le pregunta qué pone y el niño responde “W, e, l, c, o, m, e; alfombra”. Reconozco que el niño, aunque no lo conozca de nada, es muy gracioso. Y este es el problema. No que sea gracioso, sino que no le conozco de nada. Y aún así, me ha llegado ese vídeo. Lo intrigante es que desconozco si el niño actualmente vive cerca de mi pueblo, o en la otra punta del país, o incluso expatriado. ¿Hasta dónde podría llegar dando vueltas? Bueno, algo curioso sería que se lo compartiera alguien (desconocido) de uno de esos grupos que todos tenemos en los que no conocemos a todos los integrantes.

Alfombra
Como todos podéis leer, aquí pone “Alfombra”

A mí también me ocurre. Los padres nos quedamos absortos con las cosas que hacen nuestros pequeños. Y las originales, curiosas y/o graciosas, nos gusta compartirlas con nuestro círculo (cada uno busca la forma más óptima de hacerlo, y de definir ese círculo). Pero de lo que mucha gente no es consciente es que el entorno de los demás no es el mismo que el nuestro, y si algo nos parece tan gracioso como para mandarlo a los demás, posiblemente le ocurra a más de uno. Y aunque debería, la gente no suele ser lo suficientemente educada como para preguntar si le importa al padre del pequeño reenviar el vídeo a todos sus contactos (para perder el rastro del mismo definitivamente, dicho sea de paso). Quiero pensar que aún no existe persona que sea preguntada por la posibilidad de mandar el vídeo a todos los amigos y que acceda. Por lo que difundir alegremente un vídeo de tu hijo, no sé, no lo veo… Llamadme raro.

¿Qué ocurre con la privacidad de ese menor? ¿En qué momento decidió que quería estar en los dispositivos de medio país haciendo reír a quien le viera? Lo peor no es eso, sino el uso indebido que se le pueden dar a esas imágenes. Todo eso sin que el chiquitín haya solicitado nada, y sin que sus padres lo hayan pensado. Alguno de los que está leyendo esto puede pensar que soy algo… ¿exagerado? Tal vez. Aunque habría que preguntarle a los pederastas y a los secuestradores de niños. O, sin ser tan tremendistas —como si lo anterior no fuera lamentablemente algo común—, a los mismos niños cuando descubran que han tenido, en ocasiones, una vida al alcance de todos. Sin consultarles si ellos querían. Porque, seamos sinceros. ¿A quién de nosotros le gustaría que sus padres compartieran vídeos y fotos de cuando eran pequeños —o incluso de hoy en día— con sus amigos, familiares y conocidos —que a su vez los pueden compartir con quien sea—? Que alguien se atreva a levantar la mano. Y si cada uno decide con quién lo comparte, ¿por qué a los niños no ser le permite elegir? ¿De qué sirve que a los jóvenes o adolescentes se les conciencie de los peligros de estas acciones si los mismos padres las pasan por alto? ¿Cómo puedes pretender que tu hijo no haga lo que haces tú?

Eso es de maricas

Llevo muchos días leyendo entradas sobre el día de la mujer. Que si machismo, que si feminismo, que si el mes de la mujer, que si igualdad… Para nada. Sí, es muy útil para cubrir la publicación de un día o incluso de una semana, pero no sirve para mucho más. ¿La intención es informar? En ese caso, cualquiera que no esté el tanto de las noticias sí que podrá saber que aún las mujeres cobran menos que los hombres por hacer lo mismo. O que hay menos puestos de responsabilidad ostentados por mujeres. O que es más fácil que no contraten a nadie a que contraten una embarazada. ¿Para concienciar concienciar? Sinceramente, no lo creo. La mayoría de los que pertenecen a mi generación (si no antes), compartimos las tareas en la casa y con los niños con nuestras parejas (y hablo por lo que leo en la blogs además de lo que veo en mi círculo personal). Ya estamos concienciados, vaya. ¿Para reivindicar la actual desigualdad? Quizá sea eso. Pero, ¿qué se consigue haciéndolo por aquí? Poco, muy poco. ¿Cuál es el camino a seguir? Desde mi humilde opinión, lo que hay que hacer es dejarse de celebrar un día que no tendría que existir, y aplicar en casa una educación en condiciones para que no pasen cosas como la que vi hace unos días.

MaricaUna niña y un niño estaban viendo disfraces en una tienda. Podrían no tener más de cinco años. Esta edad se caracteriza por que los niños empiezan a soltarse, a perder la vergüenza, a pensar y razonar pero con ese alto grado de inocencia que baña sus palabras. Las niñas suelen ir un paso por delante y ser más espabiladas y ocurrentes, piensan seguramente más y mejor. No se conocían de nada, pero eso a esta edad no importa para entablar una conversación de cualquier cosa y poder hacer una amistad, aunque sea efímera. El niño, tras ver varios disfraces, le dijo a la niña: “Me quiero comprar este, porque Frozen me gusta”. La niña le miró y le contestó: “Pues que sepas que eso es de maricas”. Creo que el niño se quedó tan estupefacto como yo y la miraba perplejo sin decir nada —¿seré tan pardillo e inocente como un crío de seis años?—. La niña, que supongo que a esa edad aún no esa capaz de descifrar bien una expresión facial, debió pensar que el niño no le había escuchado, así que se lo repitió “Pues sí, porque si te gusta Frozen eso es de maricas”. Yo decidí retirarme a pensar. A pensar en la escena.

Años de lucha por una igualdad de sexos. Miles de reivindicaciones el día 8 de marzo. El día de la mujer, igualdad, machismo… Esas palabras debieron ser tendencia mundial en Twitter. ¿Y para qué? Para que en la última generación pensante que existe en la actualidad, que es la de los niños de 5 y 6 años, una niña (con a) suelte esa barbaridad. Dicho de otra forma, para nada. Y lo que más gracia me hace es que apuesto todo el dinero que llevo ahora mismo en la cartera —que para los que salivan diré que se trata de una moneda marroquí, yo pago con tarjeta— a que su madre (y quizá su padre), compartieron mensajes, emblemas, fotos, dibujos o escritos defendiendo el derecho a la mujer a ser igual que el hombre.

Lo dije el ocho de marzo y lo repito hoy. Soy antidías. Sobre todo de esos que tendrían que ser todo el año y no uno en concreto (como este o San Valentín). La igualdad no se consigue compartiendo mensajes en redes sociales. La igualdad se empieza a conseguir en casa, enseñando a los que vienen detrás que si a un niño le gustan las princesas o las muñecas no es un marica, y que si a una niña le gustan los coches o el fútbol no es una marimacho. Y a comprender que el rosa también favorece a los hombres y el azul a las mujeres.

Hablar con estilo

WhatsupAnteayer os enseñaba cómo podemos hablar con propiedad (si no habéis leído la entrada, podéis hacerlo ahora pinchando en estas letras para que me entendáis mejor). Aunque la historia se había contado en un lenguaje claro, la redacción denotaba, como decirlo… ¿falta de cultura? Sería hablar con propiedad, pero desde luego que no fue hablar con estilo, y mucho menos con cierto nivel. Y eso es lo que voy a hacer hoy. Os voy a contar una historia similar, pero contada con un lenguaje de nivel, demostrando sabiduría, hablando como hay que hacerlo. Espero que os sirva para comprender también la historia del lunes. Ya me diréis cuál de las dos se entiende mejor.

La gente que habla con estilo es rica. Rica en todos los ámbitos. Practica el deporte de calidad. De hecho, muchos atletas antes hacían footing y ahora practican el running, que es su justa evolución. Los que juegan al béisbol son pitchers y catchers que no necesitan buscar sponsors porque éstos se los rifan. Además los días de partido, los que son padres no tienen problemas buscando babysitters que trabajen a full-time. Ellos son personas de las altas esferas, de esas que trabajan en un holding con un alto grado de outsourcing, los que tienen esposas que se hacen liftings, y que en reuniones de amigos cuentan la anécdota de la noche en la que fueron disc-jockeys. Esos que previo al lunch en el que toman un sandwich dan un speech de un trending topic ante los mass media. Como son ricos, el desayuno es con delicatessen: muffins y cupcakes. Con topping de virutas de chocolate, por supuesto. Y para comer, un catering en el office siempre que sea posible, y si no se va a un self-service con refill de bebida gratis. Nada de comer de tupper que eso es de pobres. Y por encima de todo, que la comida sea light.

Estas personas viven en lujosos lofts con parking privado, y en su hall tienen un espejo vintage. Es cool. Se acompañan de smartphones que ponen en on o en off según les convenga, pero viven tan ajetreados en sus business que no tienen tiempo de un break en el que hacer backups de las fotos del weekend practicando sus hobbies. Si mandan alguna de ellas por e-mail, previo photoshop para mejorar el look que lucen porque adoran su imagen, avisan a los destinatarios de que no es spam.

Este tipo de personas son las que se apuntan a un gym, porque da caché. Allí los coaches les dan un tour para ver las instalaciones y se alegran de ver que pueden hacer spinning o aquafitness mientras hablan del back office en un brainstorming con sus partners. Así consiguen altos benefits en sus empresas con escasos inputs, que es lo ideal. Realizan unas pequeñas workshops en petit comité. Y si están solos pueden dedicarse a instruirse con la televisión viendo spots de top models dando tips sobre cómo leer best-sellers con copyright. Además en ellos aparecen grandes celebrities sin necesidad de superar un casting, y aunque no se emiten en prime time se necesita un buen share y un gran rating. Y no conlleva la necesidad de hacer zapping.

Algunas noches se van a un pub en busca de una happy hour para poder beber más barato y que el alcohol vaya in crescendo por su cuerpo. Dentro, escuchan los hits del momento y los bailan hasta cansarse.  Pero siempre, antes de acostarse, se loguean con su user y password en los blogs que tienen y cuentan en un post cómo les ha ido el día. Además linkean incluso los locales que frecuentan para que sus followers los conozcan. Aunque, una vez en Internet, las posibilidades de entretenimiento son infinitas: ver premières, distribuir libros sin pagar royalties, hacer shopping con cuidado de no vaciar la visa… Y cuando el sueño les vence, a dormir.

¿Se entiende mejor esta historia? ¿No? ¿Y cuántas palabras utilizas al cabo del día? Al menos, aunque hables sin propiedad, puedes presumir de hablar con estilo.

Hablar con propiedad

Que pasaEs de todos sabido que en España se habla (en muchos casos) únicamente español… y además mal. Todos, y cuando digo todos me refiero a todos, lo escribimos de manera más o menos decente, pero no lo hablamos en condiciones. Porque si conocéis a alguien que “haya bailado, comido y bebido en una noche todo lo que dio de sí sin dejar nada”, me lo presentáis y le decís que comente. Yo sólo conozco a personas que “han bailao, comío y bebío en una noche tó lo que han dao de sí, sin dejar ná”. Dicho esto, parece que si al hablar usamos palabras en otro idioma -generalmente inglés-, aumentamos nuestro nivel intelectual. ¿Seguro? ¿Es necesario utilizar palabras extranjeras en lugar de las que ya existen en español para parecer inteligentes? ¿Por qué no probamos a hablar bien nuestro idioma y después, si eso, innovamos?

No quiero que la entrada se vaya de longitud, así que la dividiré en dos. Hoy os pondré una historia contada con un lenguaje español puro, lo que hace que sea un poco llana, simplona… Sin nivel, vaya. Espero que podáis entenderla sin dificultad.

La gente que habla sin propiedad es pobre. Pobre para todo. Practica el deporte, pero no es de calidad. Si practican atletismo como aficionados, sólo corren. Pero no evolucionan porque correr ya lo hacían antes. Si juegan al béisbol son simples lanzadores y receptores que si están empezando no tienen patrocinadores y les cuesta mucho salir adelante. Además los días de partido tienen problemas buscando canguros a tiempo completo. Son problemas de gente de clase baja, esos que no trabajan en una sociedad financiera con un alto grado de subcontratación, cuyas esposas no se pueden permitir los estiramientos de piel para estar siempre jóvenes, y que en las reuniones de amigos afirman que de jóvenes soñaban con ser pinchadiscos. Esos que previo al almuerzo, que consiste en un simple emparedado, dan un discurso de un tema que está en boca de todos ante los medios de comunicación (por supuesto solo los locales). Como son pobres, nada de delicias en el desayuno: magdalenas y pastelitos. Sin tan siquiera aderezo de virutas de chocolate. Y para comer, nada de servicio de comida a la oficina, y mucho menos ir a un autoservicio, eso es de ricos. Cada trabajador se lleva su fiambrera con lo que quiere. Eso sí, con rellenado de agua gratis. Al menos su comida no es necesariamente ligera.

Estos trabajadores, con suerte, viven en almacenes adaptados sin aparcamiento propio, y en su recibidor no tienen un espejo antiguo porque es caro. Pero no importa, tampoco es tan guay. Se tienen que conformar con teléfonos inteligentes que están más encendidos que apagados. Pero como sus negocios no les dan demasiado trabajo extra, en los descansos que se toman hacen copias de seguridad de sus fotos del fin de semana disfrutando de sus aficiones. Si mandan alguna por correo electrónico, sin retoque fotográfico porque su imagen no es algo crucial, avisan a los destinatarios de que no es correo basura.

Este tipo de personas se apuntan a un gimnasio de barrio, porque es de pobres. Los monitores les dan una vuelta para ver las instalaciones y descubren que no tienen las necesarias para hacer bicicleta estática o ejercicios en la piscina mientras hablan del trabajo de oficina en una tormenta de ideas con sus socios o compañeros. Pero no importa porque sus empresas no obtienen beneficios con las aportaciones que realizan, porque son insuficientes. Y es que son como pequeñas reuniones intensas de trabajo hechas por un grupo pequeño de personas. Por otro lado, si van solos pueden dedicarse a ver la televisión (si hay), aunque sólo emitan anuncios de supermodelos dando consejos sobre cómo leer un superventas con derechos de autor. Salen famosos venidos a menos sin pasar una prueba artística, pero no pasa nada porque no es horario de máxima audiencia, con lo que no hay cuota de pantalla ni índice de audiencia que medir. Lo malo es que no pueden cambiar de canal porque la tele no es propia.

Algunas noches se van a un bar de copas y con suerte encuentran uno con la hora feliz, dejando que el alcohol vaya en aumento por sus venas y puedan así olvidar las penas. Dentro, escuchan los diversos sencillos del momento y los bailan hasta cansarse. Pero siempre, antes de acostarse, ingresan con su usuario y contraseña en los cuadernos de bitácora que tienen y cuentan en una entrada cómo les ha ido el día. Además enlazan incluso los locales que frecuentan para que sus seguidores los conozcan. Aunque, una vez en Internet, las posibilidades de entretenimiento son infinitas: ver estrenos de cine, distribuir libros sin pagar derechos de autor, hacer compras con cuidado de no vaciar la tarjeta de crédito… Y cuando el sueño les vence, a dormir.

¿Has tenido problemas para entenderlo? Si es que no, enhorabuena, estás capacitado para hablar con propiedad, pero sin estilo.

Quiero un blog con Estrellas Michelín

Lo hablábamos el otro día en mi oficina, mientras tomábamos el desayuno. ¿Por qué estamos trabajando aquí, siendo de los no-ricos y no tenemos una ideaca? Una idea de esas que te sacan pobre y que te hacen famoso para el resto de tus días, me refiero. Pero no famoso en plan Belén Esteban, que la gente necesita conocer hasta qué desayuna para ser feliz -lo cual, dicho sea de paso, habla mucho de la poca vida que tiene esa gente-. Es más un famoso en plan “el tío que inventó la fregona“, que nadie sabe quién es ni cómo se llama, pero ahí estuvo -sí, ya no vive-, montado en el dólar. Y escribir libros de vez en cuando está bien, pero no te saca de pobre si no eres -de nuevo- Belén Esteban. Qué pena de país, ¿verdad?

Así que después de darle vueltas lo vimos claro: un restaurante de lujo. Pero no uno cualquiera, no. Uno que venga con estrella Michelín, que es lo que da glamour. Una Estrella Michelín te hace ser destacado, te da un nombre, te genera una gran repercusión social en las altas esferas. Seguro que alguno apadrinaba mis libros y me hacía un escritor de los grandes, justo lo que necesito para dejar de ser mileurista -vaya, ya volví a mis libros-. Quizá debería empezar por tener un blog de lujo, con Estrellitas de esas, porque ahora mismo lo único que tengo de lujo son los seguidores y las estrellitas de pegatina que pongo a mis hijos cuando se portan bien. Ahora sólo me falta tener un menú de acorde a los comensales que visitan mi local, porque reconozco que algunas veces se me escapa un plato soso, o alguno que no está bien aliñado, o incluso sin el toque de distinción que necesita. No sé si mi carta es muy abundante y debería ser más selecto en cantidad -que no tendría que redundar en una mayor calidad, dicho sea de paso-.

Volviendo al restaurante, concluimos que en esos lugares los menús valen un dineral. Y están llenos de proporcionalidades matemáticas. De hecho, el precio del menú es inversamente proporcional a lo que invierten en comida. Y a su vez el tamaño del plato es inversamente proporcional a la cantidad de comida que lleva encima. Pero, ¿qué es lo que hace realmente caro el plato? La cantidad no, desde luego, porque parecen maquetas de lo que realmente quieres pedir. Alguna vez he pensado que si por error fuera a parar a uno de esos lugares y pidiera un plato de comida y me trajeran un trozo ridículo, se me escaparía sin evitar un “Muchas gracias, me gusta el prototipo, pueden hacer el plato”. Quizá podría pensarse que encarece el precio el tamaño de la vajilla, pero tampoco se puede quintuplicar el precio un poco más de cerámica. ¿El sabor único de cada cosa que se elige? No creo, tampoco hay combinaciones tan delicadas como para que un filete sepa a algo que no es un filete. El tiempo de preparación del plato intuyo que tampoco, porque cuando hacen un filete alimentan a 30 comensales, con lo que el tiempo que tardan es mínimo. Así que descartando llegué a la conclusión de que el precio lo encarecía pensar el nombre del plato.

Queso brieOrejaPuede parecer algo difícil de comprender, lo sé, pero visualicé un ejemplo que lo detallaba a la perfección. En el Bar Venancio, un plato de Oreja con queso brie en aceite de oliva se llaman exactamente así, Oreja y Queso brie en aceite de oliva. Y son dos platazos que apenas caben en la mesa, ojo, uno lleno de oreja y otro lleno de queso. Además te cobran por todo, con bebida, menos de 20 euros. Ya no te hace falta cenar más. En La guinda del gurmet, se trata de un plato de cerámica gigante, que tampoco cabe en la mesa por el tamaño, pero que cuenta en el medio únicamente con un pequeño trocito de oreja y otro pequeño de queso brie al lado, adornado con el aceite de oliva haciendo un zigzag. El nombre de la carta es algo distinto, porque tú ahí pides Parte lateral auditiva izquierda de cocho sobre lámina de queso norfrancés con sus bordes, bañado en pulpa de aceituna. Y el montante del mismo son 30 euros mínimo, sin beber nada. ¿Es o no el nombre el motivo del enriquecimiento? Lo que no entiendo es cómo el pobre Venancio aún tiene problemas para llegar a fin de mes. Bueno, sí que lo sé. Estoy meditando hacerme socio y descubrirle las posibilidades que le proporcionaría ganar ese mismo dinero por cada plato, pero haciendo que cada ración le dé para 30 personas. Quizá sea la solución a nuestra maltrecha economía.

Has estado alguna vez en algún restaurante con estrellas Michelín? ¿Te gustó la experiencia? ¿Te contó el secreto del valor de cada plato? ¿Sabe muy distinto a un bar de barrio?

¿Necesitas un abrazo?

Abrazo 2Hace unas semanas se celebró el día del abrazo en el colegio de mi hijo. Teniendo en cuenta que han celebrado el Carnaval cinco días después que el resto de colegios de España, no sé si sería el día adecuado o si era una invención para fomentar el cariño. De todas formas, a mí me pareció una idea estupenda. En la puerta había un cartel que decía “¿Necesitas un abrazo? Pasa, nosotros te damos uno“. Me quedé pasmado con el mensaje. Es un colegio, son profesores, además de niños pequeños… ¿necesitas? Es como poner “¿Estás falto de cariño en casa?” Mal. Un ‘quieres’ o un ‘te apetece’ creo que habría sido mucho más acertado. El mensaje sería el mismo y no te miraría nadie como “el chico al que nadie quiere“. Aún así me parecía una iniciativa fabulosa.

El caso es que lo vi mientras esperábamos a los niños a la salida, y cuando lo leí se lo dije a los padres que tenía alrededor. “¡Hoy aquí se dan abrazos gratis y yo voy y me lo pierdo, lo llego a saber y cojo el día en el trabajo!”. Los que me seguís sabéis que soy de dar abrazos y cariño, lo he dicho en esta entrada, también lo he dicho en esta otra… Posiblemente si me hubierais escuchado decirlo vosotros, alguno me habría dado uno. Sin embargo la gente del colegio me miraba entre sorprendida y expectante. Pusieron cara de situarse a la defensiva, porque no sabían si de repente les iba a asaltar con un achuchón de la muerte así, sin anestesia. Y claro, no todo el mundo está preparado para recibir (y mucho menos dar) un abrazo si no ha realizado un ritual de preparación previamente. Creo que me miraban las manos y veían en ellas un alambre de espinas, por eso estaban tan reticentes. Un abrazo así pincha, y no es el mismo pinchar que el de una barba de tres días, no. Es más un pinchar del tipo colchón de Faquir.

De hecho en varias ocasiones me dijeron temerosos “Nos estás mirando como con ganas de darnos un abrazo“, y sentí el miedo en sus miradas además de en sus palabras. Yo sonreía pero en el fondo me daba un poco de lástima. Y me la daba porque parecía que en vez de un abrazo quería dar un puñetazo, porque tenía la sensación de que nadie quería abrazos porque todo el mundo estaba sobrado de cariño. Y ser humano de la clase media, que jamás se colma de nada que sea bueno (véase dinero, sexo, salud), dudo que esté con sobredosis de cariño. Al mismo tiempo que me daba pena me preguntaba por qué. Por qué nadie quería darse un abrazo en público con alguien a quien ve regularmente (que no es un desconocido, vaya) desde hace varios años. ¿Vergüenza de que le vean los demás padres? ¿Miedo a que los demás piensen que nos estamos toqueteando? ¿Temor a que le guste y quiera recibir más? Desde ese día entiendo mucho mejor que los adultos no vayan dando abrazos a destajo como contaba aquí que hacía mi hija. Si no lo hacen con los de su alrededor y con los que conocen desde hace tiempo, obviamente no lo harán con otros más alejados de su entorno. Pero tengo claro algo, ellos perdieron más que yo. Perdieron la oportunidad de recibir un chute de energía positiva, de recibir algo que seguramente hacía tiempo que no recibían, de experimentar una sensación que sólo te da el calor de unos brazos rodeando tu cuerpo desinteresadamente. Cuando salió mi hijo de clase, compartí todo eso con él con un abrazo de los míos. Lo bueno fue que no necesité hacerlo con nadie más. Y lo mejor, que fui correspondido de forma totalmente sincera.

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