Historias del suburbano

El transporte público está lleno de historias. La mayoría son para no dormir, porque dejan en evidencia la falta de educación de la que goza una gran parte de la sociedad.

Una de ellas puedo comprobarla todas las mañanas. Llega el tren al andén (como dirían los Cantajuego) y la situación que se produce hace que a uno le entren ganas de soltar collejas a mansalva y, sin parar, empalmar con el día siguiente. A pesar de haber carteles por doquier que solicitan amablemente (doy fe de ello porque soy de los pocos que los ha leído, si los demás los leyeran, por vergüenza torera actuarían de distinta forma) que dejen salir antes de entrar, la gente se aglutina en la misma puerta del vagón como si en vez de salir yo fuera a hacerlo un futbolista de la Selección. Imagino que por eso hay veces que al verme se desilusionan y vienen hacia mí como para arrollarme. Como si yo tuviera la culpa de no ser muy, muy rico por no hacer prácticamente nada en la vida, tan solo deporte.

Pero las hay peores. Hay personas que además de hacerte subir de nuevo al vagón cuando te quieres bajar, una vez lo invaden (los primeros, no sea que al entrar haya algo que repartir y a ellos no les llegue) se quedan pegados en la puerta, como si ésta tuviera un campo gravitatorio propio. ¿Cómo pretenden que los que hay detrás de ellos entren? ¿Y en estaciones sucesivas? Porque la gente que suele hacer eso encima no se baja en la siguiente parada, sino que se queda otra, y otra, y otra… Yo creo que se quedan ahí para mirar el paisaje a través de la puerta, como los niños pequeños. Los túneles también tienen su encanto.

Aunque los que me rematan son quienes creen que están en su casa, y se sientan con los brazos bien abiertos para sujetar un libro de bolsillo, ocupando así tres asientos, que para eso han pagado el billete. O los que se sientan en el suelo con las piernas estiradas, o directamente se tumban como si estuvieran en la playa. Algún ciudadano he visto tropezar por intentar saltarles y sortearles.

Lo que no logro entender es la clase de educación que les dieron sus padres, si es que lo hicieron. Quizá sí, y se esforzaron mucho, y si supieran lo que hacen sus hijos renegarían de ellos o les molerían a palos. Que por muy mayor que sea un hijo, un padre siempre es un padre.

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6 comentarios en “Historias del suburbano

  1. La educación se aprende en casa, y a mucha gente la ha criado el tiempo.
    También puede ocurrir lo contrario, han tenido una educación tan estricta, que han decidido saltársela toda.
    En cualquier caso, cada uno es responsable de lo que hace, y se comportan como verdaderos cafres, y los de más que se…..
    Es de lo peor, tener que salir dando codazos. Con lo fácil que sería y lo bien que quedarían haciendo pasillo, como a los futbolistas, pero deben pensar que así solucionan el problema que tienen con sus prisas. El tren partirá antes si ellos entran, aunque los que tengan que salir se queden dentro siete estaciones más.
    Estoy contigo, los odio a todos, sin ponerles cara siquiera.

    Hilaria

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