Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 13 – Poseídos por el móvil

Te acuerdas de...

La tecnología se está haciendo con el poder de las mentes de las personas a paso lento, pero seguro. Cada vez es mayor el número de ciudadanos que deambulan por la calle mirando hacia abajo, como buscando dinero en el suelo, pero sin llegar a ver apenas un palmo más allá de la posición de sus ojos. Todos van mirando su móvil, algunos con los cascos puestos, otros usándolo a dos manos, varios con un sólo dedo. El poder de las redes sociales y de los programas de mensajería instantánea hacen que cada minuto que se tiene de vida más allá de las obligaciones (e incluso entre ellas), se le dedique al móvil. ¿Por qué si no hay que recargar la batería varias veces al día? ¿Acaso dura poco? No. Si se deja el móvil en modo reposo, como hago cuando voy a un lugar sin cobertura de datos, aguanta todo un fin de semana realizando llamadas. El problema es el sobreuso que se le da a diario. Hace tiempo hablé de los móvildependientes. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Desde que surgió, la tecnología nos ha proporcionado todo tipo de avances y comodidades. Sin embargo, desde mi humilde punto de vista también hay en ella muchos aspectos negativos. Uno que considero fundamental es la dependencia que nos generamos de ella. No es sólo que prácticamente cualquiera que tenga móvil no sepa vivir sin él, es también que se hace uso del mismo a la menor ocasión. Un corto trayecto en transporte público, la espera en una cola, incluso caminando por la calle.

Montones de personas deambulan absorbidas por el aparato que tienen en las manos, sin prestar atención a su alrededor. Son como zombies con un teléfono pegado al final de sus brazos. A veces lo pienso y yo mismo me incluyo en este grupo, porque aprovecho cualquier momento que tengo libre en un viaje, caminando solo o haciendo una cola para escribir las entradas del blog que leéis.

Sin embargo, no es mi rango de edad el que me preocupa. Ayer, una chica de ocho años vino a recoger su tarjeta de residencia. Para ello el sistema debe cotejar las huellas de quien la recibe. Durante los tres minutos que duró el proceso, la chica estuvo pegada al móvil hablando con alguien. Todo lo que hizo fue alternar de mano el aparato. Independientemente de que me resultase una falta de educación grave (por parte de la otra persona) estar dirigiéndome a alguien que no me estaba haciendo ni caso, me resultó llamativo que lo hizo una niña que no tenía ni la mitad de la mayoría de edad y bajo consentimiento de su madre que no le dijo nada. ¿Qué se puede esperar de esta muchacha cuando sea adulta? No sé dónde vamos a llegar, pero el camino que llevamos creo que no es el adecuado.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 12 – Abogado del diablo

¿Te acuerdas...?

Los abogados son esos seres bondadosos que se caracterizan porque siempre que se cruzan en tu vida es para sacarte algo. O bien intentan sacarte hasta la bilis (caso en que los tienes en contra), o bien intentan sacarte hasta el último céntimo de tu cuenta corriente (caso en que lo tienes, paradójicamente, a tu favor). Son de ese tipo de personas que serían totalmente prescindibles si el ser humano no fuera tan mezquino. Pero lo es, así que estos defensores de la justicia (y de los violadores, asesinos, estafadores y demás especímenes sin derecho a la libertad) son necesarios. Hace unos meses hablé de ellos. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace unos días fui a donar sangre al autobús que para al efecto enfrente de mi oficina. Dentro, un compañero al que admiro por su gran capacidad intelectual y de retentiva se molestaba con una enfermera porque decía que tanto ese gremio como el de los médicos nunca se creían lo que él les decía, asumiendo que todo el mundo miente. A mí sin embargo me parecía normal esa actitud. ¿Acaso no estamos nosotros dos hartos de que la gente nos mienta por defecto? ¿Por qué a ellos les van a dar otro tipo de trato? El problema es que yo soy idiota y pienso que hay gente que no es así, por lo que trato a todo el mundo como si fueran esas personas que componen la excepción. Así me pasa.Hace un par de años vino una mujer para obtener la tarjeta de residencia para ella y sus hijas dependiendo de su madre, nacionalizada española. Debía aportar el DNI de la madre pero dijo que se le había olvidado en casa. Nos contó que una de las niñas estaba enferma y no quisimos hacerle dar más paseos y demorarle el trámite porque la pequeña nos dio lástima, con lo que le tramitamos las tarjetas con la condición de que nos trajera el carné cuando la niña mejorase.

La siguiente noticia que tuvimos de ella fue cuando quiso recogerlas un mes después y nos dijo que su madre no vivía en España, por lo que no podía conseguir el carné. O sea, que (por el tipo de tarjeta en cuestión) la persona que vivía con ellas y las mantenía no estaba en el país. Después de invitarla a conseguirlo como pudiera encadenó una mentira tras otra, en mi oficina y en las que estuvo posteriormente, sin mucho éxito.

Ayer estuvo en la oficina una abogada que ahora la representa, preguntando por qué no le habíamos dado la tarjeta. Vaya por delante que estoy convencido de que posiblemente, en algún lugar, hay algún abogado honrado (imagino que yéndose de copas con el comercial del mismo corte). Le conté la historia, que le hicimos un favor confiando en ella y nos engañó, y ella sólo se dedicaba a preguntarme en qué ley se recogía esa solicitud de documentación que hacíamos nosotros.

Le enseñé la resolución que trajo la mujer en su momento donde venía escrito lo que debía aportar y me soltó que no era legal pedirle eso si no podía ver la ley. La remití al lugar donde emitieron esa resolución para que se lo explicaran. Entretanto, se puso arrogante, a hacer referencias a artículos de varias leyes (a pesar de decirle varias veces que yo no entendía de leyes porque no era mi trabajo), a enseñarme cómo debo trabajar (¿a quién no le gusta enseñar a trabajar a un funcionario?), y cuando le dije que por gente como ella se me quitaban las ganas de hacer favores me soltó: «pues no los hagas y no te pasará esto«.

Entonces deseé que pronto necesitase un favor de algún sitio donde estuviera (a ser posible conmigo mediante) y que le mandasen a su casa sin escucharla, eso sí, con toda la educación del mundo. Al rato me dijo (supongo que para compensar y para borrar la cara de agrio que se me había puesto) que estábamos en el mismo bando, que hacíamos lo mismo, que éramos funcionarios los dos, y yo le respondí un seco y tajante «No».

Me callé ahí porque mis padres me han dado una educación, pero me quedé con ganas de decirle que yo jamás voy a estar del mismo lado ni en el mismo bando que las personas que se ganan la vida defendiendo a mentirosos, estafadores, violadores y asesinos.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 11 – El arte de tirar el cigarrillo

Te acuerdas de...

No tengo nada en contra de los fumadores, al menos en contra de los que me respetan. De hecho, tengo amigos fumadores. Sin embargo, este colectivo no sólo cuenta con buena gente. Maleducados los hay de todos los tipos, y hace tiempo que hablé sobre una de las acciones que llevan a cabo este subconjunto de fumadores, los de poca educación: tirar la colilla donde les place una vez han terminado con ella. Que digo yo, que si no saben bien qué hacer con ella que se la traguen, seguro que algo les alimenta. Total, el filtro no creo que les haga mucho más daño que lo que se meten antes. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


La palabra lluvia suele ir acompañada de buenos pensamientos. Si yo pienso en la lluvia como tal, me viene a la mente una imagen de gotas deslizándose por un cristal y el sonido del agua al caer en la oscuridad de la noche (como si no lloviese de día). Pero si en lugar de ir sola se acompaña de estrellas, es algo que también agrada. Es una grata sensación tumbarse en un lugar sin iluminación, abrir los ojos y contemplar cómo bailan las estrellas.

Sin embargo, hay una compañía que puede hacer que la lluvia se deteste: las colillas. El problema no es que sea feo ver caer una, sino que más bien es desagradable a la par que peligroso. Otro inconveniente es que, al contrario de las otras, nunca sabes cuándo va a ocurrir una. Un coche, un autobús, un viandante, un balcón, una ventana, cualquier sitio es factible para que se produzca una lluvia de colillas.

La semana pasada iba andando por la calle y por delante de mis ojos pasó una a gran velocidad. Encendida, por supuesto. Me cogió tan desprevenido que no tuve tiempo de pedir un deseo siquiera. Si no llego a tener la suerte de verla, posiblemente me la hubiera llevado puesta de sombrero. Con lo mal que huele el pelo quemado…

El problema es que ese no es un caso aislado. Este fin de semana he tenido el infortunio de ver otra, en las fiestas patronales de un pueblo. Estaba sentado en la terraza de un bar, viendo cómo la gente bailaba en la plaza del pueblo con la música. Tenía el carrito de mi bebé a mi lado, puesto de forma que ella tampoco se perdiera detalle y yo no la perdiera de vista. Y de pronto, mientras miraba cómo se reía viendo a la gente bailar, vi pasar un objeto a toda velocidad al lado de su cara y rozando el carro.

Al mirar al suelo, el proyectil había sido una colilla encendida. Miré de dónde podía proceder y vi cómo un señor de espaldas al carrito ni se había molestado en mirar hacia dónde la lanzaba. Supongo que pensó que donde cayera estaría bien, porque al fin y al cabo los barrenderos tenían que ganarse el sueldo. ¿Y si le dan al carrito y lo queman? ¿Por qué tengo que ir con un carrito marcado si no lo he pedido? Peor aún, ¿y si le dan a mi bebé en una mano, en la cara, en un ojo? ¿Qué se supone que debería hacer en ese caso, saltarle a él otro de un puñetazo para compensar?

¿Por qué la gente es tan incívica? ¿No se dan cuenta del daño que pueden causar tirando un cigarrillo encendido? Al entorno, al campo, a otras personas… Soy consciente de que a muchos les importa bien poco el prójimo y lo que les rodea. Pero, ¿por qué no lo hacen en sus casas, en una papelera llena de papeles? Así no ensucian la calle y tendrían la ocasión de asistir a unas fallas en primera fila, algo que además es bonito de ver. Quizá porque soy medio valenciano.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 10 – Esas rayas gordas y blancas de la carretera

¿Te acuerdas...?

Los pasos de peatones son unas zonas de la carretera que pasan desapercibidas para la mayoría de los conductores. A pesar de que se trata de unas rayas enormes, bien gordas y pintadas en paralelo, y que muchas están reguladas por un semáforo, parece que se tornan invisibles ante la proximidad de un vehículo. El problema es que algunos de ellos parecen envolverse de un material irrompible porque algunos viandantes se lanzan desesperadamente a pisarlos independientemente de quién se acerque, cómo se acerque (de rápido) y por dónde se acerque (en distancia). Hace tiempo hice una entrada al respecto. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Los pasos de peatones están sobrevalorados por los viandantes y demasiado infravalorados por los conductores. En el primero de los casos, creo que hay personas que piensan que unas rayas blancas en el suelo dan superpoderes a quienes las pisan. Por eso algunos en cuanto las ven desde la acera se lanzan a ellas sin importarles en exceso los vehículos que puedan venir a ambos lados de las mismas.

Por otro lado, creo que los conductores cuando ven unas líneas blancas paralelas pintadas en el suelo de lo único que se preocupan es de si hay un badén con ellas o no, no vaya a ser que dejen maltrechos los bajos de sus coches. Y algunos ni eso, porque parece que usan los badenes para practicar los saltos que dan los coches en las persecuciones de las películas americanas.

Estos días he podido comprobar que si hay algo que hace la gente cuando se va de vacaciones a Benidorm es saltárselos, infringiendo así las normas de circulación. Quizá porque como no es su pueblo no piensan que pueda verles ningún conocido. O quizá porque creen que es el momento para sentirse los dueños de la carretera, ya que los otros once meses no pueden.

Sin embargo, he de decir que a mi vuelta a la rutina eso también ha seguido ocurriendo. No sé si porque no han cambiado aún el chip, o porque el resto del mundo les importa un comino. Más bien será lo segundo, porque si no, no entiendo cómo puede haber conductores que los pasen sin detenerse y encima algunos de ellos estén hablando por el teléfono móvil. Que para hacer un completo sólo les falta tirar una colilla por la ventanilla y tocar el GPS al tiempo que hacen lo anterior.

De todas formas, de estas maravillosas personas yo sólo espero una cosa: que si algún ser humano despistado cruza correctamente por un paso de cebra mientras alguno de esos insensatos se lo intenta saltar, ambos pertenezcan a la misma familia. Así todo queda en casa.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 9 – ¿Y yo cuándo subo al columpio?

Te acuerdas de...

Si hay algo que apetece en verano es ir con los niños al parque. No porque los padres lo pasemos fetén, no es mi caso. De hecho, tengo mil y una historias del parque y no son buenas en exceso. Pero lo hacemos porque los pequeños lo disfrutan, corren, juegan, son felices, y se montan en los columpios. Los columpios son esos aparatos donde los niños juegan, que cuentan con un reglamento no escrito. Hace tiempo hablé de él. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hace unos meses hablaba de la ley no escrita de la sandía. Durante las vacaciones me he dado cuenta de que no es la única que existe de este tipo. El columpio también lleva una consigo: para cederlo hay que tener siempre en cuenta el tiempo de espera y quién se subió antes.

En estos días he tenido la oportunidad de ir a varios parques, con niños y padres de todo tipo. Y cuando nos acercábamos al columpio siempre me surgía la misma duda: ¿cuánto tiempo se puede estar en un columpio sin que pase a ser un abuso? Según los niños, el que está montado ha de bajarse cuando «lleva mucho rato«. El problema es que la percepción de mucho tiempo para los niños y los adultos es distinta. En dos minutos un pequeño de tres años que está quieto esperando se sube por las paredes. Como aún son muy chiquitines y saben que no pueden hacer gran cosa para que quien ha subido se baje, utilizan repetidamente su gran baza, la presión: «Papá, ¿a mí cuando me toca?»

Es en ese momento cuando entra en juego esta ley, aunque su aplicación se ve distinta en función de si el hijo de uno espera para subir o ya está montado. En el primer caso, a partir del tercer minuto de espera uno ya se impacienta y empieza a pensar por qué ninguno de los padres de los dos niños montados (siempre hay dos columpios) no actúa de oficio y baja a alguno para ceder el sitio y que vuelva a hacer la cola. ¿Es que se piensan que el columpio es de ellos? En el segundo caso la cosa cambia, y se contemplan dos opciones: que el de al lado haya subido antes o después. Si el otro columpio se ocupó posteriormente, si uno ha estado esperando siete minutos para montar a su pequeño, ¿por qué habría que bajarle antes de ese tiempo? ¿No se estaría siendo injusto con él? En cambio, si se montó primero el de al lado, ¿no tendría que dejar antes su lugar por ser quién más tiempo lleva columpiándose?

Volvemos a lo de siempre, el civismo, la educación y la vergüenza que tienen los padres, en función de las cuales ayudarán (o no) a que todos los pequeños puedan disfrutar de los columpios. Porque al final, los realmente beneficiados o perjudicados son ellos.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 8 – Carta abierta a los comerciales

¿Te acuerdas...?

Los comerciales son esas bellísimas personas que por cumplir sus objetivos no dudan en colocar a cualquier familiar (suyo) en casa de cualquiera, incluso con un lacito si hace falta. Esas que únicamente en caso de extrema necesidad (y a veces ni eso) son capaces de decir la verdad. Esas que sólo utilizarían la extorsión, la coacción y el chantaje emocional cada cinco minutos si se vieran abocadas a ello, cosa que generalmente les ocurre a cada cuatro. En fin, seres a los que profeso un cariño especial, y a los que les dediqué una entrada hace meses. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Hay un espécimen de humanoide que según pasa el tiempo voy detestando más: el comercial mentiroso, ilegal y usurero. Ese que con la verdad sería incapaz de vender agua en el desierto, que tiene que recurrir a todas las malas artes que se conocen y que cada vez prolifera más en nuestro país.

Antes de las vacaciones vinieron a casa dos sinvergüenzas que comenzaron diciendo (cuando amablemente les eché de la misma) que no eran comerciales y que pasaban de parte de nuestra compañía para ajustar a nuestro favor un cobro indebido. Ante la extraña situación de mandar a personas para algo que podían hacer por teléfono me dijeron que lo hacían así para regularizar sólo a las casas habitadas, independientemente de si tenían o no teléfono.

Les insistí en que no quería cambios de ningún tipo y me reiteraron que ellos no podían hacer eso, insistieron en que ellos no vendían ni cambiaban nada y me enseñaron el papel que tenía que firmar para el ajuste. Lo leí y no había referencia alguna a altas, bajas o cambios de contrato. Mientras meditaba lo que ocurría y la individua de sexo femenino me contaba cosas acerca de lo bien que funcionaba la empresa haciendo cosas de ese calibre, el personaje de sexo masculino llamó, supuestamente, a la compañía para solicitar mis datos.

Entonces saqué a pasear mi lado confiado, ese que siempre me prometo no volver a sacar más y que al final termino extrayendo. Ellos tenían mis datos, verdaderamente eran de mi compañía, me aseguraban una y otra vez que no eran comerciales, había leído el papel qué tenía que firmar, ¿por qué iba a desconfiar? Al fin y al cabo, no todo el mundo ha de ser malo. Así que accedí y les firmé el papel que en teoría me habían mostrado y que me habían ido rellenando. Como aún así no las tenía todas conmigo llamé a la compañía para cerciorarme, y dos personas (que hablaban español) en sendas llamadas a Atención al Cliente me dijeron que estaban llevando a cabo esa gestión y que no me preocupase porque no era raro.

Cuál fue mi sorpresa un mes después cuando mi compañía me cargó dos recibos distintos y tras hablar con ellos me dijeron que había hecho un cambio de contrato. Les comenté que yo lo único que hice fue el ajuste que ellos me pidieron y me contestaron que para eso no tenía que firmar nada. Enfadado, volví a dejar las cosas como estaban bajo permanencia de un año. Y pensé, ¿cómo lo hicieron? ¿El papel que me enseñaron estaba incompleto? ¿Falsificaron mi firma en otro que no vi? ¿Había unas condiciones anexas que no me mostraron? Creo que lo único que tendré claro es que me mintieron y de forma muy reiterada.

No me gusta generalizar, de hecho no lo voy a hacer y voy a dar datos porcentuales como hago siempre. Sé que 1 de cada 10.000 comerciales es buena persona a la par que buen profesional, en todos los sitios los hay. Lo que me parece una lástima es que precisamente esos estén sin trabajo. No quisiera volver a encontrarme nunca a estos dos personajes porque pueden escuchar cosas casi tan desagradables como ellos son, pero les agradezco que hayan hecho que jamás vuelva a confiar en alguien que se acerque a mi casa sin ser llamado (y no sea un vecino). Desde aquí les deseo sólo una cosa (y a los que son como ellos también): que cuando tengan una cierta edad les engañen tanto como ellos mismos engañan y que no cuenten con recursos monetarios suficientes para hacer frente a tales embustes. Sin acritud.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 7 – ¿Ser otro es divertido?

Te acuerdas de...

En las vacaciones, es frecuente perder la documentación o que te la roben. Hay mucho maleante suelto y esperan cualquier despiste para arrebatar las pertenencias que uno tenga disponibles en ese momento. El lugar es lo de menos, ya que se hace tanto en la playa, como en un bar de copas, en un restaurante, en una discoteca, en el transporte público… Da lo mismo. El problema es que alguien puede tener la documentación de otro, y lo que es peor, hacerse pasar por ese otro. ¿Cómo es esto posible? Hace tiempo hablé de ello en el blog. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Si hay un tema que verdaderamente me sorprende del carné, es el de la suplantación de identidad. No por el hecho de la acción en sí, sino más bien por que se produzca con determinada frecuencia. Creo que es algo que no pasaría (lo de la alta frecuencia) si este país funcionara decentemente.

Soy consciente de que hay personas que se parecen mucho a otras sin ser familiares. También de que en un momento determinado pueden coincidir en el tiempo y en el espacio. Pero, ¿qué probabilidades hay de que la documentación de una de ellas llegue a la otra? ¿Realmente es tan alta como para que pueda ser siempre el motivo? Yo pienso que no, por lo que hay que acabar achacando la culpa a los ‘profesionales‘ que se topan con estas personas con los carnés de otros.

Y es que tan sólo hay que imaginarse la situación un poquito para saber que verdaderamente es así conociendo el modus operandi de los españoles. Uno llega con un DNI que no es suyo a un banco. Contrata un par de productos y el banquero ha visto el cielo abierto con la comisión del mes. ¿Se va a molestar en verificar que el titular del carné es el que está allí sentado? ¡Para qué, si el banco está ganando! En el carné pone Pepe Pérez y allí hay sentada una persona calva y con bigote, no hay que ir más allá. Que a los pocos días traspasa todos sus fondos a la nueva cuenta o lo saca por estar descontento con el banco y el dueño legítimo se queda sin nada… Es mala suerte. ¡Qué se le va a hacer!

Otra situación, después de hacer la compra para 2 meses en una gran superficie o una tienda de barrio, uno va a pagar con un carné que no es el suyo. Y con una tarjeta que tampoco sea la suya. Al llegar la hora del pago la cajera mira que en los dos pone el mismo nombre. ¿Y si el de la foto no se parece al señor que intenta pagar?

Bueno, en el primer caso la empresa no se puede permitir dejar de ingresar tanto dinero, así que las cajeras pasan por alto hasta los carnés caducados porque lo importante es cobrar la compra. En una tienda pequeña la compra puede salvar el mes y no se pueden poner quisquillosos porque el señor esté un poco cambiado. ¿Y si el tiempo le ha tratado mal?

Yo a veces me pregunto asombrado cómo puede hacer alguien algo a nombre de otro en los tiempos que vivimos. ¿Realmente nadie se fija en que la persona que lleva el DNI y la foto que hay en él no son la misma? Supongo que habrá quién no se preocupe de compararlas, quién no sepa distinguir dos caras que se parecen (o no), y quién dude y por vergüenza no diga nada no vaya a equivocarse. Yo a veces he dudado, y he realizado una comprobación de huellas para verificarlo a pesar de que al ciudadano no le ha sentado demasiado bien. Pero de lo que estoy seguro es que cuando se percatan de que no son la misma y aún así lo hacen es porque piensan «Bah, si nunca pasa nada«. Y es verdad, nunca pasa nada. Hasta que pasa.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 6 – Cómo utilizar una rotonda

¿Te acuerdas...?

En las vacaciones es inevitable coger el coche. Y da lo mismo el lugar de destino, siempre encuentras una allí donde te encuentras. Las hay por doquier, son muy útiles cuando confluyen varias calles en un mismo punto para optar por circular por cualquiera de ellas, pero su utilización es algo totalmente desconocido para más del 90% de los conductores. ¿Por qué es tan difícil que entren, circulen y salgan de manera correcta de una rotonda? ¿Será por las prisas, por la prepotencia, por la ignorancia? Hace tiempo hablé de ellas, intentando arrojar luz a los conductores habituales que lo desconocieran. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Ser conductor es algo que todos quieren cuando llegan a la mayoría de edad por muchos motivos, incluso hasta porque es algo que nunca saben si van a necesitar. Serlo y además ejercer es toda una aventura. Y si uno vive en un lugar con rotondas, es una aventura de las peligrosas. Esto es así por diversos motivos. Uno de ellos es la soberbia de la mayoría de los conductores que piensan que la carretera es de ellos y que los demás son simples sumisos que deben dejarles hacer lo que les venga en gana. Otro, que muchos conductores son tan ignorantes como prepotentes y que además de no saberse el Reglamento General de Circulación, se creen que llevan la razón siempre. Supongo que lo necesitan porque en casa no les dejan llevarla nunca.

Según el Artículo 29, el Artículo 33, el Artículo 57.1.c y el Artículo 75.1.b del mismo, se llega a la conclusión de que de forma general uno circulará por el carril derecho dentro de las rotondas, y que podrá hacerlo o no (lo cual no implica obligatoriedad) si hay varios carriles. También se concluye que, además, quien está dentro de la rotonda tiene preferencia sobre los que quieren acceder y que no ha de apartarse necesariamente del carril (derecho) para que entren otros. Además, si alguien está en algún carril interno tiene que cambiarse al derecho con suficiente tiempo para salir, lo que significa que bajo ningún concepto uno puede cruzarse por delante del que circula por la derecha dando un acelerón y girando a la desesperada para coger la salida que está a punto de saltarse.

Esto, teóricamente, se estudia cuando uno se saca el carné de conducir. El problema es que muchos lo olvidan con la misma facilidad que lo aprenden, y a los pocos años de sacarse el carné casi nadie lo recuerda. Es por esto que me encuentro con situaciones como las que me ocurrieron la semana pasada.

En una, yendo por el carril izquierdo con el intermitente indicando mi cambio de carril, una moto decidió que podía entrar en la rotonda sin dejarme cambiar y saltándose el ceda el paso. ¿Para qué iba ella a esperar si yo no iba por la derecha y podía entrar de sobra? Conclusión, tuve que dar toda la vuelta para poder salir por la salida que me taponó el simpático motorista.

En otra, decidiendo ir por la derecha para que no me volviese a ocurrir lo mismo (con el intermitente izquierdo puesto para que todos supieran que iba a seguir girando), un coche que iba por el carril interior y que tenía previsto salir antes que yo decidió que lo mejor era apretar a fondo el acelerador y dar un brusco viraje por delante de mí para poder coger la salida, quizá por miedo a que desapareciera. Conclusión, pegué un frenazo para detenerme en el acto y si llego a tener a alguien detrás me encoge el coche unos veinte centímetros. Y encima el zote me hacía aspavientos con los brazos, como si me estuviera regañando. Quizá quería chocarse conmigo y le molestó que lograse evitarlo.

¿Por qué soy el único que da una vuelta más a la rotonda si no puedo salir cuando quiero? ¿Es que nadie más le tiene aprecio a su vida y a la del resto de conductores? ¿Por qué las personas se asustan tanto de la cantidad de accidentes que hay si hay tantos coches que parecen dirigidos por monos? ¿Por qué a la gente le importa tan poco la vida de los demás (un coche en movimiento fácilmente se convierte en una máquina de matar) con tal de ser ellos los primeros? ¿Por qué no hay reválidas cada cierto tiempo y se le quita el carné de conducir a los que son unos ineptos y unos auténticos peligros?

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 5 – Recogida de caramelos, deporte de riesgo

Te acuerdas de...

El verano es época de muchas fiestas locales en nuestra extensa y querida geografía. Y estas fiestas, además de llevar consigo alegría, diversión y momentos inolvidables, en ocasiones se completan y complementan con un desfile de carrozas. Si por algo se caracterizan estos desfiles, es porque siempre se tiran caramelos. Miles de ellos. Yo desde pequeño lo viví desde dentro, hasta que me mudé de mi lugar de origen y me tocó hacerlo desde el otro lado. Hace tiempo escribí acerca de lo peligroso que puede resultar acudir como espectador a un desfile de carrozas. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Estos días han sido las fiestas de mi localidad, y ayer por la noche estuvimos viendo el desfile de carrozas. Yo, que a menudo me muevo por recuerdos, estuve acordándome de cuando el que lanzaba los caramelos era un servidor. Mis padres estaban en una penya (de niño las disfruté en Benidorm) y el último día era un sentimiento enfrentado. Queríamos que llegase para subirnos a la carroza a tirar caramelos pero a la vez no queríamos porque significaba que las fiestas habían llegado a su fin.

Pensando en mí, el momento es muy distinto si se vive desde arriba (tirando caramelos) o desde el suelo (cogiéndolos). Pensando en el resto, no cambia nada. Supongo que influye el hecho de saber cómo funciona, haber estado observando a los demás durante muchos años, y tener claro que nunca se gastan los caramelos que se recogen en estos eventos ni aun compartiéndolos. Así, pude ver a la gente desde abajo como si estuviera montado en la carroza. Si pudiera haber estado en el balcón de un primer piso, habría tenido difícil elegir el espectáculo a ver: el de las carrozas o el de la gente que intenta coger el máximo número de caramelos a toda costa.

Tengo un par de teorías al respecto. Una es que la gente que acude a ver las carrozas regenta, en su gran mayoría, una tienda de golosinas y quiere conseguir gratis la mayor cantidad posible de género. Otra, que se dedica a revenderlos, como si fueran entradas para un Madrid-Barcelona. Los niños castigados por desobedecer seguro que son un buen mercado.

En cualquier caso, lo que me ha llamado la atención desde pequeño y aún hoy sigue ocurriendo (cosa que me hace pensar que algún día yo haré lo mismo), es que las personas mayores (de 70 años) serían mucho más felices si acudieran con guantes… de boxeo. Es digno de estudio el espectáculo y los empujones que proporcionan estas «indefensas» personas de la tercera edad para conseguir esas pequeñas piezas dulces. El objetivo a impactar no importa: un igual, un adulto, un joven… Empujones o pisotones son totalmente válidos si con eso se consigue coger ese caramelo que parecía imposible o acaparar una gran cantidad de ellos. ¿Por qué? Según ellos porque «son para sus nietos«, pero me consta que más de uno no ha tenido descendencia.

El recuerdo que aún hoy me hace esbozar una sonrisa es aquél en el que iba montado en la carroza, al lado de los amigos, y cuando veíamos un grupo de ancianos juntos tirábamos a su alrededor cada uno un puñado de caramelos y nos echábamos a reír con la secuencia que se reproducía ante nuestros ojos… Espero que la vida nunca me permita formar parte de uno de esos grupos.

Ciclo «¿Te acuerdas?» – Parte 4 – Si tú no estás aquí

¿Te acuerdas...?

Las vacaciones suelen ser un momento para disfrutar o pelear en familia. Pero en cualquier caso, para estar juntos. Es cuando todos los miembros tienen un hueco en sus vidas laborales de estudios o trabajo que coincida. Por desgracia, no todas las familias están completas. Por alguna razón, falta alguien. Hace tiempo hablé de las personas importantes que faltan en la mía, con las que compartí muchos años y muchos buenos momentos de mi vida. Y supongo que por muy mala cabeza que tenga, y aunque no estén, nunca podré olvidarles. Pinchando aquí podéis llegar a la entrada en cuestión. Para los perezosos, la copio a continuación.


Los días que estuve de vacaciones en Benidorm tuve tiempo para muchas cosas. Una de ellas fue pasar por delante del primer piso en el que estuve viviendo allí. A pesar de que fueron unos cuantos años, yo era pequeño, muy pequeño. Allí me he llevado muchos tortazos por correr más de lo debido, entre otras cosas. Pero de esa casa, además, guardo un extraño recuerdo. El de una tía mía cordobesa, intentando deshacer el nudo múltiple de los cordones de mis zapatillas dejándose los dientes para ello. La recuerdo ahí, arrodillada, y yo sentado viendo sudar a la pobre mujer. Lo mismo había llegado a un punto en que se trataba de una cuestión personal y pensó que no iban a poder más dos cuerdas y un enano tocanarices que ella. No guardo ni un mal recuerdo suyo, ni de antes ni de ahora. Siempre ha sido bastante noble, y se ha portado muy bien conmigo. Y al recordarla a ella, recuerdo a mi tío, hermano de mi madre, que falleció hace algo más de un año. Ha sido mucho lo que me he reído con él a lo largo de mi vida, porque siempre se lo tomó todo con mucho humor. Hasta los eternos enfrentamientos futbolísticos con sus hijos. De hecho no perdió el buen humor ni cuando estuvo ingresado en el hospital. Y eso no es fácil.

Otra de las cosas que he hecho ha sido ver a la hija de una de mis primas. Una de esas que me hacen mayor cuando las veo. Estaba enorme, cambiadísima. Y lo curioso es que cuando la miraba no veía la cara de ninguno de sus padres, sino la de su abuelo materno. O como me dijo su madre, la de su tía (su hermana pequeña). Me acuerdo mucho de ella. Jugábamos mucho de pequeños, tenía mucha confianza con ella, nos llevábamos muy bien. Hace casi 20 años que una moto le quitó la vida. Creo que lo que más disfruté con ella fueron las tardes de consola jugando al Mario Tenis con el ‘saque del marcianito‘, como ambos le llamábamos, en una Nintendo (o emulación, ni lo recuerdo). Siempre recordaré su sonrisa cada vez que conseguíamos un punto gracias a ese saque.

Y bueno, por motivos varios también me acuerdo mucho de mis abuelos, de los cuatro. Fueron faltando cada uno en un momento, cada uno a una edad, pero que ellos se fueran entra dentro de la «lógica natural» porque ya tenían el DNI permanente, o estaban a punto de obtenerlo. Desde aquí les mando un beso a los 6, y aprovecho para decirles que les sigo queriendo, aunque ya no pueda decírselo más en persona.

No tenía claro si publicar esta entrada o no, pero al final me he decidido. Creo firmemente que todos ellos se la merecen.